viernes, 28 de julio de 2017

José Antonio Pagola - LA DECISIÓN MÁS IMPORTANTE


José Antonio Pagola - LA DECISIÓN MÁS IMPORTANTE

El evangelio recoge dos breves parábolas de Jesús con un mismo mensaje. En ambos relatos, el protagonista descubre un tesoro enormemente valioso o una perla de valor incalculable. Y los dos reaccionan del mismo modo: venden con alegría y decisión lo que tienen y se hacen con el tesoro o la perla. Según Jesús, así reaccionan los que descubren el reino de Dios.

Al parecer, Jesús teme que la gente le siga por intereses diversos, sin descubrir lo más atractivo e importante: ese proyecto apasionante del Padre que consiste en conducir a la humanidad hacia un mundo más justo, fraterno y dichoso, encaminándolo así hacia su salvación definitiva en Dios.

¿Qué podemos decir hoy después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué tantos cristianos buenos viven encerrados en su práctica religiosa con la sensación de no haber descubierto en ella ningún «tesoro»? ¿Dónde está la raíz última de esa falta de entusiasmo y alegría en no pocos ámbitos de nuestra Iglesia, incapaz de atraer hacia el núcleo del Evangelio a tantos hombres y mujeres que se van alejando de ella, sin renunciar por eso a Dios ni a Jesús?

Después del Concilio, Pablo VI hizo esta afirmación rotunda: «Solo el reino de Dios es absoluto. Todo lo demás es relativo». Años más tarde, Juan Pablo II lo reafirmó diciendo: «La Iglesia no es ella su propio fin, pues está orientada al reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento». El papa Francisco nos viene repitiendo: «El proyecto de Jesús es instaurar el reino de Dios».

Si esta es la fe de la Iglesia, ¿por qué hay cristianos que ni siquiera han oído hablar de ese proyecto que Jesús llamaba «reino de Dios»? ¿Por qué no saben que la pasión que animó toda la vida de Jesús, la razón de ser y el objetivo de toda su actuación, fue anunciar y promover ese proyecto humanizador del Padre: buscar el reino de Dios y su justicia?

La Iglesia no puede renovarse desde su raíz si no descubre el «tesoro» del reino de Dios. No es lo mismo llamar a los cristianos a colaborar con Dios en su gran proyecto de hacer un mundo más humano que vivir distraídos en prácticas y costumbres que nos hacen olvidar el verdadero núcleo del Evangelio.

El papa Francisco nos está diciendo que «el reino de Dios nos reclama». Este grito nos llega desde el corazón mismo del Evangelio. Lo hemos de escuchar. Seguramente, la decisión más importante que hemos de tomar hoy en la Iglesia y en nuestras comunidades cristianas es la de recuperar el proyecto del reino de Dios con alegría y entusiasmo.

17 Tiempo ordinario - A
(Mateo 13,44-52)
30 de julio 2017

José Antonio Pagola 




ENCUENTRO SORPRENDENTE
Florentino Ulibarri

Te tengo y no te tengo
porque, creyendo en tu palabra,
renuncié a poseer cosas y personas
en mi casa, en mi corazón y en mis entrañas.

Y ahora que vivo así,
huérfano de propiedades,
yermo de posesiones,
sin redes, sin cadenas, sin ventosas,
sin paredes, cárceles y murallas,
sin presiones, sin estafas, sin trampas,
es cuando más rico me encuentro
y más libre me siento
para agarrarte y agarrarme,
para retenerte y retenerme
en este espacio vacío
que es mi casa, mi corazón y mis entrañas,
y que Tú habitas libremente
con ternura infinita, humana y divina,
desde que existe.

Y así, a la contra como quien dice,
la fe empieza a invadirme
por todos los poros, vías y heridas;
y yo me dejo llevar por tu brisa, huellas y melodía
a un encuentro sorprendente.

Gracias porque es posible tenerte y retenerte,
y por tenerme y retenerme
a tu manera, Señor.

¡Esto es un tesoro que merece la pena!

Florentino Ulibarri


EL VERDADERO TESORO ESTÁ YA EN TU CAMPO
Fray Marcos
Mt 13, 44-52

El evangelio de este domingo nos propone las tres últimas parábolas del capítulo 13 de Mt. comentaremos el tesoro y la perla, que tienen un mismo mensaje. Si descubrimos lo que más vale, daremos a nuestra voluntad un objeto claro, porque la voluntad no puede ser movida más que por el bien, y en el caso de dos bienes siempre será movida por el mayor. Lo que Dios es en mí, es el tesoro. No se trata de un conocimiento discursivo o racional, sino de una experiencia en lo más hondo de mi ser. Seguimos empeñados en descubrir a un Dios que está fuera, y que además nos da seguridades.

Menos mal que la comunidad de Mt no se atrevió a alegorizarlas. No lo tenía fácil. El mensaje es idéntico en las dos pero tiene matices significativos. Una diferencia es que en un caso, el encuentro es fortuito. Y en el otro, es consecuencia de una búsqueda. Otra es que en la primera se identifica el Reino con el tesoro, pero en la segunda se identifica con el comerciante que busca perlas. Puede ser una pista para descubrir que la comparación no es con uno ni con otro, sino que hay que buscarla en el conjunto del relato. Las dos opciones se hacen con un grado de incertidumbre. Los dos se arriesgan al dar el paso.

La parábola no juzga la moralidad de las acciones narradas; simplemente propone unos hechos para que nosotros nos traslademos a otro ámbito. En efecto, tanto el campesino, como el comerciante, obran de forma fraudulenta y por lo tanto injusta (aunque legal). Los dos se aprovechan de unos conocimientos privilegiados para engañar al vecino. No actúan por desprendimiento sino por egoísmo. “Renuncian” a unos bienes para conseguir más bienes. No es su objetivo vivir de otra manera, sino conseguir una vida material mejor. No da un ejemplo pero en el orden espiritual las cosas no funcionan así.

En estas dos parábolas vemos claro cómo no todo lo que dicen es aprovechable. Jesús en el evangelio advierte una y mil veces del peligro de las riquezas; no puede aquí invitarnos a conseguirlas en sumo grado. El mensaje es muy concreto. El punto de inflexión en las dos parábolas es el mismo: “vende todo lo que tiene y compra”. Sería sencillamente una locura. Si vende todo lo que tiene para comprar la perla, ¿qué comería al día siguiente? ¿Dónde viviría? Esa imposibilidad radical en el orden material, es precisamente lo que nos hace saltar a otro orden, en el que sí es posible. Ahí está la clave del mensaje.

Hay dos matices interesantes. El primero es el abismo que existe entre lo que tienen y lo que descubren. El segundo es la alegría que les produce el hallazgo. Yo la haría todavía más simple: Un campesino pobre, que solo tiene un pequeño campo, en el que cava cada vez más hondo, un día encuentra un tesoro. O un comerciante de perlas que un día descubre, entre las que tiene almacenadas, una de inmenso valor. Evitaríamos así poner el énfasis en la venta de lo que tiene, que solo pretende indicar el valor de lo encontrado. Todo lo contrario, se trata de un minucioso cálculo, que les lleva a la suprema ganancia.

No damos un paso en nuestra vida espiritual porque no hemos encontrado el tesoro entre los bienes que ya poseemos. Sin este descubrimiento, todo lo que hagamos por alcanzar una religiosidad auténtica, será pura programación y por lo tanto inútil. Nada vamos a conseguir si previamente no descubrimos el tesoro. Nuestra principal tarea será tomar conciencia de lo que somos. Si lo descubrimos, prácticamen­te está todo hecho. La parábola, al revés, no funciona. El vender todo lo que tienes, antes de descubrir el tesoro, que es lo que siempre se nos ha propuesto, no es garantía ninguna de éxito.

Un ancestral relato nos ayudará: cuando los dioses crearon al hombre, pusieron en él algo de su divinidad, pero el hombre hizo un mal uso de esa divinidad y decidieron quitársela. Se reunieron en gran asamblea para ver donde podían esconder ese tesoro. Uno dijo: pongámoslo en la cima de la montaña más alta. Pero otro dijo: No, que terminará escalándola y dará con él. Otro dijo: lo pondremos en lo más hondo del océano. Alguien respondió: No, que terminará bajando y la descubrirá. Por fin dijo uno: ¡Ya sé dónde lo esconderemos! La pondremos en su corazón. Allí nunca lo buscará.

Tenemos que aclarar que el tesoro no es Jesús, como deja entender Pablo, y sobre todos los santos padres. Jesús descubrió la divinidad dentro de él. Éste es el principal dogma cristiano. “Yo y el Padre somos uno”. Tampoco la Escritura puede considerarse el tesoro. En muchas homilías, he visto estas interpretaciones de las parábolas. La Escritura es el mapa, que nos puede conducir al tesoro, pero no es el tesoro. Tampoco podemos presentar a la Iglesia como tesoro o perla. En todo caso, sería el campo donde tengo que cavar (a veces muy hondo) para encontrar el tesoro.

Jesús no pide más perfección sino más confianza, más alegría, más felicidad. Es bueno todo lo que produce felicidad en ti y en los demás. Solamente es negativa la alegría que se consigue a costa de las lágrimas de los demás. Cualquier renuncia que produzca sufrimiento, en ti o en otro, no puede ser evangélica. Fijaos que he dicho sufrimiento, no esfuerzo. Sin esfuerzo no puede haber progreso en humanidad, pero ese esfuerzo tiene que sumirme en la alegría de ser más. Lo que el evangelio valora no es el hecho de renunciar. Lo que me tiene que hacer feliz es el conseguir mi plenitud.

El tesoro es el mismo Dios presente en cada uno de nosotros. Es la verdadera realidad que soy, y que son todas las demás criaturas. Lo que hay de Dios en mí es el fundamento de todos los valores. En cuanto las religiones olvidan esto, se convierten en ideologías esclavizantes. El tesoro, la perla no representan grandes valores sino una realidad que está más allá de toda valoración. El que encuentra la perla preciosa, no desprecia las demás. Dios no se contrapone a ningún valor, sino que potencia el valor de todo. Presentar a Dios, como contrario a otros valores, es la manera de hacerle ídolo.

Vivimos en una sociedad que funciona a base de engaños. Si fuésemos capaces de llamar a las cosas por su nombre, la sociedad quedaría colapsada. Si los políticos nos dijeran simplemente la verdad, ¿a quién votaríamos? Si los jefes religiosos dejaran de meter miedo con un dios justiciero, ¿cuántos seguirían creyendo? Si de la noche a la mañana todos nos convenciéramos de que ni el dinero, ni la salud, ni el poder, ni el sexo, ni la religión eran los valores supremos, nuestra sociedad quedaría paralizada.

Tener la referencia del valor supremo me permite valorar en su justa medida todo lo demás. No se trata de despreciar lo demás, sino de tener claro lo que vale de veras. El “tesoro” nunca será incompatible con todos los demás valores que nos ayudan a ser más humanos. Es una constante tentación de las religiones ponernos en el brete de tener que elegir entre el bien y el mal. Radicalmente equivocado. Lo que hay que tener muy claro es cuáles son las prioridades dentro de los valores, y qué valores son en realidad falsos.

Meditación

En tu propio campo tienes el único tesoro.
Si aún no te has dado cuenta,
es que lo has buscado en otro campo
o que no has ahondado lo suficiente.
Una vez descubierto lo que hay de Dios en ti,
todo lo demás es coser y cantar.
Si no experimentas al Dios vivo en el fondo de tu ser,
todos los esfuerzos por llegar, serán inútiles.

Fray Marcos


RENUNCIA POR ALGO MEJOR
José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)
Mt 13, 44-52

En esa amplia recopilación de parábolas que es el capítulo 13 se nos ofrecen hoy cuatro: el mensaje de las dos primeras es idéntico. La parábola de la red hace relación al fin de los tiempos. La parábola del arca de donde se saca lo nuevo y lo viejo hace referencia a la predicación misma de Jesús, y nos recuerda sus expresiones sobre el vino nuevo en odres viejos.

Y, una vez más y con la misma indignación de siempre, cuatro parábolas para rellenar el espacio y porque no se sabe (¿no se quiere?) saborear cada una. Es explicable que se pongan las dos primeras, porque son "parábolas dobles", dos imágenes para un mismo mensaje. Pero no más, de ninguna manera.

Por otra parte, la de la red ha sido deformada ya desde el principio, por un redactor que disfruta con que haya gente condenada eternamente. Y eso no es de Jesús.

Para la tercera parábola, la de la red, nos remitimos al comentario de Mt 25,46, que hacemos a propósito de la fiesta de Cristo Rey. Nos detenemos en las parábolas simétricas del tesoro y el mercader de perlas.

Ante todo, son parábolas sobre comportamientos paradójicos, que la gente tendría por demenciales y que, sin embargo, son perfectamente lógicos para quien esté bien informado. Un hombre que empieza a vender todo lo que tiene, un mercader de perlas que se deshace de todas sus joyas... ¿se han vuelto locos?

Pero no se han vuelto locos; son muy inteligentes. Están vendiendo todo porque han descubierto algo muchísimo más valioso.

Este tipo de planteamientos es absolutamente característico de Jesús. A Jesús le gusta mantener la atención del auditorio por medio de la sorpresa, de la paradoja, de la exageración, y vemos estos recursos en parábolas tan paradójicas como la del administrador infiel, los viñadores de la hora undécima, el padre del hijo pródigo, la expresión del camello y el ojo de la aguja, y tantas otras.

El genio de Jesús se muestra en estos recursos oratorios, sencillos y eficaces, que le convierten en el mejor orador de la historia, el que fascinaba a las multitudes, del que sus mismos enemigos tenían que confesar: "Jamás ha hablado nadie como ese hombre" (Jn 7,46).

Pero estas dos parábolas muestran un aspecto del Reino que define claramente los motivos del seguimiento de Jesús. El hombre que descubre el tesoro en un campo y el mercader que descubre una perla extraordinaria venden lo que tienen sin ningún pesar. Renuncian a algunas cosas, porque han encontrado otras mucho mejores. Y están felices, porque han descubierto un tesoro, una perla maravillosa. Es el modelo profundo del seguimiento de Jesús.

No se trata de que tengamos que hacer sacrificios costosos, no se trata de renunciar con tristeza. No partimos de ahí: partimos de que hemos descubierto el tesoro y ante eso todo lo demás parece basura. Ninguna renuncia se justifica por sí misma, por mérito, por obediencia. Se trata de tirar la casa por la ventana, por la alegría de haber encontrado un tesoro.

El secreto del que sigue a Jesús es una inversión de valores, por la conciencia sentida de que tira lo que vale poco para quedarse con lo que vale más. Es una preferencia: se desprecian satisfacciones que parecen bastar a muchos, porque se han experimentado satisfacciones mucho más profundas. Si se ha experimentado la vida conforme a los criterios y valores de Jesús, eso ya no se cambia por nada.

No podemos, no debemos prescindir del componente de "fiesta" que tiene el Reino. Ya con su mismo nombre, Jesús está indicando una plenitud. Reinar es lo opuesto a ser esclavo. Vivir como un rey, sentirse el rey... son expresiones corrientes que debemos recuperar para nuestra religiosidad, para nuestro seguimiento de Jesús.

El Rey, reinar, el Reino, es lo máximo a que se puede aspirar, incluso por satisfacción. Y debe ser objeto de la catequesis y de la educación "que descubran el Reino". La conversión puede nacer del desencanto de esta vida, del miedo, de muchas fuentes. Pero su fuente más válida será siempre "descubrir el tesoro", entusiasmarse, sentirse bien, no cambiar el Reino por ninguna otra cosa.

Descubrir el Reino es, fundamentalmente, descubrir a Jesús: Jesús es el Reino viviente, visible, evidente, fascinante. Jesús está en el Reino, lejos de toda esclavitud. Jesús es el Hijo del Rey, que vive en las cosas de su Padre el Rey. Jesús ha descubierto el tesoro y lo ha vendido todo por conseguirlo. Toda catequesis debe girar en torno al conocimiento de Jesús, para que llegue a fascinar, para que arrastre a seguirle y a imitarle.

El Reino se parece a un banquete, a unas bodas, como las de Caná, en las que gracias a Jesús se bebió el mejor vino de la historia. El Reino es la luz, es la comida sabrosa, con sal, con vino. El Reino, el Reino es masa que era sosa hasta que se hace rica y esponjosa fermentada por la levadura.

El Reino es conocimiento: ante todo de Abbá, que termina con todos nuestros miedos, nos proporciona todos los estímulos y no nos permite conformarnos con nada, con lo que el Reino se hace conocimiento de la dignidad y destino del ser humano.

El Reino son criterios y valores, los de las bienaventuranzas. El Reino es fraternidad, compromiso, confianza, perdón, esfuerzo, dignidad, sencillez, austeridad....

Y el que ha probado estos valores, esta manera de vivir, ni se siente tentado por otras maneras de vivir que tanto fascinan a las personas. El que ha probado estos valores renuncia a muchos otros porque dejan de atraerle. Ni siquiera busca ya la felicidad, ese señuelo utópico que ofrecen todos los ídolos, sino que siente desde dentro una satisfacción íntima que no cambiará por nada.

El Reino es un tesoro descubierto que no se cambia por nada, ante el cual cualquier otra cosa es inferior, insatisfactoria, de menos valor. Descubrirlo es SABIDURÍA. Porque la verdadera sabiduría consiste en SABER VIVIR. Miremos a Jesús; él sabía, supo vivir. Nuestra Sabiduría consiste en alcanzar SU SABIDURÍA. Seguirle, imitarle, es de sabios.

José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)



PARÁBOLAS PARA TIEMPO DE CRISIS (FINAL)
José Luis Sicre

En los dos domingos anteriores, el discurso en parábolas ha respondido a tres preguntas que se hace la antigua comunidad cristiana y que nos seguimos planteando nosotros:

1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).
2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).
3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)
Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.

¿Vale la pena?
La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los segui­dores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:

a) El protagonista descubre algo de enorme valor.
b) Con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene.
c) Compra el objeto deseado.

Sin embargo, hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.

El suertudo y el concienzudo (el tesoro y la perla)
El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existen). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.

El protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de “El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas”, debería decir “a un comerciante en busca de perlas finas”. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.

La perla y el comerciante. Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.

Ni bonos basura ni timo de la estampita. No olvidemos que estas parábolas se dirigen a una comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita? La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad no casualmente, sino tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.

Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?

Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importan­te: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrir­lo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábo­las parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».

¿Qué ocurrirá a quienes aceptan el Reino, pero no viven de acuerdo con sus ideales?
A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar. No queda claro si se habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy bien con las dos anteriores. Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero convie­ne completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo… Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.

Conclusión
Mateo termina las siete parábolas comparando al predicador del evangelio con un un padre de familia. Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación. En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje ha usado cosas nuevas y viejas. Del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginati­vo de los profetas. Pero la mayor parte consta de cosas nuevas, fruto de su experiencia y de su capacidad de observación: la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirven para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.

La primera lectura nos invita a pedir a Dios esta sabiduría, igual que Salomón se la pidió para gobernar a su pueblo.

José Luis Sicre


De serie
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Vivimos una época en que el mundo nos parece repetitivo. Quizás por mimetismo o imitación generalizada de los prototipos que nos venden los medios de comunicación y las redes sociales, todos parecemos un poco fabricados “en serie”. E incluso, cuando te vas haciendo mayor, un día casi todas las ciudades te parecen iguales o muy parecidas, y los libros se copian y repiten y esa ‟peli” te recuerda otra. Todo se agota menos el manantial que hay dentro de ti mismo.

Hemos salido de las manos de Dios no como copias, sino como originales. Lo que sucede es que pronto desconectamos de nuestro ser interno, nuestro verdadero “yo”, y empezamos a parecernos a otros del montón, como las repetidas cabezas de la foto, tomada en El Rastro de Madrid.

Cuando soy yo mismo, despierto a mi Ser real, imagen de Dios.

La gran prueba de la amistad es cuando renuncio a la foto que me he hecho de ti con mi cámara interior y aprendo a aceptarte realmente como eres. Sólo entonces me doy cuenta de que querer no es pedir un espejo que devuelva mi imagen mejorada, sino asomarme a tu ventana y lanzarme al vacío de la entrega mientras renuncio a mi yo ridículo y narciso.

Por eso te quiero por lo que realmente eres, no por lo que aparentas o lo que me das.

Pedro Miguel Lamet, SJ.



Fundamentalismo evangélico e integrismo católico. Un ecumenismo sorprendente
por Antonio Spadaro S.I. y Marcelo Figueroa

presentamos el enfático artículo sobre política y religión recién publicado por Antonio Spadaro en el último número de la revista La Civiltà Cattolica italiana y que ha creado tanto defensores como retractores entre la comunidad religiosa, así como un gran interés por la prensa internacional. Ahora también, y en exclusivo, el artículo completo en español en nuestro blog de La Civiltà Cattolica Iberoamericana.
por Antonio Spadaro S.I. y Marcelo Figueroa

In God We Trust: tal es la frase impresa en los billetes bancarios de Estados Unidos de América, una frase que es también el lema nacional actual. La frase apareció por vez primera en una moneda del año 1864, pero no se hizo oficial hasta haber pasado por una resolución conjunta del Congreso en 1956. Significa «En Dios confiamos», y es un lema importante para una nación que en las raíces de su fundación tiene también motivaciones de carácter religioso. Para muchos se trata de una simple declaración de fe, mientras que para otros es la síntesis de una fusión problemática entre religión y Estado, entre fe y política, entre valores religiosos y economía.

Religión, maniqueísmo político y culto al apocalipsis
Especialmente en algunos Gobiernos de Estados Unidos de las últimas décadas se notó el creciente papel de la religión en los procesos electorales y en las decisiones de gobierno: un papel también de orden moral en la identificación de lo que está bien y lo que está mal.

Por momentos esta compenetración entre política, moral y religión asumió un lenguaje maniqueo que divide la realidad entre el bien absoluto y el mal absoluto. En efecto, después de que Bush hablara en su tiempo de un «eje del mal» que hay que enfrentar y, después de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, hiciera referencia a la responsabilidad de «liberar el mundo del mal», hoy el presidente Trump dirige su lucha contra una entidad colectiva genéricamente amplia, la de los «malos» (bad) o, también, «muy malos» (very bad). A veces los tonos utilizados por los que lo apoyan en algunas campañas asumen connotaciones que podríamos definir como «épicas».

Estas actitudes se basan en principios fundamentalistas protestantes evangélicos de comienzos del siglo pasado que se han ido radicalizando poco a poco. En efecto, se pasó de un rechazo a todo aquello que es «mundano», como se consideraba la política, a perseguir una influencia fuerte y determinada de esa moral religiosa en los procesos democráticos y sus resultados.

El término «fundamentalismo evangélico», que hoy puede asimilarse a «derecha protestante evangélica» o «teoconservadurismo», tiene sus orígenes entre los años 1910 y 1915. En esa época, Lyman Stewart, un millonario del sur de California, publicó 12 volúmenes titulados Los fundamentos (The Fundamentals). El autor procuraba responder a la «amenaza» de las ideas modernistas de la época resumiendo el pensamiento de los autores cuyo apoyo doctrinal apreciaba. De ese modo, ejemplificaba la fe evangélica en cuanto a los aspectos morales, sociales, colectivos e individuales. Entre los que apreciaron los volúmenes de Stewart hay varios exponentes políticos y también dos presidentes recientes como Ronald Reagan y George W. Bush.

El pensamiento de las colectividades sociales religiosas inspiradas por autores como Stewart considera a Estados Unidos como una nación bendecida por Dios y no vacila en fundar el crecimiento económico del país en la adhesión literal a la Biblia. En el curso de los últimos años esto se ha visto alimentado, además, por la estigmatización de enemigos a los que, por decirlo así, se «demoniza».

En el universo que amenaza su modo de entender el American way of life se han sucedido a lo largo del tiempo los espíritus modernistas, los derechos de los esclavos negros, los movimientos hippies, el comunismo, los movimientos feministas, y así siguiendo, hasta llegar, hoy, a los inmigrantes y a los musulmanes. Para mantener el nivel de conflicto, sus exégesis bíblicas se han impulsado cada vez más hacia lecturas descontextualizadas de los textos del Antiguo Testamento sobre la conquista y la defensa de la «tierra prometida», más que guiarse por la mirada incisiva y llena de amor del Jesús de los Evangelios.

Dentro de esta narrativa no se proscribe aquello que impulsa al conflicto. No se considera el nexo existente entre capital y beneficios y la venta de armas. Por el contrario: a menudo la misma guerra es asimilada a las heroicas empresas de conquista del «Dios de los ejércitos» de Gedeón y de David. En esta visión maniquea, las armas pueden asumir una justificación de carácter teológico, y hoy no faltan tampoco pastores que buscan para ello un fundamento bíblico, utilizando fragmentos de la Sagrada Escritura como excusas fuera de contexto.

Otro aspecto interesante es la relación que esta colectividad religiosa —compuesta principalmente por blancos de extracción popular del Sur estadounidense profundo— tiene con la «creación». Hay como una suerte de «anestesia» respecto de los desastres ecológicos y de los problemas generados por el cambio climático. El «dominionismo» que profesan —que considera a los ecologistas como personas contrarias a la fe cristiana— hunde sus propias raíces en una comprensión literal de los relatos de la creación del libro del Génesis, una comprensión que coloca al hombre en una situación de «dominio» sobre la creación, mientras que esta queda sometida al arbitrio del hombre en un bíblico «sometimiento».

En esta visión teológica, los desastres naturales, los dramáticos cambios climáticos y la crisis ecológica global no solamente no se perciben como una alarma que debería inducirlos a revisar sus dogmas, sino, por el contrario, como signos que confirman su concepción no alegórica de las figuras finales del libro del Apocalipsis y su esperanza en «unos cielos nuevos y una tierra nueva».

Se trata de una fórmula profética: combatir las amenazas que se ciernen sobre los valores cristianos estadounidenses y esperar la inminente justicia de un Armagedón, una rendición de cuentas final entre el bien y el mal, entre Dios y Satanás. En este sentido, todo «proceso» (de paz, de diálogo, etc.), colapsa frente a la apremiante urgencia del fin, de la batalla final contra el enemigo. Y la comunidad de los creyentes, de la fe (faith), se convierte en la comunidad de los combatientes, de la batalla (fight). Una tal lectura unidireccional de los textos bíblicos puede inducir a anestesiar las conciencias o a apoyar activamente las situaciones más atroces y dramáticas que el mundo vive fuera de las fronteras de la propia «tierra prometida».

El pastor Rousas John Rushdoony (1916-2001) es el padre del denominado «reconstruccionismo cristiano» (o «teología dominionista»), que ha tenido un gran impacto en la visión teopolítica del fundamentalismo cristiano. Es la doctrina que alimenta a organizaciones y redes políticas como el Council for National Policy y el pensamiento de sus exponentes, como Steve Bannon, actual chief strategist de la Casa Blanca y partidario de una geopolítica apocalíptica.[1]

«Lo primero que tenemos que hacer es dar voz a nuestras Iglesias», dicen algunos. El significado real de este tipo de expresiones es que se espera de ello la posibilidad de influir en la esfera política, parlamentaria, jurídica y educativa para someter las normas públicas a la moral religiosa.

En efecto, la doctrina de Rushdoony sostiene la necesidad teocrática de someter el Estado a la Biblia, con una lógica no diferente de la que inspira el fundamentalismo islámico. En el fondo, la narrativa del terror que alimenta el imaginario de los yihadistas y de los neocruzados abreva en fuentes no demasiado distantes entre sí. No hay que olvidar que la teopolítica que inspira la propaganda del Estado Islámico se funda en el mismo culto a un apocalipsis que hay que apresurar lo más posible. Por tanto, no es casual que George W. Bush haya sido reconocido como un «gran cruzado» por el propio Osama bin Laden.

Teología de la prosperidad y retórica de la libertad religiosa
Otro fenómeno relevante junto al maniqueísmo político es el paso del pietismo puritano original, basado en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber, a la «teología de la prosperidad», propugnada principalmente por pastores millonarios y mediáticos y por organizaciones misioneras con una fuerte influencia religiosa, social y política. Ellos anuncian un «evangelio de la prosperidad», según el cual Dios desea que los creyentes disfruten de salud física, riqueza material y felicidad personal.

Es fácil percibir cómo algunos mensajes de las campañas electorales y sus semióticas abundan en referencias al fundamentalismo evangélico. Por ejemplo, a veces se ven imágenes en que los líderes políticos aparecen con aire triunfal con una Biblia en la mano.

Una figura relevante que inspiró a presidentes como Richard Nixon, Ronald Reagan y Donald Trump es el pastor Norman Vincent Peale (1898-1993), que ofició el primer matrimonio del actual presidente y el funeral de sus padres. Peale fue un predicador exitoso: vendió millones de ejemplares de su libro El poder del pensamiento positivo (1952), lleno de frases como «Si crees algo, lo obtendrás», «Si repites “Dios está conmigo, ¿quién estará contra mí?”, nada te detendrá», «Imprime en tu mente tu imagen de éxito, y el éxito llegará», etc. Muchos telepredicadores de la prosperidad mezclan mercadeo, dirección estratégica y predicación, concentrándose más en el éxito personal en la salvación o en la vida eterna.

Un tercer elemento, junto al maniqueísmo y al evangelio de la prosperidad, es una forma particular de proclamar la defensa de la «libertad religiosa». Claramente, la erosión de la libertad religiosa es una grave amenaza dentro de un creciente secularismo. Pero hay que evitar que su defensa se avenga al ritmo de los fundamentalismos de la «religión en libertad», percibida como un desafío virtual directo a la laicidad del Estado.

El ecumenismo fundamentalista
Basándose en los valores del fundamentalismo se está desarrollando una extraña forma de sorprendente ecumenismo entre fundamentalistas evangélicos y católicos integristas, unidos por la misma voluntad de una influencia religiosa directa en la dimensión política.

Algunos que se profesan católicos se expresan a veces en formas hasta hace poco tiempo desconocidas en su tradición y mucho más cercanas a los tonos evangélicos. En términos de atracción de masa electoral, estos electores se definen como value voters. El universo de convergencia ecuménica entre sectores que, paradójicamente, son competidores en cuanto a la pertenencia confesional, es bien definido. Este encuentro en torno a objetivos comunes se da en el terreno de temas como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la educación religiosa en las escuelas y otras cuestiones consideradas genéricamente morales o ligadas a los valores. Tanto los evangélicos como los católicos integristas condenan el ecumenismo tradicional y, sin embargo, promueven un ecumenismo del conflicto que los une en el sueño nostálgico de un Estado de rasgos teocráticos.

La perspectiva más peligrosa de este extraño ecumenismo puede adscribirse a su visión xenófoba e islamófoba, que invoca muros y deportaciones purificadoras. La palabra «ecumenismo» se traduce así en una paradoja, en un «ecumenismo del odio». La intolerancia es marca celestial de purismo, el reduccionismo es metodología exegética y el ultraliteralismo es su clave hermenéutica.

Es clara la enorme diferencia que hay entre estos conceptos y el ecumenismo alentado por el papa Francisco con varios referentes cristianos y de otras confesiones religiosas, que se mueve en la línea de la inclusión, de la paz, del encuentro y de los puentes. Este fenómeno de ecumenismos opuestos, con percepciones contrapuestas de la fe y visiones del mundo en que las religiones desarrollan papeles inconciliables es, tal vez, el aspecto más desconocido y al mismo tiempo más dramático de la difusión del fundamentalismo integrista. A este nivel se comprende el significado histórico del compromiso del papa contra los «muros» y contra toda forma de «guerra de religión».

La tentación de la «guerra espiritual»
Por el contrario, el elemento religioso no debe confundirse nunca con el político. Confundir poder espiritual y poder temporal significa poner el uno al servicio del otro. Un rasgo claro de la geopolítica del papa Francisco consiste en no dar apoyos teológicos al poder para imponerse o para encontrar un enemigo interno o externo a combatir. Hay que huir de la tentación transversal y «ecuménica» de proyectar la divinidad sobre el poder político que se reviste de ella para sus propios fines. Francisco socava desde dentro la máquina narrativa de los milenarismos sectarios y del «dominionismo», que prepara para el apocalipsis y para el «choque final».[2] El énfasis puesto en la misericordia como atributo fundamental de Dios expresa esta exigencia radicalmente cristiana.

Francisco quiere romper el vínculo orgánico entre cultura, política, instituciones e Iglesia. La espiritualidad no puede ligarse a gobiernos o a pactos militares, porque ella está al servicio de todos los hombres. Las religiones no pueden considerar a algunos como enemigos jurados ni a otros como enemigos externos. La religión no debe convertirse en la garantía de los grupos dominantes. Y sin embargo, es justamente esta dinámica de espurio sabor teológico la que intenta imponer su propia ley y su propia lógica en el campo político.

Impresiona una cierta retórica utilizada, por ejemplo, por los comentaristas de Church Militant, una exitosa plataforma digital estadounidense abiertamente alineada a favor de un ultraconservadurismo político que utiliza los símbolos cristianos para imponerse. Esta instrumentalización se define como «auténtico cristianismo». Para expresar sus propias preferencias ha creado una precisa analogía entre Donald Trump y Constantino por una parte, y entre Hillary Clinton y Diocleciano por la otra. En esta perspectiva, las elecciones estadounidenses fueron entendidas como una «guerra espiritual».[3]

Este enfoque bélico y «militante» parece decididamente fascinante y evocador para un cierto público, sobre todo por el hecho de que la victoria de Constantino —dada por imposible contra Majencio, que contaba con el respaldo de todo el establishment romano— debía atribuirse a una intervención divina: in hoc signo vinces.

Así pues, Church Militant se pregunta si la victoria de Trump podría atribuirse a la oración de los estadounidenses. La respuesta sugerida es positiva. La consigna indirecta para el presidente Trump, nuevo Constantino, es clara: debe actuar en consecuencia. Un mensaje muy directo, por tanto, que quiere condicionar la presidencia connotándola con los rasgos de una elección «divina». In hoc signo vinces, justamente.

Hoy más que nunca es necesario despojar al poder del pomposo ropaje confesional, de sus corazas, de sus armaduras oxidadas. El esquema teopolítico fundamentalista quiere instaurar el reino de una divinidad aquí y ahora. Y, obviamente, la divinidad es la proyección ideal del poder constituido. Esta visión genera la ideología de conquista.

En cambio, el esquema teopolítico verdaderamente cristiano es escatológico, es decir, mira al futuro y quiere orientar la historia presente hacia el reino de Dios, reino de justicia y de paz. Esta visión genera el proceso de integración que se despliega con una diplomacia que no corona a nadie como «hombre de la Providencia».

Y es también por eso que la diplomacia de la Santa Sede quiere establecer relaciones directas y fluidas con las superpotencias, pero sin entrar en las redes de alianzas y de influencias prestablecidas. En este marco el papa no quiere negar ni dar la razón a nadie, porque sabe que en la raíz de los conflictos hay siempre una lucha de poder. Por tanto, no hay que imaginarse una «alineación» por razones morales o, peor aún, espirituales.

Francisco rechaza radicalmente la idea de la realización del reino de Dios en la tierra, que estaba en la base del Sacro Imperio Romano y de todas las formas políticas e institucionales similares, hasta la dimensión del «partido». Si así se entendiese, el «pueblo elegido» entraría en un complicado entrelazamiento de dimensiones religiosas y políticas que le haría perder la consciencia de su estar al servicio del mundo y lo contrapondría a quien está alejado, a quien no le pertenece, es decir, al «enemigo».

Es así como las raíces cristianas de los pueblos no deben entenderse nunca de manera etnicista. Las nociones de «raíces» y de «identidad» no tienen el mismo contenido para el católico y para el identitarista neopagano. Más aún: el etnicismo triunfalista, arrogante y vengativo es lo contrario del cristianismo. El 9 de mayo dijo el papa en una entrevista al diario francés La Croix: «Sí, Europa tiene raíces cristianas. El cristianismo tiene el deber de regarlas, pero en un espíritu de servicio como para el lavatorio de los pies. El deber del cristianismo para Europa es el servicio». Y también: «La aportación del cristianismo a una cultura es la de Cristo con el lavatorio de los pies, o sea, el servicio y la donación de la vida. No debe ser una aportación colonialista».

Contra el miedo
¿En qué sentimiento se basa la persuasiva tentación de una alianza espuria entre política y fundamentalismo religioso? En el miedo a la fractura del orden constituido y en el temor al caos. Más aún, esta tentación funciona justamente gracias al caos que se percibe. La estrategia política para el éxito se torna en la de elevar los tonos del conflicto, exagerar el desorden, agitar los ánimos del pueblo con la proyección de escenarios inquietantes más allá de todo realismo.

En este punto la religión se convertiría en garante del orden, y una de las partes políticas encarnaría sus exigencias. La invocación del apocalipsis justifica el poder querido por un dios o en connivencia con un dios. Y el fundamentalismo se revela así no como producto de la experiencia religiosa, sino como una concepción pobre e instrumental de dicha experiencia.

Por eso Francisco está desarrollando una contranarración sistemática respecto de la narrativa del miedo. Hay que combatir, pues, la manipulación de esta época de ansiedad y de inseguridad. Por este mismo motivo Francisco omite valientemente dar cualquier legitimación teológico-política a los terroristas, evitando toda reducción del islam al terrorismo islamista. Y no se la da tampoco a aquellos que postulan y que quieren una «guerra santa» o que construyen barreras de alambre de púas. Efectivamente, el único alambre de púas para el cristiano es el de la corona de espinas que Cristo tiene en la cabeza.[4]

[1] Bannon cree en la visión apocalíptica que teorizaron William Strauss y Neil Howe en su libro The Fourth Turning: What Cycles of History Tell Us About America’s Next Rendezvous with Destiny, Nueva York, Broadway Books, 1997. Cf. también N. Howe, «Where did Steve Bannon get his worldview? From my book», en The Washington Post, 24 de febrero de 2017.

[2] Cf. A. Aresu, «Pope Francis against the Apocalypse», en Macrogeo (https://goo.gl/V5695i), 9 de junio de 2017.

[3] Cf. «Donald “Constantine” Trump? Could Heaven be intervening directly in the election?», en Church Militant (https://goo.gl/JjMhiL).

[4] Para profundizar estas reflexiones véase D. J. Fares, «L’antropologia politica di Papa Francesco», en Civ. Catt. 2014 I 345-360; A. Spadaro, «La diplomazia di Francesco. La misericordia come processo politico», ibíd. 2016 I 209-226 (trad. cast.: Íd., «La diplomacia de Francisco. La misericordia como proceso político» en Vida Nueva 2998, 23 al 29 de julio de 2016, 22-32); D. J. Fares, «Papa Francesco e la politica», ibíd. 2016 I 373-385; J. L. Narvaja, «La crisi di ogni politica cristiana. Erich Przywara e l’“idea di Europa”», ibíd. 2016 I 437-448; Íd., «Il significato della politica internazionale di Francesco», ibíd., 2017 III 8-15.

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TODAVÍA HAY CRISTIANOS QUE AÑORAN UNA IGLESIA PODEROSA,
QUE IMPONGA SU RELIGIÓN
José Antonio Pagola

Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Todavía hay cristianos que añoran una Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles e imponga su religión a la sociedad entera.

Hemos de volver a leer dos pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre -el reino de Dios- sembrando pequeñas «semillas» de Evangelio e introduciéndolo en la sociedad como pequeño «fermento» de una vida humana.

La primera parábola habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene unos comienzos muy humildes, pero su fuerza transformadora no la podemos ahora ni imaginar.

La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia no es nada grandioso ni espectacular: ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores parece insignificante: los centros de poder lo ignoran.

Incluso los mismos cristianos podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano vuelve una y otra vez a cometer los mismos horrores de siempre. No somos capaces de captar el lento crecimiento del reino de Dios.

La segunda parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla por completo.

Así sucede con el proyecto humanizador de Dios. Una vez que es introducido en el mundo va transformando calladamente la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna.

Hemos de confiar en Jesús. El reino de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios está ya trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Hemos de colaborar con él siguiendo a Jesús.

Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los pobres siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna.

José Antonio Pagola
Religión Digital