jueves, 4 de mayo de 2017

José Antonio Pagola - NUEVA RELACIÓN CON JESÚS


José Antonio Pagola - NUEVA RELACIÓN CON JESÚS

En las comunidades cristianas necesitamos vivir una experiencia nueva de Jesús reavivando nuestra relación con él. Ponerlo decididamente en el centro de nuestra vida. Pasar de un Jesús confesado de manera rutinaria a un Jesús acogido vitalmente. El evangelio de Juan hace algunas sugerencias importantes al hablar de la relación de las ovejas con su pastor.

Lo primero es «escuchar su voz» en toda su frescura y originalidad. No confundirla con el respeto a las tradiciones ni con la novedad de las modas. No dejarnos distraer ni aturdir por otras voces extrañas que, aunque se escuchen en el interior de la Iglesia, no comunican su Buena Noticia.

Es importante, además, sentirnos llamados por Jesús «por nuestro nombre». Dejarnos atraer por él. Descubrir poco a poco, y cada vez con más alegría, que nadie responde como él a nuestras preguntas más decisivas, nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades últimas.

Es decisivo «seguir» a Jesús. La fe cristiana no consiste en creer cosas sobre Jesús, sino en creerle a él: vivir confiando en su persona; inspirarnos en su estilo de vida para orientar nuestra propia existencia con lucidez y responsabilidad.

Es vital caminar teniendo a Jesús «delante de nosotros». No hacer el recorrido de nuestra vida en solitario. Experimentar en algún momento, aunque sea de manera torpe, que es posible vivir la vida desde su raíz: desde ese Dios que se nos ofrece en Jesús, más humano, más amigo, más cercano y salvador que todas nuestras teorías.

Esta relación viva con Jesús no nace en nosotros de manera automática. Se va despertando en nuestro interior de forma frágil y humilde. Al comienzo es casi solo un deseo. Por lo general crece rodeada de dudas, interrogantes y resistencias. Pero, no sé cómo, llega un momento en el que el contacto con Jesús empieza a marcar decisivamente nuestra vida.

Estoy convencido de que el futuro de la fe entre nosotros se está decidiendo, en buena parte, en la conciencia de quienes en estos momentos nos sentimos cristianos. Ahora mismo la fe se está reavivando o se está extinguiendo en nuestras parroquias y comunidades, en el corazón de los sacerdotes y fieles que las formamos.

La increencia empieza a penetrar en nosotros desde el mismo momento en que nuestra relación con Jesús pierde fuerza o queda adormecida por la rutina, la indiferencia y la despreocupación. Por eso, el papa Francisco ha reconocido que «necesitamos crear espacios motivadores y sanadores [...] lugares donde regenerar la fe en Jesús». Hemos de escuchar su llamada.

4 Pascua - A
(Juan 10,1-10)
07 de mayo 2017

José Antonio Pagola 




A VECES, SEÑOR, A VECES
Escrito por  Florentino Ulibarri

A veces, Señor, a veces
la historia es tan opaca,
la vida tan ambigua,
y el horizonte tan monótono y triste,
que de nada sirve tu mensaje
porque tu presencia se nos esconde.

Y entonces, Señor, entonces
el corazón sufre y sangra,
las entrañas, cansadas, se agotan,
el espíritu se desorienta
y los sentidos se rebelan
porque no encuentran brotes de esperanza.

A veces, Señor, a veces
se me rompen los esquemas,
me encuentro perdido noche y día,
camino sin saber dónde te hallas,
y espero contra toda esperanza
anhelando el roce de tu brisa.

Y entonces, Señor, entonces,
si no pasas susurrando y moviendo
los cristales de mis ventanas,
mi anhelo se desata, en pasión o ira,
queriendo que seas huracán, fuego, tormenta
que zarandee mi cuerpo y espíritu.

A veces, Señor, a veces
sólo anhelo que Tú me llames,
pronunciando mi nombre como otras veces,
para despertarme y pacificarme,
y poder compartir heridas, deseos y tareas
a la vera del camino de la vida.

Y entonces, Señor, entonces,
aunque haya bandidos y ladrones,
sé que Tú vas cerca y delante
abriendo caminos y horizontes,
silbando alegres canciones
y dándonos a todos vida abundante.

A veces, Señor, a veces
reconozco tu presencia y voz,
y entonces, Señor, entonces
te sigo y salgo al mundo con ilusión.

Florentino Ulibarri



JESÚS NOS COMUNICA SU VIDA, QUE ES LA VIDA DE DIOS
Escrito por  Fray Marcos
Jn 10, 1-15

Aunque el evangelio de hoy ya no hable de apariciones, no nos apartamos del tema pascual, pues afirma expresamente: “Yo he venido para que tengan Vida y la tengan abundante”. Éste es el verdadero tema de Pascua. Lo que Jn pone en boca de Jesús nos está diciendo lo que de él pensaban los cristianos de finales del siglo I en la comunidad donde se escribe el evangelio, no lo que pudo decir él cuando vivía en Galilea. Esto que vivió una comunidad cristiana, es para nosotros más interesante que las mismas palabras que pudo decir Jesús, porque nos habla de una vivencia provocada por Jesús Vivo.

El relato nos habla de la puerta y del pastor. En el fondo es la misma metáfora, porque la única puerta de aquellos apriscos, era el pastor. El rebaño eran las 5 ó 10 ovejas o cabras, que eran la base de la economía familiar. Por la noche, después de haber llevado a pastar cada uno las suyas, se reunían todas en un aprisco, que consistía en una cerca de piedra con una entrada muy estrecha para que tuvieran que pasar las ovejas de una en una y así poder controlarlas, tanto a la entrada como a la salida. Esa entrada no tenía puerta, sino que un guarda, allí colocado, hacía de puerta y las cuidaba durante la noche.

Por la mañana cada pastor iba a sacar las suyas para llevarlas a pastar. Esto se hacía por medio de un silbido o de una voz que las ovejas conocían muy bien. Incluso tenían su propio nombre como nuestros perros hoy. Cuando oían la voz, las ovejas que se identificaban con ella, salían. Con estos datos se entiende perfectamente el relato. Jesús se identifica con ese pastor/dueño que cuida las ovejas como algo personal, pero no porque de ellas depende su familia, sino porque le interesan las ovejas por sí mismas.

El texto habla de comparación (paroimian). Utilizamos una comparación cuándo queremos explicar lo que es una cosa a través de otra que conocemos mejor. No se trata de una identificación sino de una aproximación. Ni Jesús es un pastor ni nosotros borregos. Jesús nos lleva a los pastos después de haberse alimentado él en los mismos. Y ya sabemos que su alimento fue hacer la voluntad de su Padre. El relato empieza por una referencia a esos dirigentes de todos los tiempos, que debían ser pastores, pero que en ved de cuidar de las ovejas, se pastorean a sí mismos y utilizan las ovejas en beneficio propio.

Las ovejas atienden a su voz porque la conocen. Una frase con profundas resonancias bíblicas. Oír la voz del Señor es conocer lo que nos pide, pero sobre todo obedecerle. Las llama por su nombre, porque cada una tiene nombre propio. Las que escuchan su voz, salen de la institución opresora y quedan en libertad. Jesús no viene a sustituir una institución por otra. No las saca de un corral para meterlas en otro. No son los miembros de la comunidad los que deben estar al servicio de la institución. Es la institución y la autoridad la que debe estar al servicio de cada uno.

En un mismo aprisco había ovejas de muchos dueños, por eso dice que saca todas las suyas. Porque son suyas, conocen su voz y le siguen. El texto quiere dejar bien claro que las ovejas no podían salir por sí mismas del estado de opresión, porque para ellas no había alternativa. Es Jesús el que les ofrece libertad y capacidad para decidir por sí mismas. Los dirigentes judíos son “extraños”, que no buscan la vida de las ovejas. Ellos las llevan a la muerte. Jesús les da vida. La diferencia no puede ser más radical.

Él camina delante y las ovejas le siguen. Esto tiene más miga de lo que parece. Jesús recorrió de punta a cabo una trayectoria humana. Esa experiencia nos sirve a nosotros de guía para recorrer el mismo camino. Para nosotros, esto es difícil de aceptar, porque tenemos una idea de Jesús-Dios que pasó por la vida humana de manera ficticia y con el comodín de la divinidad en la chistera. Ese Jesús no tendría ni idea de lo que significa ser hombre, y por lo tanto no puede servirnos de modelo a seguir.

Yo soy la puerta. No se refiere al elemento que gira para cerrar o abrir, sino al hueco por donde se accede a un recinto. El pastor que las cuidaba era la única puerta. Por eso dice que es la puerta de las ovejas, no del redil. Todos los que han venido antes, son ladrones y bandidos, no han dado libertad/vida a las ovejas. Son tres los productos interesantes de las ovejas: leche, lana y carne. Los pastores buscan ese interés. A ninguno le interesan las ovejas”. A las ovejas tampoco pueden interesarles esos pastores.

Entrar por la puerta que es Jesús, es lo mismo que "acercarse a él", "darle nuestra adhesión"; esto lleva consigo asemejarse a él, es decir, ir como él a la búsqueda del bien del hombre. Él da la vida definitiva, y el que posee esa Vida, quedará a salvo de la explotación. Él es la alternativa al orden injusto. En Jesús, el hombre puede alcanzar la verdadera salvación. "Podrá entrar y salir", es decir, tendrá libertad de movimiento. "Encontrará pastos", dice lo mismo que “no pasará hambre, no pasará sed”. Así se identifica el pasto con el pan de vida que es él mismo.  La Ley sustituida por el amor.

Yo he venido para que tengan Vida y les rebose. El ladrón (dirigentes), no sólo roba, despoja a la gente del pueblo de lo que es suyo, sino que sacrifica a las ovejas, es decir, les quita la vida. La misión de Jesús es exactamente la contraria: les da Vida y las restituye en su verdadero ser. Los jerarcas les arruinan la vida biológica. Jesús les da la verdadera Vida y con ella la biológica cobra pleno sentido. Jesús no busca su provecho ni el de Dios. Su único interés está en que cada oveja alcance su propia plenitud.

Es muy importante el versículo siguiente, que no hemos leído, para entender el significado del párrafo. “El pastor modelo se entrega él mismo por las ovejas”.El griego dice: "el modelo de pastor" (ho poimên ho kalos). La expresión denota excelencia (el vino en 2,10). Sería el pastor por excelencia. "kalos" significa: bello, ideal, modelo de perfección, único en su género. No se trata solo de resaltar el carácter de bondad y de dulzura. En griego hay una palabra (agathos), que significa “bueno”; pero no es la que aquí se emplea. Jesús es para aquella comunidad y para nosotros hoy, el único pastor.

Se entrega él mismo" (tên psykhên autou tithesin") = entrega su vida. En griego hay tres palabras para designar vida: zoê, bios y psukhê; pero no significan lo mismo. El evangelio dice psykhên = vida psicológica, no biológica. Se trata de poner a disposición de los demás todo lo que uno es como ser humano, mientras vive, no muriendo por ellos. La característica del pastor-modelo es que pone su vida al servicio de las ovejas para que vivan, sin limitación alguna. Al hacer esto, pone en evidencia la clase de Vida que posee y manifiesta la posibilidad de que todos los que le siguen tengan acceso a esa misma Vida.

Meditación

Tener Vida es el objetivo de Jesús y debe ser también el mío.
Ningún otro objetivo puede ser suficiente para mí.
La VIDA ya está en mí, pero tengo que alimentarla y vivirla.
Se trata de la misma Vida de Dios. “Yo vivo por el Padre”.
……………………

Si no despliego esa Vida, mi humanidad quedará frustrada;
mis posibilidades de SER humano quedarán disminuidas;
mi conocimiento, reducido a simple ciencia;
mi felicidad, incompleta, porque será simple hedonismo.

Fray Marcos



JESÚS, PUERTA DE DIOS
Escrito por  José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)
Jn 10, 1-16

Agotados los relatos de la resurrección del cuarto evangelio, leeremos en adelante otros fragmentos del mismo. Este domingo parece centrar el mensaje en la oposición a Jesús, y la consiguiente oposición a la Iglesia.

El fragmento que hoy leemos se sitúa entre dos grandes signos de Jesús, que hemos considerado en los domingos 4º y 5º de Cuaresma: el ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro.

Entre ellos, el capítulo 10 de Juan es una profesión de fe en quién es Jesús, mediante un discurso puesto en boca del mismo Jesús en el contexto de la polémica con los fariseos.

La imagen central de esta profesión de fe es la de "El Buen Pastor", pero el fragmento de hoy se centra en una pequeña expresión parabólica: "Yo soy la puerta", dice Jesús, el acceso a Dios, de entrada y salida.

El cuarto evangelio prescinde prácticamente por entero de las parábolas de Jesús. Nos resulta muy sorprendente que hubiera tenido tal atrevimiento, pero así es: el autor "enmendó la plana" a Jesús y se atrevió a omitir un género que fue tan característico del Maestro.

Pero aún aparecen en este evangelio algunos restos de parábolas. El texto de hoy nos ofrece uno de ellos, y marcado con la impronta característica de Jesús: la observación de la vida cotidiana, el conocimiento del comportamiento de las ovejas y los pastores, y la elevación de Jesús, capaz de comprender el actuar de Dios y la misma vida humana a la luz de esos acontecimientos cotidianos.

DIOS, PASTOR DE ISRAEL
En la Escritura no se define a Dios, no se hace teología intelectual, aplicando a Dios conceptos tomados de la filosofía, sino que se aplican a Dios comparaciones tomadas de la vida natural y de la vida humana. Recordemos, la luz, la sal, el agua, el médico...El tema de Dios Pastor de Israel es de gran raigambre en todo el AT.

La profesión de pastor es la de los elegidos. Abel es pastor, lo son los patriarcas. Moisés es pastor durante su destierro. Entre varios hermanos, el elegido, la figura de Cristo, es pastor (José, David)

El pueblo, cuando se aparta de Dios, es "como ovejas sin pastor". Números 27, 1 Reyes 22, 2 Crónicas 18, Judit 11, Ezequiel 34, Joel 1, Zacarías 10.

Tema que culmina en Mateo 23 y Marcos 6: a Jesús, la gente le daba pena porque andaban "como ovejas sin pastor".

Dios se presenta como pastor de Israel. Génesis 48 y 49, Salmos 22 y 79, Sirácida 18. Isaías 40 y 63, Jeremías 31 y 43, Ezequiel 34, Amós 3. Esta es la línea que culmina en el capítulo 10 de Juan, y se desarrolla después en Hebreos 10 y 1ª Pedro 2.

Los primeros cristianos representaban a Jesús no reproduciendo pretendidos retratos suyos, sino bajo la imagen del Buen Pastor.

Es tan fuerte esta línea de pensamiento que extraña que los evangelistas no hayan presentado a Jesús practicando esta profesión (lo cual, de paso, es un buen aval para la historicidad de la profesión de Jesús, "carpintero", de tan poca tradición ni significado simbólico en la tradición bíblica)

JESÚS, PUERTA DE DIOS
Pero, dentro de esta manera de simbolizar a Dios, Jesús es presentado como "LA PUERTA" del aprisco. El rebaño entra y sale por ella: para ir a pastar y para protegerse por la noche. Y el pastor verdadero entra por ella, mientras los ladrones saltan la cerca.

En la intención de Jesús, y en el contexto evangélico en que esto se sitúa, los ladrones y salteadores son sin duda los legistas, los fariseos y los sacerdotes. Jesús está proponiendo al pueblo un dilema: "éstos o yo". Y les está acusando de ser salteadores, que no quieren el bien del rebaño sino su propio provecho.

Al definirse como "puerta", Jesús dice que todo Israel debe pasar por él, y excluye a los otros. Esta interpretación, y el hecho de que los interlocutores sean precisamente los fariseos, nos muestra la situación de las comunidades en que se escribió este evangelio, ya en absoluta ruptura con el judaísmo, (exclusivamente fariseo desde la caída de Jerusalén).

Pero esta reflexión histórica nos lleva a otra mucho más inmediata. Jesús es nuestra puerta de acceso al Padre, y así se presenta él mismo.

En la esencia misma de nuestra fe está "quién es para nosotros Jesús". Y Jesús es, para nosotros, el hombre en el cual conocemos a Dios, porque está lleno del Espíritu.

En el mundo inaccesible de la divinidad, se ha abierto una puerta. El Dios-enteramente-Otro, el completamente trascendente, ha hecho una asombrosa aproximación.

Resuenan en estos textos las palabras definitivas de Juan: "A Dios nadie le ha visto jamás, el hijo nos lo ha dado a conocer."

Es muy importante a este respecto interpretar correctamente los relatos de tipo parabólico. De esta imagen podríamos sacar la conclusión de que Dios sólo se manifiesta por Jesús, que todas las demás religiones son ladrones y salteadores etc. No es así.

Nunca debemos interpretar una parábola más allá de lo que quiso decir su autor. Y el autor quiso decir aquí que Jesús es puerta y los fariseos no. Nada más. Otras conclusiones podrán ser muy tentadoras, pero son elucubraciones nuestras, por muy verosímiles que nos puedan parecer.

Pero también nosotros estamos tentados de abrir otras puertas para acceder a Dios. La curiosidad intelectual, el orgullo de la mente humana, capaz de preguntar más de lo que puede comprender, son admirables.

Pero deben reconocer sus límites. Por honestidad. La divinidad está más allá de estos límites. Reconocerlo no empequeñece al ser humano, sino que lo define, lo sitúa en su verdad.

Cuando se quebrantan estos límites, y se pretende aplicar a Dios el resultado de nuestros razonamientos, nos adentramos en un mar peligroso, lleno de tentaciones: la principal es la idolatría, hacernos dioses a nuestra imagen y semejanza.

"Muéstrame tu rostro" decía Moisés en la Tienda del Encuentro. Y Dios lo ha hecho ya: Jesús, rostro de Dios, rostro visible de Dios, imagen perfecta.

Debemos dar rienda suelta a nuestro agradecimiento y a nuestra admiración. Podemos conocer a Dios. Hay una Puerta de acceso a la divinidad: Jesús, el de Nazaret, el hijo de María.

ENTRAR POR LA PUERTA
Es muy característico de nuestra religiosidad quedarnos contentos y satisfechos con "saber". Sabemos que Jesús es la puerta, el acceso a Dios; ya está. Creemos fielmente que eso es así: somos plenamente ortodoxos; ya está. Pues no, nada está.

Una puerta es para entrar; saber que hay una puerta, saber cuál es la puerta, no sirve para nada si no entramos. La más perfecta ortodoxia y el más atinado conocimiento de Dios no valen para nada. Todo eso es una invitación: lo que importa es aceptar la invitación.

Resuena aquí la parábola de los invitados a la boda (Mt 22,9 - Lc 14,23). La invitación queda sin respuesta, ha sido en vano.

Entrar por la puerta de Jesús: ¿a dónde?. Al Padre, es decir, saberse hijo, aceptar la dignidad, el compromiso y la confianza del hijo. Y renunciar a otros dioses.

Jesús es la puerta del Reino. Saberlo no sirve para nada si no entramos en el Reino.

Más aún, en la historia de la muerte de Jesús que hemos considerado hace tan pocas semanas, encontramos el terrible ejemplo de los jefes de Israel que se dieron cuenta perfectamente de que Jesús era la puerta de un reino que para ellos no fue Buena, sino malísima Noticia: era el final de su religión, de su templo y de su poder. Y no sólo no entraron por la puerta, sino que quisieron destruirla.

Nosotros no somos tan consecuentes como aquellos sacerdotes; reconocemos que Jesús es la puerta y adornamos la puerta con nuestra ortodoxia y nuestro culto. Entrar ya es otra canción.

Y es normal, porque entrar en el Reino es cambiar de criterios y de valores, y no nos apetece nada. Es normal no entrar en el Reino: como el joven rico que no quiso seguir a Jesús porque le costaba demasiado dejar todo lo que tenía, nosotros tampoco seguimos a Jesús: nos costaría demasiados cambios.

Todo esto es normal; en consecuencia de esto, nos reconocemos ante Dios cobardes e inconsecuentes, nos ponemos en la última fila, sabemos que somos últimos en el Reino... Lo que no es de recibo es que no reconozcamos esa realidad, que nos creamos algo simplemente porque estamos bien informados.

Hay una pequeña y terrible expresión parabólica de Jesús contra los escribas, que se refiere al tema de la puerta:

"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los cielos; vosotros ciertamente no entráis, y a los que están entrando no les dejáis entrar"

En la medida en que nuestra vida de cristianos produzca en otros este efecto, se nos pueden aplicar las palabras de Jesús.

Salmo 22
EL SEÑOR ES MI PASTOR

El Señor es mi pastor, nada me falta, pero tengo enfermedades, la vejez me acecha, me pasan desgracias.

El Señor es Pastor de todos, pero en el rebaño hay infinitas calamidades, no hay más que mirar al mundo, encender la TV... ¿Dónde está el pastor?

El Señor es mi pastor, pero yo soy oveja que descarría, que oye la voz del pastor y no acude....

Y sin embargo, solemos rezar este salmo porque creemos firmemente que el Señor es Pastor, que no es insensible a los males del rebaño, ni a los míos. Y porque queremos seguirle. Lo recitamos como un acto de fe.

El Señor es mi pastor,
nada me falta;
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras
nada temo, porque tú vas conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.


José Enrique Galarreta



SEÑOR, MESÍAS, MODELO, PUERTA DEL APRISCO
Escrito por  José Luis Sicre

Estos cuatro títulos resumen lo que afirman de Jesús las lecturas del próximo domingo: que es Señor y Mesías lo dice Pedro en el libro de los Hechos (1ª lectura); como modelo a la hora de soportar el sufrimiento lo propone la Primera carta de Pedro (2ª lectura); puerta del aprisco es la imagen que se aplica a sí mismo Jesús en el evangelio de Juan. En resumen, las lecturas nos proponen una catequesis sobre Jesús, lo que significó para los primeros cristianos y lo que debe seguir significando para nosotros.

No quedarnos en el próximo domingo, mirar hasta el 7º
Cabe el peligro de vivir la liturgia de las próximas semanas sin advertir el mensaje global que intentan transmitirnos las lecturas dominicales: pretenden prepararnos a las dos grandes fiestas de la Ascensión y Pentecostés, y lo hacen tratando tres temas a partir de tres escritos del Nuevo Testamento.

1. La iglesia (1ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles). Se describe el aumento de la comunidad (4º domingo), la institución de los diáconos (5º), el don del Espíritu en Samaria (6º), y cómo la comunidad se prepara para Pentecostés (7º). Adviértase la enorme importancia del Espíritu en estas lecturas.

2. Vivir cristianamente en un mundo hostil (2ª lectura, de la Primera carta de Pedro). Los primeros cristianos sufrieron persecuciones de todo tipo, como las que padecen algunas comunidades actuales. La primera carta de Pedro nos recuerda el ejemplo de Jesús, que debemos imitar (4º); la propia dignidad, a pesar de lo que digan de nosotros (5º); la actitud que debemos adoptar ante las calumnias (6º), y los ultrajes (7º).

3. Jesús (evangelio: Juan). Los pasajes elegidos constituyen una gran catequesis sobre la persona de Jesús: es el pastor y la puerta (4º); camino, verdad y vida (5º); el que vive junto al Padre y con nosotros (6º); el que ora e intercede por nosotros (7º).

Jesús, puerta del aprisco
El autor del cuarto evangelio disfruta tendiendo trampas al lector. Al principio, todo parece muy sencillo. Un redil, con su cerca y su guarda. Se aproxima uno que no entra por la puerta ni habla con el guarda, sino que salta la valla: es un ladrón. En cambio, el pastor llega al rebaño, habla con el guarda, le abre la puerta, llama a las ovejas, ellas lo siguen y las saca a pastar. Lo entienden hasta los niños.

Sin embargo, inmediatamente después añade el evangelista: “ellos no entendieron de qué les hablaba”. Muchos lectores actuales pensarán: “son tontos, está clarísimo, habla de Jesús como buen pastor”. Y se equivocan. Eso es verdad a partir del versículo 11, donde Jesús dice expresamente: “Yo soy el buen pastor”. Pero en el texto que se lee hoy, el inmediatamente anterior (Juan 10,1-10), Jesús se aplica una imagen muy distinta: no se presenta como el buen pastor sino como la puerta por la que deben entrar todos los pastores (“yo soy la puerta del redil”).

Con ese radicalismo típico del cuarto evangelio, se afirma que todos los personajes anteriores a Jesús, al no entrar por él, que es la puerta, no eran en realidad pastores, sino ladrones y bandidos, que sólo pretenden “robar y matar y hacer estrago”.

Resuenan en estas duras palabras un eco de lo que denunciaba el profeta Ezequiel en los pastores (los reyes) de Israel: en vez de apacentar a las ovejas (al pueblo) se apacienta a sí mismos, se comen su enjundia, se visten con su lana, no curan las enfermas, no vendan las heridas, no recogen las descarriadas ni buscan las perdidas; por culpa de esos malos pastores que no cumplían con su deber, Israel terminó en el destierro (Ez 34).

La consecuencia lógica sería presentar a Jesús como buen pastor que da la vida por sus ovejas. Pero eso vendrá más adelante, no se lee hoy. En lo que sigue, Jesús se presenta como la puerta por la que el rebaño puede salir para tener buenos pastos y vida abundante.

En este momento cabría esperar una referencia a la obligación de los pastores, los responsables de la comunidad cristiana, a entrar y salir por la puerta del rebaño: Jesús. Todo contacto que no se establezca a través de él es propio de bandidos y está condenado al fracaso (“las ovejas no les hicieron caso”). Aunque el texto no formula de manera expresa esta obligación, se deduce de él fácilmente.

En realidad, esta parte del discurso termina dirigiéndose no a los pastores sino al rebaño, recordándole que “quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”.

Ya que es frecuente echar la culpa a los pastores de los males de la iglesia, al rebaño le conviene recordar que siempre dispone de una puerta por la que salvarse y tener vida abundante.

Cristianos perseguidos
La segunda lectura recuerda a los cristianos perseguidos y condenados injustamente que ese mismo fue el destino de Jesús, y que lo aceptó sin devolver insultos ni amenazas. En ese contexto lo presenta como modelo con unas palabras espléndidas: “Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas”. Al final de esta lectura encontramos la imagen de Jesús como buen pastor (“Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas”). Como he indicado, no es lo esencial del evangelio.

José Luis Sicre



SE NECESITAN CONSTRUCTORES DE PAZ, NO PROVOCADORES DE CONFLICTOS
Jesús Bastante (Religión Digital)

"Se necesitan constructores de paz, no provocadores de conflictos; bomberos y no incendiarios; predicadores de reconciliación y no vendedores de destrucción". El Papa Francisco se fundió en un profundo y emotivo abrazo con Ahmed al Tayeb, el imán de Al-Azhar, durante un histórico encuentro en la Universidad sunnita.

Un encuentro inolvidable, pues ambos líderes, musulmanes y católicos, gritaron con fuerza un rotundo "no" contra la violencia en nombre de Dios. Comenzó el imán, quien declaró que "las religiones deben enfatizar el valor de los derechos humanos, sin importar el color, la creencia, la raza o el idioma", y clamó por "liberar la imagen de las religiones de falsos conceptos, malos entendidos, malas prácticas y una falsa religiosidad, males que propagan el odio e instigan la violencia".

"No debemos responsabilizar a las religiones por los actos de un pequeño grupo de seguidores", insistió el imán, apuntando que "el Islam no es una religión de terroristas", se trata de "ignorantes que lo malinterpretan, derraman sangre y propagan la destrucción. Desafortunadamente encuentran fuentes disponibles de financiación, armas y entrenamiento".

Del mismo modo, añadió, "el Judaísmo no es una religión de terrorismo solo porque un grupo use la religión de Moisés para ocupar territorios que no les pertenecen", y tampoco es justo acusar de terrorista a la civilización europea "porque tuvieron dos guerras mundiales que dejaron 70 millones de muertos. O la civilización norteamericana, cuyas bombas nucleares cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki". "Todos trabajaremos juntos para salvar a la humanidad", concluyó.

Por su parte, Francisco, quien arrancó su discurso con un "Al Salamo Alaikum", reivindicó Egipto como "tierra de civilización" y reivindicó la importancia de la educación para construir la paz. Por ello, abundó en la necesidad de "dialogar con el otro reconociendo sus derechos y libertades", y "para construir el futuro", teniendo presente que  "la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro".  Y en esa vía, indicó la necesidad del acompañamiento a los jóvenes para que "como árboles plantados" "transformen cada día el aire contaminado de odio en oxígeno de fraternidad".

Al tiempo, el Papa clamó por la necesidad de una alianza entre las religiones y las civilizaciones, donde "creencias religiosas diferentes se han encontrado y culturas diversas se han mezclado sin confundirse, reconociendo la importancia de aliarse para el bien común", para hacer frente a "la peligrosa paradoja que por una parte tiende a reducir la religión a la esfera privada, y por la otra, confunde la esfera religiosa y la política sin distinguirlas adecuadamente".

"La religión no es parte del problema, sino parte de la solución", clamó Francisco, quien recordó la voz de Dios en el cercano monte Sinaí, "resonando el mandato de 'No matarás'". "Como líderes religiosos estamos llamados a desenmascarar la violencia que se disfraza de supuesta sacralidad", a "denunciar las violaciones que atentan contra la dignidad humana y contra los derechos humanos", a "poner al descubierto los intentos de justificar todas las formas de odio en nombre de las religiones y a condenarlos como una falsificación idolátrica de Dios: su nombre es santo, Él es el Dios de la paz"; "rezar los unos por los otros, pidiendo a Dios el don de la paz", "sin caer - aclaró- en sincretismos conciliadores".

"No sirve de mucho levantar la voz y correr a rearmarse para protegerse, se necesitan constructores de paz, no provocadores de conflictos; bomberos y no incendiarios; predicadores de reconciliación y no vendedores de destrucción", culminó Bergoglio, quien recalcó que "juntos, repetimos un 'No' alto y claro a toda forma de violencia, de venganza y de odio cometidos en nombre de la religión o en nombre de Dios. Juntos afirmamos la incompatibilidad entre la fe y la violencia, entre creer y odiar. Juntos declaramos el carácter sagrado de toda vida humana frente a cualquier forma de violencia física, social, educativa o psicológica".

Francisco concluyó su discurso llamando a "rezar los unos por los otros, pidiendo a Dios el don de la paz, encontrarnos, dialogar y promover la armonía con un espíritu de cooperación y amistad. Como cristianos «no podemos invocar a Dios, Padre de todos los hombres, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios»".

Y todo ello, abogando por "una auténtica fraternidad universal", que tenga en cuenta la dignidad de todos los hombres y mujeres, sin caer en "populismos demagógicos que ciertamente no ayudan a consolidar la paz y la estabilidad". En una velada alusión al bombardeo ordenado por Donald Trump en Siria, el Papa señaló que "ninguna incitación a la violencia garantizará la paz, y cualquier acción unilateral que no ponga en marcha procesos constructivos y compartidos, en realidad, sólo beneficia a los partidarios del radicalismo y de la violencia".

"Para prevenir los conflictos y construir la paz es esencial trabajar para eliminar las situaciones de pobreza y de explotación, donde los extremismos arraigan fácilmente, así como evitar que el flujo de dinero y armas llegue a los que fomentan la violencia", insistió Bergoglio, quien pidió "ir a la raíz" y "detener la proliferación de armas que, si se siguen produciendo y comercializando, tarde o temprano llegarán a utilizarse. Sólo sacando a la luz las turbias maniobras que alimentan el cáncer de la guerra se pueden prevenir sus causas reales. A este compromiso urgente y grave están obligados los responsables de las naciones, de las instituciones y de la información, así como también nosotros responsables de cultura, llamados por Dios, por la historia y por el futuro a poner en marcha -cada uno en su propio campo- procesos de paz, sin sustraerse a la tarea de establecer bases para una alianza entre pueblos y estados".

Palabras del Papa:
Al Salamò Alaikum! / La paz sea con vosotros.

Es para mí un gran regalo estar aquí, en este lugar, y comenzar mi visita a Egipto encontrándome con vosotros en el ámbito de esta Conferencia Internacional para la Paz. Agradezco al Gran Imán por haberla proyectado y organizado, y por su amabilidad al invitarme. Quisiera compartir algunas reflexiones, tomándolas de la gloriosa historia de esta tierra, que a lo largo de los siglos se ha manifestado al mundo como tierra de civilización y tierra de alianzas.

Tierra de civilización. Desde la antigüedad, la civilización que surgió en las orillas del Nilo ha sido sinónimo de cultura. En Egipto ha brillado la luz del conocimiento, que ha hecho germinar un patrimonio cultural de valor inestimable, hecho de sabiduría e ingenio, de adquisiciones matemáticas y astronómicas, de admirables figuras arquitectónicas y artísticas. La búsqueda del conocimiento y la importancia de la educación han sido iniciativas que los antiguos habitantes de esta tierra han llevado a cabo produciendo un gran progreso. Se trata de iniciativas necesarias también para el futuro, iniciativas de paz y por la paz, porque no habrá paz sin una adecuada educación de las jóvenes generaciones. Y no habrá una adecuada educación para los jóvenes de hoy si la formación que se les ofrece no es conforme a la naturaleza del hombre, que es un ser abierto y relacional.

La educación se convierte de hecho en sabiduría de vida cuando consigue que el hombre, en contacto con Aquel que lo trasciende y con cuanto lo rodea, saque lo mejor de sí mismo, adquiriendo una identidad no replegada sobre sí misma. La sabiduría busca al otro, superando la tentación de endurecerse y encerrarse; abierta y en movimiento, humilde y escudriñadora al mismo tiempo, sabe valorizar el pasado y hacerlo dialogar con el presente, sin renunciar a una adecuada hermenéutica. Esta sabiduría favorece un futuro en el que no se busca la prevalencia de la propia parte, sino que se mira al otro como parte integral de sí mismo; no deja, en el presente, de identificar oportunidades de encuentro y de intercambio; del pasado, aprende que del mal sólo viene el mal y de la violencia sólo la violencia, en una espiral que termina aislando. Esta sabiduría, rechazando toda ansia de injusticia, se centra en la dignidad del hombre, valioso a los ojos de Dios, y en una ética que sea digna del hombre, rechazando el miedo al otro y el temor de conocer a través de los medios con los que el Creador lo ha dotado.

1 Precisamente en el campo del diálogo, especialmente interreligioso, estamos llamados a caminar juntos con la convicción de que el futuro de todos depende también del encuentro entre religiones y culturas. En este sentido, el trabajo del Comité mixto para el Diálogo entre el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso y el Comité de Al-Azhar para el Diálogo representa un ejemplo concreto y alentador. El diálogo puede ser favorecido si se conjugan bien tres indicaciones fundamentales: el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones. El deber de la identidad, porque no se puede entablar un diálogo real sobre la base de la ambigüedad o de sacrificar el bien para complacer al otro. La valentía de la alteridad, porque al que es diferente, cultural o religiosamente, no se le ve ni se le trata como a un enemigo, sino que se le acoge como a un compañero de ruta, con la genuina convicción de que el bien de cada uno se encuentra en el bien de todos. La sinceridad de las intenciones, porque el diálogo, en cuanto expresión auténtica de lo humano, no es una estrategia para lograr segundas intenciones, sino el camino de la verdad, que merece ser recorrido pacientemente para transformar la competición en cooperación.

Educar, para abrirse con respeto y dialogar sinceramente con el otro, reconociendo sus derechos y libertades fundamentales, especialmente la religiosa, es la mejor manera de construir juntos el futuro, de ser constructores de civilización. Porque la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro. Y con el fin de contrarrestar realmente la barbarie de quien instiga al odio e incita a la violencia, es necesario acompañar y ayudar a madurar a las nuevas generaciones para que, ante la lógica incendiaria del mal, respondan con el paciente crecimiento del bien: jóvenes que, como árboles plantados, estén enraizados en el terreno de la historia y, creciendo hacia lo Alto y junto a los demás, transformen cada día el aire contaminado de odio en oxígeno de fraternidad.

En este desafío de civilización tan urgente y emocionante, cristianos y musulmanes, y todos los creyentes, estamos llamados a ofrecer nuestra aportación: «Vivimos bajo el sol de un único Dios misericordioso. [...] Así, en el verdadero sentido podemos llamarnos, los unos a los otros, hermanos y hermanas [...], porque sin Dios la vida del hombre sería como el cielo sin el sol». 2 Salga pues el sol de una renovada hermandad en el nombre de Dios; y de esta tierra, acariciada por el sol, despunte el alba de una civilización de la paz y del encuentro. Que san Francisco de Asís, que hace ocho siglos vino a Egipto y se encontró con el Sultán Malik al Kamil, interceda por esta intención.

Tierra de alianzas. Egipto no sólo ha visto amanecer el sol de la sabiduría, sino que su tierra ha sido también iluminada por la luz multicolor de las religiones. Aquí, a lo largo de los siglos, las diferencias de religión han constituido «una forma de enriquecimiento mutuo del servicio a la única comunidad nacional». 3 Creencias religiosas diferentes se han encontrado y culturas diversas se han mezclado sin confundirse, reconociendo la importancia de aliarse para el bien común. Alianzas de este tipo son cada vez más urgentes en la actualidad. Para hablar de ello, me gustaría utilizar como símbolo el «Monte de la Alianza» que se yergue en esta tierra. El Sinaí nos recuerda, en primer lugar, que una verdadera alianza en la tierra no puede prescindir del Cielo, que la humanidad no puede pretender encontrar la paz excluyendo a Dios de su horizonte, ni tampoco puede tratar de subir la montaña para apoderarse de Dios (cf. Ex 19,12).

Se trata de un mensaje muy actual, frente a esa peligrosa paradoja que persiste en nuestros días, según la cual por un lado se tiende a reducir la religión a la esfera privada, sin reconocerla como una dimensión constitutiva del ser humano y de la sociedad y, por el otro, se confunden la esfera religiosa y la política sin distinguirlas adecuadamente. Existe el riesgo de que la religión acabe siendo absorbida por la gestión de los asuntos temporales y se deje seducir por el atractivo de los poderes mundanos que en realidad sólo quieren instrumentalizarla. En un mundo en el que se han globalizado muchos instrumentos técnicos útiles, pero también la indiferencia y la negligencia, y que corre a una velocidad frenética, difícil de sostener, se percibe la nostalgia de las grandes cuestiones sobre el sentido de la vida, que las religiones saben promover y que suscitan la evocación de los propios orígenes: la vocación del hombre, que no ha sido creado para consumirse en la precariedad de los asuntos terrenales sino para encaminarse hacia el Absoluto al que tiende. Por estas razones, sobre todo hoy, la religión no es un problema sino parte de la solución: contra la tentación de acomodarse en una vida sin relieve, donde todo comienza y termina en esta tierra, nos recuerda que es necesario elevar el ánimo hacia lo Alto para aprender a construir la ciudad de los hombres.

En este sentido, volviendo con la mente al Monte Sinaí, quisiera referirme a los mandamientos que se promulgaron allí antes de ser escritos en la piedra. 4 En el corazón de las «diez palabras» resuena, dirigido a los hombres y a los pueblos de todos los tiempos, el mandato «no matarás» (Ex 20,13). Dios, que ama la vida, no deja de amar al hombre y por ello lo insta a contrastar el camino de la violencia como requisito previo fundamental de toda alianza en la tierra. Siempre, pero sobre todo ahora, todas las religiones están llamadas a poner en práctica este imperativo, ya que mientras sentimos la urgente necesidad de lo Absoluto, es indispensable excluir cualquier absolutización que justifique cualquier forma de violencia. La violencia, de hecho, es la negación de toda auténtica religiosidad.

Como líderes religiosos estamos llamados a desenmascarar la violencia que se disfraza de supuesta sacralidad, apoyándose en la absolutización de los egoísmos antes que en una verdadera apertura al Absoluto. Estamos obligados a denunciar las violaciones que atentan contra la dignidad humana y contra los derechos humanos, a poner al descubierto los intentos de justificar todas las formas de odio en nombre de las religiones y a condenarlos como una falsificación idolátrica de Dios: su nombre es santo, él es el Dios de la paz, Dios salam. 5 Por tanto, sólo la paz es santa y ninguna violencia puede ser perpetrada en nombre de Dios porque profanaría su nombre.

Juntos, desde esta tierra de encuentro entre el cielo y la tierra, de alianzas entre los pueblos y entre los creyentes, repetimos un «no» alto y claro a toda forma de violencia, de venganza y de odio cometidos en nombre de la religión o en nombre de Dios. Juntos afirmamos la incompatibilidad entre la fe y la violencia, entre creer y odiar. Juntos declaramos el carácter sagrado de toda vida humana frente a cualquier forma de violencia física, social, educativa o psicológica. La fe que no nace de un corazón sincero y de un amor auténtico a Dios misericordioso es una forma de pertenencia convencional o social que no libera al hombre, sino que lo aplasta. Digamos juntos: Cuanto más se crece en la fe en Dios, más se crece en el amor al prójimo.

Sin embargo, la religión no sólo está llamada a desenmascarar el mal sino que lleva en sí misma la vocación a promover la paz, probablemente hoy más que nunca. 6 Sin caer en sincretismos conciliadores, 7 nuestra tarea es la de rezar los unos por los otros, pidiendo a Dios el don de la paz, encontrarnos, dialogar y promover la armonía con un espíritu de cooperación y amistad. Como cristianos «no podemos invocar a Dios, Padre de todos los hombres, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios». 8 Más aún, reconocemos que inmersos en una lucha constante contra el mal, que amenaza al mundo para que «no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad», «a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles». 9 Por el contrario, son esenciales: En realidad, no sirve de mucho levantar la voz y correr a rearmarse para protegerse: hoy se necesitan constructores de paz, no provocadores de conflictos; bomberos y no incendiarios; predicadores de reconciliación y no vendedores de destrucción.

Asistimos perplejos al hecho de que, mientras por un lado nos alejamos de la realidad de los pueblos, en nombre de objetivos que no tienen en cuenta a nadie, por el otro, como reacción, surgen populismos demagógicos que ciertamente no ayudan a consolidar la paz y la estabilidad. Ninguna incitación a la violencia garantizará la paz, y cualquier acción unilateral que no ponga en marcha procesos constructivos y compartidos, en realidad, sólo beneficia a los partidarios del radicalismo y de la violencia.

Para prevenir los conflictos y construir la paz es esencial trabajar para eliminar las situaciones de pobreza y de explotación, donde los extremismos arraigan fácilmente, así como evitar que el flujo de dinero y armas llegue a los que fomentan la violencia. Para ir más a la raíz, es necesario detener la proliferación de armas que, si se siguen produciendo y comercializando, tarde o temprano llegarán a utilizarse. Sólo sacando a la luz las turbias maniobras que alimentan el cáncer de la guerra se pueden prevenir sus causas reales. A este compromiso urgente y grave están obligados los responsables de las naciones, de las instituciones y de la información, así como también nosotros responsables de cultura, llamados por Dios, por la historia y por el futuro a poner en marcha -cada uno en su propio campo- procesos de paz, sin sustraerse a la tarea de establecer bases para una alianza entre pueblos y estados. Espero que, con la ayuda de Dios, esta tierra noble y querida de Egipto pueda responder aún a su vocación de civilización y de alianza, contribuyendo a promover procesos de paz para este amado pueblo y para toda la región de Oriente Medio.

Al Salamò Alaikum! / La paz esté con vosotros.

Jesús Bastante
Religión Digital



SI NO LO VEO, NO LO CREO
Escrito por  José Arregi

Cuenta el Evangelio de Juan que, tres días después de haber sido crucificado, Jesús se apareció vivo a sus discípulas y discípulos, y les saludó diciendo: “¡Paz a vosotros!”. Ellos se llenaron de alegría. No era para menos, pues significaba que la bondad profética era más fuerte que el imperio y el Sanedrín, y que el sueño de Jesús tenía razón.

Pero en aquella ocasión faltaba Tomás, que llegó luego. Sus compañeros le dijeron: “¡Hemos visto a Jesús vivo!”. Él pensó que se engañaban o que lo engañaban, y les dijo: “Si no veo en sus manos las heridas de los clavos, y si no meto mi mano en ellas y mi mano en su costado, no lo creeré”. Así se convirtió en imagen de quien se niega a creer algo inverosímil sin pruebas suficientes, y hoy todavía decimos: “Yo como Tomás: si no lo veo, no lo creo”.

¿Será por ello el apóstol Tomás imagen de la persona cientificista o positivista, para quien no es real más que lo empíricamente comprobado o comprobable? ¿Será Tomás prototipo de quien cierra los ojos a lo Invisible tan manifiesto en todo lo visible, de quien se resiste al Misterio más grande, por pusilanimidad, ofuscación o autosuficiencia? No, Tomás es más bien modelo de fe, una fe que cuestiona, relativiza y trasciende todas las creencias, sean éstas religiosas o no. No se puede ser creyente sin ser “incrédulo” de las creencias, sin liberarse de ellas. La fe no consiste en profesar creencias –que “Dios existe”, que un muerto se aparece o que el horóscopo determina el destino–. La fe de la que habla el Evangelio de Jesús es esa cualidad humana profunda –religiosa o no, con creencias o sin ellas, poco importa– que se compadece activamente de la vida que sufre y que confía creadoramente en la Vida que resucita.

Hizo bien Tomas en no creer en la aparición de Jesús resucitado hasta que no lo vio con sus propios ojos, de acuerdo al relato del evangelio de Juan. Y haríamos bien en no entender este relato evangélico y todos los demás en un sentido literal, en no pensar que Tomás vio físicamente después de su muerte. El escepticismo de Tomás es hoy, más todavía que entonces, exigencia de una fe madura, que no consiste en creer lo que no vemos o algo de lo que no estamos convencidos por argumentos racionales.

Es verdad que creemos muchas cosas sin haberlas visto: creemos que somos hijos de nuestra madre, aunque no lo hemos comprobado, pero si algún día nos asaltara la duda, ahí está la prueba del ADN que nos sacará de toda duda. Creo que  Saturno es un planeta gaseoso o que en el interior del átomo es muchísimo más grande el vacío que la masa, aunque no lo he visto por mí mismo, pero quienes lo enseñan lo han demostrado científicamente, y yo mismo podría comprobarlo si me pusiera a ello. Hay mucha gente que cree cosas mucho más difíciles sin que nadie lo haya visto ni comprobado. Me pasma constatar, por ejemplo, que más de la mitad de nuestra sociedad cree que en la homeopatía hay algo más que efecto placebo, aunque en 150 años de investigaciones científicas nadie haya encontrado todavía más que agua con un poco de glucosa y otro poco de lactosa.

La fe cristiana de muchos –en la concepción virginal de Jesús, el sepulcro milagrosamente vacío o la transubstanciación eucarística…– funciona como la creencia en el horóscopo o en la homeopatía. Tomás nos dice: “No creáis nada porque os lo hayan contado, porque sea dogma, porque os lo diga un papa supuestamente infalible. Sentíos libres para no creer nada que os resulte increíble, y sed respetuosos con la gente que cree, sin dejar de cuestionarla y dejándoos cuestionar siempre”.

Ocho días después, dice el relato, Jesús se les apareció de nuevo y dijo a Tomás: “Mira mis manos heridas, mete tu dedo en mi costado herido”. Tomás se rindió al Crucificado herido y Viviente. Y Jesús le dijo: “Dichosos los que creen sin haber visto”. Tomás es el primer dichoso. Pero no se trató de apariciones y creencias. Con los ojos y la compasión de las entrañas, recordó y miró a fondo la historia compasiva de Jesús y sus llagas, las llagas de todos los seres vivientes. Vio porque a pesar de todo confió y confió porque vio el fondo en la forma. Vio la Vida en el fondo de la muerte, y se convirtió en Testigo y en Viviente.

José Arregi