viernes, 24 de marzo de 2017

José Antonio Pagola - PARA EXCLUIDOS


José Antonio Pagola - PARA EXCLUIDOS

Es ciego de nacimiento. Ni él ni sus padres tienen culpa alguna, pero su destino quedará marcado para siempre. La gente lo mira como un pecador castigado por Dios. Los discípulos de Jesús le preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres.

Jesús lo mira de manera diferente. Desde que lo ha visto solo piensa en rescatarlo de aquella vida de mendigo, despreciado por todos como pecador. Él se siente llamado por Dios a defender, acoger y curar precisamente a los que viven excluidos y humillados.

Después de una curación trabajosa en la que también él ha tenido que colaborar con Jesús, el ciego descubre por vez primera la luz. El encuentro con Jesús ha cambiado su vida. Por fin podrá disfrutar de una vida digna, sin temor a avergonzarse ante nadie.

Se equivoca. Los dirigentes religiosos se sienten obligados a controlar la pureza de la religión. Ellos saben quién no es pecador y quién está en pecado. Ellos decidirán si puede ser aceptado en la comunidad religiosa. Por eso lo expulsan.

El mendigo curado confiesa abiertamente que ha sido Jesús quien se le ha acercado y le ha curado, pero los fariseos lo rechazan irritados: «Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». El hombre insiste en defender a Jesús: es un profeta, viene de Dios. Los fariseos no lo pueden aguantar: «¿Es que también pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que estás envuelto en pecado desde que naciste?».

El evangelista dice que, «cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a encontrarse con él». El diálogo es breve. Cuando Jesús le pregunta si cree en el Mesías, el expulsado dice: «¿Y quién es, Señor, para que pueda creer en él?». Jesús le responde conmovido: «No está lejos de ti. Ya lo has visto. Es el que está hablando contigo». El mendigo le dice: «Creo, Señor».

Así es Jesús. Él viene siempre al encuentro de aquellos que no son acogidos oficialmente por la religión. No abandona a quienes lo buscan y lo aman, aunque sean excluidos de las comunidades e instituciones religiosas. Los que no tienen sitio en nuestras iglesias tienen un lugar privilegiado en su corazón.

¿Quién llevará hoy este mensaje de Jesús hasta esos colectivos que, en cualquier momento, escuchan condenas públicas injustas de dirigentes religiosos ciegos; que se acercan a las celebraciones cristianas con temor a ser reconocidos; que no pueden comulgar con paz en nuestras eucaristías; que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina?

Amigos y amigas desconocidos, no lo olvidéis: cuando los cristianos os rechazamos, Jesús os está acogiendo.


4 Cuaresma - A
(Juan 9,1-41)
26 de marzo 2017

José Antonio Pagola 
buenasnoticias@ppc-editorial.com





PON TU MANO EN MIS OJOS
Escrito por  Florentino Ulibarri

Pon barro y saliva,y tu mano humana y divina,
en mis ojos para que tengan vista

Pon tu mano en mis ojos miopes,
para que puedan mirar más allá
de la costumbre, la familia y la comunidad,
y ver al hambriento, al sediento, a los siempre pobres.

Pon tu mano en mis ojos endurecidos
por el paso de los años y los fracasos,
para que se transformen
en ojos emocionados, capaces de llorar.

Pon tu mano en mis ojos cansados,
que no alcanzan a distinguir bien cosas y personas,
para que adquieran juventud y claridad
en este mundo convulso y cambiante.

Pon tu mano en mis ojos enfermos,
mal acostumbrados y poco cuidados,
para que recuperen la salud
y puedan ver sin engaño en plenitud.

Pon tu mano en mis ojos heridos
por tantos golpes, luces y fogonazos
que han recibido de la vida
cuando intentaban verla en profundidad.

Pon tu mano en mis ojos vacilantes,
que no saben detenerse y reconocer
lo que ante ellos emerge con novedad
dejándome siempre perplejo y vacilante.

Pon tu mano en mis ojos superficiales,
que pasan rápida y febrilmente
por todo lo que encuentran y se les ofrece,
pero evitan encuentros y compromisos estables.

Pon tu mano en mis ojos ciegos,
clausurados a la vida y a la luz,
para que vuelvan a ver la vida y tus signos
con paz, ilusión y movimiento.

Pon barro y saliva,
y tu mano humana y divina,
en nuestros ojos para que tengan vista.

Florentino Ulibarri




LA GLORIA DE DIOS, EL BIEN DEL HOMBRE
Escrito por  Fray Marcos
Jn 9, 1-41

Todo el relato es simbólico. Se propone un proceso catecumenal que lleva al hombre de las tinieblas a la luz; de la opresión a la libertad; de no ser nada a ser plenamente hombre. Jesús acaba de decir: “Yo soy la luz del mundo”. Lo repite y lo va a demostrar con hechos, dando la vista al ciego. Jesús no le consulta, pero no suprime su libertad, le da la oportunidad, pero la decisión queda en sus manos. Tendrá que ir a lavarse. Los demás personajes siguen en su ceguera: fariseos, apóstoles, paisanos, padres.

Al mezclar la tierra con su saliva está simbolizando la creación del hombre nuevo, compuesto por la tierra-carne y la saliva-Espíritu. De ahí la frase que sigue: le untó su barro en los ojos. El barro, modelado por el Espíritu, es el proyecto de Dios realizado ya en Jesús, y con posibilidad de realizarse en todos los seres humanos. Jn usa dos verbos para indicar la aplicación del barro en los ojos: aquí untar-ungir, en relación con el apelativo de Jesús "Mesías". Más adelante dirá sencillamente aplicar.

Aquí está la clave de todo el relato. El ciego es ahora un “ungido”, como Jesús. El hombre carnal ha sido transformado por el Espíritu. La duda de la gente sobre la identidad del ciego, refleja la novedad que produce el Espíritu. Siendo el mismo, es otro. El hombre ciego ya era libre pero no lo había visto todavía. De ahí que el ciego utilice las mismas palabras que tantas veces, en Jn, utiliza Jesús para identificarse: "Soy yo". Esta fórmula refleja la identidad del hombre transformado por el Espíritu. Descubre la transformación que se ha operado en su persona y quiere que los demás la vean.

El ciego, que era solo carne, se dejó transformar por el Espíritu. Jn no da ninguna importancia al hecho de la curación física. Lo despacha con media línea. Lo que de verdad importa es que este hombre estaba limitado y carecía de toda libertad antes de encontrarse con Jesús. Su vida, anodina y dependiente, está ahora llena de sentido. Pierde el miedo y comienza a ser él mismo, no solo en su interior sino ante los demás.

La piscina de Siloé estaba fuera de los muros de la ciudad. Recogía el agua de la fuente de Guijón que llegaba a ella conducida por un canal-túnel (de ahí el nombre arameo de "siloah"=emisión-envío, agua emitida-enviada). Jn aplica el nombre a Jesús, el enviado. La doble mención de untar-ungir y la de la piscina, término que era utilizado para designar la fuente bautismal, nos muestra que se está construyendo este relato a partir de los ritos de iniciación (bautismo) de la primera comunidad.

No se había mencionado que era mendigo. Estaba impotente, dependiendo de los demás. El punto de partida es clave para resaltar el punto de llegada. Jesús le va a dar la movilidad y la independencia. Le hace hombre cabal. Tampoco se había mencionado que era sábado. Jesús no tiene en cuente esa circunstancia a la hora de hacer bien al hombre. Amasar barro estaba explícitamente prohibido por la Ley. El amasar el barro el día séptimo, prolonga el día sexto de la creación. Jesús termina la creación del hombre.

Para los fariseos no tiene importancia que un hombre haya sido curado. No se alegran del bien del hombre. Solo les interesa la Ley y creen que a Dios tampoco le importa el hombre. Acuden a los padres para desvirtuar el hecho que no pueden negar. Los padres son gente sometida, en tinieblas. La pregunta es triple: ¿Es vuestro hijo? ¿Nació ciego? ¿Cómo recobró la vista? Los padres responden a las dos primeras preguntas, pero a la tercera, la más importante, no se atreven a responder. El miedo les impide aceptar cualquier complicidad con el hecho. Tiene miedo de ser expulsados de la institución.

Al fallarles la argucia empleada con los padres, intentan confundir al ciego. Quieren, por todos los medios, conseguir la lealtad del ciego aún en contra de la evidencia. Condenan a Jesús en nombre de la moral oficial y pretenden que le condene también el que ha sido curado. Ellos lo tienen claro, Dios no puede estar de parte del que no cumple la Ley. Dios no puede actuar contra el precepto ni siquiera en beneficio del hombre. Quieren hacerle ver que la vista de que ahora goza es contraria a la voluntad de Dios.

El ciego no tiene miedo. Expresa lo que piensa ante los jefes. A las teorías opone los hechos. Puede que se haya quebrantado la Ley, pero lo que ha sucedido es tan positivo para él, que se hace la pregunta: ¿No estará Jesús por encima del sábado? Ha visto el amor gratuito y liberador. Él sabe ahora lo que es ser un hombre y sabe también lo que es Dios. Él ahora ve, los maestros están ciegos. Descubre que en Jesús, está presente Dios. El hombre utiliza una teología admitida por todos. Dios no está de parte de un pecador.

Los fariseos están tan seguros de sí, que dudan de la misma realidad. El ciego no sabe nada, pero le es imposible negar lo que personalmente ha vivido. Por no negar su propia experiencia ni renunciar al bien que ha recibido, lo expulsan. Con su mentira han querido apagar la luz-vida. Al no conseguirlo, el hombre no puede permanecer dentro del ámbito de la muerte-tiniebla, que es la sinagoga. Lo mismo que Jesús tuvo que salir del templo, el ciego que ha recibido la luz, tiene que salir de la institución judía.

"Fue a buscarlo". El (euron) griego no significa un encuentro fortuito, sino el fruto de una búsqueda. El contraste salta a la vista. Los fariseos lo expulsan, Jesús lo busca. No le dice, como al inválido de la piscina, que no vuelva a dejarse someter, porque ya se había mantenido firme ante los fariseos. Con su pregunta acaba la obra de iluminación. La acción de Jesús había hecho descubrir al ciego una nueva manera de ser hombre, cuyo modelo era Jesús, "el Hombre". Jesús quiere que tome conciencia de esta realidad.

El relato termina con la plena aceptación de Jesús. "Se postró" (prosekinesen) es el mismo verbo con que se designa la adoración debida a Dios en 4,20-24. El gesto de postrarse para adorar a Jesús no es infrecuente en los sinópticos, sobre todo en Mt, pero éste es el único pasaje de Jn en que aparece. Jesús, el Hombre, es el nuevo santuario donde se verifica la presencia de Dios. El ciego, expulsado, encuentra el verdadero santuario, Jesús, donde se rinde el culto en espíritu y verdad, anunciado a la Samaritana.

Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean y los que creen ver se queden ciegos. Estas no son palabras de Jesús sino de los cristianos de finales del s. I. clara alusión a los fariseos que se revuelven contra Jesús: ¿También nosotros estamos ciegos? Los conocedores y cumplidores de la Ley, que tenían por ciegos a los demás, era inconcebible que alguien pudiera tenerles por ciegos. La respuesta de Jesús deja clara la realidad: Los que más cerca se creen de Dios, son los que menos le conocen.

Meditación-contemplación

Creer en Jesús es creer en el Hombre.
Él es el modelo de hombre, el hombre acabado según el designio de Dios.
Alcanzó esa plenitud dejando que el Espíritu lo invadiera.
Jesús es, a la vez, la manifestación de Dios y el modelo de hombre.

En su humanidad, se ha hecho presente lo divino.
El Espíritu asumió y elevó la materia hasta transformarla en Espíritu.
Mi meta es también dejarme transformar en Espíritu.
Para ello hay que nacer de nuevo.

Fray Marcos




EL GRAN SIGNO DE LA LUZ
Escrito por  José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)
Jn 9, 1-41

El ciego de nacimiento es el segundo de los tres grandes "signos" del evangelio de Juan recogidos en estos domingos de Cuaresma. El domingo pasado, el signo era el Agua. Hoy, la luz. No sólo la luz que brilla en el cielo, el sol, sino la luz que nace en el corazón, la que saca de las tinieblas. Analicemos con algún detenimiento el relato de Juan.

1. Nos encontramos ante el relato de un hecho sucedido, utilizado por el evangelista como catequesis. Jesús curó ciegos (Marcos 8 y 10, Lucas 11 y 18, Mateo 9, 12, 15, 20, 21). Este es uno de esos relatos (el único relato de curación de un ciego recogido por Juan). La curación se narra con brevedad y perfecto sentido dramático.

Juan utiliza esta curación para mostrar la progresión de los hombres de buena voluntad hacia la luz, que es aceptar a Jesús, y la regresión de los "justos", que cada vez se hunden más en su propia ceguera, prefiriendo sus ideas sobre Dios a la Palabra misma.

2. Ante todo, aparece el milagro como signo.
En conjunto, presenta a Jesús como profeta, avalado por los signos. Junto a esto, aparecen signos concretos: Jesús luz, y la curación por el agua. Son signos bautismales. Este relato se usaba en la iglesia primitiva en las preparaciones y escrutinios previos al bautismo, y el mismo bautismo se presentaba como iluminación, salida de las tinieblas para acceder a la luz de Cristo, que es la vida y la fecundidad.

3. El relato está ubicado en la dinámica habitual de Juan, de oposición de la "ortodoxia" farisaica a Jesús. Jesús es considerado pecador, porque está quebrantando el descanso sabático. Por tanto, no puede ser de Dios. Jesús no encaja con la idea de Dios y del Mesías que ellos tienen, por tanto, no puede ser de Dios.

Este es uno de los relatos en que Jesús "provoca" a la legalidad. Ninguna urgencia exigía la curación inmediata. Se insscribe pues el relato en la perspectiva de la Pasión y de la Cruz, como cumbre de la ceguera de las tinieblas que rechazan la luz.

4. Todo ello nos muestra uno de los ejes básicos del Evangelio de Juan. Jesús no es rechazado solamente - ni principalmente - por "el mundo", es decir, por las maneras mundanas de vivir. Hay un rechazo más inquietante aún por parte de la gente religiosa, "los justos".

Jesús es acogido con alborozo por "los pecadores", los que son conscientes de su insuficiencia, los que se saben pecadores, los que desean ser liberados por Dios de su condición de pecadores que es su carga, de la que no se pueden liberar.

Jesús es mirado con sospecha y rechazado finalmente por los que se dicen justos, por los que cumplen la ley.

Y es verdad, la cumplen. Pero están ciegos: no saben que no tienen mérito alguno, que eso es el regalo que han recibido de Dios para que ayuden a sus hermanos, y ellos sin embargo han convertido su "virtud" en motivo de arrogancia y de creerse algo ante Dios, sobre sus hermanos pecadores.

Dios es luz
Dios es Agua para sobrevivir en el desierto. Dios es Luz para poder caminar sin tropezar. Seguimos en el magnífico mundo de los símbolos, con los que la Biblia y los Evangelios nos hablan, tan maravillosamente, de Dios.

El símbolo de la luz viene desde el principio, desde el libro del Génesis. La primera palabra de Dios que aparece en la Biblia es "Que haya luz". La presentación de Dios en la Biblia es: Dios es la luz y el orden. Con Dios se ve la realidad, sin Dios, todo es tinieblas y caos.

El Éxodo sigue aprovechando el símbolo: Dios guía al pueblo, incluso en plena noche, como una columna de fuego. Y se sigue desarrollando en los Profetas, especialmente en Isaías: "El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una gran luz". "Levántate, Jerusalén, porque viene tu luz".

Juan recoge esta línea desde el Prólogo de su evangelio.
En la Palabra había vida
y la vida era la luz de los hombres,
y la luz brilla en la tiniebla,
¡y la tiniebla no la recibió!
La Palabra era la luz verdadera
que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella,
¡y el mundo no la conoció!
Vino a los suyos
¡Y los suyos no le recibieron!

Éste es el drama que constituye el argumento interno del evangelio de Juan. Jesús, Luz de Dios que resplandece en la tiniebla, y los hombres que se cierran a la luz, en inexplicable ceguera.

Este tema supone una profundización mayor en el tema del pecado y Dios. Dios es luz, pero nos cerramos a la luz, y ésa es la esencia del pecado.

No pocas veces entendemos a Dios como un añadido a la realidad, como si existieran las cosas, los sucesos, las ocupaciones normales de nuestra vida y... además, la religión, la fe, Dios.

Es todo lo contrario: existe una Realidad, y nosotros estamos en ella a oscuras, intentando captarla solamente con nuestros sentidos y nuestra razón.

Y con ellos vemos muy poco, caminamos a ciegas, tropezamos, equivocamos el camino. Dios es la luz para no vivir a ciegas. Con Dios comprendemos las cosas, la vida, el trabajo, la muerte...

El pecado es cerrase a la luz
Todo esto aclara más aún la noción de "pecado" en el evangelio: error por falta de luz. Hemos insistido demasiado en aspectos judiciales del pecado: de obediencia, culpa. Y demasiado poco en los aspectos objetivos, reales: desorientación, error, tropezón por falta de luz.

Hemos insistido demasiado en la condición libre del ser humano: puedo elegir, y cuando elijo al margen de Dios, contra la ley de Dios, lo hago ejercitando mi libertad de manera culpable.

El evangelio no nos considera libres, sino esclavos del pecado: y Dios no juzga a personas libres y responsables, sino que ayuda a esclavos ciegos, a que vean mejor y se liberen de sus cadenas.

Evangelio significa buena noticia precisamente por esto: nos trae luz para vivir con acierto, nos informa de quién es Dios, nos libera de ese planteamiento judicial, enciende la luz acerca de Dios y acerca del ser humano. Es una formidable noticia: podemos ver, podemos caminar, y Dios es nuestra luz.

Este segundo tema de la lectura del ciego de nacimiento es más estremecedor, más angustioso. Encerrados en la cueva del mundo, en el laberinto oscuro subterráneo de encontrar sentido a la vida, brilla la luz de Jesús, y todo se ilumina con alegría y esperanza... pero algunos cierran los ojos, se vuelven a la sombra, rechazan la luz... Y estos no son "los pecadores" sino "los justos".

Es el argumento más dramático de los evangelios, cuando Juan habla de que "las tinieblas no le han recibido", "vino a los suyos y los suyos no le recibieron".

¿Por qué no le recibieron? Históricamente es bastante claro: Jesús no da cumplimiento a las expectativas mesiánicas, no promete la liberación política, no está interesado en que el Templo de Jerusalén sea el centro del mundo, no favorece los intereses de la clase sacerdotal... Política y económicamente hablando, Jesús no les conviene.

Profundizando por esta línea, Jesús despoja a los jefes religiosos de todo poder. Los jefes deben servir; los pastores no tienen sentido más que para que viva bien el rebaño; no hay intermediarios sagrados entre Dios y el corazón del hombre. Es el concepto mismo de religión el que está en peligro. Los jefes de Israel vieron bien claro que Jesús era un peligro gravísimo. El templo pierde protagonismo, Jerusalén no será ciudad sagrada, los sacerdotes no manejarán los misterios... Es inevitable que rechacen a Jesús, es razonable que lo quiten de en medio.

Profundizando un poco más en esta actitud, vemos que nace de que se han apoderado de la Palabra de Dios para su propia utilidad.

Han puesto a Dios a su servicio: Dios sirve para que el pueblo de Israel sea más que otros pueblos, para que los sacerdotes sean más que los fieles, para que los letrados gobiernen la fe del pueblo. Se han apoderado de Dios para su propio beneficio.

Y cuando se enciende la luz de Dios aparecen desnudos y sucios... No hay más que dos salidas: o lavarse en el Agua nueva, aprovechar la luz para cambiar... o tapar la luz, intentar apagarla... o volver a intentar apoderarse de ella y encerrarla para volver a aprovecharse de ella.

En las torpes palabras del ciego recién curado brilla una luz insoportable para los jefes, los sacerdotes y los letrados: no tienen más salida que expulsarlo de la sinagoga... y perseguir a Jesús. Es dramática la discusión de Jesús con ellos, reflejada en el final de este evangelio: dijo Jesús:

«Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se queden ciegos.»

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les respondió: Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís que veis, vuestro pecado persiste.»

La sal de la tierra, la luz del mundo... sois vosotros: que vean vuestras obras y reconozcan al Padre. Precioso resumen del sentido de nuestra vida: hacer que resplandezca el reino, que sea evidente y atractivo.

En estos días se cumplen treinta y un años del asesinato de Monseñor Romero. Ni el asesinato de Romero ni el de Ellacuría y sus compañeros/as ni el de tantos otros han sido reconocidos oficialmente como martirio.

Pero no hace falta: el sentir del pueblo de Dios los ha canonizado, lo hizo ya mientras vivían y lo sigue haciendo. No hace falta que nos digan desde arriba qué es luz y qué son tinieblas. Tenemos ojos, gracias a Dios.

SALMO 27
El salmista formula la fe en Dios Camino y Palabra, y manifiesta con los símbolos propios de su época los peligros de la vida, su confianza en Dios y su añoranza por Él.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el refugio de mi vida,
¿por quién he de temblar?

Aunque acampe contra mí un ejército,
mi corazón no teme;
aunque estalle una guerra contra mí,
estoy seguro en ella.

Una cosa he pedido al Señor,
una cosa estoy buscando:
morar en la Casa de el Señor,
todos los días de mi vida,

Que él me dará cobijo en su cabaña
en día de desdicha;
me esconderá en lo oculto de su tienda,
sobre una roca me levantará.

No me abandones, no me dejes,
Dios de mi salvación.
Aunque mi padre y mi madre me abandonaran,
el Señor siempre me acoge.

Enséñame, Señor, tu camino,
guíame por senda llana.

Espera en el Señor, ten valor y firme corazón,
espera en el Señor.

José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)




EL CASO DEL TESTIGO CONDENADO
Escrito por  José Luis Sicre

«A mi hijo lo citaron como testigo, lo estuvieron interrogando más de dos horas y al final lo condenaron como culpable». De esto podrían haberse quejado los padres del ciego de nacimiento, en voz baja, por miedo a los fariseos. Pero sería erróneo limitarse a la queja de los padres, porque el ciego terminó muy contento.
Una discusión absurda

Todo empezó por una discusión absurda entre los discípulos cuando se cruzaron con el ciego: ¿quién tenía la culpa de su ceguera?, ¿él o sus padres? Si hubieran leído al profeta Ezequiel, sabrían que nadie paga por la culpa de sus padres. Y si supieran que el ciego lo era de nacimiento, no podrían haberlo culpado a él. Jesús zanja rápido el problema: ni él ni sus padres. Su ceguera servirá para poner de manifiesto la acción de Dios y que Jesús es la luz del mundo.

Una forma extraña de curar
En el evangelio de Juan, igual que en los Sinópticos, la palabra de Jesús es poderosa. Lo demostrará poco más tarde resucitando a Lázaro con la simple orden: «sal fuera». Sin embargo, para curar al ciego adopta un método muy distinto y complicado. Forma barro con la saliva, le unta los ojos y lo envía a la piscina de Siloé. Un volteriano podría decir que no cabe más mala idea: le tapa los ojos con barro para que vea menos todavía, y lo manda cuesta abajo; más que curarse podría matarse.

¿Qué pretende enseñarnos el evangelista? No es fácil saberlo. San Ireneo, en el siglo II, fijándose en la primera parte, relacionaba el barro con la creación de Adán: Dios crea al primer hombre y Jesús crea a un cristiano; pero esto no explica el uso de la saliva ni el envío a la piscina de Siloé. San Agustín, fijándose en el final, relacionaba el lavarse en la piscina con el bautismo; tampoco esto explica todos los detalles.

Una cosa al menos queda clara: la obediencia del ciego. No entiende lo que hace Jesús, pero cumple de inmediato la orden que le da. No se comporta como el sirio Naamán, que se rebeló contra la orden de Eliseo de lavarse siete veces en el río Jordán. Como Abrahán, por la fe sale de su mundo conocido para marchar hacia un mundo nuevo.

Un anacronismo intencionado
La antítesis del ciego la representan los fariseos. El evangelista deforma la realidad histórica para acomodarla a la situación de su tiempo. En la época de Jesús los fariseos no podían expulsar de la sinagoga; ese poder lo consiguieron después de la caída de Jerusalén en manos de los romanos (año 70), cuando el sacerdocio perdió fuerza y ellos se hicieron con la autoridad religiosa. A finales del siglo I, bastante después de la muerte de Jesús, es cuando comenzaron a enfrentarse decididamente a los cristianos, acusándolos de herejes y expulsándolos de la sinagoga.

El miedo y la osadía
El relato de Juan refleja muy bien, a través de los padres del ciego, el pánico que sentían muchos judíos piadosos a ser declarados herejes, impidiéndoles hacerse cristianos.

El hijo, en cambio, se muestra cada vez más osado. Tras la curación se forma de Jesús la misma idea que la samaritana: «es un profeta»; porque el profeta no es sólo el que sabe cosas ocultas, sino también el que realiza prodigios sorprendentes. Ante la acusación de que es un pecador, no lo defiende con argumentos teológicos sino de orden práctico: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Luego no teme recurrir a la ironía, cuando pregunta a los fariseos si también ellos quieren hacerse discípulos de Jesús. Y termina haciendo una apasionada defensa de Jesús: «si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder». 

La verdadera visión y la verdadera luz
Hasta ahora, el ciego sólo sabe que la persona que lo ha curado se llama Jesús. Lo considera un profeta, está convencido de que no es un pecador y de que debe venir de Dios. El ciego ha empezado a ver. Pero la verdadera visión la adquiere en la última escena, cuando se encuentra de nuevo con Jesús, cree en él y se postra a sus pies. Lo importante no es ver personas, árboles, nubes, muros, casas, el sol y la luna… La verdadera visión consiste en descubrir a Jesús y creer en él. Y para ello es preciso que Jesús, luz del mundo, ilumine al ciego poniéndose delante, proyectando una luz intensa, que deslumbra y oculta los demás objetos, para que toda la atención se centre en ella, en Jesús.

No hay peor ciego que quien no quiere ver
Los fariseos representan el polo opuesto. Para ellos, el único enviado de Dios es Moisés. Con respecto a Jesús, a lo sumo podrían considerarlo un israelita piadoso, incluso un buen maestro, si observa estrictamente la Ley de Moisés. Pero está claro que a él no le importa la Ley, ni siquiera un precepto tan santo como el del sábado. Además, nadie sabe de dónde viene. Resuena aquí un tema típico del cuarto evangelio: ¿de dónde viene Jesús? Pregunta ambigua, porque no se refiere a un lugar físico (Nazaret, de donde no puede salir nada bueno, según Natanael; Belén, de donde algunos esperan al Mesías) sino a Dios. Jesús es el enviado de Dios, el que ha salido de Dios. Y esto los fariseos no pueden aceptarlo. Por eso lo consideran un pecador, aunque realice un signo sorprendente. Dios no puede salirse de los estrictos cánones que ellos le imponen. Ellos tienen la luz, están convencidos de que ven lo correcto. Y este convencimiento, como les dice Jesús al final, hace que permanezcan en su pecado.

La samaritana y el ciego
Hay un gran parecido entre estas dos historias tan distintas del evangelio de Juan. En ambas, el protagonista va descubriendo cada vez más la persona de Jesús. Y en ambos casos el descubrimiento les lleva a la acción. La samaritana difunde la noticia en su pueblo. El ciego, entre sus conocidos y, sobre todo, ante los fariseos. En este caso, no se trata de una propagación serena y alegre de la fe sino de una defensa apasionada frente a quienes acusan a Jesús de pecador por no observar el sábado.

José Luis Sicre



Pueblos miserables de la tierra
Jorge Costadoat, SJ. (Chile)

Trump es uno más. Es la cara visible del capitalismo que quita a los pobres su lugar en la tierra. Hoy vagan por doquier. Migran.

Pero son muchos los super-ricos, iguales a Trump. Muchos, pero cada vez menos, porque la concentración de la riqueza es espeluznante. 8 personas tienen más que los 3.600 millones más pobres. Hoy ya el 1 % más rico tiene el 99% de los bienes. El acaparamiento no para.

Llegará el día, estamos cerca, en que habrá más pan que libertad. Pan de insumo para alimentar a los trabajadores que aún no hayan sido reemplazados por un robot. Hemos de temer que terminaremos pensando igual que los dueños de los periódicos. Los políticos que regalonean con la empresa privada nos darán pan a costa de la democracia.

¿Qué se puede hacer? ¿Hay quienes den la pelea?
Los pueblos pobres de la tierra han sido víctimas de los mismos imperios que hoy no saben qué hacer con ellos. EE.UU. ha sido el imperio que más recientemente le ha puesto la bota encima a los países pequeños. Ha explotado su minas, ha cosechado sus plantaciones. Inventó una guerra contra Irak para probar nuevas armas que desarrolló con los US $ 537.199.000.000 de presupuesto anual (2015), equivalente al gasto militar del resto del mundo. Muchos iraquíes huyen buscando refugios fuera de su territorio.

¿Qué se puede hacer? Hay personas que resisten. Yoani Sánchez brega por la libertad de Cuba. Nos da esperanza. “La historia fue otra”, la autobiografía de Carmen Hertz, obligatoria de leer, nos recuerda la lucha contra la dictadura chilena. Un puñado de víctimas valerosas nos enseña que la democracia se recupera arriesgando la vida.

Pero también Europa ha hecho algo parecido a EE. UU., talvez peor. Inglaterra, el más grande imperio de la humanidad dominó la India. No suelta Las Malvinas. Y el resto: Francia, Bélgica, Holanda, Italia, Portugal, seguro que olvido a otros, destruyeron África. La colonizaron para sacarla de la barbarie con los valores de la Ilustración (Todorov: 2012). Dinamitaron las culturas originarios, les impusieron una versión totalitaria del cristianismo que combatió los mitos que sus pueblos habían forjado para establecer una relación armónica en el mundo peligroso que habitaban. Les hicieron aprender sus lenguas, les vendieron sus armas, avivaron las luchas de unas razas contra otras y devengaron pingües ganancias. Y se fueron. Dividieron el continente con regla y escuadra, y partieron.

¿Qué hacer? No pierdo la esperanza. Como cristiano me siento orgulloso de este Papa. Francisco se dirige a los movimientos populares en Bolivia, a los cartoneros, catadores, pepenadores, recicladores: “Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de las ‘tres T’. ¿De acuerdo? Trabajo, techo y tierra. Y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!”.

Pueblos miserables. No pertenecen a nadie. Nada les pertenece. Tienen hambre. No han podido ofrecerles un futuro digno a sus hijos en sus propios países. Parten a buscárselo en otras tierras, pero a riesgo de hundirse en el Mediterráneo. Donde lleguen se los verá como culpables. Si roban una manzana, se los expulsará con familias y todo. Si no tienen papeles, no podrán alegar si alguien se aprovecha de ellos.

Pero el inmigrante es inocente. Así lo creemos algunos. Migrar es un derecho humano. El migrante es un inocente que los grandes países nos hacen creer que algo malo han hecho. “¡Se nos meten por todas partes!”, se quejan. “Nos quitan nuestros trabajos, se aprovechan de nuestra seguridad social. Destruirán nuestra cultura, relativizarán nuestras creencias religiosas”.

Seres humanos que ya no tienen ninguna nacionalidad más que la de ser “inmigrantes”. Los apátridas tienen menos derechos que los delincuentes. Esta es una nueva nación. Inmigrantes y refugiados. Huyen de la guerra, de la muerte. Se dejan vender y comprar. Se prostituyen. Se dejan denigrar. “Negros”. Tampoco faltan interpretaciones “benignas”: “suplen nuestra falta de natalidad”, se repite. “Nos hacemos de los mejores de los otros países. Los migrantes son los más inteligentes y emprendedores”.

¿Qué haremos? “Ay de los ricos”, decía Jesús. Pero también decía el “reino de los cielos es como un semillita de mostaza”. Crece sin que nadie se dé cuenta. Se puede ser hospitalario. Se puede cancelar en el alma el instinto racista. Sumarse a un voluntariado. Existen oficinas como la del Servicio jesuita para los migrantes ( SJM) que los acogen y los defienden. Los calabrinianos los protegen hace muchos años. No todo está perdido.

Tengamos en mente las ONGs, los movimientos sociales, los sindicatos, la caridad callada con los abandonados, niños o viejos… No se puede olvidar que las mujeres han ganado espacios en la cultura y en la sociedad porque “rompieron huevos”. Los gays se hacen respetar. Los ecologistas nos han abierto los ojos y nos tienen reciclando, cuidando el agua, evitando los plásticos. Surgen políticos jóvenes. Si hay un partido que cambie la ley de inmigración, le aseguro mi voto.

¿Qué haremos? Siempre es posible entregar el corazón.

Jorge Costadoat, SJ. (Chile)