viernes, 21 de octubre de 2016

LA POSTURA JUSTA - José Antonio Pagola

LA POSTURA JUSTA - José Antonio Pagola

Según Lucas, Jesús dirige la parábola del fariseo y el publicano a algunos que presumen de ser justos ante Dios y desprecian a los demás. Los dos protagonistas que suben al templo a orar representan dos actitudes religiosas contrapuestas e irreconciliables. Pero ¿cuál es la postura justa y acertada ante Dios? Esta es la pregunta de fondo.

El fariseo es un observante escrupuloso de la ley y un practicante fiel de su religión. Se siente seguro en el templo. Ora de pie y con la cabeza erguida. Su oración es la más hermosa: una plegaria de alabanza y acción de gracias a Dios. Pero no le da gracias por su grandeza, su bondad o misericordia, sino por lo bueno y grande que es él mismo.

En seguida se observa algo falso en esta oración. Más que orar, este hombre se contempla a sí mismo. Se cuenta su propia historia llena de méritos. Necesita sentirse en regla ante Dios y exhibirse como superior a los demás.

Este hombre no sabe lo que es orar. No reconoce la grandeza misteriosa de Dios ni confiesa su propia pequeñez. Buscar a Dios para enumerar ante él nuestras buenas obras y despreciar a los demás es de imbéciles. Tras su aparente piedad se esconde una oración «atea». Este hombre no necesita a Dios. No le pide nada. Se basta a sí mismo.

La oración del publicano es muy diferente. Sabe que su presencia en el templo es mal vista por todos. Su oficio de recaudador es odiado y despreciado. No se excusa. Reconoce que es pecador. Sus golpes de pecho y las pocas palabras que susurra lo dicen todo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».

Este hombre sabe que no puede vanagloriarse. No tiene nada que ofrecer a Dios, pero sí mucho que recibir de él: su perdón y su misericordia. En su oración hay autenticidad. Este hombre es pecador, pero está en el camino de la verdad.

El fariseo no se ha encontrado con Dios. Este recaudador, por el contrario, encuentra en seguida la postura correcta ante él: la actitud del que no tiene nada y lo necesita todo. No se detiene siquiera a confesar con detalle sus culpas. Se reconoce pecador. De esa conciencia brota su oración: «Ten compasión de este pecador».

Los dos suben al templo a orar, pero cada uno lleva en su corazón su imagen de Dios y su modo de relacionarse con él. El fariseo sigue enredado en una religión legalista: para él lo importante es estar en regla con Dios y ser más observante que nadie. El recaudador, por el contrario, se abre al Dios del Amor que predica Jesús: ha aprendido a vivir del perdón, sin vanagloriarse de nada y sin condenar a nadie.

30 Tiempo ordinario - C
(Lucas 18,9-14)
23 de octubre 2016

José Antonio Pagola 





SUBIR AL TEMPLO, BAJAR AL TEMPLO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Al templo se sube - o quizá haya que bajar -;
pero siempre el camino nos pide un poco de ascesis
- vivir conscientemente,
superación de la monotonía,
ir más allá de donde estamos... -
y andar por sendas de justicia e igualdad.

Se sube -o quizá haya que bajar- a orar,
a escuchar atentamente,
a dialogar,
a dejarse interpelar e interpelar
a cobijarse en el amor y a amar,
a gozar en soledad de tu compañía...

A orar estamos invitados todos,
aunque sea a escondidas,
tengamos costumbre o monotonía,
seamos legos en esta materia
o no sea lo que se estila.

Todos, fariseos y publicanos,
ricos y pobres,
sabios y torpes,
agnósticos, ateos y creyentes,
cristianos y no cristianos...
Y oramos al mismo Dios,
aunque no nos pongamos de acuerdo
y parezca mentira...

Al orar, hoy y siempre,
lo importante es lo que sale de dentro,
y el que seamos un poco más conscientes
de quién eres tú
y de quiénes somos nosotros.

Para ello, hay que desnudarse,
estemos en primera o última fila,
y bañarnos en tus fuentes de agua viva
que corre gratis
y ofrece vida, paz y alegría..

Pero no siempre sucede lo que decimos,
porque el quedar bien y la apariencia
nos lleva al autoengaño,
y las justificaciones nos visten,
nos hacen impermeables
y no nos dejan exponernos, como nos creaste,
e introducirnos en tus manantiales...

Y del templo
siempre hay que bajar – o subir -
a los caminos de la vida
donde tú nos pusiste y quieres enseguida.

¡Pero qué distinto es hacerlo
cargados o ligeros de equipaje,
conscientemente o envueltos en redes,
sostenidos u orgullosamente firmes,
humildemente o entronados en pedestales,
seguros de nosotros mismos o asidos a tu Espíritu,
justificados o como hemos ido...
como el publicano o como el fariseo!





DIOS NO TIENE QUE PERDONARNOS NI JUSTIFICARNOS
Escrito por  Fray Marcos
Lc 18, 9-14

Por fin un día lo tenemos fácil. Hoy cualquiera podía hacer la homilía. Se entiende todo y a la primera, a pesar de que la elección de los personajes no es inocente, ni en este caso ni en la parábola del buen samaritano. En el primer caso, la alusión a un sacerdote y un levita nos advierte de una tensión entre las primeras comunidades y la jerarquía del templo. En la parábola que hoy leemos, se advierte la animadversión de los cristianos contra los fariseos, sobre todo después de la destrucción del templo cuando, al desaparecer el sacerdocio, se alzaron con el santo y la limosna y emprendieron una persecución sin cuartel contra los cristianos. La comunidad respondió con un desprestigio, que dura todavía hoy.

Esa postura no es exclusiva de los fariseos, ni mucho menos. Lucas en la introducción a la parábola lo deja muy claro: “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás” El caso es que un hombre se siente excelente y falla en su apreciación. Otro se siente pecador y también falla al considerar que Dios está lejos de él, por ello. Lo más normal de mundo sería alabar al que era bueno y criticar al malo, pero a los ojos de Dios todo es diferente. Dios es el mismo para los dos, uno le acepta por su gratuidad, el otro pretende poner a Dios de su parte por la bondad de sus obras.

Es una profunda lección la que debemos aprender de este relato. El mensaje se repite muchas veces en los evangelios. Recordemos la frase que Mateo pone es boca de Jesús: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. ¿A quién dijo eso Jesús? A los fariseos, los estrictamente cumplidores de toda la Ley, que hoy serían los religiosos de todas las categorías. Aún hoy, desde nuestra visión raquítica del hombre y de Dios, nos resulta inaceptable esta idea. Seguimos juzgando por las apariencias sin tener en cuenta las actitudes personales, que son las que de verdad califican las acciones de las personas. Y lo que es peor, nos preocupa más lo que hacemos que lo que sentimos.

Dios no está alejado de ninguno de ellos, pero el publicano reconoce que la cercanía de Dios es debido a su amor incondicional y a pesar de sus fallos. En consecuencia el publicano está más cerca de Dios a pesar de sus pecados. El fariseo cree que Dios tiene la obligación de amarle porque se lo ha ganado a pulso. “Los buenos de toda la vida” tienen mayor peligro de entrar en esta dinámica para con Dios. Si nos atreviésemos a pensar un poquito, descubriríamos lo absurdo de esa postura. Todo lo bueno que puedo descubrir en mí, viene de Él, que desde lo hondo de mi ser posibilita esa actitud vital.

Dios no me quiere porque soy bueno. Si parto del razonamiento farisaico (y con frecuencia lo hacemos) resultaría que el que no es bueno no sería amado por Dios, lo cual es un disparate. Este razonamiento parte de la visión tradicional que tenemos de Dios, pero tenemos que dar un salto en nuestra concepción de un dios separado y ausente. Dios no me puede considerar un objeto porque nada hay fuera de Él. El fallo más grave que podemos cometer como seres humanos es precisamente considerarnos algo al margen de Dios.

Dios me está aportando en cada instante todo lo que soy, pero sin salir de él mismo. Me lo está dando desde antes de empezar a existir, luego es ridículo que pueda merecerlo. Lo que sí puedo y debo hacer es responder conscientemente a ese don y tratar de agradecerlo, haciéndole presente en mi vida, con mis actitudes y mis actos. Si no respondo adecuadamente a lo que Dios es para mí, la única actitud adecuada es reconocerlo, pedirle perdón y agradecerle con toda el alma que siga queriéndome a pesar de todo. Estas simples reflexiones me llevarán a sacar una consecuencia simple. No tengo que ser bueno para que Dios esté de mi parte. Porque Él me quiere y no me falla como yo hago con Él, voy a intentar ser agradecido fallándole menos y tratar de imitarle en su manera de ser.

También tendrían consecuencias para nuestra relación con los demás. Amar al que se porta bien conmigo no tiene ningún valor religioso. Es verdad que es lo que hacemos todos, pero tenemos que revisar esa actitud. Si me porto humanamente con aquel que no se lo merece, estaré dando un salto de gigante en mi evolución hacia la plenitud de humanidad. En contra de lo que hemos creído, ser más humanos nos hace a la vez, más divinos. Con frecuencia hemos interiorizado que lo importante era actuar divinamente, aunque ese intento llevara consigo el olvidarse de las más elementales normas de humanidad. Los altares están llenos de santos que se olvidaron por completo de las relaciones verdaderamente humanas.

El domingo pasado hablábamos de la oración. Hoy nos propone dos modos de orar, no solo distintos sino completamente contrarios. Cada oración manifiesta la idea de Dios que tiene el uno y el otro. Para uno se trata de un Dios justo, que me da lo que merezco. Para el otro, Dios es amor que llega a mí sin merecerlo. ¡Qué diferencia! Ojo al dato. Porque la mayoría de las veces estamos más cerca del fariseo que del publicano. Una vez más tengo que advertir de la importancia de hacer una reflexión seria sobre este asunto. No basta ser bueno por una acomodación estricta a la norma. Hay que ser humano, respondiendo a las exigencias de nuestro auténtico ser.

A lo largo de mi larga estancia en Parquelagos, he tenido problemas serios cada ver que he dicho que Dios ama a todos de la misma manera. La respuesta automática era: Dios es amor, pero es también justicia. Implícitamente me estaban diciendo: ¿Cómo me va a amar Dios a mí, que cumplo escrupulosamente su sata voluntad, igual que a ese desgraciado que no cumple nada de lo que Él manda? Una vez más estamos exigiendo a Dios que sea justo a nuestra manera. Para superar esta tentación debemos superar la idea de una religión aceptada como programación, que me viene de fuera. El hecho de que el programador sea el mismo Dios no cambia la mezquindad de la perspectiva.

Para entrar en la dinámica de una verdadera espiritualidad, debemos descubrir la bondad de lo mandado y no conformarnos con el cumplimiento de la norma. Ese descubrimiento no es tan fácil como pudiera parecer a primera vista. Ningún hecho u omisión son buenos porque están mandados. Están mandados porque lo exige mi ser más profundo, que está más allá de mi ego superficial. Para descubrir esas exigencias tengo que aprovecharme de la experiencia de otros seres humanos que lo han descubierto antes que yo, pero en ningún caso quedo dispensado de experimentarlo por mí mismo. Sin esa experiencia toda la religiosidad se queda reducida a un puro ropaje externo que no toca lo profundo de mi ser.

El desaliento que a veces nos invade, es consecuencia de un mal enfoque espiritual. Nada tienes que conseguir ni por ti mismo ni por parte de Dios. Dios ya te lo ha dado todo y te ha capacitado para desplegar todo tu ser. No tengas miedo a nada ni a nadie. Tu ser profundo no lo puede malear nadie, ni siquiera tú mismo. Tus fallos son solo la demostración de que no has descubierto lo que verdaderamente eres, pero las posibilidades, todas las posibilidades, siguen intactas. Piensa en esto: las limitaciones que a todos nos afectan, no pueden malograr todas las posibilidades que me acompañan siempre.

Cuando te sientas abrumado por tus fallos, descubre que para Dios eres siempre el mismo. Alguien único, irrepetible, necesario para el mundo y para Dios. Se habla mucho últimamente de la autoestima. Es imprescindible para poder desarrollarte, pero nunca puede apoyarse en las cualidades que puedes tener o no tener y que son secundarias en ti. Esa pretensión de desplegar la autoestima en las cualidades adquiridas o por adquirir, nos llevará siempre a un rotundo fracaso. Tomar conciencia de que lo que soy no depende de mí, es la clave para una total seguridad en lo que soy. Soy mucho más de lo que creo ser. A pesar de mí, mi valor es infinito.

Meditación-contemplación

No te conformes con aceptar la religión como programación.
Aprovecha la experiencia de otros para conocerte mejor.
Descubre tu ser verdadero y actúa en consecuencia.
No te conviertas en un borrego que sigue el rebaño.
…………………………

Lo humano que hay en ti,
tienes que descubrirlo y desplegarlo tú.
Que otros seres humanos lo hayan conseguido antes,
no te dispensa de la tarea de realizarlo tú mismo.
…………………………

Si no despliegas tus posibilidades de ser,
Malograrás tu propia vida, por muy religioso que seas.
Baja a lo hondo de tu ser y descubre lo que eres.
No tienes que alcanzar nada, solo vivir lo que ya eres.
…………………

Fray Marcos





UN ERRÓNEO PLANTEAMIENTO RELIGIOSO
Escrito por  José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)
Lc 18, 9-14

Recordemos para empezar el significado exacto de algunas expresiones de la parábola:
§ Fariseo, en sí, no tiene ninguna connotación negativa. Más bien se puede afirmar que eran una clase muy respetada por su escrupuloso cumplimiento de la Ley, aun en sus más mínimos detalles, aunque caían ya en cumplimientos muy literales y "se tenían por santos". El fariseo de la parábola no exagera su cumplimiento, aunque se ve que está satisfecho de sí mismo.

§ Publicano: Recaudador de impuestos. Se comprometía a pagar un tanto al Estado (romano o de Herodes que viene a ser lo mismo). Lo que sacara de más, se lo embolsaba. Se las arreglaban (con ayuda de los soldados) para explotar a la gente y enriquecerse. Clase social absolutamente despreciada, considerada como pecador público, al mismo nivel que las prostitutas. Aparecen dos en el evangelio: Zaqueo y Leví (Mateo), llamado por Jesús a ser uno de los doce, con gran escándalo. El publicano de la parábola se siente abrumado por su situación, no puede salir de ella, y no hace más que pedir a Dios que se apiade de él.

§ La postura normal de oración entre los judíos era de pie, levantando las manos al cielo. En momentos concretos, se postran con el rostro en el suelo como señal de adoración o sumisión absoluta.

§ El fariseo dice que cumple la ley "de sobra". No era obligatorio ayunar dos veces por semana, sino sólo una al año, el día de la Expiación. Tampoco era obligatorio pagar diezmo de todo, sino del grano, el mosto y el aceite.

§ Justificado: Es un término "anterior" a la noción, más jurídica, que se desarrolla luego en la Iglesia a partir sobre todo de Trento. Aquí nos basta con señalar que es sinónimo a "hallar gracia a los ojos de Dios", "quedar a bien con Dios". No se trata por lo tanto del tema de "la justificación por la fe o por las obras". El autor ni lo tiene en la mente.

La parábola es escandalosa. Jesús se atreve a ridiculizar a la gente más respetable, a los más piadosos, a los más cumplidores de la Ley. A nadie le parecería mal la oración del Fariseo, pensarían que tenía razón. Y no era así; su acción de gracias muestra que está satisfecho de sí mismo y que no se tiene por pecador. Es exactamente lo contrario de lo que anuncia Jesús.

Tradicionalmente hemos exagerado la hipocresía de los fariseos, para apartarnos del mensaje profundo. Jesús no rechaza simplemente la hipocresía del fariseo, sino su mismo planteamiento religioso. Este planteamiento consiste en observar rigurosamente todos los preceptos de la Ley de manera que se siente uno justo ante Dios y por tanto mejor que otros que no lo cumplen todo tan bien como yo. Soy santo porque obro bien, por tanto soy mejor que otros. Dar gracias a Dios por todo esto es un sarcasmo.

Todos somos pecadores.
Apenas podemos evitar "sentirnos justos", con "pequeños" defectos. De eso nos solemos confesar: me distraigo en la oración, he murmurado de mi vecina, pierdo la paciencia... Pero no nos acusamos de algo más importante: he recibido millones y sólo rento céntimos.

Porque todo lo que soy me lo ha dado Dios para que trabaje por el Reino... Y a otros no les ha dado casi nada. Y yo, el rico, estoy satisfecho de lo que tengo y doy gracias a Dios. Esta es la misma línea de la parábola de los Talentos.

Paralelamente, seguimos viendo el pecado como culpa. Vemos drogadicción, prostitución, sexualidad desenfrenada, corrupción pública... Y probablemente nos produce horror, y lo condenamos. Condenamos a las acciones y quizá también a las personas. Vemos el pecado cometido. Pero no vemos el pecado padecido. Y no nos preguntamos "por qué ellos sí y yo no". Si nos lo preguntáramos, acabaríamos gritando de corazón a Dios "no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal", porque, en sus mismas circunstancias, nosotros seríamos como esos que nos producen tanto rechazo.

No es primero nuestra virtud, por la que Dios nos recibe: es primero Dios salvador, que nos hace tener esas virtudes. Éste es el error del fariseo. Se cree bueno, y que por eso, Dios le mira con buenos ojos. No sabe que Dios le ha mirado y por eso es bueno. Se ha apropiado del regalo de Dios.

Es sorprendente en el Evangelio la reiteración del tema de que Jesús acoge a los pecadores, los busca, come con ellos, se rodea de ellos, es bien recibido. Sorprendente, reiterativo, escandaloso. La mujer adúltera, la pecadora en casa de Simón, la Magdalena, Zaqueo, Leví, los leprosos... "Éste acoge a los pecadores y come con ellos". Y Jesús: - "No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores". ¿Por qué? Por dos razones:
- porque todos somos pecadores.
- porque Dios es el Médico.

El mensaje de esta Parábola es la mayor revolución religiosa. Dios no es el premio de los buenos y el castigo de los malos: es el médico de los enfermos y el sembrador. Ha sembrado mucho en mí, y cura mis enfermedades... para que yo siembre mucho y cure muchas enfermedades. Mientras no cambiemos de Dios seguiremos sin entender nada. Por eso a Jesús le recibían con entusiasmo los pecadores: este Dios soluciona la vida, no la carga aún más. Este Dios exige a los ricos y cura a los pobres.

No hemos entendido nada de la justicia y la misericordia de Dios. Dice la teología que en Dios todas las cualidades son la misma, que la justicia y la misericordia son lo mismo.

Y lo solemos entender así: Dios es justo, retribuye a cada uno según sus obras, pero es un juez benigno, no es severo, está inclinado a la bondad. Todo esto es mentira. Dios es justo perdonando, porque sabe que lo que llamamos culpa es cruz. Si fuéramos culpables, Dios no sería justo perdonando. Si perdona es porque proclama que no hay culpa. Esto proclama la Palabra ya desde el Libro del Génesis: Eva no peca por maldad, sino por error, porque no puede aguantarse las ganas de comer el apetitoso fruto.

Esto no significa que el pecado no importa, que es indiferente pecar. Al revés. El pecado nos destruye, es la peor de las enfermedades, el antagonista de Dios en toda la Biblia, porque es el antagonista del hombre. El que lleva a Jesús hasta la muerte, como puede llevar a todos los hombres hasta la muerte total. Pero Dios es para resucitar, Dios es para vivir, Dios es para curar, para regar, para iluminar.

Hemos convertido el pecado en una cuestión jurídica. El malo es culpable y debe ser castigado: el bueno tiene mérito y debe ser premiado. La Palabra de Jesús va mucho más adentro: estás enfermo y Dios te cura: estás sano porque Dios te ha curado porque te necesita para trabajar.

Este es un tema profundo de toda la Sagrada Escritura, una de las desviaciones más peligrosas de Israel. Israel siempre se ha tenido por "el pueblo elegido" y ha dado gracias a Dios por ello. Y se equivocaba al entenderlo mal. Se ha creído preferido por Dios, privilegiado por Dios libre y caprichosamente en detrimento de otros pueblos. Se ha creído superior porque conoce la Palabra, conoce la Ley y la practica, y el Señor pelea por él contra sus enemigos.

Este es un mensaje equivocado de toda la Biblia: es el pecado básico de Israel: creer que "Dios es para mí". Cuando la realidad es que Dios le ha elegido para ser luz de las naciones, exigiéndole mucho más que a todos los demás, responsabilizándole mucho más que a todos los demás.

Israel ha sido elegido y dotado como instrumento de Dios Salvador, y se ha apropiado de la salvación para presumir de ser "el pueblo de Dios". Y Dios es de todos y para todos, madre de todos, que ama más al más enfermo, porque le necesita más. Israel, llamado a ser médico y luz, se vanagloria de su luz y de su salud, sin saber que las ha recibido para que cure e ilumine, sin mérito propio alguno.

Es el pecado del Antiguo Testamento, el pecado del Pueblo, el que hará que sea rechazado por Dios, porque no es un instrumento válido. Y ése es, también, uno de los mensajes básicos del Evangelio. La Iglesia, nosotros, somos el Pueblo Elegido... elegido para trabajar más que los demás. Y seguiremos siendo el Pueblo Elegido mientras respondamos bien. Y si no lo hacemos, Dios se buscará otro pueblo, como sucede en Israel.

Esto se muestra también en una desviada concepción del Sacramento de la Penitencia, convertido en un juicio. Llevamos nuestros pecados al tribunal, y el juez, que es blando como un padrazo, nos perdona, siempre que estemos arrepentidos y prometamos no hacerlo más. ¡Triste parodia! Vamos al Sacramento a reconocer que somos pecadores y lo seguiremos siendo, porque no podemos librarnos de nuestra enfermedad así como así, por un acto de voluntad. Vamos a reconocer ante Él que seguimos estando enfermos, y a celebrar, con enorme alegría, que sigue contado con nosotros, que seguimos contando con Él para curarnos. ¡Curioso juez, el sacerdote, que no tiene facultades más que para perdonar!

La cumbre de todo esto es el final de la Parábola del Hijo Pródigo. El hermano mayor es justo, y se indigna de la injusticia que hace su padre al recibir al pródigo. El padre es más que justo, se ha llevado un alegrón "porque estaba perdido y lo hemos encontrado".

Lo aplicamos a la eucaristía. En la eucaristía "subimos al Templo a orar". Y nos encontramos, para empezar, con un rito de acogida en que se anuncia el perdón de los pecados. Buen principio: estamos ahí porque "Éste acoge a los pecadores y come con ellos".

Estamos en la Eucaristía porque contamos con Él para sanar, para responder, para trabajar. No vamos a la Eucaristía porque seamos justos, sino porque Él invita a los pecadores. Y allí estamos, agradecidos y deseando comprometernos con Él. Llevamos a la Eucaristía lo que somos, lo bueno y lo malo, sin temor, lo traemos ante Dios. Y recibimos Palabra, conocimiento de nosotros mismos y de Dios, ánimo para seguir... La Eucaristía es nuestro gran medio de conversión, para convertirnos cada vez más en Hijos.

José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)





LA JUSTICIA PARCIAL DE DIOS
Escrito por  José Luis Sicre

El Catecismo que estudié de pequeño decía que Dios “premia a los buenos y castiga a los malos”. Pero no concretaba quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Y como nuestra forma de pensar es con frecuencia muy distinta de la de Dios, es probable que los que Dios considera buenos y malos no coincidan con los que nosotros juzgamos como tales.

Dios, un juez parcial a favor del pobre
Esta la imagen que ofrece la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico. Lo más curioso de este texto es que no lo escribe un profeta, amante de las denuncias sociales y de las críticas a los ricos y poderosos, sino un judío culto, perteneciente a la clase acomodada del siglo II a.C.: Jesús ben Sira. Y la imagen que ofrece de Dios dista mucho de la que tenían bastantes israelitas. No es un Dios imparcial, que juzga a las personas por sus obras; es un Dios parcial, que juzga a las personas por su situación social. Por eso se pone de parte de los pobres, los oprimidos, los huérfanos y las viudas; los seres más débiles de la sociedad. Comienza el autor diciendo: El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial. Pero añade de inmediato, con un toque de ironía: no es parcial contra el pobre. Porque la experiencia de Israel, como la de todos los pueblos, enseña que lo más habitual es que la gente se ponga a favor de los poderosos y en contra de los débiles.

Dios, un juez parcial a favor del humilde
El evangelio de Lucas ofrece el mismo contraste mediante un ejemplo distinto, sin relación con el ámbito económico. La parábola es fácil de entender, pero conviene profundizar en la actitud del fariseo.

La confesión de inocencia
Un niño pequeño, cuando hace una trastada, es frecuente que se excuse diciendo: “Mamá, yo no he sido”. Esta tendencia innata a declararse inocente influyó en la redacción del capítulo 150 del Libro de los muertos, una de las obras más populares del Antiguo Egipto. Es lo que se conoce como la “confesión negativa”, porque el difunto iba recitando una serie de malas acciones que no había cometido. Algo parecido encontramos también en algunos Salmos. Por ejemplo, en Sal 7,4-6:

Señor, Dios mío, si he cometido eso, si hay crímenes en mis manos,
si he perjudicado a mi amigo o despojado al que me ataca sin razón,
que el enemigo me persiga y me alcance,
me pisotee vivo por tierra, aplastando mi vientre contra el polvo.

O en el Salmo 26(25),4-5:
No me siento con gente falsa,
con los clandestinos no voy;
detesto la banda de malhechores,
con los malvados no me siento.

La profesión de bondad
Existe también la versión positiva, donde la persona enumera las cosas buenas que ha hecho. Encontramos un espléndido ejemplo en el libro de Job, cuando el protagonista proclama (Job 29,12-17):

Yo libraba al pobre que pedía socorro y al huérfano indefenso,
recibía la bendición del vagabundo y alegraba el corazón de la viuda;
de justicia me vestía y revestía,
el derecho era mi manto y mi turbante.
Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo,
yo era el padre de los pobres
y examinaba la causa del desconocido.
Le rompía las mandíbulas al inicuo
para arrancarle la presa de los dientes.

El orgullo del fariseo
Volvamos a la confesión del fariseo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» Si el fariseo hubiera sido como Job, se habría limitado a las palabras finales: Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Pero al fariseo lo come el odio y el desprecio a los demás, a los que considera globalmente pecadores: ladrones, injustos, adúlteros. Sólo él es bueno, y considera que Dios está por completo de su parte.

La humildad del publicano
En el extremo opuesto se encuentra la actitud del publicano. A diferencia de Job, no recuerda sus buenas acciones, que algunas habría hecho en su vida. A diferencia del Libro de los muertos y algunos Salmos, no enumera malas acciones que no ha cometido. Al contrario, prescindiendo de los hechos concretos se fija en su actitud profunda y reconoce humildemente, mientras se golpea el pecho: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.  

En el AT hay dos casos famosos de confesión de la propia culpa: David y Ajab. David reconoce su pecado después del adulterio con Betsabé y de ordenar la muerte de su esposo, Urías. Ajab reconoce su pecado después del asesinato de Nabot. Pero en ambos casos se trata de pecados muy concretos, y también en ambos casos es preciso que intervenga un profeta (Natán o Elías) para que el rey advierta la maldad de sus acciones. El publicano de la parábola muestra una humildad mucho mayor. No dice: “he hecho algo malo”, no necesita que un profeta le abra los ojos; él mismo se reconoce pecador y necesitado de la misericordia divina.

Dios, un juez parcial e injusto
Al final de la parábola, Dios emite una sentencia desconcertante: el piadoso fariseo es condenado, mientras que el pecador es declarado inocente: Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. ¿Debemos decir, en contra del Catecismo, que “Dios premia a los malos y castiga a los buenos”? ¿O, más bien, debemos cambiar nuestros conceptos de buenos y malos, y nuestra imagen de Dios? 

José Luis Sicre, SJ.


23 de octubre 2016