viernes, 7 de octubre de 2016

CURACIÓN - José Antonio Pagola


CURACIÓN - José Antonio Pagola

El episodio es conocido. Jesús cura a diez leprosos enviándolos a los sacerdotes para que les autoricen a volver sanos a sus familias. El relato podía haber terminado aquí. Al evangelista, sin embargo, le interesa destacar la reacción de uno de ellos.

Una vez curados, los leprosos desaparecen de escena. Nada sabemos de ellos. Parece como si nada se hubiera producido en sus vidas. Sin embargo, uno de ellos «ve que está curado» y comprende que algo grande se le ha regalado: Dios está en el origen de aquella curación. Entusiasmado, vuelve «alabando a Dios a grandes gritos» y «dando gracias a Jesús».

Por lo general, los comentaristas interpretan su reacción en clave de agradecimiento: los nueve son unos desagradecidos; solo el que ha vuelto sabe agradecer. Ciertamente es lo que parece sugerir el relato. Sin embargo, Jesús no habla de agradecimiento. Dice que el samaritano ha vuelto «para dar gloria a Dios». Y dar gloria a Dios es mucho más que decir gracias.

Dentro de la pequeña historia de cada persona, probada por enfermedades, dolencias y aflicciones, la curación es una experiencia privilegiada para dar gloria a Dios como Salvador de nuestro ser. Así dice una célebre fórmula de san Ireneo de Lion: «Lo que a Dios le da gloria es un hombre lleno de vida». Ese cuerpo curado del leproso es un cuerpo que canta la gloria de Dios.

Creemos saberlo todo sobre el funcionamiento de nuestro organismo, pero la curación de una grave enfermedad no deja de sorprendernos. Siempre es un «misterio» experimentar en nosotros cómo se recupera la vida, cómo se reafirman nuestras fuerzas y cómo crece nuestra confianza y nuestra libertad.

Pocas experiencias podremos vivir tan radicales y básicas como la sanación, para experimentar la victoria frente al mal y el triunfo de la vida sobre la amenaza de la muerte. Por eso, al curarnos, se nos ofrece la posibilidad de acoger de forma renovada a Dios que viene a nosotros como fundamento de nuestro ser y fuente de vida nueva.

La medicina moderna permite hoy a muchas personas vivir el proceso de curación con más frecuencia que en tiempos pasados. Hemos de agradecer a quienes nos curan, pero la sanación puede ser, además, ocasión y estímulo para iniciar una nueva relación con Dios. Podemos pasar de la indiferencia a la fe, del rechazo a la acogida, de la duda a la confianza, del temor al amor.

Esta acogida sana de Dios nos puede curar de miedos, vacíos y heridas que nos hacen daño. Nos puede enraizar en la vida de manera más saludable y liberada. Nos puede sanar integralmente.


28 Tiempo ordinario - C
(Lucas 17,11-19)
09 de octubre 2016

José Antonio Pagola 





DAR GLORIA A DIOS
Escrito por  Florentino Ulibarri

Y si en nuestro camino
se hace presente la ternura,
la solidaridad,
la acogida,
la gracia,
la curación anhelada...
lo primero, aunque no esté prescrito,
dar gloria a Dios.

Y cuando lo que acontece
rompe las líneas rojas
que nos encierran y marginan,
las barreras que nos separan,
las leyes que nos discriminan,
los títulos, privilegios y castas...
lo primero, aunque no esté prescrito,
dar gloria a Dios.

Y cuando lo que Tú nos ofreces
nos devuelve la dignidad,
nos limpia de toda enfermedad,
nos introduce de nuevo en la sociedad,
nos libera de normas serviles
y alegra nuestro corazón...
lo primero, aunque no esté prescrito,
dar gloria a Dios.

Y si nos encontramos
caminando hacia la felicidad ,
y empezamos a sentirla en el cuerpo,
y nuestros sueños se quedan pequeños
porque lo que sentimos y tenemos,
o lo que se nos ha dado gratis, los supera con creces...
lo primero, aunque no esté prescrito,
dar gloria a Dios.

Y si los tópicos se mantienen
y nos consideran samaritanos,
o nos tratan como leprosos,
o nos discriminan por el género,
o nos clasifican como quieren,
o intentan que sigamos como dicen...
lo primero, tú sé libre, aunque no se estile,
y darás gloria a Dios como él quiere.





¡ATRÉVETE A VIVIR TU PROPIA VIDA!
Escrito por  Fray Marcos
Lc 17, 11-19

Una vez más, el texto nos recuerda que Jesús va de camino hacia Jerusalén, donde se enfrentará al poder del templo, lo que le llevará a la muerte y a la plenitud como ser humano en la entrega total. En esa subida se va haciendo presente la salvación, no solo al final del camino, como nos han hecho creer. Jesús sale al encuentro de los oprimidos y esclavizados de cualquier clase. Se preocupa de todo el que encuentra en su camino y tiene dificultades para ser él mismo. Sin la compasión de Jesús, el relato sería imposible.

Dice un proverbio oriental: cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando al dedo. Al seguir empleando títulos de relatos como: la oveja perdida, el hijo pródigo, los diez leprosos, etc., nos quedamos en el dedo y no descubrimos la luna a la que apuntan. Al relato de hoy le deberíamos llamar: diez leprosos son curados, uno se salva. En el relato vemos con toda claridad que la fe abarca no solo la confianza, sino la respuesta, la fidelidad. Es la respuesta que completa la fe que salva. La confianza cura, la fidelidad salva. Mientras el hombre no responde con su propio reconocimiento y entrega, no se produce la verdadera liberación. Una vez más queda cuestionada nuestra fe.

El protagonista es el que volvió. La lepra era el máximo exponente de la marginación. La lepra es una enfermedad contagiosa que era un peligro para la sociedad entera. Pero al no tener clara la diferencia entre lepra y otras infecciones de la piel, se declaraba lepra cualquier síntoma que pudiera dar sospecha de esa enfermedad. Muchas de esas infecciones se curaban espontáneamente y el sacerdote volvía a declarar puro al enfermo. A esta manera de actuar puramente defensiva, Jesús quiere oponer una fe-confianza que debe cambiar también la actitud de la sociedad. Al tomar como referencia la salvación del samaritano, está resaltando la universalidad de la salvación de Dios; pero sobre todo está criticando la idea que los judíos tenían de una relación exclusiva y excluyente con Dios.

No tiene por qué tratarse de un relato histórico. Los exegetas apuntan más bien, a una historia encaminada a resaltar la diferencia entre el judaísmo y la primera comunidad cristiana. En efecto, el fundamento de la religión judía era el cumplimiento de la Ley. Si un judío cumplía la Ley, Dios cumpliría su promesa de salvación. En cambio, para los cristianos, lo fundamental era el don gratuito e incondicional de Dios; al que se respondía con el agradecimiento y la alabanza. “Se volvió alabando a Dios y dando gracias”. Tenemos datos más que suficientes para afirmar que la liturgia de las primeras comunidades estaba basada toda ella en la acción de gracias (eucaristía) y la alabanza divina.

Distinguimos 7 pasos: 1º.- Súplica profunda y sincera. Son conscientes de su situación desesperada y descubren la posibilidad de superarla. “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. 2º. - Respuesta indirecta de Jesús. “Id a presentaros a los sacerdotes”. Ni siquiera se habla de milagro. 3º.- confianza de los diez en que Jesús puede curarlos. “Mientras iban de camino” 4º.- en un momento del camino quedan limpios. 5º.- Reacción espontánea de uno. “Viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios y dando gracias”. 6º.- Sorpresa de Jesús, no por el que vuelve, sino por los que siguieron su camino. “Los otros nueve, ¿dónde están? 7º.- Confirmación de una verdadera actitud vital que permite al samaritano alcanzar mucho más que una curación. “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”.

En este relato encontramos una de las ideas centrales de todo el evangelio: La autenticidad, la necesidad de una religiosidad que sea vida y no solamente programación y acomodación a unas normas externas. Se llega a insinuar que las instituciones religiosas pueden ser un impedimento para el desarrollo integral de la persona. Todas las instituciones tienden a hacer de las personas robots, que ellas puedan controlar con facilidad. Si no defendemos nuestra personali­dad, la vida y el desarrollo individual termina por anularse. El ser humano, por ser a la vez individual y social, se encuentra atrapado entre estos dos frentes: la necesidad de las instituciones, y la exigencia de defenderse de ellas para que no lo anulen.

Solo uno volvió para dar gracias. Solo uno se dejó llevar por el impulso vital. Los nueve restantes (se supone que eran judíos), se sintieron obligados a cumplir lo que mandaba la ley: presentarse al sacerdote para que le declarara puro y pudieran volver a formar parte de la sociedad. Para ellos, volver a formar parte del organigrama religioso y social, era la verdadera salvación. Los nueve vuelven a someterse al cobijo de la institución; van al encuentro con Dios en el templo en los ritos. El Samaritano creyó más urgente volver a dar gracias. Fue el que acertó, porque, libre de las ataduras de la Ley, se atrevió a expresar su vivencia profunda. Este encuentra la presencia de Dios en Jesús. Es más importante responder vitalmente al don de Dios, que el cumplimiento de unos ritos externos.

La verdadera salvación para el leproso llega en el reconocimiento y agradecimiento del don. Los otros nueve fueros curados, pero no encontraron la verdadera salvación; porque tenían suficiente con la liberación de la lepra y la recuperación del entramado religioso. Estamos ante la disyuntiva: salvación material o salvación espiritual. Sin darnos cuenta nos sentimos inclinados a buscar la salvación en las seguridades y a conformarnos con ella. Incluso no tenemos ningún reparo en meter a Dios en nuestra propia dinámica y convertirle en garante de la salvación que nosotros buscamos, la material.

El cumplimiento de una norma, solo tiene sentido religioso cuando estamos de verdad motivados desde el convencimiento. Jesús no dio ninguna nueva ley, solo la del amor, que no puede ser nunca un mandamiento. Ese valor relativo que Jesús dio a la Ley, le costó el rechazo frontal de todas las instancias religiosas de su tiempo. Jesús tuvo que hacer un gran esfuerzo por librarse de todas las instituciones que en su tiempo como en todo tiempo, intentaban manipular y anular a la persona. Para ser él mismo, tuvo que enfrentarse a la ley, al templo, a las instancias religiosas y civiles, a su propia familia. Incluso una institución tan básica como la familia puede anular a la persona e impedirle que sea ella misma.

El seguimiento de Jesús es una forma de vida. La vida escapa a toda posible programación que le llegue de fuera. Lo único que la guía es la dinámica interna, es decir, la fuerza que viene de dentro de cada ser y no el constreñimiento que le puede venir de fuera. La misma definición de Aristóteles lo expresa con toda claridad. Vida = "motus ab intrinseco" (movimiento desde dentro). No basta el cumplir escrupulosamente las normas, como hacían los fariseos, hay que vivir la presencia de Dios. Todos seguimos teniendo algo de fariseos.

Un ejemplo puede aclararnos esta idea. Cuando se vacía una estatua de bronce, el bronce líquido se amolda perfectamente a un soporte externo, el molde; la figura puede salir perfecta en su configuración externa, solo le falta una cosa, la vida. Eso pasa con la religión; puede ser un molde perfecto, pero acoplarse a él, no es garantía ninguna de vida. Y sin vida, la religión se convierte en un corsé, cuyo único efecto es impedir la libertad. Todas las normas, todos los ritos, todas las doctrinas son solo medios para alcanzar la vida espiritual.

Al celebrar la misa, no sé si somos conscientes de que “eucaristía” significa acción de gracias. Además, en ella repetimos más de quince veces “Señor ten piedad”, como los diez leprosos. La gloria es reconocer y agradecer a Dios lo que Él es. El evangelio de hoy tenía que ser un acicate para celebrar conscientemente esta eucaristía. Que de verdad sea una manifestación comunitaria de agradecimiento y alabanza. Antiguamente tenía gran importancia litúrgica la celebración de las Témporas en los primeros días de Octubre. Eran unos días de acción de gracias que tenían mucho sentido para la gente sencilla del campo. Al finalizar la recolección de los frutos, se le daba gracias a Dios por todos sus dones.

Meditación-contemplación

“Se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias”.
Se trata del último paso del acto de fe.
La confianza produce la curación, pero la fidelidad produce la salvación.
Sería una pena que yo me conforme con la curación.
................

La respuesta interior al don personal de Dios,
produce el verdadero milagro de la liberación.
La identificación con el Otro, me libera de la opresión de los otros.
En los demás puedo encontrar seguridades. En Dios encontraré libertad.
..................

Sin reconocimiento del don, no puede haber respuesta.
La principal tarea del ser humano es ese descubrimiento,
que nos llevará a una entrega incondicional en fidelidad.
Mi existencia depende, en cada instante, de Él.
……………………

Fray Marcos





EL MILAGRO DE LA CONVERSIÓN
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 17, 11-19

Hay autores que piensan que éste no es el relato de un suceso, sino una parábola vestida con imágenes. Para nuestra interpretación, nos es indiferente.

Los "protagonistas" del milagro son diez leprosos. En toda la Biblia se llama genéricamente "lepra" a cualquier clase de afección cutánea, a veces simples erupciones curables.

Estas enfermedades son muy temidas, y el Libro del Levítico se preocupa mucho de ellas en los capítulos 13 y 14. Se consideran, como casi todas las enfermedades, castigo de Dios, y su curación es casi siempre "milagrosa", o fruto de una especial acción de los sacerdotes o los hombres de Dios. Los "leprosos" son estrictamente excluidos, tienen que vivir fuera de poblado, y hacer diversas muestras (tocar campanillas, lamentarse...) para que la gente no se acerque.

Jesús se ha saltado frecuentemente las normas de alejarse de los leprosos. Un episodio característico es el de Marcos 1,40 (paralelo en Mateo 8,4 y Lucas 5,12), en que se dice expresamente que Jesús tocó al leproso, quebrantado el expreso mandato de la ley, que convierte en "impuro" al que toque a un leproso.

Es un tema frecuente en los sinópticos, que lo aprovechan para enfrentar a Jesús con la más terrible de las enfermedades y para mostrar a Jesús por encima de la Ley. Curiosamente, el tema está completamente ausente en Juan.

La respuesta de Jesús es remitirles a los sacerdotes, no para que les curen, sino para que, según manda la Ley, certifiquen que están curados. Diríamos que Jesús "evita los trámites", ni siquiera hace un gesto de curación. Ya están curados, que los sacerdotes lo certifiquen, para que puedan volver a la vida normal.

Pero el énfasis de la narración parece ponerse en la actitud de los curados. De los diez, nueve desaparecen sin más. Uno de ellos, un samaritano (hereje despreciado por los judíos) ni siquiera va a los sacerdotes: vuelve a Jesús agradecido. Jesús insiste precisamente en que es "ese extranjero" el que ha actuado como debía.

Se termina con la consabida expresión: "tu fe te ha salvado". Y, a los otros nueve, ¿qué les ha salvado? No parece que se trate de la curación. De esa curación viene para el samaritano agradecido una salvación más profunda.

"Tu fe te ha salvado" es un tema frecuente en el Evangelio. Lo encontramos en Mateo 8, el episodio del centurión, Mateo 9, el paralítico, y la mujer con flujo de sangre, Mateo 15, la mujer que pide la curación de su hija, Marcos 5, la hija de Jairo, Marcos 9, "creo, Señor, ayuda mi poca fe"... y en innumerables pasajes en que Jesús exhorta a la fe o reprocha la poca fe.

En el evangelio del domingo pasado tuvimos también un breve ejemplo. Allí desarrollamos la idea de la fe, no para mover montañas por capricho, sino para mover la montaña del pecado, para convertir a la humanidad, para construir el reino.

Este es el sentido de la fe en los milagros. No se trata de que un convencimiento profundo "hace milagros", desata las potencialidades ocultas y produce sanaciones sorprendentes. Esto puede ser verdad, pero no es el mensaje. El mensaje es que el milagro es manifestación de que aquí está el Espíritu, el que combate todo mal, el que es capaz de curar todo. Creer en Él, en el Espíritu, en la fuerza de Dios que está en Jesús, es la primera piedra del Reino. Creer en Él nos convierte, nos sana, nos limpia, nos hace criaturas nuevas, hace posible el milagro de los milagros, que vivamos para el Reino.

Y, un vez más, apreciamos el escaso acierto de la elección de los textos de hoy. La palabra "lepra", de la lectura continua de Lucas, ha atraído otro relato de "lepra" del AT, cuyo mensaje apenas tiene nada que ver con el Evangelio.

Los milagros del Antiguo Testamento apenas son otra cosa que "prueba" de que el poder de Dios actúa ahí, de que éste es un profeta verdadero. Los Milagros de Jesús son interpretados frecuentemente así por sus contemporáneos (y aun, en algún caso, por los mismos evangelistas). Pero son mucho más: son la presencia de La Salvación, la revelación de Dios mismo, que es, ante todo, el que sana. Por eso es lo mismo curar que perdonar los pecados: es la presencia del Espíritu, que elimina todo mal.

Una vez más, se nos invita a creer en el Espíritu, en Jesús, el Hombre lleno del Espíritu. Se nos invita a creer en el Espíritu que habita en nosotros. Los efectos del Espíritu son curación. Y es el primer efecto del Espíritu en nosotros: curarnos de nuestras enfermedades. Es la esencia de lo que hemos llamado "conversión", y que explicamos tan mal, de forma tan voluntarista.

Pensamos que convertirse es decidirse a cambiar, hacer un acto de voluntad y elegir libremente obedecer a Dios. Estos son nuestros tristes esquemas filosóficos, tan apartados de la realidad humana. El Evangelio es más humano, porque Dios conoce al ser humano mucho mejor que los filósofos.

Convertirse es que la cercanía de Jesús nos va cambiando. Convertirse es que la presencia del Fuego nos va calentando, la presencia del Agua nos va lavando, nos va fertilizando, la presencia del Espíritu nos va haciendo espíritu, liberándonos del pecado, de la carne, del mundo, que significan lo mismo: todas esas fuerzas que nos esclavizan.

No podemos convertirnos por un acto de voluntad. La prueba está en nuestros ridículos propósitos de enmienda que naufragan de una confesión a otra, de unos Ejercicios Espirituales a otros. No podemos vencer a la enfermedad, a la muerte, al pecado. No podemos vencer la atracción irresistible del fruto del árbol prohibido.

Pero sí podemos acercarnos a la Fuente, a la Llama, a la Palabra. Y eso sí nos cambia. "Si crees, todo es posible". Y ¿qué haremos para creer?. Tratar a Jesús, orar, conectar con la Palabra, celebrar bien la Eucaristía, leer, contemplar, obedecer a los impulsos prácticos del Espíritu, estar atentos, reconocer cuándo actúa en nosotros el Espíritu de Jesús, dar gracias entonces, acudir al Sacramento de la reconciliación para reconocer el poder del mal en mí y escuchar la Palabra de aliento de mi Madre....

Todo esto se resume en la palabra crecer en el Espíritu.

Nosotros, como el samaritano agradecido, sabemos que La Palabra, la Fe, nos ha curado de muchas cosas. Y volvemos a Jesús, agradecidos, porque, inteligentemente, nos damos cuenta de que de Él han nacido todos nuestros bienes. Y escuchamos la Palabra de Dios: ten fe, la Palabra es Poderosa, es tu Liberación.

Es magnífico creer en el Dios de Jesús, el Médico, el Libertador. Nuestra vida tiene demasiadas cargas como para que Dios sea la carga de las cargas. No; la carga peor es el pecado, la envidia y la lujuria y la tacañería y la mezquindad y la pereza y tantas y tantas esclavitudes. Dios es Médico, Pastor, Luz, Libertador de los pecados.

Ese Dios sí que nos hace falta. En ese Dios están deseando creer todos los pobres y los enfermos del mundo. Por eso el Evangelio, lo que tenemos que anunciar, es "La Buena Nueva", "La gran Noticia".

 PARA NUESTRA ORACIÓN

Como el leproso agradecido, acudimos a la presencia de Dios, para darle gracias por la salud, por la liberación, por la luz que hemos recibido y recibimos de Jesús.

Creo que Dios es mi Padre,
mi médico, mi libertador
el que lo crea todo para bien,
el que trabaja sin descanso por sus hijos.

Creo más que a mi ojos a su Palabra,
Jesús, el Hombre lleno del Espíritu,
que es luz, camino y verdad,
que es agua, pan y vino,
nacido de María,
entregado hasta la muerte,
vivo para siempre junto a Dios.

Creo en el Espíritu, el Viento de Dios,
porque lo he visto resplandecer en Jesús
y lo sigo sintiendo en mí y en la Iglesia.

Por Jesús y por su Espíritu
creo en el perdón, creo en la humanidad,
creo que en la Iglesia está el Espíritu,
creo que la vida es eterna,
y la espero para mí y para todos,
por el poder y la bondad del Padre
manifestada en Jesucristo, nuestro Señor.


José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)





“MALOS”, PERO AGRADECIDOS
Escrito por  José Luis Sicre

Algunos “buenos” poco agradecidos

Las lecturas de este domingo me han traído a la memoria dos experiencias vividas en sitios muy distintos.

La primera, en Jerusalén en 1990. En sus intrincadas callejuelas me encuentro con un sacerdote vestido de clergyman acompañado de un muchacho. Hablan español y los noto completamente despistados. Quieren ir al Santo Sepulcro, pero marchan en dirección contraria. Los acompaño, y cuando el sacerdote consigue orientarse, sin despedirse ni dar las gracias, se aleja a toda prisa.

La segunda, en Roma, la víspera de la beatificación de monseñor Escribá. Dos muchachos españoles, también despistados, tienen que tomar un autobús en la Via del Corso. Los llevo hasta la Piazza Colonna, y en cuando ven el autobús echan a correr sin decir una palabra.

Las dos experiencias me molestaron mucho, pero después caí en la cuenta que lo mismo hago yo con Dios todos los días.

Dos “malos” agradecidos

Las lecturas de este domingo son fáciles de entender y animan a ser agradecidos con Dios. La del Antiguo Testamento y el evangelio tienen como protagonistas a personajes muy parecidos: en ambos casos se trata de un extranjero. El primero es sirio, y las relaciones entre sirios e israelitas eran tan malas entonces como ahora. El segundo es samaritano, que es como decir, hoy día, palestino. Para colmo, tanto el sirio como el samaritano están enfermos de lepra.

La lepra

La lepra, en el sentido moderno, no fue definida hasta el año 1872 por el médico noruego A. Hansen. En tiempos antiguos se aplicaba la palabra "lepra" a enfermedades muy distintas de la piel. El capítulo 13 del Levítico enumera en esta categoría: inflama­ciones, erupciones, manchas, afección cutánea, úlcera, quemadu­ras, afecciones en la cabeza o la barba (sarna), leucodermia (manchas blancas en la piel), alopecia. El sacerdote tiene que examinar los diversos casos para saber si la persona es pura o impura (curable o incurable). «El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro! ¡Impuro! Mientras le dura la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento» (Lev 13,45-46).

Si el enfermo llega a curarse de su enfermedad, tiene lugar el siguiente rito: Se presenta ante el sacerdote, éste lo examina y comprueba si realmente se ha curado. Después el sacerdote manda traer dos aves puras, vivas, ramas de cedro, púrpura escarlata e hisopo. «El sacerdote mandará degollar una de las aves en una vasija de loza sobre agua corriente. Después tomará el ave viva, las ramas de cedro, la púrpura escarlata y el hisopo, y los mojará, también el ave viva, en la sangre del ave degollada sobre agua corriente. Salpicará siete veces al que se está purificando de la afección, y lo declarará puro. El ave viva la soltará después en el campo. El purificando lavará sus vestidos, se afeitará completamente, se bañara y quedará puro. Después de esto podrá entrar en el campamento. Pero durante siete días se quedará fuera de su tienda. El séptimo día se rapará la cabeza, se afeitará la barba, las cejas, todo el pelo, lavará sus vestidos, se bañará y quedará puro. El octavo día tomará dos corderos sin defecto, una cordera añal sin defecto, doce litros de flor de harina de ofrenda, amasada con aceite y un cuarto de litro de aceite» [sigue el ritual del día octavo y último] (Lev 14,1-32, distinguiendo ricos y pobres).

Naamán el sirio

El relato del segundo libro de los Reyes (5,14-17) es mucho más extenso e interesante de lo que refleja la lectura litúrgica. Naamán es un personaje importante de la corte del rey de Siria, pero enfermo de lepra. En su casa trabaja una esclava israelita que le aconseja visitar al profeta de Samaria, Eliseo. Así lo hace, y el profeta, sin siquiera salir a su encuentro, le ordena bañarse siete veces en el Jordán. Naamán, enfurecido por el trato y la solución recibidos, decide volverse a Damasco. Pero sus servidores le convencen de que haga caso al profeta.

Con vistas al tema de este domingo, lo importante es la actitud de agradecimiento: primero con el profeta, al que pretende inútilmente hacer un regalo, y luego con Yahvé, el dios de Israel, al que piensa dar culto el resto de su vida. Pero no olvidemos que Naamán es un extranjero, una persona de la que muchos judíos piadosos no podrían esperar nada bueno. Sin embargo, el “malo” es tremendamente agradecido.

Un samaritano anónimo

Si malo era un sirio, peor, en tiempos de Jesús, era un samaritano. Pero a Lucas le gusta dejarlos en buen lugar. Ya lo hizo en la parábola del buen samaritano, exclusiva suya, y lo repite en el pasaje de hoy.            Este relato refleja mejor que el de Naamán la situación de los leprosos. Viven lejos de la sociedad, tienen que mantenerse a distancia, hablan a gritos. Y Jesús los manda a presentarse a los sacerdotes, porque si no reciben el “certificado médico” de estar curados no pueden volver a habitar en un pueblo.

Lo importante, de nuevo, es que diez son curados, y sólo uno, el samaritano, el “malo”, vuelve a dar gracias a Jesús. Y el episodio termina con las palabras: «tu fe te ha salvado». Todos han sido curados, pero sólo uno se ha salvado. Nueve han mejorado su salud, sólo uno ha mejorado en su cuerpo y en su espíritu, ha vuelto a dar gloria a Dios.

Examen de conciencia

¿Dónde te sitúas? ¿Entre los “buenos” poco agradecidos o entre los “malos” agradecidos?

José Luis Sicre, SJ.