miércoles, 7 de septiembre de 2016

UNA PARÁBOLA PARA NUESTROS DÍAS - José Antonio Pagola


UNA PARÁBOLA PARA NUESTROS DÍAS - José Antonio Pagola

En ninguna otra parábola ha querido Jesús hacernos penetrar tan profundamente en el misterio de Dios y en el misterio de la condición humana. Ninguna otra es tan actual para nosotros como esta del «Padre bueno».

El hijo menor dice a su padre: «dame la parte que me toca de la herencia». Al reclamarla, está pidiendo de alguna manera la muerte de su padre. Quiere ser libre, romper ataduras. No será feliz hasta que su padre desaparezca. El padre accede a su deseo sin decir palabra: el hijo ha de elegir libremente su camino.

¿No es esta la situación actual? Muchos quieren hoy verse libres de Dios, ser felices sin la presencia de un Padre eterno en su horizonte. Dios ha de desaparecer de la sociedad y de las conciencias. Y, lo mismo que en la parábola, el Padre guarda silencio. Dios no coacciona a nadie.

El hijo se marcha a «un país lejano». Necesita vivir en otro país, lejos de su padre y de su familia. El padre lo ve partir, pero no lo abandona; su corazón de padre lo acompaña; cada mañana lo estará esperando. La sociedad moderna se aleja más y más de Dios, de su autoridad, de su recuerdo... ¿No está Dios acompañándonos mientras lo vamos perdiendo de vista?

Pronto se instala el hijo en una «vida desordenada». El término original no sugiere solo un desorden moral sino una existencia insana, desquiciada, caótica. Al poco tiempo, su aventura empieza a convertirse en drama. Sobreviene un «hambre terrible» y solo sobrevive cuidando cerdos como esclavo de un extraño. Sus palabras revelan su tragedia: «Yo aquí me muero de hambre».

El vacío interior y el hambre de amor pueden ser los primeros signos de nuestra lejanía de Dios. No es fácil el camino de la libertad. ¿Qué nos falta? ¿Qué podría llenar nuestro corazón? Lo tenemos casi todo, ¿por qué sentimos tanta hambre?

El joven «entró dentro de sí mismo» y, ahondando en su propio vacío, recordó el rostro de su padre asociado a la abundancia de pan: en casa de mi padre «tienen pan» y aquí «yo me muero de hambre». En su interior se despierta el deseo de una libertad nueva junto a su padre. Reconoce su error y toma una decisión: «Me pondré en camino y volveré a mi padre».

¿Nos pondremos en camino hacia Dios nuestro Padre? Muchos lo harían si conocieran a ese Dios que, según la parábola de Jesús, «sale corriendo al encuentro de su hijo, se le echa al cuello y se pone a besarlo efusivamente». Esos abrazos y besos hablan de su amor mejor que todos los libros de teología. Junto a él podríamos encontrar una libertad más digna y dichosa.

24 Tiempo ordinario - C
(Lucas 15,1-32)
11 de septiembre 2016

José Antonio Pagola 






LA OVEJA PERDIDA
Escrito por  Florentino Ulibarri

Te llamaré con palabras hechas poesía,
te silbaré nanas para espantar tu angustia,
te curaré con aceite virgen las heridas
y te llevaré en hombros a la casa solariega.

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

Intentaré nuevamente enamorarte,
te daré de mi comida y bebida,
atisbaré tus entradas y salidas,
pero jamás te pondré trabas ni ataré.

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

Mis cuerdas serán solo de amor y ternura,
aunque me destroces los pies cada día,
aunque me hagas vivircon el corazón en vilo
los días claros y las noches oscuras.

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?



PARA DIOS NADIE ESTÁ PERDIDO
Escrito por  Fray Marcos
Lc 15

Hoy leemos el c. 15 de Lc, que empieza exponiendo el contexto en que se desarrollan las tres parábolas: la oveja, la moneda y el hijo perdidos. Todos los publicanos y pecadores se acercaban a él. Los fariseos y letrados critican a Jesús por esto. Las parábolas son una respuesta de Jesús a esas murmuraciones. Los fariseos tenían una idea equivocada de Dios. Pensaban acercarse a Él a través del cumplimiento de la Ley. Tantas veces se nos ha inculcado la obligación de buscar a Dios por ese camino, que nos quedamos con el culo al aire cuando el evangelio nos dice que es Él el que nos está buscando siempre. No se trata aquí de la conversión del pecador, sino de la bondad absoluta de Dios para con todos.

A pesar de la radicalidad del domingo pasado (odia a tu familia, ama la cruz, renuncia a todo), hoy nos dice el evangelio que los “pecadores” se acercaban a Jesús para escucharle. Es la mejor demostración de que no lo entendieron como rigorismo, sino como acogida entrañable. Los fariseos y letrados (los buenos) se acercaban también, pero para espiarle y condenarle. No podían concebir que un representante de Dios pudiera mezclarse con los “malditos”. El Dios de Jesús está radicalmente en contra del sentir de los fariseos. Toda la religiosidad que nace de esta concepción equivocada de Dios es también equivocada.

Las parábolas no necesitan explicación alguna, pero exigen implicación, es decir,que nos dejemos empapar por su mensaje. El dios que nos hemos fabricado a nuestra imagen y semejanza tiene que saltar por los aires. Atreverse a romper una y otra vez el ídolo es la tarea más complicada de toda religión, porque ese ídolo es fruto de nuestros intereses egoístas que pretenden manipular a la divinidad. El Dios de Jesús se identifica con cada una de sus criaturas haciéndolas participes de todo lo que él es. No somos nosotros los que tenemos que “convertirnos” a Dios, porque Él está siempre vuelto hacia cada uno de nosotros. No puede esperar nada de nosotros, pero nosotros, todo lo recibimos de Él.

Las tres parábolas que hemos leído, van en la misma dirección. No solo nos invitan a la confianza en un Dios que nos busca con amor sino que trastocan radicalmente la idea de Dios, la idea de pecador y la idea de justo. Si comparamos la primera lectura con el evangelio, descubriremos el abismo que existe entre una concepción y otra. Pero se trata de sustituir conceptos religiosos, que son los más difíciles de desarraigar del corazón humano. Después de veinte siglos, seguimos teniendo la misma dificultad a la hora de cambiar nuestro concepto de Dios. Seguimos pensándolo como el que premia y castiga.

En los conceptos religiosos de la época, Jesús no pudo expresar toda su experiencia de Dios. Pero, si estamos atentos, podemos descubrir en su mensaje, rasgos definitivos del verdadero Dios. El Dios de Jesús es, sobre todo, Abba; es decir, padre y madre que se entrega incondicionalmente a sus criaturas. Es amor, misericordia y compasión. Nada del ser poderoso que espera de nosotros vasallaje. Nada del juez que analiza con meticulosidad nuestras acciones. Nada del impasible que defiende su gloria por encima de todo. Las tres parábolas insisten en la búsqueda, por su parte, del hombre, aunque se haya extraviado.

Hoy podemos apuntar a Dios con mucha más precisión que lo que fueron capaces de expresar los evangelios, porque tenemos mejor conocimiento del hombre y del mundo. Hoy sabemos que Dios no es un ser, ni siquiera el más sublime de todos los seres. Lo que Dios es, lo ha dejado plasmado en cada una de sus criaturas. Dios no puede ser aislado de la creación. No es ni cada criatura ni el conjunto de lo creado; pero tampoco es algo al margen, que se encuentra en alguna parte fuera de la creación. El concepto de creación que hemos manejado hasta la fecha debemos superarlo. Dios no “hizo” el mundo en un momento determinado. La creación es la manifestación de Dios que no exige un principio temporal.

El Dios de Jesús es don absoluto y total. No un don como posibilidad, sino un don efectivo y ya realizado, porque es la base y fundamento de todo lo que somos. Al decir que es Amor (ágape) estamos diciendo que ya se ha dado totalmente, y que no le queda nada por dar. Jesús no vino a salvar, sino a decirnos que estamos salvados. Un lenguaje sobre Dios que suponga expectativas sobre lo que Dios puede darme o no darme, no tiene sentido.

Si somos capaces de entrar en esta comprensión de Dios, cambiará también nuestra idea de “buenos” y “malos”. La actitud de Dios no puede ser diferente para cada uno de nosotros, porque es anterior a lo que cada uno es o pueda llegar a ser. El Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, es una aberración incompatible que el espíritu de Jesús. Dios no nos ama porque somos buenos, al contrario, somos “buenos” porque hemos descubierto lo que hay de Dios (Amor) en nosotros. Somos “malos” porque no hemos descubierto a Dios.

Alguno puede pensar que aceptar la misericordia de Dios, invita a escapar de la responsabilidad personal. Si Dios me va amar lo mismo siendo bueno que siendo malo, no merece la pena esforzarse. Esta reflexión, muy corriente entre nosotros, indica que no hemos entendido nada del evangelio. Nada más contrario a la predicación de Jesús. La misericordia de Dios es gratuita, eterna e infinita, pero no puede afectarme hasta que yo no la acepte y la haga mía. Creer que puedo acogerme a la misericordia sin responder a su búsqueda, es entender la relación con Dios de una manera mecánica, jurídica y externa. Al contrario, la actitud de Dios para conmigo tiene que ser el motor de cambio en mí.

La máxima expresión de misericordia es el perdón. Entender el perdón de Dios, tiene una dificultad casi insuperable, porque nos empeñamos en proyectar sobre Dios nuestra propia manera de perdonar. Nuestro perdón es una reacción a la ofensa del otro. En cambio, el perdón de Dios es anterior al pecado. Dios es solo amor, pero nosotros lo descubrimos como perdón cuando nos sentimos perdonados, por eso para nosotros está siempre unida al pecado. Para aclararnos un poco, vamos a examinar dos conceptos: cómo podemos entender el perdón de Dios, y cómo podemos entender el pecado.

Dios solo puede amar. Decimos que Dios ama porque Él es amor, no porque las cosas o las personas sean amables. Dios no ama las cosas porque son buenas, sino que las cosas son buenas porque Dios las ama. El perdón en Dios significa que su amor no acaba cuando nosotros fallamos, como pasa entre los hombres. Si nosotros amamos unas criaturas y no otras, se debe a nuestra ceguera, a nuestra ignorancia. Ahora comprenderéis lo equívoco de nuestro lenguaje sobre Dios cuando hablamos de su perdón como un acto.

Tenemos que cambiar el concepto de pecado como ofensa a Dios. Es ridículo pensar que podamos ofender a Dios. La incapacidad de los cristianos para aceptar a los “malos”, se debe a nuestro concepto de pecado. Lo identificamos con la persona misma y no somos capaces de descubrir que la persona es una cosa y su postura y sus acciones otra muy distinta. El pecado es siempre fruto de la ignorancia. Para que la voluntad se incline hacia un objeto, tiene que presentarlo el entendimiento como bueno. Claro que el entendimiento puede ver una cosa como buena, siendo en realidad mala. Esta es la causa de nuestros fallos. Por eso, para superar una actitud de pecado, no debemos apelar a la voluntad, sino al entendimiento.

Si las reflexiones que acabamos de hacer, son ciertas, ¿de qué sirve la confesión? Mal utilizada, para nada. Pero si la sabemos utilizar, es uno de los hallazgos más interesantes de los dos mil años de cristianismo, porque responde a una necesidad humana. Somos nosotros, no Dios, quienes necesitamos de la confesión como señal de su perdón. La confesión no es para que Dios nos perdone, sino para que nosotros descubramos el mal que hemos hecho y aceptemos el amor de Dios que llega a nosotros sin merecerlo.

Meditación-contemplación

Que Dios amara a los pecadores, era impensable para los fariseos.
Esta actitud imposibilita toda relación con el Dios de Jesús.
Si no vivo el amor de Dios como pura gratuidad,
me será imposible responder a ese amor y vivirlo.
.....................

El amor de Dios es anterior a mi propio ser.
No puedo hacer nada para merecerlo.
Todo lo que soy depende de ese don gratuito de Dios.
Deja que ese Ágape se manifieste a través de su ser.
.......................

Tengo que dejarme encontrar por ese Dios.
Tengo que sentir su energía y dejar que me inunde.
Dios en mí es fuerza trasformadora.
Todo mi ser debe convertirse en esa energía que es Dios.

Fray Marcos



CUATRO ACTITUDES ANTE LOS PECADORES
Escrito por  José Luis Sicre

Por una extraña coincidencia, las tres lecturas de este domingo hablan del perdón a los pecadores, tema muy de acuerdo con este año de la misericordia.
Moisés: intercesión

Según el libro del Éxodo, Moisés pasó cuarenta días en la cumbre del monte Sinaí hablando con Dios. Demasiado tiempo para el pueblo, que termina pensando que ha muerto. En busca de algo que le ofrezca garantía y seguridad, convence al sacerdote Aarón para que fabrique un becerro de oro. En el Antiguo Oriente, el toro era un símbolo muy adecuado para representar la fuerza y vitalidad de un dios, y por eso los israelitas proclaman: «Este es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto».

Sin embargo, construir imágenes de Dios es una forma de intentar manipularlo. A la imagen se la puede premiar o castigar; se la puede ungir con perfumes y ofrecer regalos si Dios me concede lo que quiero, o se la puede privar de todo si no me lo concede. Además, la imagen destruye el misterio de Dios reduciéndolo a un objeto visible.

¿Cómo reaccionará el Señor ante este pecado? El relato no carece de cierto humor. Dios se muestra indignado, pero no actúa. Al contrario, provoca a Moisés para que interceda por el pueblo. Como un padre que, indignado con su hijo, le dice a su esposa que piensa castigarlo para que ella interceda y le anime a perdonar.

Las palabras que dirige a Moisés: «se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto» recuerdan a las que tantas veces dice un marido a su mujer: «tu hijo…», como si no fuera también suyo. Como si Israel no fuera el pueblo de Dios y no hubiera sido él quien lo sacó de Egipto. El tono humorístico, dentro de la tragedia, alcanza su punto culminante cuando Dios le pide permiso a Moisés para terminar con el pueblo: «Déjame, mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».

Pero Moisés no se deja tentar por la promesa de ese nuevo gran pueblo. “El que ahora guío ˗le responde a Dios˗ aunque sea pervertido y de dura cerviz, es tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta. No me eches a mí la culpa y acuérdate de lo que prometiste a Abrahán, Isaac y Jacob”. Bastan estas pocas palabras para que el Señor se arrepienta de la amenaza.

Dos grandes enseñanzas en este breve relato: 1) lo fácil que es convencer a Dios para que perdone; 2) el responsable de la comunidad nunca debe rechazarla por más pervertida que pueda parecer; su postura debe ser la de Moisés, recordando lo bueno que hay en ella y defendiéndola.

Los seglares piadosos y los teólogos: rechazo y crítica

La lección de Moisés, intercediendo por los pecadores, no la han aprendido los teólogos de la época (los escribas) ni los seglares piadosos (fariseos). Son partidarios de una separación radical de buenos y malos que excluya cualquier contacto entre ellos. Y, dentro de los malos, los peores son los publicanos, explotadores al servicio de Roma, y los pecadores, gente que no va a la sinagoga el sábado, no ayuna, no reza tres veces al día, no paga el tributo al templo ni los diezmos, no observa las leyes de pureza, etc.

Pero lo interesante es que escribas y fariseos no se indignan con los pecadores sino con Jesús, porque los acoge y come con ellos. No debe extrañarnos demasiado. ¿Qué dirían muchos católicos, obispos incluidos, si viesen hoy día a Jesús tomándose una cerveza en la sede de LGTB?

Jesús: acogida

A la murmuración y la crítica de sus adversarios Jesús no responde con un ataque durísimo a su hipocresía sino contando tres parábolas (la oveja perdida, la moneda perdida y los dos hermanos), que insisten las tres en la alegría de Dios por la conversión de un solo pecador.

La parábola de los dos hermanos (conocida con el título equivocado de “el hijo pródigo”) es la que más encaja con el problema inicial. El hermano menor representa a publicanos y pecadores, el mayor a escribas y fariseos. Quien lee la parábola sin prejuicios, se escandaliza de la conducta del padre, que malcría a su hijo menor mientras se muestra duro y exigente con el mayor. Este escándalo es el mismo que experimentaban los fariseos y escribas con Jesús. Y es el que él quiere que superen pensando en el amor y la alegría que siente Dios como padre que recupera un hijo perdido. El que no vea a Dios como padre, sino como legislador, obsesionado porque se cumplan sus leyes, nunca podrá comprender esta parábola ni la vida y el mensaje de Jesús.

La parábola nos ayuda al mismo tiempo a autoevaluarnos. A veces nos portamos con Dios como el hijo pequeño que se marcha de la casa y sólo vuelve cuando le interesa; otras, en circunstancias familiares difíciles, actuamos como el padre, perdonando y aceptando lo inaceptable; otras, como el hermano mayor, condenamos al que no se comportan adecuadamente y evitamos el contacto con él. Conviene repasar la propia historia desde estos tres puntos de vista y ver cuál predomina.

Dios: compasión

Los textos anteriores enseñan a través de relatos (Éxodo) y parábolas (evangelio), la segunda lectura cuenta la experiencia personal de Pablo. Él, fariseo de pura cepa, termina descubriéndose como «un blasfemo, un perseguidor y un violento». Ha maldecido a Jesús, ha metido en la cárcel a los cristianos, ha querido exterminarlos. «Pero Dios tuvo compasión de mí… Dios derrochó su gracia en mí… Jesús se compadeció de mí». La experiencia de Pablo, en mayor o menor grado, es la de cualquiera de nosotros. Y nuestra reacción debe ser también la suya de servicio y alabanza a Dios.

José Luis Sicre



BARULLOS INTERIORES
Escrito por  Dolores Aleixandre

¿Qué tienen que ver entre sí Gregorio el Sinaita, monje bizantino del monte Athos del s. XIV, Sri Aurobindo, sabio hindú muerto en el pasado siglo y Thich Nhat Hant, maestro zen vietnamita, autor actual de numerosos libros? Más allá de la diversidad de sus culturas y épocas, los tres coinciden en señalar la importancia de aquietar ese barullo de pensamientos, juicios, ideas y cavilaciones que nos habitan y que, como una marea incontrolable, nos arrastra como las olas a una botella vacía.
“Me avergüenzan mis pensamientos, -se queja un orante anónimo del s. X.- vagan por sendas torcidas mientras rezo los salmos; ante los ojos del Dios verdadero se agitan. Sin barcas cruzan los mares, desde la tierra hasta el cielo llegan a mí con rápidos brincos. Van en loca carrera en torno a mí o por tierras lejanas en vertiginosa huida y luego me vuelven. Aunque los quisiera atar y les pusiera grilletes no gustarían de un breve reposo. Ningún cerrojo ni cárcel del mundo, ni fortalezas, ni mares detienen su vuelo…”

“Ya estamos con el rollito del mindfulness ese, que me tiene hasta la coronilla”, estará pensando más de uno. “Vaya hartura de modas orientales, y todo desde que Richard Gere se declara budista…”. “A esos, antes de ponerse a hablar de la atención plena, les ponía yo a rezar los quince misterios del rosario…”

Me permito avisar a estos escépticos de que sus resistencias les vienen de su ignorancia acerca de la importancia que da el NT a esos murmullos oscuros de retorcimiento, doblez y descontento y que salen al exterior en forma de crítica, protesta o murmuración: “Del corazón salen los pensamientos malvados (dialogismoi)” (Mt 15,19)

“Estaban allí sentados unos letrados que murmuraban para sus adentros…” (Mc 2,8). Discutían los discípulos sobre quién era el más importante y Jesús “conociendo los pensamientos de sus corazones, tomando un niño lo puso en medio…” (Lc 9,46). Santiago observa las actitudes discriminatorias de los que tratan bien a los ricos y desprecian a los pobres (“siéntate cómodamente aquí”, “quédate ahí de pie…”) y deduce que ese comportamiento procede de sus “pensamientos perversos” (San 2,4).

Jesús dirige a los suyos este reproche en uno de los relatos de apariciones: “¿Por qué suben esos dialogismoi a vuestros corazones?” (Luc 24,38) y la imagen espacial (algo sube de lo más hondo del corazón de los discípulos…), hace pensar en una incredulidad agazapada en lo profundo que asciende y ocupa el espacio que debería abrirse a la alegría del Resucitado.

Como aquel salmista que suplicaba a Dios: “¡Que te sean gratos los pensamientos de mi corazón!” (Sal 19,15), necesitamos contagiarnos de su deseo de aquietar y silenciar esos murmullos indeseables que amenazan con ocupar nuestra interioridad. Contamos para ellos con la complicidad del “Dulce Huésped del alma”, el único capaz de sosegar y acallar el barullo de nuestro corazón.

Dolores Aleixandre
ALANDAR 



Isabel Solá: "No sé qué quiere Dios de mí"
José M. Vidal

¿Presentía su suerte Isabel Solá, la monja española asesinada en Haití, ya en 2010? Eso es al menos lo que parece desprenderse de este estremecedor testimonio que, en aquel momento, publicábamos en El Mundo, sobre la carta que la religiosa enviaba a sus hermanas de congregación. Un desahogo interior. Un grito a Dios ante el mal inocente. Un testimonio del temple y la 'pasta' de la que está hecha esta mujer extraordinaria. Por su actualidad, lo retomamos.

Lleva años entre los más pobres de los pobres de Haití. Isabel Sola, religiosa de Jesús-María (RJM), había visto todo tipo de miserias y problemas, pero nada comparado con el infierno del terremoto, del pánico y el mal descarnado a los que tuvo que hacer frente. Por eso, ahora, pasados los momentos más trágicos, se rebela en su interior: "No sé qué quiere Dios de mí".

En una carta conmovedora, enviada a sus compañeras, la hermana Isabel comienza con el desahogo del justo ante el mal inocente: "Estoy viva, sí, de milagro... NO SÉ POR QUEEEÉ Y LO DIGO CON UNA RABIAAAA!!! Tanta gente está muerta que siento que estoy muerta con ellos. No sé por qué estoy yo viva... Me da rabia estar siempre entre los que tienen suerte... No sé qué quiere Dios de mí y de todo esto..."

Y después del grito de dolor contra el mismo Dios, la hermana explica su particular calvario. "El terremoto me pilló en casa, en la sala de comunidad, con una religiosa a la que doy clase de español y con Gardine, la postulante."

"El temblor fue horrible, no nos manteníamos de pie y salimos como pudimos fuera y nos tiramos al suelo. El ruido era estremecedor. Oímos un gran estruendo y una nube de polvo y casquetes cayó sobre nosotras. No sé cuánto duró, yo diría que unos 20 segundos o más. Cuando paró nos vimos cubiertas de polvo blanco...".

Cuenta Sor Isabel que, cuando pudo reaccionar se dio cuenta de que "la escuela de secundaria de al lado de casa se había caído. Gritos y gemidos. La gente no sabía a donde ir, no sabía qué hacer, todo el mundo estaba aturdido. Yo que sé... No sé describir...".

"Veía manos pidiendo ayuda"

Superado el primer shock, la hermana comenzó a preocuparse por los demás. "Pensé que en la escuela habría chicos y entré. El polvo no me dejaba ver bien, pero vi varios chicos muertos y una mujer con las piernas cubiertas de bloques pidiéndome ayuda. Tenía la cabeza abierta y las piernas prácticamente cortadas, pero no la pude sacar. Pedí ayuda, pero nadie hacía nada, la gente no sabía qué hacer".

Sor Isabel continúa su relato: "Debajo de los pisos que cayeron veía manos que salían pidiendo ayuda. Por lo menos vi siete u ocho manos que se movían. Me acerqué a tocarlas y a decirles que iba a ayudarles. Pero un nuevo temblor me hizo salir corriendo. Tenía miedo de que más bloques cayeran sobre mí. Miedo no, pánico. No sabía qué hacer".

Y Sor Isabel venció al pánico: "Los chicos me pedían ayuda y volví. No había espacio suficiente para que salieran. Los bloques no les permitían salir. Me fui a buscar un martillo a casa y volví a romper bloques. No tengo mucha fuerza, pero abrí un poco y conseguí que una chica muy flaquita saliera. Todos me suplicaban que los sacara. Pero no pasaban por el agujero. Era demasiado pequeño. Sólo esa chica se salvó. El piso terminó de caer y murieron, porque ya no los oí más".

Con el alma rota, la monja española seguía asistiendo impotente a la muerte de más gente ("la mujer de las piernas también murió al poco rato"), pero haciendo todo lo posible por salvar a los que se encontraba.

"Me fui por la parte de detrás y encontré un chico metido de pie entre los bloques y los hierros. Me pidió ayuda. Estaba hundido y había muchos cables de hierro a su alrededor. Yo sola no podía llegar y los temblores continuaban".

"Salí varias veces corriendo con cada temblor, pero el chico me llamaba y suplicaba que no lo dejara. Le estiré por los brazos, pero era imposible. Era muy grande y estaba muy metido. Me dijo que tenía las piernas rotas pero que le estirara, que si metía las manos y le sacaba los zapatos podría salir".

Y Sor Isabel hizo lo que le pedía el chaval: "Me metí para sacarle los zapatos y me enganché con los hierros, pero se los saqué. Un hombre nos vino a ayudar, me estiró a mí y luego le estiramos a él. Tenía las piernas totalmente rotas y aullaba de dolor. Me fui a buscar el coche y, además de él, metimos a tres más. Todos desgarrados ensangrentados, todos gimiendo..."

"Me debatía entre llorar o seguir aguantando"

Lo que se encontró en la ciudad la hermana fue más de lo mismo: "Caos en la ciudad, ningún sitio a donde ir. Todo bloqueado. Los dejé en el hospital Sacre Coeur, en el patio, porque el edificio amenazaba ruina. No podía hacer más. Algo harían por ellos. No pudimos llegar a casa, todas las casas estaban caídas, mi calle destrozada, nuestra parroquia en el suelo. Dejé el coche en los monfortianos, su iglesia también destruida, había cadáveres por todas partes..."

Ya sin coche, Sor Isabel siguió buscando a sus hermanas religiosas a pie. "Caminé toda la noche en busca de Vivian, que estaba en la otra punta de la ciudad. Cuando llegué, a las 6 de la mañana, se la habían llevado a otro sitio. Cogí un camión para llegar y seguir caminando. Luego me puse a buscar a Middia. La encontré herida cerca de casa sin poder caminar".

Y tras reunir a sus hermanas, Sor Isabel se fue al hospital, a cuidar a los heridos. "Trabajé en el hospital 5 días interminables sin parar. Todos los enfermos con piernas y brazos amputados, cabezas abiertas, desangrados. Hemos perdido a muchos sin poder hacer nada. Me debatía entre llorar o seguir aguantando para soportar el dolor de tanta gente. Nos llegaban por treintenas. No podía más".

Pero Sor Isabel aguantó hasta que una compañera la obligó a dejar el hospital y descansar. Para poder seguir ayudando.

Aunque Sor Isabel ya no es la misma de antes: "No sé qué vamos a hacer. La vida ha cambiado para mí. Gracias por vuestra solidaridad, apoyo y cariño. Todo eso me sostiene". Un ángel en el infierno. Cansado, pero ángel de la guarda.

José M. Vidal
Religión Digital



Isabel Solá, compartió su experiencia tras el terremoto que asoló Haití en 2011:

“Cuando volé hacia Haití hace tres años, recuerdo el desgarro que sentí por lo que deje en África,  el vértigo del salto que me tocaba dar hacia lo desconocido  y a la vez  recuerdo también la libertad que me daba la decisión de dejarlo todo una vez más  por ayudar a construir ese Reino que siempre creí que Dios tiene pensado para nosotros.

Lo que no me podía ni imaginar cuando volaba hacia Haití era todo lo que me esperaba  en este pequeño y sufrido país. Y esas son las sorpresas y lecciones que Dios nos tiene preparadas.

Para empezar no me podía imaginar lo que era realmente la miseria de Puerto Príncipe,  pero tampoco lo impotente que me iba a sentir en medio de ella. De tal modo, que al final, para poder vivir allí, tuve que comprender y aceptar que no estaba allí para salvar a nadie o para cambiar nada. Y ni por asomo me podía imaginar que un terremoto me iba hacer bajar la cabeza literal y espiritualmente hasta hacerme comprender profundamente que el único que salva es Jesús. No me podía imaginar que me iba a tocar sobrevivir una de las mayores catástrofes de la historia y que esto cambiaría radicalmente mi concepción de la vida, del sufrimiento, de la muerte y de la fe.

Después de vivir algo así,  he experimentando cada día como un regalo de Dios y que no merecemos nada, todo es don, tanto lo que consideramos bueno como lo malo: que el sufrimiento no es algo malo que nos ocurre sino una lección que no hay que saltarse porque nos hace más humanos y menos ambiciosos.  Tras el terremoto, la tentación del desaliento y  de la queja a Dios era  enorme. Estuve muy triste, desanimada, chocada y rebelde. Me reprochaba a mi misma haber salido con vida y como muchos, me preguntaba por qué Dios permitía algo así en un pueblo tan castigado a lo largo de  la historia. Pero el pueblo haitiano nunca tuvo esa reacción: Rezar, aceptar, cantar y pedir fortaleza. Esa ha sido su reacción. En lugar de quejarse y rebelarse, han pedido coraje y fuerza para llevar el sufrimiento. Tanto sufrimiento ha hecho de ellos un pueblo tremendamente humano, humilde y valiente. Entre los escombros volvían a plantar sus sombrillas para seguir vendiendo y ganarse la vida. La vida continúa y Dios está con nosotros. Esa era su única certeza. Mientras yo me lamentaba, ellos seguían caminando.  Los escuche cantar con lagrimas “Gracias, Señor” y eso desmontó todos mis esquemas, aun sin acabarlo de entender. No sé por qué, pero aunque mi cabeza no lo entiende, mi corazón, si.

Mi vida religiosa la siento, ahora más que nunca, como un regalo que no merezco, así como la vida que Dios me ha querido guardar, entiendo que mi misión en esta vida no es hacer y hacer, sino de ser y ser porque por muchos proyectos, trabajos, planes  que esté llevando adelante, al final lo más importante es lo que somos y no lo que hacemos. No creo que Dios me haya mantenido con vida solo para hacer algo, porque yo no puedo salvar nada ni a nadie pero puedo ser una hermana para mis hermanos. Y es lo único que ahora me importa.

Tengo la curiosa experiencia de que me falta todo y me sobra todo. Si entendéis eso, quizás es porque también, alguna vez, os paso un terremoto por encima que os aplastó, os derrumbó, os machacó, os hirió, os amputó, pero no acabó con lo más importante, que es las ganas de vivir, de creer y quizás de servir.  No deseo el sufrimiento a nadie, por supuesto, pero como este es inevitable, lo que  quisiera es que aprendiéramos las lecciones que este nos da de humanidad, humildad y simplicidad que es lo que verdaderamente  necesitamos para ser felices.

Pensareis que como puedo seguir viviendo en Haití, entre tanta pobreza y miseria,  entre terremotos, huracanes, inundaciones y cólera…  Lo único que podría decir es que Haití es ahora el único lugar donde puedo estar  y curar mi corazón. Haití es mi casa, mi familia,  mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, y mi lugar de encuentro con Dios.

Y si no. venid y lo veréis.

Aprovecho también para agradecer de corazón lo que desde España habéis hecho y recogido para ayudar a Haití, soy testigo de vuestra inmensa solidaridad y apoyo en los momentos más duros que hemos vivido. De corazón, y en nombre de todos los haitianos, gracias.

Isa Sola, Religiosa de Jesús – María
Puerto Príncipe. HAITI