jueves, 2 de junio de 2016

EL SUFRIMIENTO HA DE SER TOMADO EN SERIO - José Antonio Pagola


EL SUFRIMIENTO HA DE SER TOMADO EN SERIO - José Antonio Pagola

Jesús llega a Naín cuando en la pequeña aldea se está viviendo un hecho muy triste. Jesús viene del camino, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío. De la aldea sale un cortejo fúnebre camino del cementerio. Una madre viuda, acompañada por sus vecinos, lleva a enterrar a su único hijo.

En pocas palabras, Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por los varones. Le quedaba solo un hijo, pero también este acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?

El encuentro ha sido inesperado. Jesús venía a anunciar también en Naín la Buena Noticia de Dios. ¿Cuál será su reacción? Según el relato, «el Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores». Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios.

No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: «No llores». Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir.

No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro, detiene el entierro y dice al muerto: «Muchacho, a ti te lo digo, levántate». Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús «lo entrega a su madre» para que deje de llorar. De nuevo están juntos. La madre ya no estará sola.

Todo parece sencillo. El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente.

En la Iglesia hemos de recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. La hemos de rescatar de una concepción sentimental y moralizante que la ha desprestigiado. La compasión que exige justicia es el gran mandato de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo».

Esta compasión es hoy más necesaria que nunca. Desde los centros de poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. Se funciona como si no hubiera dolientes ni perdedores. Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. Él no quiere ver a nadie llorando.

10 Tiempo ordinario - C
(Lucas 7,11-17)
05 de junio 2016

José Antonio Pagola 





VIVIR ATENTAMENTE
Escrito por  Florentino Ulibarri

Y aunque nadie pida nada
cuando nos encontramos con quienes sufren
y caminan cabizbajos y tristes,
o tienen los pies heridos
y el estómago vacío,
o buscan refugio en otros países
porque fueron desplazados del suyo,
o lloran con desconsuelo
porque la mar los deja tirados a la intemperie...

Cuando nos encontramos con aglomeraciones,
con campos de refugiados,
con colas interminables de sin papeles,
con alambradas y barrizales,
con fronteras insalvables,
con hombres y mujeres condenados a ser "nadie",
con personas que mueren buscando salvarse...

Aunque nadie pida nada,
o se conformen con migajas,
o de vez en cuando "exploten"...
haz que se conmuevan nuestros corazones
y nuestras entrañas se fecunden
de vida y misericordia,
que se ofrezca gratis,
como a ti te sucedió a las puertas de Naín
y en otras muchas ocasiones...

Aunque nadie pida nada...
¡ojalá demos a todos, en cada lugar e instante,
vida gratis y ternura a raudales
para vencer las estructuras de muerte!



LA VIDA PREVALECE SIEMPRE. LA MUERTE FÍSICA COMO SÍMBOLO
Escrito por  Fray Marcos
Lc 7, 11-17

Celebrada la Ascensión, hemos retomado el tiempo ordinario, pero como los domingos siguientes tenemos las tres grandes fiestas de Pentecostés, Trinidad y Corpus, aún no habíamos retomado la celebración de los domingos de ese tiempo litúrgico. Se trata del periodo más largo del año litúrgico, que nos llevará hasta el nuevo año con el Adviento. Como sabéis, este año nos toca leer el evangelio de Lc. Este evangelio es el que más se preocupa de la vida cotidiana de Jesús, para Lc, Jesús predica más con lo que hace que con lo que dice. Refleja como ningún otro la reacción de Jesús ante el sufrimiento de la gente, sobre todo de los pobres y marginados; por eso se le suele llamar el evangelio de la misericordia.

El contexto general del evangelio que leemos, nos sumerge en la normalidad de lo que solía hacer Jesús. Acompañado de sus discípulos, recorre los caminos de Galilea, llevando a todas partes la palabra de Dios y la ayuda a la gente que se siente abandonada. En Lc se aprecia mejor esta manera de actuar, porque acompaña siempre los relatos con todo lujo de detalles, que nos permiten adentrarnos en el ambiente en que se producían los “milagros”. En el relato que leemos hoy, la gente que acompañaba a Jesús y la que acompañaba a la viuda se aúna en el reconocimiento de lo que es Jesús y con ello dar gloria a Dios.

En el evangelio de hoy se nos narra un episodio espectacular, la resurrección del hijo único de una viuda. Es muy difícil precisar en este texto qué es lo que pasó realmente. Sorprende que un acontecimiento como la resurrección de un muerto se narre en un evangelio y se ignore en otros. La única resurrección que se encuentra en los tres sinópticos es la de la hija de Jairo. Y en los tres se pone en boca de Jesús esta frase: “la niña no está muerte, está dormida”. También nos tiene que hacer pensar el paralelismo que existe entre este texto y la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta por el profeta Elías, que hemos leído en la primera lectura. Con frecuencia se toma el AT como modelo para explicar lo que es Jesús.

En todo caso, lo que quiere resaltar el relato, no es el milagro en sentido estricto, sino el poder de Jesús de dar Vida trascendente, significada en esa vida fisiológica recuperada. De grandes profetas del AT se narraban resurrecciones. Es muy fácil que la tradición intentara con estos relatos potenciar la idea de que Jesús era un gran profeta, que no podía ser menos que lo más grandes del AT. Esta interpretación solo se dio después de una larga reflexión en las primeras comunidades sobre lo que Jesús significaba para ellas. De hecho el relato termina dando gloria a Dios porque ha visitado a su pueblo con el envío de una gran profeta.

Desde que existen los periodistas y los sucesos se narran según lo que pasó realmente no se ha vuelto a hablar de resurrecciones. Aunque es verdad que se ha constatado la vuelta a la vida de personas que se habían dado por muertas. El principal argumento para superar esta trampa no es que Dios tenga o no tenga poder para hacer tal cosa, sino el absurdo que supone obligar a Dios a entrar en nuestra dinámica y quedarnos tan contentos porque Él cambia de criterio y vuelve a hacer el mundo tal como nos gustaría a nosotros.

Para valorar este relato debemos tener en cuenta el ambiente en que se narra. Las mujeres no contaban en aquella época. Una viuda no tenía posibilidad de desenvolverse ni socialmente ni económicamente. La única salvación de una viuda era el hijo, por eso se resalta que era único, es decir la única esperanza de la viuda. La muerte del hijo de una viuda se consideraba un durísimo castigo de Dios. En el relato, Jesús quiere dejar claro que en ningún caso la actitud de Dios es la de castigar a nadie, y menos a una pobre viuda.

Debemos tener muy en cuenta que con frecuencia encontramos en los evangelios una profunda crítica de un mesianismo milagrero. Sin duda fue uno de los mayores peligros de interpretar equivocadamente a Jesús. En el c. 6 del evangelio de Juan, después de la multiplicación de los panes les dice a los que le buscaban para proclamarle rey: “Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros". El objetivo de la vida de Jesús no fue satisfacer las necesidades materiales de los judíos de su tiempo.

Esa tentación es todavía muy fuerte entre nosotros. No hay más que examinar nuestras oraciones litúrgicas o echar un vistazo por Lourdes o Fátima para comprenderlo. Intentamos a toda costa fabricarnos un Dios todopoderoso que acto seguido, intentamos poner a nuestro servicio. Él accederá a nuestras peticiones con tal de que nos comportemos como él quiere. Es la misma dinámica que tenían los hombres del Paleolítico. Aplacar a Dios, tenerle contento porque de esa manera no empleará su omnipoten­cia contra nosotros, sino contra otros.

Podemos descubrir un simbolismo profundo entre la muchedumbre que acompaña a la viuda identificados con la muerte y sin solución para esa situación extrema y Jesús y el gentío que le acompaña, que vienen transformados por la Vida que él mismo les está comunicando. La muerte y la Vida se encuentran pero la Vida es más fuerte que la muerte y termina por envolverles a todos. Todos proclaman la gloria de Dios que les ha llevado a la Vida.

Hay un dato en el relato muy interesante. Nadie le pide a Jesús que haga algo por la viuda. Es él el que se siente movido por la compasión (le dio lástima). Este hecho nos hace comprender la calidad humana de Jesús que a su vez, es reflejo de lo que sería Dios si pudiera actuar como nosotros. La compasión es, para mí, la manera más certera de hablar de una verdadera humanidad. Se ha dicho muchas veces que el mensaje cristianos se resume en el amor. Creo que mucho más acertada es la palabra compasión para hablar de la misma realidad.

No es preciso tener la capacidad de resucitar a un muerto par ser testigos de la vida y llevar vida a todas partes. Todos tenemos la obligación de llevar alegría y optimismo a donde vayamos. No son las carencias naturales (dolor, enfermedad, muerte) lo que nos impide ser felices. Es la actitud ante ellas lo que nos impide descubrir las inmensas posibilidades que todos tenemos a pesar de esas limitaciones. Solo si despliego esas posibilidades en mí, estaré preparado para ayudar a los demás a descubrir las suyas, a pesar de sus limitaciones.

La gran tentación es exigirle a Dios que nos saque de nuestras limitaciones. Muchas veces nos ha metido por este callejón sin salida la misma religión. Nuestras limitaciones no son accidentes, son completamente naturales. No es que a Dios le saliera mal la creación y ahora tiene que andar con parches. Ni el mismo Dios podía hacer una creación sin limitaciones. Por eso es ridículo creer en un Dios que pudiera sacarnos de esas situaciones que consideramos insufribles, pero no lo hace porque está encantado con vernos sufrir.

Por muchas y radicales que sean nuestras carencias, debíamos tomar conciencia de que es mucho más lo que tenemos que lo que podemos echar de menos. Lo que nos falta no puede anular lo que tenemos. La obsesión por lo que nos falta, sea de orden físico o moral, nos impide con mucha frecuencia apreciar y desarrollar nuestras posibilidades en ambos sentidos. Aceptar las limitaciones de todo orden, es el primer paso para descubrir el camino de nuestra verdadera salvación, siempre al alcance de la mano, aunque no nos enteremos.

Los dos comentarios finales del evangelista son muy importantes para la interpretación del relato. “Un gran profeta ha surgido entre nosotros” y “Dios ha visitado a su pueblo”. Esa es precisamente la intención de todo el evangelio, presentar a Jesús como enviado de Dios para bien de todos. La toma de conciencia de que Dios no abandona a su pueblo sino que sigue en medio de él para ayudarle a superar sus traumas. Recordemos la perspectiva mítica desde la que está escrito el evangelio. Hoy sabemos que Dios no actúa desde fuera sino que está siempre implicado en la marcha de todos y cada uno de los seres humanos.

Meditación-contemplación

La muerte no es nada, las limitaciones son ausencia de ser.
Lo real es lo que soy y puedo desplegar.
Si dejo de pensar en mis carencias,
me asombraré de la riqueza que tengo al alcance de la mano.
……………

También en el orden espiritual es verdad lo dicho.
Empeñarnos en no tener fallos es frustrante,
porque fallos los tendrás hasta la hora de morir.
Fíjate más en todo lo que puedes hacer bien cada día.
……………

Tampoco te dediques a mirar con lupa los fallos de los demás.
Todos son mucho más que esos fallos que puedes detectar.
Hacerles ver lo bueno que hay en ellos,
puede animarles mucho más a ser mejores.
……………

Entrada
A los que todavía caminamos envueltos en la sombra de la muerte,
Ayúdanos a descubrir la verdadera Vida ya a vivirla,
Como hizo Jesús el ungido, nuestro modelo humano y divino.

Ofrendas
Que descubramos en este pan y este vino, tu presencia como Vida-Amor,
Para que nos ayude a desplegar esa misma Vida.

Despedida
Hoy también te damos gracias
Porque sabemos que tu Vida nos atraviesa
Y nos das fuerza para vivirla y comunicarla.

Fray Marcos




TRES FORMAS MUY DISTINTAS DE RESUCITAR A UN MUERTO
Escrito por  José Luis Sicre

El relato del evangelio que leemos este domingo, la resurrección del hijo de la viuda de Naín, recuerda otros milagros parecidos: la resurrección de la hija de Jairo y la de Lázaro. Con esta última, el evangelista Juan nos enseña que Jesús es la resurrección y la vida, y aunque Lázaro, o cualquiera de nosotros, muera, vivirá gracias a Él.
Lucas, en este relato que solo se encuentra en su evangelio, no enfoca el tema del mismo modo. Lo que pretende demostrar es el enorme poder y bondad de Jesús, comparándolo con los dos mayores realizadores de milagros del Antiguo Testamento: Elías y Eliseo. De este modo deja claro que está perfectamente justificado creer en Jesús y aceptarlo como salvador.

Primera forma: con oración y esfuerzo: Elías (1 Reyes, 17,17-24).
El profeta Elías predijo un período largo de sequía, y él mismo tuvo que pagar las consecuencias, debiendo desplazarse a la costa de Fenicia, a Sidón. Allí lo acogió una viuda que tenía un solo hijo. Al cabo de un tiempo, sin que se diga la causa, el niño murió, y la madre acude al profeta.

El relato pretende subrayar el poder de Elías, capaz de conseguir que Dios resucite a un niño. La historia tuvo tanto éxito que poco después se contó algo muy parecido del discípulo de Elías, Eliseo. Este segundo milagro no tuvo lugar en el extranjero, en Fenicia, sino en territorio de Israel, en Sunén, a dos kilómetros de Naín. Habría sido mucho mejor elegir este texto para compararlo con el evangelio, pero no vale la pena quejarse de los liturgistas.

Segunda forma: sin oración, pero con compasión: Jesús (Lucas 7,11-17).
Comparando el relato de Lucas con la primera lectura se advierten importantes diferencias.
Actitud de la madre
En el caso de Elías, se queja y protesta.
En el caso de Jesús, no dice nada, cosa lógica porque no lo conoce ni ha convivido con él.
Acciones del protagonista
Elías toma al niño, lo sube a la habitación de arriba, lo acuesta en la cama, clama al Señor, se echa tres veces sobre el niño, entrega al niño a su madre.
Jesús siente compasión, detiene el féretro, ordena al muchacho que se levante.
Lo más llamativo es que Jesús no ora, no tiene que pedir a Dios que resucite al niño, tiene el poder de resucitarlo. En cuanto al tema de la compasión, es muy importante cuando se compara con la actitud de Eliseo (el episodio que no leemos).
Lugar del milagro
Elías lo realiza en la habitación de arriba, y lo mismo ocurre en el caso de Eliseo. Se trata de algo secreto, de lo que solo son testigos Dios y el profeta.
Lucas presenta el milagro de Jesús como algo público, presenciado por numerosas personas. Jesús llega a Naín acompañado de los discípulos y de una gran multitud. En dirección contraria otro grupo numeroso: a la madre la acompañaba un grupo considerable de vecinos.
El poder de Jesús contará con numerosos testigos.
Reacción de la gente
La viuda de Eliseo termina confesando: ¡Ahora reconozco que eres un profeta y que la palabra del Señor que tú pronuncias se cumple!
De modo parecido, la multitud que presencia el milagro de Jesús exclama: Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo.

Tercera forma: revelando a su Hijo: Dios Padre (Gálatas 1,11-19)
La segunda lectura carece de relación con la primera y el evangelio. No habla de un muerto, sino de una persona repleta de energía, Pablo, que la gasta en perseguir violentamente a la iglesia. En este sentido podemos decir que también él está muerto. Y quien lo resucita es Dios Padre, revelándole a su Hijo, Jesús. Estamos acostumbrados a relacionar esta “resurrección” con la famosa caída del caballo que cuenta Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Pablo, en la carta a los Gálatas, no da detalles de ese tipo. Se limita a lo esencial: su experiencia de haber descubierto quién es realmente Jesús.

Conclusión
Las tres lecturas nos ayudan y animan a conocer más profundamente a Jesús. Alguien muy superior a un gran profeta, como Elías. Alguien muy distinto de un hereje, como pensaba Pablo antes de convertirse. Pero este conocimiento no se adquiere con la simple lectura y comparación de textos. Es una gracia que Dios concede, como a Pablo. Una gracia que debemos pedir, como insiste Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales: “conocimiento interno del Señor, para que más le ame y le siga”.

José Luis Sicre




LA FE Y LAS RESURRECCIONES DE MUERTOS
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 7, 11-17

Tanto en la primera lectura como en el evangelio se constata que un "profeta" hace un milagro, una resurrección, y que por eso la gente hace un acto de fe: "Dios nos ha visitado, el milagro es una prueba".

Dejo de lado la discusión sobre la historicidad y veracidad de los relatos, porque en el mensaje de los mismos hay algo que me preocupa más. Emperezaré por algunas preguntas:

¿Si no hay milagros no hay fe?
¿Nos consta con certeza que el responsable de esa acción sorprendente es Dios?
Si Dios puede hacer las cosas bien ¿por qué las hace mal?
Todo ello nos va a llevar a dos conclusiones muy importantes para nuestra fe.

La primera trata del conocimiento de Jesús. Precisamente en esta semana (el viernes) la Iglesia ha situado una fiesta, más bien reciente: la del Corazón de Jesús. Y precisamente el evangelio de hoy nos proporciona una pista excepcional: "hijo único de su madre viuda" es la expresión de una tragedia superior entonces a lo que sería hoy. La viuda desamparada no tiene nada, ni derechos, ni modo de vivir, ni personalidad jurídica... nada. Es la figura desamparada de la madre la que conmueve a Jesús.

Los evangelios están llenos de esa expresión: al ver una desgracia, a Jesús "se le revolvieron las tripas" (que la culta traducción eclesial suele expresar con "se le conmovieron la entrañas").

Es el punto débil del carácter de Jesús, y a la vez su motor más poderoso. No puede resistirse, no puede tolerar la desgracia, mucho menos la injusticia, y eso le mueve a actuar aunque sea quebrantando la Ley. Pero ése es su poder, eso es precisamente lo que nos fascina y lo que nos mueve a seguirle, que su corazón no es solamente veraz, valeroso, firme, sino, sobre todo, capaz de com-padecer, de sentir como propios los problemas de los demás.

Y éste es el corazón de su mensaje ¨como a ti mismo". El que sigue a Jesús no hace diferencia entre yo y nosotros, su corazón no se lo permite.

Esta manera de situarse ante los demás es consecuencia de la primera verdad, el descubrimiento fundamental de Jesús y de los que le seguimos: "Dios me quiere más que mi madre", es decir, que al descubrir el corazón de Jesús descubrimos el corazón de Dios: Dios tiene corazón de madre, y eso lo cambia todo, incluso pone patas arriba algunos dogmas que nosotros la iglesia hemos manejado con bastante ligereza.

Pero la segunda consecuencia de la resurrección del hijo de la viuda es la serie de preguntas que se nos plantean. Y una primera pregunta, que a veces se da, es: puesto que podía hacerlo ¿por qué no curó Jesús a todos los leprosos, a todos los ciegos, por qué no resucitó a todos los muertos? La razón es bien sencilla: los límites de su poder están marcados por su humanidad. Jesús es un médico, un sanador y cura lo que encuentra, lo que se le pone delante. ¿Por qué no nos convencemos de una vez de la verdadera humanidad de ese hombre?

Pero la pregunta se levanta hacia Dios. Dios sí puede, ¿por qué no lo hace? ¿Cómo hacemos compatibles los sufrimientos del mundo con la fe en Abba? Y aquí topamos con nuestra propia limitación. La única respuesta que tenemos es la del libro de Job: ¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? Es decir, yo no creo en Dios/Abbá porque pueda responder a todas las preguntas. Creo en Abbá porque me fío de Jesús, aunque hay muchas preguntas a las que no puedo responder.

De todos modos, los que creen sólo cuando ven milagros, sospecho que no tienen demasiado bien fundada su fe.

PROFESIÓN DE FE
Yo creo sólo en un Dios:
en Abbá, como creía Jesús.
Yo creo que el Todopoderoso
creador del cielo y de la tierra
es como mi madre
y puedo fiarme de él.
Lo creo porque así lo he visto
en Jesús, que se sentía Hijo.
Yo creo que Abbá no está lejos
sino cerca, al lado, dentro de mí,
creo sentir su Aliento
como un Brisa suave que me anima
y me hace más fácil caminar.
Creo que Jesús, más aún que un hombre
es Enviado, Mensajero.
Creo que sus palabras son Palabras de Abbá
Creo que sus acciones son mensajes de Abbá.
Creo que puedo llamar a Jesús
La Palabra presente entre nosotros.
Yo sólo creo en un Dios,
que es Padre, Palabra y Viento
porque creo en Jesús, el Hijo
el hombre lleno del Espíritu de Abbá.

José Enrique Galarreta (qepd)




Una denuncia humilde y vigorosa
Pedro Miguel Lamet

El actor peruano Salvador del Solar, con más de treinta películas en su haber, se sitúa por primera vez detrás de la cámara para filmar Magallanes, una opera prima muy digna, que en momentos incluso llega a ser profunda e inspirada. El film, adaptación del relato La pasajera, de Alonso Cueto (basada a su vez en el libroMuerte en el Pentagonito, de Ricardo Ucedo, un reflejo de innumerables casos reales), arranca con el seguimiento de su protagonista, Harvey Magallanes, un personaje reconcentrado y tímido que hace carreras de taxista para ganarse la vida en la ciudad de Lima y lleva de paseo de vez en cuando al coronel Rivero, retirado y enfermo del alzhéimer. Una tensión contenida y un tiempo denso parece mediar entre ambos, pues compartieron batallón en Ayacucho, en los tiempos de la lucha antiterrorista contra Sendero Luminoso. Pronto conoceremos  el verdadero peso de grave culpabilidad que se cierne sobre ellos, cuando la joven Celina sube al taxi de Magallanes.

Ella no lo reconoce. Sin embargo, cuando solo era una niña de catorce años, fue esclava sexual del coronel y objeto de abusos de otros soldados. Magallanes sigue a Celina y descubre que, después de veinte años, está intentando establecerse en un local como peluquera, en medio de graves problemas económicos y la explotación de una despiadada usurera. El exsoldado inicia una extorsión al adinerado hijo del coronel, mediante amenazas de publicar una escandalosa foto que conserva de su padre con la niña, para  poder ayudarla con el botín en un intento de propia expiación.

Con envoltorio de thriller de baja intensidad, Magallanes, viene a ser una viva denuncia social con trasfondo político: el desamparo de las clases marginadas en América Latina y concretamente en Perú, un país emergente, ante la corrupción y el antojo de los poderosos. Rodada casi íntegramente con cámara en mano, tiene reminiscencias neorrealistas y del cine social europeo de los años cincuenta. Con el trasfondo de una Lima amarilla y desigual aparece un mundo de verdugos y víctimas. Pese a que Magallanes, encarnado por un Damián Alcázar excelente, que llena la pantalla con su enigmático misterio moral, se siente culpable, aunque en su día ayudó a Celina a escapar del cuartel, se produce una empatía con el espectador en su difícil intento de socorrer ahora a la muchacha. Pero el dinero no cura las profundas heridas del alma.

Magaly Solier se revela como una admirable intérprete de la dignidad y la fuerza de los débiles. Pese a su escasa experiencia como actriz aguanta como una diva la cámara, que subraya su soledad frágil en medio de un mundo hostil, y se crece en el desenlace. Impactante, su última respuesta en lengua quechua, sin subtítulos, un recurso pretendido para marcar la diferencias de lenguaje entre los opresores y oprimidos, o subrayar la evidencia de que a fin de cuentas al pueblo no se le entiende.

Aunque el film tiene agujeros notables de guion –algo deslavazado en el entrecruce de historias-, y en la realización –falta de ritmo y premiosidad de metraje en algunas escenas-, la película de Salvador de Solar logra entrar en el mundo interior de los dos personajes fundamentales del relato, Magallanes y Celina, complementados por el genial Federico Luppi en su papel de máscara implacable del coronel enfermo de odioso pasado. Elemental y desdibujada sin embargo la figura del hijo de este. Tampoco ayuda al conjunto una música un tanto efectista de  estruendo policiaco, mientras que la fotografía de Diego Jiménez si ofrece el marco realista  casi de documental,  que refuerza al contenido. Nominada al Goya a mejor película hispanoamericana, ha obtenido diversos premios en Huelva, Cuba y San Sebastián. Magallanes no es perfecta, desde luego, y en momentos, si se quiere, balbuciente, pero en su humildad testimonial presenta algunos seres de carne y hueso y los ejemplifica, no sin belleza, en una historia concreta cientos de ellas, tan indignantes como documentadas, con eficacia y valentía.




FRANCISCO ESCOGE LA CUARTA VÍA, LA REFORMA MEDIANTE EL CONSENSO TRANSFORMADOR Y ABIERTO
Juan Masiá, sj. 

Por el Paseo de la Cuarta Vía caminan del brazo el jesuita Papa Francisco y el teólogo dominico Tomás de Aquino. Caminan del brazo la reforma y la tradición. La tradición pensadoramente creativa del teólogo dominico acompaña y apoya la reforma tradicionalmente evangélica del jesuita franciscano.

Por el Paseo de la Cuarta Vía caminan del brazo la buena pastoral y la sana teología. Desde la acera derecha los miran con escepticismo los dogmáticos y canonistas. Desde la acera izquierda les lanzan puyas los del cambio irresponsable, azuzándoles para que vayan más de prisa. Desde los balcones y miradores de la vía media estilo Curia, les invitan a pararse en el camino y, a mitad de distancia de las dos aceras, contentar a ambas con sonrisas de doble cara, mitad corbata y mitad coleta. Pero Francisco y Tomás prosiguen caminando mientras aumenta poco a poco el número de seguidores por la Cuarta Vía hacia... la Plaza de la Concordia Creadora.

En los párrafos de AL sobre el discernimiento de la conciencia responsable remite Francisco a lo que dijo en EG sobre la pastoral del crecimiento condicionado por los límites. Llama la atención que, en ambos casos, se refuerza el texto de Francisco con las citas de Tomás de Aquino sobre la pluralidad de expresiones de la razón teológica al expresar cuestiones de doctrina y la pluralidad de conclusiones de la razón práctica al tomar decisiones morales (EG 40, nota 44: S Th I q. 47, a. 1, y AL 304, notas 347-8: S Th I-II, 94, a. 4).

Francisco se refiere a dos estilos diferentes de pensar y decidir sobre las cuestiones morales: uno es el estilo monolítico de la moral automática y estática; otro es el estilo explorador de la moral de discernimiento, dinámica y en camino.

Francisco opta por el segundo cuando propone la lógica de la misericordia en vez de la lógica de la condenación (AL 296); cuando prefiere el poliedro (AL 4), al monolito y los matices de la búsqueda exploradora, en vez de los dilemas de blanco o negro, propia del pensamiento de conclusión única, excluyente de opciones variadas.

Esta moral discernidora es capaz de conjugar la propuesta del ideal de los valores con la comprensión de la complejidad de las circunstancias (AL 307), hacer que la aspiración al crecimiento hacia la meta sea compatible con el reconocimiento de los límites a lo largo del camino (AL305).

Francisco opta por este estilo de pensar y decidir sobre las cuestiones morales y lo pone en práctica en La Alegría del Evangelio, (EG, cap.1, especialmente nn. 40-45: crecimiento hacia la meta en medio de limitaciones), y en La Alegría del Amor (AL, cap. 8, sobre todo, nn.304 a 312: normas y discernimiento, lógica de la misericordia pastoral).

Destacan en ese marco algunas formulaciones lapidarias que han sido subrayadas por la mayoría de comentaristas. Por ejemplo:

"Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio. No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión, sino a todos, en cualquier situación en que se encuentren" (AL 287).

Situaciones muy diferentes... no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral" (AL 298).

En "la conversación con el sacerdote, en el fuero interno... cuando se encuentra una persona responsable y discreta, que no pretende poner sus deseos por encima del bien común de la iglesia, con un pastor que sabe reconocer la seriedad del asunto que tiene entre manos, se evita el riesgo de que un determinado discernimiento lleve a pensar que la Iglesia sostiene una doble moral"(AL 300).

"Este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena" (AL 303).

"Cuanto más se desciende a los casos particulares, más indeterminación hay" (AL 304, S Th q. 94, a. 4).

"El discernimiento debe ayudar a encontrar los posibles caminos de respuesta a Dios y de crecimiento en medio de los límites. Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y el crecimiento" (AL 305)

A diferencia de la moral monolítica y (normas exclusivas y casos homogeneizados), la moral discernidora y exploradora es ternaria (discierne las circunstancias del camino a la luz de los valores de la meta, teniendo en cuenta la señalización de las normas, pero sin absolutizarlas ni aplicarlas automáticamente, sino en la medida en que sirven para proteger los valores de la meta y la seguridad en el camino).

Esta manera de pensar y decidir en moral es, por otra parte, característica de la enseñanza tradicional cristiana sobre la conciencia y el discernimiento en el Nuevo Testamento (por ejemplo, Rom 2, 14-15, Rom 14, 23).

Juan Masiá, sj. (Jesús Bastante, Religión Digital)




¿Qué tendrían que hacer los divorciados para comulgar en misa?
Jorge Costadoat S.J.

El Papa Francisco, en base al informe final del Sínodo aprobado por los obispos (2015), ha reconocido la posibilidad de que comulguen en misa los divorciados vueltos a casar, las personas que convivan establemente y las que se encuentren en situaciones semejantes. Esta posibilidad, por cierto, siempre ha existido para quienes simplemente se han separado o divorciado y no han contraído una nueva unión; y, de antiguo, para quienes manteniendo una convivencia seria, se abstienen de la intimidad sexual (San Juan Pablo II en Familiaris consortio).

En Amoris laetitia el Papa, sin cambiar la doctrina tradicional sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio sacramental, introduce un cambio en la disciplina de acceso a la comunión eucarística. No añade excepciones, como la mencionada sobre la abstención de relaciones sexuales. En cambio, establece orientaciones generales que debieran aplicarse a todo tipo de casos y ofrece algunos criterios que han de ser considerados.

Las orientaciones generales son tres: voluntad de integración de todos, necesidad de un acompañamiento y discernimiento en conciencia. Este último puede parecer novedoso, pero pertenece a la más auténtica y antigua tradición de la Iglesia. El Evangelio de Jesús es una apelación al corazón de las personas que solo puede ser acogido libremente, sin coacción, sin miedo. En Amoris laetitia el Papa ha subrayado la importancia del debido respeto a los laicos que deben tomar las decisiones que atañen a sus vidas con recta conciencia; es decir, en última instancia, solos delante de Dios (42, 222, 264, 298, 302, 303). Lo hace incluso a modo de autocrítica: “… nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas. Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (37). Por otra parte, estas personas deben saber que nadie puede acusarlas de estar en pecado mortal y, por el contrario, deben creer que la gracia de Dios nunca les faltará para crecer en humanidad (291, 297, 300 y 305); y que pueden contar siempre con el amor incondicional de Dios (108 y 311).

Antes de esto, sin embargo, el Papa pide a los católicos que se encuentran en estas situaciones llamadas irregulares que tengan un acompañamiento pastoral. Lo hace en estos términos: “Invito a los fieles que están viviendo situaciones complejas, a que se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor. No siempre encontrarán en ellos una confirmación de sus propias ideas o deseos, pero seguramente recibirán una luz que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino de maduración personal” (312).

La voluntad de Francisco es integrar a todos (297). Ha de verse cómo y, por cierto, no puede hacérselo de un modo irresponsable. Esta integración, pensamos, solo tiene sentido cuando las mismas personas quieren integrarse lo más posible a la vida eclesial, y no recuperar simplemente la comunión como un derecho perdido.

El Papa ofrece una serie de criterios para que estas personas puedan ir reintegrándose lo más posible a la vida eclesial. Estos criterios aparecen algo desperdigados en el capítulo octavo. Aquí los desplegamos y también recogemos lo que en ellos pudiera quedar implícito. Probablemente no son los únicos, pero son los principales. En cualquiera de los casos debe considerarse:

* El grado de consolidación (298) y estabilidad de la nueva relación (293).

* La profundidad del afecto (293).

* La voluntad y prueba de fidelidad (298).

* La intención y prueba de un compromiso cristiano (298).

* La responsabilidad con los hijos del primer matrimonio (293, 298 y 300).

* El sufrimiento y confusión que ha podido causar a los hijos el fracaso del primer matrimonio (298).

* La responsabilidad con los hijos del nuevo vínculo afectivo (293).

* La situación del cónyuge cuando ha sido abandonado (300).

* Las consecuencias que tiene la nueva relación para el resto de la familia y la comunidad eclesial (300).

* El ejemplo que se da a los jóvenes que se preparan al matrimonio (300).

* La capacidad para superar las pruebas (293).

Será especialmente importante:

* Un reconocimiento de la irregularidad de la nueva situación (298).

* Una convicción seria sobre la irreversibilidad de la nueva situación (298).

* Un reconocimiento de culpabilidad –si la ha habido- en el fracaso del primer matrimonio (300).

* Un conocimiento de la seriedad de los compromisos de unidad y fidelidad del primer matrimonio, y de las exigencias de verdad y de caridad de la Iglesia (300).

Es necesario recordar que el texto citado más arriba señala que el acompañamiento requerido también puede realizarlo una persona laica entregada al Señor. Esto facilitará la ayuda en este discernimiento a quienes han tenido una experiencia traumática con algún sacerdote durante la celebración del sacramento de la reconciliación o a quienes estiman que el presbítero disponible no es quien mejor puede acompañar.

Esta posibilidad pastoral que Amoris laetitia reconoce a quienes actualmente no pueden comulgar en misa debe entendérsela como el reverso del deseo de la misma Iglesia de comulgar con ellos. La Iglesia acepta que comulguen porque ella quiere, y necesita, comulgar con ellos, con sus sufrimientos, con sus esfuerzos por salir adelante, con sus aprendizajes dolorosos y con su crecimiento espiritual. Este es el tono general de la exhortación del Papa Francisco. Por nuestra parte podemos agregar que si la jerarquía eclesiástica, los matrimonios y las familias bien constituidas, no tuvieran nada que aprender de los divorciados unidos en nuevos vínculos y de sus segundas familias; si se descartara que ellos, precisamente en circunstancias de vida turbulentas, han podido tener una experiencia espiritual que puede inspiradora para los demás cristianos, a la comunión eucarística le estaría faltando algo fundamental.

Jorge Costadoat S.J.