viernes, 20 de mayo de 2016

ABRIRNOS AL MISTERIO DE DIOS - José Antonio Pagola


ABRIRNOS AL MISTERIO DE DIOS - José Antonio Pagola

A lo largo de los siglos, los teólogos han realizado un gran esfuerzo por acercarse al misterio de Dios formulando con diferentes construcciones conceptuales las relaciones que vinculan y diferencian a las personas divinas en el seno de la Trinidad. Esfuerzo, sin duda, legítimo, nacido del amor y el deseo de Dios.

Jesús, sin embargo, no sigue ese camino. Desde su propia experiencia de Dios, invita a sus seguidores a relacionarse de manera confiada con Dios Padre, a seguir fielmente sus pasos de Hijo de Dios encarnado, y a dejarnos guiar y alentar por el Espíritu Santo. Nos enseña así a abrirnos al misterio santo de Dios.

Antes que nada, Jesús invita a sus seguidores a vivir como hijos e hijas de un Dios cercano, bueno y entrañable, al que todos podemos invocar como Padre querido. Lo que caracteriza a este Padre no es su poder y su fuerza, sino su bondad y su compasión infinita. Nadie está solo. Todos tenemos un Dios Padre que nos comprende, nos quiere y nos perdona como nadie.

Jesús nos descubre que este Padre tiene un proyecto nacido de su corazón: construir con todos sus hijos e hijas un mundo más humano y fraterno, más justo y solidario. Jesús lo llama «reino de Dios» e invita a todos a entrar en ese proyecto del Padre buscando una vida más justa y digna para todos empezando por sus hijos más pobres, indefensos y necesitados.

Al mismo tiempo, Jesús invita a sus seguidores a que confíen también en él: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí». Él es el Hijo de Dios, imagen viva de su Padre. Sus palabras y sus gestos nos descubren cómo nos quiere el Padre de todos. Por eso, invita a todos a seguirlo. Él nos enseñará a vivir con confianza y docilidad al servicio del proyecto del Padre.

Con su grupo de seguidores, Jesús quiere formar una familia nueva donde todos busquen «cumplir la voluntad del Padre». Esta es la herencia que quiere dejar en la tierra: un movimiento de hermanos y hermanas al servicio de los más pequeños y desvalidos. Esa familia será símbolo y germen del nuevo mundo querido por el Padre.

Para esto necesitan acoger al Espíritu que alienta al Padre y a su Hijo Jesús: «Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y así seréis mis testigos». Este Espíritu es el amor de Dios, el aliento que comparten el Padre y su Hijo Jesús, la fuerza, el impulso y la energía vital que hará de los seguidores de Jesús sus testigos y colaboradores al servicio del gran proyecto de la Trinidad santa.

Fiesta de la Trinidad - C
(Juan 16,12-15)
22 de mayo 2016

José Antonio Pagola 





RESPIRANDO A DIOS
Escrito por  Florentino Ulibarri

En este mundo que sufre más que nunca
nuestros delirios de poder y grandeza,
porque en vez de jardineros responsables del mismo
nos hemos convertido en avaros comerciantes
que se creen dueños de su riqueza...
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

En esta sociedad tan contaminada
por tanta desigualdad y farsa,
que sufre males y plagas endémicas
y en la que no cicatrizan las heridas
porque, para algunos, son fuente de riqueza...
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

En esa Iglesia tan desacreditada
porque ha perdido ternura y gracia,
y quizá su verdad y buena noticia
al creerse dueña de tus dones y palabra,
y que anda triste, quejosa y desorientada...
respirar tu Espíritu es nuestros sueño y vida.

En esta cultura light y fragmentada,
con tantas palabras huecas y engañosas
y decisiones amañadas y egoístas,
en la que se ha enterrado la utopía
y suenan tan mal la pobreza y la renuncia...
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

En este tiempo tan triste y yermo,
en el que unos lo tienen casi todo
y otros se están quedando desnudos,
con hambre, frío y horizonte oscuro
porque lo igualdad no está al uso...
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

Ahora que estamos en honda crisis
de cultura, bienestar y valores,
de política, religión e instituciones;
ahora que la verdad no atrae,
queremos que él nos guíe y llene porque...
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

Respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida,
pues necesitamos aire fresco y bueno
para seguir caminando contigo
y vivir al cobijo y sombra de tus alas
mientras aprendemos a ser hermanos
e hijos aquí, donde estamos.





LA TRINIDAD ES UNA ÚNICA REALIDAD
Escrito por  Fray Marcos
Jn 16, 12-15

De Dios no sabemos ni podemos saber absolutamente nada. Ni falta que nos hace, porque tampoco necesitamos saber lo que es la vida fisiológica, para poder tener una salud de hierro. La necesidad de explicar a Dios es fruto del yo individual que se siente fortalecido cuando se contrapone a todo bicho viviente, incluido Dios. Cuando el primer cristianismo se encontró de bruces con la filosofía griega, aquellos grandes pensadores hicieron un esfuerzo sobrehumano para “explicar” el evangelio desde aquella arrolladora filosofía. Seguro que ellos se quedaron tan anchos, pero el evangelio quedó hecho polvo.

El lenguaje teológico de los primeros concilios, hoy no lo entiende nadie. Los conceptos metafísicos de “sustancia”, “naturaleza” “persona” etc. no dicen absolutamente nada al hombre de hoy. Es inútil seguir empleándolos para explicar lo que es Dios o como debemos entender el mensaje de Jesús. Tenemos que volver a la simplicidad del lenguaje evangélico y a utilizar la parábola, la alegoría, la comparación, el ejemplo sencillo, como hacía Jesús. Todos esos apuntes tienen que ir encaminados a la vivencia no a la razón.

Pero además, lo que la teología nos ha dicho de Dios Trino, se ha dejado entender por la gente sencilla de manera descabellada. Incluso en la teología más tradicional y escolástica, la distinción de las tres “personas”, se refiere a su relación interna (ab intra). Quiere decir que hay distinción entre ellas, solo cuando se relacionan entre sí. Cuando la relación es con la creación (ad extra), no hay distinción ninguna; actúan siempre como UNO. A nosotros solo llega la Trinidad, no cada una de las “personas” por separado. No estamos hablando de tres en uno sino de una única realidadque es relación.

Cuando se habla con mucho énfasis de la importancia que tiene la Trinidad en la vida espiritual de cada cristiano, se está dando una idea falsa de Dios. Lo único que nos proporciona la explicación trinitaria de Dios es una serie de imágenes útiles para nuestra imaginación, pero nunca debemos olvidar que son imágenes. Mi relación personal con Dios siempre será como única realidad. Debemos superar la idea deque “crea” el Padre, “salva” el Hijo y “santifica” el Espíritu. Esta manera de hablar es metafórica. Todo en nosotros es obra del único Dios. ¿Qué sentido puede tener, dirigir las oraciones al Padre Creyendo que es distinto del Hijo y del Espíritu?

Lo que experimentaron los primeros cristianos es que Dios podía ser a la vez y sin contradicción: Dios que es origen, principio, fuente de todo (Padre); Dios que se hace uno de nosotros (Hijo); Dios que se identifica con cada uno de nosotros (Espíritu). Nos están hablando de Dios que no está encerrado en sí mismo, sino que se relaciona dándose totalmente a todos y a la vez permaneciendo Él mismo. Un Dios que está por encima de lo uno y de lo múltiple. El pueblo judío no era un pueblo filósofo, si no vitalista. Jesús nos enseñó que, para experimentar a Dios, el hombre tiene que aprender a mirar dentro de sí mismo (Espíritu), mirar a los demás (Hijo) y mirar a lo trascendente (Padre).

Lo más importante en esta fiesta que estamos celebrando, sería el purificar nuestra idea de Dios y ajustarla cada vez más a la idea que de Él quiso transmitirnos Jesús. Aquí sí que tenemos una amplia tarea por hacer. Como buenos cartesianos, intentamos una y otra vez acercarnos a Dios por vía intelectual. Creer que podemos encerrar a Dios en conceptos, aunque sean los muy sublimes de la filosofía griega, es tan ridículo que no merece la pena gastar un minuto en demostrarlo. La realidad de Dios no podemos comprenderla, no por que sea complicada, sino porque es absolutamente simple y nuestra manera de conocer es analizando y dividiendo la realidad. Toda la teología que se elaboró para explicar la realidad de Dios es absurda, porque Dios ni se puede ex-plicar, ni com-plicar o im-plicar. Dios no tiene partes que podemos analizar por separado.   

El entender a Dios como Padre, nos conduce por el camino del poder, de la omnipotencia y la capacidad absoluta de hacer lo que se le antoje. Todos los “poderosos de la tierra” han tenido mucho interés en desplegar esa idea de Dios. Según esa idea, lo mejor que puede hacer un ser humano es parecerse a Él, es decir intentar por todos los medios, ser más, ser grande, tener poder. Pero ¿de qué sirve ese Dios a la inmensa mayoría de los mortales que se sienten insignificantes? ¿Cómo podemos proponerles que su objetivo es identificarse con ese Dios? Por fortuna Jesús nos dice todo lo contrario, y el AT también, porque su Dios, empieza por estar al lado, no del faraón, sino del pueblo esclavo.

Un Dios que premia y castiga, es verdaderamente útil para mantener a ralla a todos los que no se quieren doblegar a las normas establecidas. Machacando a los que nos se amoldan, estoy imitando a Dios que hace lo mismo. Cuando en nombre de Dios prometo el cielo (toda clase de bienes) estoy pensando en un dios que es amigo de los que le obedecen. Cuando amenazo con el infierno (toda clase de males) estoy pensando en un dios que, como haría cualquier mortal, se venga de los que no se someten.

Pensar que Dios utiliza con el ser humano el palo o la zanahoriacomo hacemos nosotros con los animales que queremos domesticar, es hacer a Dios a nuestra imagen y semejanza y ponernos a nosotros mismos al nivel de los animales. Pero resulta que el evangelio dice todo lo contrario. Dios es amor incondicional y para todos. No nos ama porque somos buenos sino porque Él es bueno. No nos ama cuando hacemos lo que Él quiere, sino siempre. Tampoco nos rechaza por muy malos que lleguemos a ser.

Un dios “que está en el cielo”, puede hacer por nosotros algo de vez en cuando, si se lo pedimos con mucha insistencia y lo merecemos. Pero el resto del tiempo nos deja abandonados a nuestra suerte. Pero ese miedo a que nos abandone a nuestra suerte es muy útil para que los que actúan en su nombre nos obliguen a obedecer sus directrices. El Dios de Jesús está en lo hondo de nuestro ser identificado con nosotros mismos. Siendo el AMOR en nosotros no puede admitir intermediarios. Esto no es útil para ningún poder o institución. Pero ese es el Dios de Jesús. Ese es el Dios que siendo Espíritu, tiene como único objetivo llevarnos a la plenitud de la verdad. Y aquí “Verdad”, en contra de lo que se piensa, no es conocimiento sino Vida. El Espíritu nos empuja a ser verdad, ser auténticos.

Un Dios condicionado a lo que los seres humanos hagamos o dejemos de hacer, no es el Dios de Jesús. Esta idea de que Dios solamente nos quiere cuando somos buenos, repetida durante tres mil años, ha sido de las más útiles a la hora de conseguir la docilidad del ser humano a intereses de jerifaltes o de grupos. Esta idea, radicalmente contraria al evangelio ha provocado más sufrimiento y miedo que todas las guerras juntas. Sigue siendo la causa de las mayores ansiedades que no dejan a las personas ser ellas mismas. Cada vez que predico que Dios es amor incondicional, viene alguien a recordarme: pero es también justicia. Y esa justicia quiere decir para ellos: ¿Cómo puede querer Dios a ese desgraciado pecador igual que a mí, que cumplo todo lo que Él mandó?

Lo que acabamos de leer del evangelio de Jn, no hay que entenderlo como una profecía de Jesús antes de morir. Se trata de la experiencia de los cristianos que llevaban setenta años viviendo esa realidad del Espíritu dentro de cada uno de ellos. Ellos saben que gracias al Espíritu tienen la misma Vida de Jesús. Es el Espíritu el que haciéndoles vivir, les enseña lo que es la Vida. Esa Vida es la que desenmascara toda clase de muerte (injusticia, odio, opresión). La experiencia pascual consistió en llegar a la misma vivencia interna de Dios que tuvo Jesús. Lo que intentó Jesús con su predicación y con su vida, fue hacer partícipes a sus seguidores de esa vivencia.

Meditación-contemplación
Hoy lo mejor será recordar unas estrofas de S. Juan de la Cruz
Entreme donde no supe, / y quedeme no sabiendo, / toda sciencia trascendiendo.
Yo no supe donde entraba, / pero cuando allí me vi, / sin saber donde me estaba, /
grandes cosas entendí; / no diré lo que sentí, / que me quedé no sabiendo, /
toda sciencia trascendiendo.
Estaba tan embebido, / tan absorto y agenado, / que se quedó mi sentido /
de todo sentir privado, / y mi espíritu dotado / de un entender no entendiendo. /
Toda sciencia trascendiendo.
El que allí llega de vero / de sí mismo desfallece; / cuanto sabía primero /
Mucho bajo le parece, / y su sciencia tanto crece, / que se queda no sabiendo, /
Toda sciencia trascendiendo.
Este saber no sabiendo / es de tan alto poder, / que los sabios arguyendo /
jamás lo podrán vencer, / que no llega su saber / ano entender entendiendo, /
Toda sciencia trascendiendo.
Y si lo queréis oír, / consiste esta suma sciencia / en un subido sentir /
De la divinal esencia; / es obra de su clemencia / hacer quedar no entendiendo, /
Toda sciencia trascendiendo.

Fray Marcos





FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Escrito por  José Luis Sicre

El ciclo litúrgico se abre con la venida de Jesús y culmina con la venida del Espíritu; el Padre está presente en todo momento. Es lógico que se dedique una fiesta en honor de la Trinidad. Para ella había que elegir textos que hablaran de las tres personas, al menos de dos de ellas. Pero no pretenden darnos una lección de teología sino ayudarnos a descubrir a Dios en las circunstancias más diversas. La primera, llena de belleza y optimismo, en los momentos felices de la vida. La segunda, incluso en medio de las tribulaciones, dándonos fuerza y esperanza.    La tercera, en medio de las dudas, sabiendo que nos iluminará.

Dios presente en la alegría (1ª lectura)
Del Antiguo Testamento se ha elegido un fragmento del libro de los Proverbios que polemiza con la cultura de la época helenística: ¿cuál es el origen de la sabiduría? Para muchos, es fruto del pensamiento humano, tal como lo han practicado sobre todo los filósofos griegos. Frente a esta mentalidad, el autor del texto de los Proverbios afirma que la verdadera sabiduría es anterior a nuestras reflexiones y estudios; y lo expresa presentándola junto a Dios muchos antes de la creación del mundo, acompañándolo en el momento de crear todo.

¿Por qué se eligió esta lectura? San Pablo, en la primera carta a los Corintios, dice que Cristo es “sabiduría de Dios” (1,24). Y la carta a los Colosenses afirma que en Cristo “se encierran todos los tesoros del saber y del conocimiento” (Col 2,3). Este fragmento del libro de los Proverbios, que presenta a la Sabiduría de forma personal, estrechamente unida a Dios desde antes de la creación y también estrechamente unida a la humanidad (“gozaba con los hijos de los hombres”) parecía muy adecuado para recordar al Padre y al Hijo en esta fiesta.

Dios presente en los sufrimientos (2ª lectura)
Curiosamente, en este texto, que menciona claramente a las tres personas, los grandes beneficiarios somos nosotros, como lo dejan claro las expresiones que usa Pablo: “hemos recibido”, “hemos obtenido”, “nos gloriamos”, “nuestros corazones”, “se nos ha dado”. Él no pretende dar una clase sobre la Trinidad, adentrándose en el misterio de las tres divinas personas, sino que habla de lo que han hecho por nosotros: salvarnos, ponernos en paz con Dios, darnos la esperanza de alcanzar su gloria, derramar su amor en nuestros corazones. Para Pablo, estas ideas no son especulaciones abstractas, repercuten en su vida diaria, plagada de tribulaciones y sufrimientos. También en ellos sabe ver lo positivo.

Dios presente en las dudas (evangelio)
El evangelio, tomado de Juan, también menciona a Jesús, al Espíritu y al Padre, aunque la parte del león se la lleva el Espíritu, acentuando lo que hará por nosotros: “os guiará hasta la verdad plena”, “os comunicará lo que está por venir”, “os lo anunciará”.

Pienso que el texto se ha elegido porque habla de las relaciones entre las tres personas. El Espíritu glorifica a Jesús, y todo lo recibe de él. Por otra parte, todo lo que tiene el Padre es de Jesús. Tampoco Juan pretende dar una clase sobre la Trinidad, aunque empieza a tratar unos temas que ocuparán a los teólogos durante siglos.

Para entender el texto conviene recordar el momento en el que pronuncia Jesús estas palabras. Estamos en la cena de despedida, poco antes de la pasión. Sabe que a los discípulos les quedan muchas cosas que aprender, que él no ha podido enseñarles todo. Surgirán dudas, discusiones. Pero la solución no la encontrarán en el puro debate intelectual y humano, será fruto del Espíritu, que irá guiando hasta la verdad plena. 

José Luis Sicre




La moto y el mar
Pedro Miguel Lamet, SJ.

La moto y el mar: dos imágenes contrastadas, dos modos de entender la vida. La moto evoca ruido, velocidad, competición, lucha con el espacio y el tiempo. El mar es símbolo de quietud, detenerse, contemplar, sabor del inabarcable  infinito. ¿A cual pertenecemos?

Si a la moto, somos gente que corre, que brama, que goza con el riesgo y quiere apurar la vida hasta el extremo. Si al mar, tenderemos a detenernos, a escuchar el yo profundo, a meditar sobre nuestra identidad más misteriosa, hecha de horizontes y plenitud. El mar siempre estuvo allí desde los comienzos de la creación como trasunto de lo íntimo más íntimo de nuestro ser. La moto ha llegado hace nada, cambia de modelo, envejece rápido, se convierte en chatarra, es distintivo de nuestra fugacidad.

Ambas realidades, tecnología y naturaleza, forman parte de la vida del hombre, que inventa para comunicarse, gracias a su cerebro, y que transforma la realidad. Todo es bueno en sí mismo. Pero en la medida en que sepamos usar de ello.

¿Nuestra generación con qué se queda? La impresión primera es que hoy preferimos correr para drogarnos de nuestra verdad más profunda. Nos cuesta parar el motor, el móvil, las pantallas, la avalancha de mensajes instantáneos. Solo deteniéndonos al menos a ratos en silencio a contemplar recuperaremos el Ser, abrazaremos la chispa de Dios que en realidad somos: hechos de Mar y destinados al Mar.

Pedro Miguel Lamet, SJ.





¿Qué han de hacer ahora los sacerdotes?
Jorge Costadoat, SJ - CHILE - 14 mayo, 2016

SacerdoteLa institución eclesiástica de la iglesia católica experimenta agitaciones no fáciles de sentir y menos de comprender para el común de sus integrantes. El último documento del Papa Francisco titulado Amoris laetitia, y todo el período previo de su elaboración, ha sido rico en debates, pero también en intentos de sabotaje. La tensiones se han concentrado en un punto: la actual exclusión de la comunión eucarística de los divorciados vueltos a casar.

El texto no ha podido ser suficientemente claro precisamente porque los sectores que no quieren cambios en una práctica a decir verdad secular, han presionado fuertemente al pontífice. Pero sin cambios –lo han tenido claro la mayoría de los obispos del Sínodo preparatorio- la transmisión de la fe entrar en un ciclo terminal.

Es muy significativo, por esto, que el documento pone las bases de una interpretación favorable a una innovación. El mandato de Amoris laetitia es procurar “integrar” a todos a la comunidad eclesial. El documento afirma que estas personas –aunque se encuentren en una situación anómala desde un punto de vista objetivo- pueden encontrarse en gracia, y los sacerdotes que han de tratar con ellas, en vez hacerles sentir culpables, pudieran ayudarles con los sacramentos (AL, nota 351). De regreso de la isla de Lesbos se preguntó a Francisco por esta posibilidad. Su respuesta fue: “podría decir sí, y punto”. Y remitió a la explicación mayor dada por el Cardenal Schönborn.

El caso es que los sacerdotes, en este momento, tienen una orientación de procedimiento general, pero necesitan aun indicaciones más precisas.

¿Qué debiera hacer un sacerdote al que se le acerca una persona pidiéndole participar plenamente en la Eucaristía? Mi opinión es que, por de pronto, tendría que acogerla como si no dependiera de él darle permiso para comulgar. Esta decisión, en última instancia, debiera tomarla ella en conciencia. El sacerdote, por su parte, debiera acompañarla y cooperar a que asuma esta decisión, la que puede ser ocasión de un crecimiento humano y espiritual. Será muy importante ayudar a la persona a que tome conciencia de los errores que ha podido cometer en su primer matrimonio; a evaluar si puede recuperar aun su compromiso matrimonial anterior o si el nuevo compromiso es irreversible porque, por ejemplo, sería irresponsable volver atrás habiendo nuevos hijos que educar; a examinar si realmente quiere crecer en su pertenencia eclesial o simplemente desea recuperar un derecho perdido. Dependiendo el caso, el sacerdote pudiera también recomendarle que recurra a un psicólogo que le ayude a sanar las heridas de la destrucción de su primer matrimonio y a aprender de su experiencia para que su segunda familia sea más feliz que la anterior. Una vez que la persona haya podido atar los cabos que habían quedado sueltos de su ruptura y tenga un deseo suficientemente serio de vivir su nueva relación con fidelidad y de por vida, podrá pedir al sacerdote el sacramento de la reconciliación y, este, sin hacer de administrador de justicia, tendrá que dárselo y de todo corazón.

Los sacerdotes en estos momentos estamos a la espera de que nuestros obispos o conferencias episcopales nos den criterios u orientaciones parecidas a estas. Esta es la indicación del documento: “Serán las distintas comunidades quienes deberán elaborar propuestas más prácticas y eficaces, que tengan en cuenta tanto las enseñanzas de la Iglesia como las necesidades y los desafíos locales.” (AL 199). Los sacerdotes, digo, necesitamos precisiones para cumplir con el mandado de misericordia de Amoris laetitia. Hemos sufrido mucho negando los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía a las personas que necesitaban más ayuda que nadie. Por fin llegó la hora de hacernos verdaderamente responsables de todos los católicos en vez de guardianes fieros de la doctrina.
El foso en la iglesia entre la enseñanza moral sexual y familiar, y el pensar y sentir de los fieles atraviesa todas las categorizaciones. También los sacerdotes –muchos- se alegran con la remoción de un importante obstáculo a la misión de la iglesia de anunciar a un Cristo liberador y revitalizador.




'AMORIS LAETITIA', TALANTE DEMOCRÁTICO Y CORAZÓN EVANGÉLICO
Andrés Torres Queiruga
  
La nueva Exhortación del papa Francisco, igual que vienen haciendo todos sus escritos, lo retrata de cuerpo entero. No sólo en el estilo, ya inconfundible, sino también en el mensaje acerca de temas muy decisivos. Lo hace con espíritu evangélico, más humilde pero también más hondo y, sobre todo, más cristiano, que las discusiones teórico-sistemáticas.

Una visión global
La mirada se extiende sobre el mundo y sus grandes problemas, sin quedar fascinada por los problemas inmediatos. No los rehúye, pero los trata a su tiempo y con la debida perspectiva. De ahí la extensión, desacostumbrada en este tipo de escritos oficiales.

Hablando del amor y sus diferentes realizaciones humanas, busca ofrecer su significado profundo, insistiendo en su función englobante y estructurante de la convivencia humana. Quedar preso en la inmediatez de las urgencias inmediatas, llevaría a desfigurar la proporción y a perderse en el barullo mediático, en el juego de las disquisiciones abstractas o, lo que es peor, de los purismos burocráticos. Las soluciones acabarían entonces lejos de la vida e incapaces de seguir el ritmo de lo real y el sentido de la historia.

No es casual que este papa, pegado a la vida, haya mostrado tanto interés por la "jerarquía de las verdades", extendiéndola incluso, de modo expreso, al mundo de la moral. Sólo desde el centro puede organizarse todo, sin que la teoría confunda las distancias o trabuque las proporciones. Y el centro, lo repite con la paciencia incansable del quien vive apasionadamente lo fundamental, es el amor de Dios, su ternura siempre inclinada sobre la orilla del sufrimiento y su misericordia más grande que todas las culpas humanas.

El papa no ignora que estas son muchas y que demasiadas veces son crueles y terribles hasta lo insoportable. Por eso las mira de frente y va al encuentro de las víctimas, para hacer visible el horror y clamar por el remedio. Pero no renuncia a la esperanza, porque cree y anuncia que el amor de Dios es tenaz y paciente, más grande, a pesar de todo, que las estrecheces, las maldades y las iniquidades humanas.

El papa de Roma es hoy el centinela más alerta e incansable sobre los problemas del mundo. Pero también, para quienes no quieren vivir con los ojos cerrados y el corazón seco, el faro más brillante y la orientación más auténtica en la urgencia del consuelo y el largo camino de las soluciones, nunca acabadas.

El amor como criterio definitivo
El amor de Dios es centro y fundamento de su llamada. Desde su llegada no insiste en otro criterio. El único capaz de conseguir que ante los problemas humanos nuestros juicios y nuestras valoraciones, nuestras querencias y nuestras exclusiones permanezcan en la órbita evangélica. Desde ella, sus palabras son alarma moral, que puede incluso vestirse con tonos de enérgica dureza profética: "Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano" (n. 304).

Y, cuando la llamada roza la discusión teórica, ante los principios abstractos y los sufrimientos reales, no duda en apostar por las razones más fieles a la vida: "santo Tomás llega a decir que ‘si no hay más que uno solo de los dos conocimientos, es preferible que este sea el conocimiento de la realidad particular que se acerca más al obrar'" (nota 348). ¿Probabilismo "jesuítico", como alguno le ha achacado? No: pura magnanimidad evangélica.

Permítaseme manifestar el gozo personal de ver que un principio querido e insistentemente repetido desde hace años encuentra garantía y confirmación en la doctrina del papa. Cabe formularlo así: si Dios es amor o, en mejor traducción, si "consiste en estar amando" (1Jn 4.8.16), resulta teológicamente obvio que toda doctrina o explicación que confirme y aclare ese amor, es por eso mismo verdadera. Como es falsa toda teoría que lo oscurezca o lleve a su negación. Quien no comprenda este principio, no entenderá nunca las tomas de postura de este papa que ha llegado, con el Evangelio bajo el brazo, del contacto con el sufrimiento de los pobres y la exclusión de los descartados.

En concreto, no entenderá su respuesta a los problemas concretos que de algún modo han motivado la salida de esta Exhortación. Un texto que pide ser interpretado teniendo en cuenta el duro, a veces seguramente muy doloroso, realismo de un pastor, cuyas palabras y decisiones no siempre pueden extenderse hasta donde él personalmente desearía. En esta tensión radica una clave indispensable para comprender su mensaje... e interpretar muchas reacciones.

Respeto democrático y corazón evangélico
Nunca en la historia del papado se había proclamado con tan unívoca energía el valor del "sentir de los fieles" (sensus fidelium) ni ejercido con tan clara consecuencia el derecho a ser consultados de manera expresa. El último sínodo en torno a los problemas del amor y la familia, con todas las limitaciones de los inicios, ha sido en ese sentido un comienzo histórico. Ni en los sínodos anteriores ni, en general, en las grandes reuniones eclesiales se había podido observar una presencia tan inclusiva ni, mucho menos, discusiones tan libres y, a veces, disensos tan disonantes.

Por principio, el derecho oficial de la Iglesia, el Derecho Canónico, no admite asambleas deliberativas, y lo acordado queda siempre al arbitrio definitivo de la autoridad que en cada caso corresponda. De hecho, ese principio ha echado bastantes jarros de agua fría sobre las esperanzas que, tras el Concilio, había suscitado la convocatoria de sínodos universales. Al final, las conclusiones que en la redacción final llegaban al público eran las que redactaba y decidía el papa, no siempre muy coincidentes con lo deliberado en la asamblea. El principio es claramente anacrónico y, a gritos de fidelidad evangélica, pide ser actualizado: "entre vosotros no ha de ser así" (*).

El papa Francisco, de acuerdo con en el actual "derecho", estaría capacitado para continuar con el mismo estilo. Si de la abundancia del corazón habla la boca, caben pocas dudas de que el suyo le pedía usar su autoridad jurídica para ir más allá de los acuerdos finales de la asamblea. Pero se lo impedía el otro principio, no formalmente jurídico pero profundamente evangélico, el del respeto al sensus fidelium. Dicho un poco brutalmente: no podía convocar una asamblea, para después, yendo más allá de lo acordado, imponer por decreto las propias conclusiones. Sin embargo, como pastor responsable, tampoco quería ni podía renunciar del todo al que cree su deber de proclamar la evidente llamada evangélica de comprenderlo todo a la luz del amor compasivo de Dios.

Sin ponerse dramáticos, cabe adivinar un conflicto íntimo entre el respeto al espíritu democrático -"sinodal", si así se prefiere llamarlo- y la generosidad evangélica atenta al corazón. Cuando se lee así, impresionan la finísima sabiduría pastoral y el hondo acierto teológico de la Amoris laetitia. Creo realmente que no existe clave mejor para comprenderla en su verdadero sentido y calibrar el alcance eclesial de su mensaje.

Se nota en dos afanes claros. El primero, la decisión de ser fiel a la sinodalidad eclesial, que, en primer lugar y como es lógico, se manifiesta en la continua referencia a las conferencias episcopales. Pero que se extiende sin límite a los demás miembros de la Iglesia: a los teólogos, a los fieles en general, a los pensadores e incluso a los poetas, como la sorprendente cita de Benedetti, pronto acompañado por otra de san Juan de la Cruz.

¿Alguien se ha fijado en que, cuando se dirige a los fieles que están viviendo situaciones complejas, los invita a que "se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor"? (n. 312). A eso se une la cuidadosa comunión con la doctrina de sus predecesores, donde, pasando en silencia aspectos superados por el paso eclesial y teológico del tiempo, sabe aprovechar aquellos que señalan la continuidad auténticamente evangélica (léanse, por ejemplo, a esta luz sus referencias a la Humanae vitae: n. 68 y 82).

El segundo afán constituye la nota de fondo que vivifica el tono y marca, sin forzarla jurídicamente, la apertura renovadora. No quiere una iglesia paralizada por el juridicismo, sino abierta al espacio siempre abierto y nunca suficientemente explorado del amor de un Dios, que "ama el gozo de sus hijos", la alegría de todo "ser humano" (n. 147-148). Es dentro de ese amor, sin abandonarlo ni herirlo, donde Francisco busca respuesta a los nuevos problemas.

Igual que Jesús de Nazaret, no calla ni deja de enunciar con clara limpieza el ideal, la meta nunca irrenunciable; pero, como Jesús, es comprensivo con los fallos y las deficiencias en la realización. No por resignación pasiva o, relativismo acomodaticio, sino como llamada e impulso hacia delante. De ahí que no se niegue a la exploración de nuevos caminos, incluso en temas tan delicados como los distintos modos de convivencia antes o después del matrimonio. Y, desde luego, sensible al dolor de tantas personas que, en las difíciles circunstancias actuales, han visto naufragar su matrimonio, busca y promueve la acogida cordial, la inclusión comunitaria y la participación sacramental máxima posible.

Por eso confieso que me resulta incomprensible la insensibilidad de aquellos, sobre todo de jerarcas o teólogos, que no captan la honestidad del casi imposible equilibrio de su respuesta. A casi nadie se le ha ocultado que, en la modesta discreción de la nota 351, abre el que es su claro deseo: sin obligar a nadie, lo enuncia y lo justifica, animando a todo el que en conciencia crea que debe seguirlo: "a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor [...]. Igualmente destaco que la Eucaristía 'no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles'".

Hace falta un corazón como el de Jonás y una autojusticia farisaica para no apreciar el profundo sentido evangélico de la propuesta. E incluso, yendo algo más al fondo, no reconocer ahí el respeto a la justa autonomía de los pastores y a los derechos fundamentales de los fieles.

El asombro ante una oposición incomprensible y escandalosa
La última observación impone, aunque sea a contragusto, aludir el extrañísimo fenómeno de la abierta oposición frente a la actitud pastoral de nuestro papa, justamente por aquellos que deberían ser los primeros en secundarla y apoyarla.

Imposible encontrar algo semejante en la historia de los pontificados recientes. Quizás por eso tenga, a pesar de todo, la ventaja de ser el síntoma que pone al descubierto una grave deformación que se había ido introduciendo en ella. Me refiero al espíritu que cabe calificar de dogmatismo autoritario, allí donde debería reinar el libre pluralismo de un diálogo fraterno.

Sin entrar en detalles, ese dogmatismo puede definirse como la confusión entre la fe y la teología. Surge cuando la autoridad pastoral cuyo rol específico es el de fomentar los valores evangélicos y su concreción en pautas de vida cristiana, eleva su teología, a norma teológico-científica de la fe. Apoyada en esa identificación, que cree intangible y evidente, acude a la imposición por la vía del poder, sin dejar libre el espacio al diálogo de las razones y al legítimo pluralismo en del servicio teológico; servicio llamado tradicionalmente "magisterio de la cátedra magistral", al lado del "magisterio de la cátedra pastoral". Los numerosos conflictos y las no escasas condenas que han afligido el ambiente eclesial en los últimos tiempos son una prueba bien dura de esa situación.

Lo sorprendente es que ahora algunos de los que se habían sentido muy a gusto en ese clima, se oponen ahora a la nueva actitud y hasta la acusan de falta de democracia.

Usando la autoridad como argumento, de forma muchas veces implacable en los procedimientos y sin dialogar acerca de las razones en el contenido, habían aprobado o procedido a juicios muy sumarios y a duras exclusiones. La fidelidad al papa solía ser el argumento definitivo y sin apelación. Pero de repente, justo cuando aparece un papa con talante democrático, centrado en su papel pastoral, entregado en cuerpo y alma a la promoción de los valores evangélicos y respetuoso con el rol y la libertad del carisma teológico, hablan de autoritarismo y, en flagrante contradicción con el que hasta ayer era su grande y definitivo argumento, se rebelan contra la autoridad del papa.

Y para que no quede duda sobre su fondo dogmático, no tienen reparo en proclamarse -incluso sin rubor ante su propia contradicción- defensores de la fe contra los errores papales. Lo hacen además desde una teología que, creyéndose la única legítima, se muestra, en general, de un escolasticismo abstracto, una hermenéutica más bien pobre y una clara falta de sentido histórico.

Pueden sonar duras estas palabras. Pero quieren ante todo llamar la atención sobre el problema objetivo; y están dictadas por la creo obligada y justa defensa de una Exhortación nacida de la generosidad evangélica y movida por la urgencia de anunciar el amor fiel e incansable del Dios de Jesús. Oscurecer este anuncio con acusaciones veladas y rebeliones más o menos abiertas no es bueno para la Iglesia y, más allá de ella, puede hacer un tremendo daño para el mundo. Sobre todo, para el mundo de los humillados y ofendidos, en una humanidad muy necesitada de esperanza.

 Andrés Torres Queiruga
Religión Digital




LOS CARDENALES MÁS RELIGIOSOS ANDAN DESCONCERTADOS
ANTE UN PAPA QUE INTENTA SER MÁS EVANGÉLICO
José María Castillo

La Iglesia es la comunidad de los "seguidores de Jesús". Si no es eso, todo lo demás le sobra, le estorba y le impide cumplir la tarea que le corresponde y la finalidad para la que Dios, encarnado en Jesús, se hizo presente

El goteo de noticias, que nos informan de cardenales de la Iglesia que muestran su desacuerdo con el papa Francisco, no cesa. Hace sólo unos días, recordábamos en esta página el caso del cardenal G. L. Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Hoy resulta inevitable hacer mención del cardenal Dominik Duka, arzobispo de Praga, que parece no estar de acuerdo con "la sensibilidad del Papa Francisco en temas sociales", diferente de la que tenemos en Europa en esos asuntos. Y es que, a juicio del cardenal de Praga, Francisco "viene de Sudamérica, donde la brecha entre ricos y pobres es mucho mayor, como resultado de las culturas indias" (sic).

La sucesión de estos desacuerdos cardenalicios con el papa actual es larga. Y empezó pronto. Justamente desde el momento en que Bergoglio, recién nombrado Francisco, salió de la capilla Sixtina y se negó en redondo a subirse al gran coche papal que le esperaba en la puerta para trasladarlo a la basílica de San Pedro. Allí mismo empezó a dar la cara el papa que venía "del fin del mundo".

Por lo visto, algunos de los mismos purpurados, que le acababan de elegir, y le esperaban ataviados con sus solemnes vestimentas, no estaban preparados para asumir el nuevo estilo de ejercer el poder en la Iglesia, que les esperaba. Y al que se resistieron en seguida. Y lo más feo del asunto es que - según parece - se siguen resistiendo. Con más fuerza cada día. A medida que avanza el papado de Francisco, de forma que el nuevo modo de gobierno de este papa se va definiendo con más claridad y más coherencia.

El problema, que asoma con estos incidentes como puntas de iceberg, es (me parece a mí) más profundo y más grave de lo que posiblemente imaginamos. Porque hay quienes, desde posiciones ideológicas avanzadas y con bastante razón, se lamentan del escaso y tradicional bagaje teológico con el que el P. Bergoglio llegó al papado. Como también abundan los que se quejan de que Francisco no haya tomado ya decisiones de gobierno que tendría que haber tomado, por ejemplo, en la reforma de la Curia, en la puesta al día de la liturgia, en la renovación de la teología, etc, etc. Todo esto, por supuesto, es discutible desde diversos puntos de vista. Pero creo que somos bastantes los que pensamos que en estas cosas hay mucho de verdad.

Sin embargo, lo que yo veo más claro es que el nudo del problema está en otra cosa. Está en la relación de la Iglesia con el Evangelio. La Iglesia no está en el mundo para organizar bien una religión. Una más, entre tantas otras religiones. No. La Iglesia no es eso. Ni está para eso. La Iglesia es la comunidad de los "seguidores de Jesús". Si no es eso, todo lo demás le sobra, le estorba y le impide cumplir la tarea que le corresponde y la finalidad para la que Dios, encarnado en Jesús, se hizo presente y visible en la historia humana.

Ahora bien, si la Iglesia es la comunidad de los seguidores de Jesús, su razón de ser y su forma de estar presente en la sociedad humana no es otra, no puede ser otra, que hacer presente, visible y comprensible el Evangelio, en la medida en que el Evangelio de Jesús puede ser entendido como un "proyecto de vida", que nos aporta algo que sea algo importante, para dar sentido a nuestras vidas. Y, sobre todo, para que tengamos algo que, de no existir el Evangelio, no lo podríamos tener.

Pero, ¿es esto lo que hace la Iglesia, con su clero, sus cardenales y el papado romano, tal como venía funcionando, hasta el momento en que este papa Francisco empezó a llamar la atención a tanta gente, a inquietar a los cardenales, a dar esperanza a muchas gentes y a plantearse no pocas preguntas a quienes dicen de él que es "populista", que "viene de América" o que es el "resultado de las culturas indias"?

En todo caso, hay algo que cada día vemos más claro: ni la tecnología con sus sorprendentes progresos, ni la economía con sus avances y sus crisis, ni la política con sus líderes más competentes, ni las humanidades con sus pensadores más profundos, nadie ni nada es capaz de hacer un mundo más habitable, más igualitario, más justo. ¿No será cierto que nos sobran saberes y poderes, nos sobran religiones y violencias, y nos falta humanidad? ¿No habrá algo de eso en la extraña, discutida y nueva figura de este papa Francisco, que tanto insiste en la necesidad y la actualidad del Evangelio? ¿No será por esto por lo que los cardenales más religiosos andan desconcertados ante un papa que intenta ser más evangélico?

No sé si en esto está el nudo del problema. Lo que nadie me quita de la cabeza es que esta pregunta se tiene que afrontar.

José María Castillo
Religión Digital





ESPIRITUALIDAD SIGLO XXI
Escrito por  José Arregi

Mañana, lunes 16 de mayo, en el centro cultural Koldo Mitxelena de San Sebastián, presentaremos el curso “Espiritualidad en el siglo XXI”.
Se impartirá en Arantzazu durante el curso 2016-2017, un sábado al mes (www.espiritualtasuna21.eus). Enseñarán conocimiento y experiencia testigos cualificados de nuestro tiempo y del Espíritu más allá del tiempo, más acá del espacio: sociólogas, psicólogas, artistas, científicos, filósofos, teólogos. Unos creyentes, otros agnósticos, pero ¿qué importan esas etiquetas para la espiritualidad? Nuestras aserciones no valen más que nuestras dudas, y nuestras certezas valen menos que nuestras preguntas, y todas las creencias –creaciones mentales, al fin y al cabo– no valen sino en la medida en que nos abren al Infinito más allá de nuestra mente. ¿Qué somos todos, al fin y al cabo, sino buscadores y caminantes, alumbrados por la sed y por el agua?

Necesitamos espiritualidad como necesitamos respirar. Hoy todavía, hoy sobre todo. Avanza el siglo XXI, y persiste la crisis, más aun, se agrava. La crisis económica es una crisis política. La crisis política es una crisis ética. La crisis ética es una crisis cultural. La crisis cultural es una crisis espiritual. Todas las crisis son una, como son uno el grito de la tierra y el grito de los pobres, el grito de la vida. Los pobres, la Tierra, la Vida reclaman una “valiente revolución cultural”, como ha escrito el papa Francisco. Y no será posible una revolución cultural sin una espiritualidad profunda.

Una espiritualidad de la vida. De la sensibilidad y del cuidado, de la emoción de la belleza, de la fe en la bondad. Una espiritualidad profética: realista, sí, pero también crítica e insumisa; pacífica, sí, pero también subversiva de todos los sistemas que nos ahogan. Una espiritualidad de la paz y de la justicia, pues no puede existir la una sin la otra. Una espiritualidad política, para una política planetaria digna de ese nombre, no prisionera de la Bolsa y de los paraísos fiscales.

Una espiritualidad que nos haga admirar el Misterio Que Es en el cosmos sin medida, en el cielo estrellado, en la piedrecilla del camino, en la hoja que vuelve a brotar, en los ojos de un niño, en el rostro de un refugiado o de un inmigrante. Una espiritualidad que nos abra los ojos para contemplar el universo como un inmenso corazón que late, la Tierra como un gran organismo que respira y quiere seguir respirando. Una espiritualidad que nos llene de asombro, respeto y humildad, de profunda compasión y ternura por todo lo que es, sufre y goza. Somos hermanos de todos los seres. Somos interser. Todos los seres intersomos.

Una espiritualidad que nos enseñe a estar presentes: a nosotros mismos, al otro, a todos los seres. A vivir el presente, sin aferrarnos al pasado ni temer el futuro, y a desapegarnos cada día de la ilusión de nuestro ego, fuente de tanto sufrimiento. Una espiritualidad que nos enseñe a vivir en la Presencia Buena que lo envuelve todo y habita en todo. A vivir atentos a lo Real que se manifiesta y se va haciendo, sin cesar, en todo lo real. A ser libres y hermanos. A escuchar el grito de los seres heridos. A presentir y acoger la Paz que sostiene y mueve todo, a sumergirnos en ella tanto en la meditación como en la acción.

Una espiritualidad con religión o sin religión, pero siempre más allá de la religión en cuanto sistema de creencias, ritos y normas, bajo la autoridad de un clero sagrado y masculino. La espiritualidad se está emancipando de las religiones: he ahí uno de los rasgos fundamentales de la revolución cultural de nuestro tiempo, ya emprendida hace 2.500 años por Confucio y Laozi en China, por Buda y Mahavira en la India, por Isaías y Jeremías en Israel, por Heráclito y Parménides en Grecia. Y luego por Jesús.

¿Se abrirá nuestra sociedad, laica por fin, a la brisa, al Silencio, al Misterio creador que une y mueve todo? ¿Se librarán nuestras religiones tradicionales, el cristianismo y el islam en especial, de sus lenguajes, creencias y estructuras del pasado? ¿Se dejarán prender por la chispa, la llama, el fuego de Pentecostés?

José Arregi
(Publicado en DEIA y en los diarios del Grupo NOTICIAS el 15-05-2016)





LA RESPIRACIÓN CONSCIENTE COMO PRÁCTICA MEDITATIVA

Parece innegable que la mente se maneja por determinados “principios” –pautas o patrones de creencias-, nacidos en el contexto familiar y educacional, a los que se aferra de una manera frecuentemente automática.

De hecho, un ejercicio muy saludable consiste en hacer conscientes los “principios” que rigen nuestros comportamientos. ¿Qué creencias se me repiten detrás de los sentimientos y de las acciones que pongo en marcha? Basta prestar un poco de atención para constatar hasta qué punto nos dejamos mover por lo que pueden llamarse con razón “creencias irracionales”, que suelen habitar nuestro inconsciente.

Tales creencias –en cuanto “programas” instalados en nuestra mente- se hacen presentes en todos los campos: emocional, interpersonal, político, religioso… Y se manifiestan también en el modo de afrontar el camino espiritual y, en concreto, la práctica de la meditación.

Una de las creencias habituales es aquella que tiende a desvalorizar lo que parece más simple o sencillo, en beneficio de lo que se percibe como más sofisticado. Si a eso se le añade la atracción de la mente –con frecuencia compulsiva– hacia experiencias “especiales” o “extraordinarias”, el resultado es algo parecido a este cóctel: se valoran prácticas más rebuscadas o simplemente más “difíciles” porque se alienta la expectativa de que serán ellas las que nos obtengan con más seguridad experiencias más valiosas.

Me parece importante reconocer que tal planteamiento esconde, al menos, dos trampas: por un lado, entender la espiritualidad como el logro de “experiencias” no es sino narcisismo disfrazado –“materialismo espiritual”, lo han llamado los sabios– que refuerza y alimenta el ego, con lo cual se produce justamente lo más opuesto a lo que significa la espiritualidad; por otro, se está poniendo el acento en el buscar, más que en el “dejarse encontrar”, con lo cual la propia búsqueda resulta engañosa al hacernos pensar que aquello que nos plenifica se halla fuera o lejos de nosotros.

En el camino espiritual se requiere una especial lucidez para detectar las trampas, muchas de ellas en principio inconscientes, que lo acechan. En este escrito quiero referirme solo a una de ellas, ya mencionada, que tiene que ver con la práctica meditativa.

En el ámbito de tales prácticas, suelen apreciarse dos fenómenos recurrentes: la búsqueda de alguna práctica “especial” que proporcione resultados de un modo rápido y palpable, y la tendencia a alternar prácticas muy variadas, sin un criterio coherente. Como consecuencia, se suele dejar de lado una muy sencilla, pero profundamente eficaz, como es la respiración consciente.

Se trata de una práctica completamente simple, al alcance de todos y que, cuando se mantiene con perseverancia, produce efectos realmente transformadores. ¿Cómo hacerla?

Se trata de llevar toda la atención, de la manera más descansada posible –como si fuera un juego– al proceso respiratorio. No hay nada que conseguir; ni siquiera hay que buscar “hacerlo bien”. Queremos únicamente educar la atención, para poder vivir la mente, no como la “dueña” de casa que condiciona nuestro estado de ánimo, sino como una herramienta a nuestro servicio. Es decir, queremos adiestrarnos en pasar del pensar al atender.

Esa tarea de educación requiere –como cualquier otra tarea educacional– dos actitudes simultáneas: cariño y firmeza. Por eso, cada vez que nos damos cuenta de que nos hemos distraído, con todo cariño, pero con toda firmeza, volvemos a “traer la mente a casa”, para continuar descansando en la atención.

Se trata, realmente, de descansar. El acento no tiene que estar puesto en el esfuerzo por atender, sino en descansar en la atención que somos: sabiendo que es ella la que nos sostiene a nosotros.

Para vivir bien la práctica, ayuda mucho hacerse consciente de los cuatro momentos de la misma, respetando todo el proceso: exhalación – pausa – inhalación – pausa.

Este modo de hacer, no solo resulta beneficioso para todo nuestro organismo por la propia ralentización del movimiento respiratorio –como ponen de relieve rigurosos estudios médicos–, sino que facilita notablemente el propio ejercicio de la atención.

Según aquellos estudios, cada día respiramos unas 26.000 veces, lo cual significa que se movilizan alrededor de 14.000 litros de aire. Pero mientras lo ajustado sería que una persona hiciera 4 ó 6 respiraciones por minuto, lo más habitual es que se produzcan entre 16 y 20. Y si una respiración consciente –profunda, armoniosa y pausada– podría reponer el 99% de la energía que necesitamos, con frecuencia apenas lo hace en un 10 ó 20%.

Con todo, más allá de los beneficios para la salud, la respiración consciente nos regala serenidad, ecuanimidad, libertad interior, mayor consciencia y apertura a la consciencia de nuestra verdadera identidad.

En la práctica consciente, la respiración va ocupando todo el espacio, hasta quedar solo el hecho de respirar. Y experimentas que no eres tú quien respira, sino que, más bien, la respiración se hace en ti o a través de tu persona; en realidad, eres respirado(a).

Es la Vida la que respira a través de ti y de cada uno de los seres. La Vida que tú también eres, sin ningún espacio de separación. De este modo, la respiración consciente te pone en contacto directo con la Vida que eres.

Insistir en la bondad de esta práctica no significa, obviamente, negar el valor de otras (afectivas, atencionales o más “silenciosas”): cada persona verá cuál es la que mejor se adecua a su perfil y a la circunstancia por la que está atravesando en cada momento. Con esta aportación, pretendía solo prevenir del riesgo de perdernos en la búsqueda de la “variedad” –que, en definitiva, nos aleja de la constancia–, a la vez que subrayar la eficacia transformadora de la respiración consciente, tanto en nuestra vida cotidiana, como en la comprensión de nuestra verdadera identidad.

Enrique Martínez Lozano