miércoles, 13 de abril de 2016

ESCUCHAR SU VOZ Y SEGUIR SUS PASOS - José Antonio Pagola


ESCUCHAR SU VOZ Y SEGUIR SUS PASOS - José Antonio Pagola
- Escucha el Audio: http://sanvicentemartirdeabando.org/pagola/red/audio/4domingo_pascua.mp3

La escena es tensa y conflictiva. Jesús está paseando dentro del recinto del templo. De pronto, un grupo de judíos lo rodea acosándolo con aire amenazador. Jesús no se intimida, sino que les reprocha abiertamente su falta de fe: «Vosotros no creéis porque no sois ovejas mías». El evangelista dice que, al terminar de hablar, los judíos tomaron piedras para apedrearlo.

Para probar que no son ovejas suyas, Jesús se atreve a explicarles qué significa ser de los suyos. Solo subraya dos rasgos, los más esenciales e imprescindibles: «Mis ovejas escuchan mi voz... y me siguen». Después de veinte siglos, los cristianos necesitamos recordar de nuevo que lo esencial para ser la Iglesia de Jesús es escuchar su voz y seguir sus pasos.

Lo primero es despertar la capacidad de escuchar a Jesús. Desarrollar mucho más en nuestras comunidades esa sensibilidad, que está viva en muchos cristianos sencillos que saben captar la Palabra que viene de Jesús en toda su frescura y sintonizar con su Buena Noticia de Dios. Juan XXIII dijo en una ocasión que «la Iglesia es como una vieja fuente de pueblo de cuyo grifo ha de correr siempre agua fresca». En esta Iglesia vieja de veinte siglos hemos de hacer correr el agua fresca de Jesús.

Si no queremos que nuestra fe se vaya diluyendo progresivamente en formas decadentes de religiosidad superficial, en medio de una sociedad que invade nuestras conciencias con mensajes, consignas, imágenes, comunicados y reclamos de todo género, hemos de aprender a poner en el centro de nuestras comunidades la Palabra viva, concreta e inconfundible de Jesús, nuestro único Señor.

Pero no basta escuchar su voz. Es necesario seguir a Jesús. Ha llegado el momento de decidirnos entre contentarnos con una «religión burguesa» que tranquiliza las conciencias pero ahoga nuestra alegría, o aprender a vivir la fe cristiana como una aventura apasionante de seguir a Jesús.

La aventura consiste en creer lo que él creyó, dar importancia a lo que él dio, defender la causa del ser humano como él la defendió, acercarnos a los indefensos y desvalidos como él se acercó, ser libres para hacer el bien como él, confiar en el Padre como él confió y enfrentarnos a la vida y a la muerte con la esperanza con que él se enfrentó.

Si quienes viven perdidos, solos o desorientados pueden encontrar en la comunidad cristiana un lugar donde se aprende a vivir juntos de manera más digna, solidaria y liberada siguiendo a Jesús, la Iglesia estará ofreciendo a la sociedad uno de sus mejores servicios.

4 Pascua - C
(Juan 10,27-30)
17 de abril 2016

José Antonio Pagola 






A VECES, SEÑOR, A VECES...
Escrito por  Florentino Ulibarri

A veces, Señor, a vecesson tantas las ofertas
y tantos los guiños e insinuaciones,
que el corazón se desboca
y la mente se ofusca
con propuestas tan llamativas y gustosas.

Y entonces, Señor, entonces,
me voy por sendas oscuras,
no presto atención a tus melodías,
evito tu roce y caricias,
y me pierdo, aunque sea de día,
porque me obsesionan los cantos de sirena.

Pero...

A veces, Señor, a veces
sólo anhelo que Tú me llames,
pronunciando mi nombre, como otras veces,
para despertarme y pacificarme,
y poder compartir heridas, deseos y tareas
a la vera del camino de la vida.

Y entonces, Señor, entonces,
aunque haya bandidos y ladrones,
sé que Tú vas cerca y delante
abriendo caminos y horizontes,
silbando alegres canciones
y dándonos a todos vida abundante.

A veces, Señor, a veces
reconozco tu presencia y voz,
y entonces, Señor, entonces
te sigo y salgo al mundo con ilusión.



LA VIDA DE JESÚS Y LA NUESTRA, ES LA VIDA DE DIOS
Escrito por  Fray Marcos
Jn 10, 27-30

En la lectura del evangelio, hemos terminado con las apariciones, pero seguimos con un texto más profundamente pascual. Jn nos habla de Vida definitiva, que es la clave del tiempo pascual. Es una pena que al hablar de vida eterna sigamos pensando en una vida biológica en el más allá. La verdad es que los evangelios nos hablan de una Vida que hay que vivir aquí y ahora, y que está por encima de la biológica. Parece mentira el poco caso que hacemos al evangelio cuando no está de acuerdo con nuestras expectativas. En el evangelio de Jn está muy claro: “Hay que nacer de nuevo. Hay que nacer del Espíritu”.

Para poder entender lo que hemos leído hoy, hay que tener en cuenta todo el discurso que sigue a la curación del ciego de nacimiento: Jesús como puerta, Jesús como modelo de pastor. El pastor modelo da la Vida a las ovejas. Ésta es la clave del relato. Dar la Vida no significa aquí dejarse matar, sino matarse en beneficio de los demás mientras vive. En griego hay tres palabras para decir vida: “Bios” y “Zoê”, que significan vida biológica, y “psykhê” que significa la personalidad sicológica. Aquí dice psykhê. Quiere decir que no se refiere a dar la vida biológica muriendo, sino a entregarse como persona durante la vida.     

No olvidamos que en el evangelio de Jn no habla Jesús sino la comunidad de finales del s. I, que expresan lo que ella pensaba sobre Jesús. No concibo a Jesús creyéndose pastor de nadie. Como ser humano, Jesús llega a su plenitud por las relaciones con los demás. Pero unas verdaderas relaciones humanas solo son posibles entre iguales. Porque nunca se creyó más que nadie, sino al servicio de todos, se presenta ante nuestros ojos como modelo de relaciones humanas. Relación entrañable con los demás hombres, de tal manera que se preocupa por todos como un pastor auténtico se preocupa por cada una de las ovejas.        

Después de decir que ellos no son ovejas suyas, describe con todo detalle qué significa ser de los suyos, les está acusando de no querer seguirle, comprometiéndose con él al servicio del hombre. No se trata solo de oír a Jesús, se trata de escucharle. La mayoría de las veces oímos y aceptamos solamente lo que está de acuerdo con nuestros intereses. Escucharle significa acercarse sin prejuicios y aceptar lo que nos dice, aunque eso suponga cambiar nuestras conviccio­nes. Seguirle es estar dispuesto a darse a los demás como él y como Dios se dan. Es aceptar que lo que más me importa es cada persona concreta.

“Y ellas me siguen”. No basta escuchar, hay que ponerse en movimien­to y entrar en la nueva dinámica. La buena noticia de Jesús consiste en manifestar que hay una nueva manera de afrontar la existencia humana, una manera de vivir que esté más de acuerdo con las exigencias profundas del ser humano. Esa será la manera de cumplir lo que Dios espera de nosotros. La voluntad de Dios está ya en lo más profundo de mí. Jesús no nos pide ser borregos sino ser personas adultas y responsables de sí mismos y de los demás.

Y yo les doy Vida definitiva. Se trata de la misma Vida que el Jesús, demuestra haber recibido y desplegado. La consecuencia primera de seguirle es alcanzar esa Vida definitiva, Vida en el Espíritu. Esto es lo verdaderamente importante para nosotros. Lo que pasó en Jesús tiene que pasar también en mí. Éste es el meollo del misterio pascual. Como modelo de pastor, defiende a los suyos con todo su ser, no pasarán a manos de ladrones y bandidos. Ponerse en las manos de Jesús equivale a estar en las manos del Padre. "No hay quien libre de mi mano; lo que yo hago, ¿quién lo deshará? (Is 43,13)

Yo y el Padre somos lo Uno. Es la frase más sublime, que mejor refleja la conciencia que la comunidad de Jn tenía de Jesús. Hoy sabemos que los discursos del evangelio de Jn no son originales de Jesús, por lo tanto no tiene sentido pensar que esa frase exprese su conciencia de ser la segunda persona de la Trinidad. Para nosotros, tiene mucha más importancia si caemos en la cuenta de que fue la experiencia de la comunidad de Jn, la que llegó a la increíble conclusión de que Jesús estaba en identificación absoluta con Dios.

La versión de la Vulgata no dice “yo y el Padre somos unus” sino unum (neutro). Esto es más importante de lo que parece, porque nos está lanzando más allá del lenguaje ordinario. Jesús dice que él y el Padre (el Origen) no se distinguen en nada, pero tampoco se distingue de su origen, ninguna otra criatura existente. Lo que Jesús dijo, lo puede decir cualquier otra criatura que tenga conciencia de sí misma. No se puede ir más allá desde el lenguaje humano, no da más de sí. Por eso, después de oír esto, lo único que cabe es el silencio.

El Maestro Eckhart llegó a decir que Dios se aniquila para identificarse con nosotros y que el hombre tiene que anonadarse para llegar a ser uno con Dios. Nosotros buscamos la unión con Dios pero sin dejar de ser nosotros mismos. No puede funcionar. La simplicidad de las matemáticas nos puede ayudar. 1 + 1 siempre serán 2. Pero 1 x 1 = 1. Si el resultado de 1 x 1 lo vuelvo a multiplicar por 1, seguirá resultando 1. Es decir, la unidad con Dios no solo nos hace uno con Él sino que nos identifica con todos los seres.

Una de las pocas palabras que podemos asegurar que pronunció el mismo Jesús, es la de “abba”. Pero el concepto de padre que nosotros usamos en el aspecto humano, no es suficiente para expresar lo que Dios es para Jesús y para cada uno de nosotros. Los padres biológicos nos han trasmitido la vida, pero esa vida sigue sus propios derroteros. En el caso de la Vida, que Dios nos comunica, se trata de su única Vida, que se convierte en nuestra propia Vida sin dejar de ser la de Dios. Por lo tanto no hay posibilidad de independencia.

El ser humano Jesús había llegado a una experiencia de unidad total con Dios. Ya no había ninguna diferencia entre lo que era él y lo que era Dios en él, porque de él, de su falso yo, no quedaba absolutamente nada. Fijaros que para dar sentido a una adhesión a su persona, se muestra él mismo totalmente volcado sobre el Padre. Relacionarnos con Jesús es relacionarnos con Dios. Esta es la razón por la que, el Jesús que predicó el Reino de Dios, se convirtió, enseguida, en el objeto de la predicación de los primeros cristianos.

Jesús, como nuevo santuario, hace presente al Padre. No olvidemos que el diálogo se dirige a los “dirigentes judíos” en el Templo y en la fiesta de la Dedicación. El Padre se manifiesta en Jesús que realiza su obra creadora llevando al hombre a plenitud. No hay nada en Jesús que se encuentre fuera de Dios. Todo en él es expresión del Padre. Esa identifica­ción excluye toda instancia superior a él mismo. Los judíos no pueden encontrar nada en qué apoyarse para juzgarle. Ante él, solo cabe aceptación o rechazo, que es aceptar o rechazar a Dios.

Jesús al entregar su vida, viviendo para los demás, está identificándose con lo que es Dios. Así manifiesta su condición de Hijo. Al dar la vida muriendo, manifiesta, en plenitud, la verdadera Vida, que es la misma de Dios. Esa misma Vida es la que comunicará a los demás. Dios se la está comunicando a él y nos la está comunicando a todos. Jesús es así manifestación de Dios y modelo de Hombre. Donde hay amor hasta el límite, hay Vida sin límite. Para quien ama como Jesús amó, no hay muerte. Por eso la entrega de la vida es algo espontáneo. Es la disponibili­dad total que le constituye como Hijo.

Si Jesús promete la Vida al que escuche su voz, quiere decir que les está ofreciendo la misma Vida que él ha recibido del Padre. La vida que se trasmite del padre al hijo, es la misma vida del padre. Por eso se puede hablar de una identificación absoluta y total con el Padre.Recordemos las palabras de Juan en el discurso del pan de vida: "El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre, del mismo modo el que me come vivirá por mí". Son realidades que nos desbordan si tratamos de comprenderlas con la inteligencia.

 Meditación-contemplación

Jesús da Vida definitiva porque ha hecho suya la del Padre.
Son dos aspectos eminentemente pascuales.
No se trata de una Vida para el más allá.
Se trata de participar aquí y ahora de la misma Vida de Dios.
....................

Desde la vida biológica, en la que me encuentro,
debo acceder a la Vida Divina, que también está en mí.
A esta VIDA no le afecta la muerte,
por eso, cuando la vida biológica termina, AQUELLA continúa.
.....................

Tener fe, consiste en confiar en estas palabras de Jesús.
Es pasar ya, desde ahora, a esa Vida Nueva.
Nacer de nuevo a una Vida que ya no terminará.
Ahí encontraré la verdadera salvación.
........................

Fray Marcos



EL SÍNTOMA DE LA PERSECUCIÓN
Escrito por  José Enrique Galarreta
Jn 10, 27-30

Los textos de los Hechos y del Apocalipsis (y marginalmente también el evangelio) nos presentan una constante de la primera iglesia: la persecución.

Fueron primero las autoridades judías de Jerusalén (lectura de Hechos del domingo pasado). En Jerusalén morirán por su fe en Jesús Esteban y Santiago. Ahora son las de las sinagogas de Antioquía y se repetirán varias otras veces. La predicación de Pablo estará llena de ellas.

Y cuando la fe en Jesús se extienda por todo el Imperio Romano, se desatarán contra los cristianos otras persecuciones aún más terribles. Pedro y Pablo morirán en Roma en la persecución de Nerón. El Apocalipsis entero está escrito para confortar a los cristianos y mantener su fe en tiempos de persecución.

Y no es de extrañar, puesto que Jesús fue el primero. Jesús fue rechazado, y es éste un mensaje importante del cuarto evangelio: "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron". La gente prefería un Mesías político, los fariseos y escribas lo tuvieron por hereje y pecador, los sacerdotes vieron en él un peligro para su religión y su poder, y el poder político prefirió matar a un inocente antes que enemistarse con las autoridades judías.

Más tarde, los intelectuales, los políticos, los adoradores de otros dioses, seguirán la persecución.

Esta constante en la vida de Jesús y en la vida de la iglesia nos lleva a dos consideraciones. En primer lugar, por qué. En segundo lugar, cómo nos afecta a nosotros.

Jesús es perseguido y la iglesia es perseguida porque van contra los criterios del mundo, lo que Juan llama "el mundo", "las tinieblas", lo que Pablo llama "la carne", "el cuerpo".

Ser hijo de Dios, construir el reino, son desafíos a los que centran sus intereses en el poder, la posesión y disfrute de bienes... Andar por el mundo austeramente, sin mentir, sin perjudicar, respetando a los débiles, cuidando la naturaleza, dando la cara por la justicia... molesta.

Cuando lo hizo Jesús molestó tanto que lo quitaron de en medio. Ésta es una de las dimensiones existenciales del Reino: la oposición de "el pecado", por llamarlo con un nombre genéricamente aceptado. En frase de Pablo: "Todos los que quieran vivir religiosamente, como cristianos, sufrirán persecuciones" (2 Timoteo,3,12)

La segunda cuestión es nuestra situación ante la persecución. Es impensable que vivir los criterios del evangelio en un mundo que se rige por los opuestos no cueste ningún precio. En una sociedad tan "civilizada" como la nuestra el precio no será la condena a muerte, desde luego. Pero quizá sea no medrar en la empresa, no ser bien visto por el entorno social, no ser comprendido por tu familia, por tus padres o por tus hermanos o por tus hijos...

Si hacemos una apuesta valerosa por una vida austera, por un compromiso por los más pobres, por una fidelidad absoluta a que sólo se sirve a Dios si se sirve al prójimo... no podemos esperar que nos traten como a personas "normales", porque molestaremos.

Pero nos encontramos con el sorprendente fenómeno de que esto no sucede. Y la consecuencia es estremecedora: no sucede porque nuestro compromiso con el evangelio es deficiente.

Una de nuestras deficiencias más llamativas es la separación que hacemos entre la fe y el compromiso. Nos han atiborrado de dogmas y de cumplimientos cultuales, pero seguir a Jesús es vivir como Él. La historia de la Iglesia sabe mucho de personas, obispos, papas, órdenes religiosas... impecablemente ortodoxas y ajenas a toda austeridad de vida, a todo compromiso con la justicia, a todo sentimiento de servicio.

Ésa ha sido, no pocas veces, una Iglesia ortodoxísima, pero no seguidora de Jesús; y desde luego, no perseguida. Y no hablo de la Iglesia como institución oficial, ni de las Jerarquías de la Iglesia, sino de todos nosotros la iglesia, tengamos en ella el puesto que tengamos.

Cada uno sabrá, analizando a fondo su espíritu, qué persecuciones le costaría seguir a Jesús.

Habrá, desde luego, una persecución desde dentro, la rebelión de "la carne" contra "el espíritu". En un mundo como el que vivimos, tan solicitados por innumerables "valores" que no son los de Jesús, cobran mayor fuerza que nunca conceptos como "vencerse a sí mismo", "elegir la senda empinada". Y creo que nos es especialmente aplicable el "no podéis servir a dos señores". Cada uno deberá hacerse la pregunta: "¿qué me cuesta mi fe?". Si no me cuesta nada es que no vale nada.

Me temo también que los dos señores a los que servimos son por un lado la fe teórica, la que profesamos en el Credo de la Misa, tan teológico y tan ignorante de toda práctica, y, por otro, nuestra condescendencia con los valores normales de nuestra sociedad.

Servimos al primer señor porque tranquiliza nuestra conciencia religiosa. Y servimos al segundo porque nos apetece. El maridaje de estos dos señores se completa con el descubrimiento tranquilizador de Dios Padre. Nuestra mediocridad no importa, puesto que Dios me seguirá perdonando. Y una vez más hemos dejado a Dios Padre en pura teoría, porque Dios Padre significa que somos hijos y si no lo somos pierde su significado.

El mundo entero vive una coyuntura histórica en la que la fuerza del pecado multiplicada por la ciencia y la tecnología está poniendo ya en peligro la subsistencia de la humanidad y hasta del planeta. Cada vez más pobres y cada vez más explotados. Cada vez más corrupción en los ámbitos del poder. Cada vez más peligro de que el planeta sea inhabitable... Los que quieran seguir a Jesús tendrán que tomarse en serio la salvación de la humanidad. También ellos disponen de la ciencia y de la tecnología y de todo lo que el ser humano posee para multiplicar la eficacia del Espíritu.

Si creemos que Jesús es el Salvador, o nos convertimos en salvadores, en creadores y defensores de humanidad, o no somos de Jesús. Aunque cueste persecución.

Estas consideraciones, sin embargo, no deben hacernos olvidar el marco completo del mensaje de Jesús. Nuestra incorporación al Reino, nuestro seguimiento de Jesús, no se agota ni siquiera se define preferentemente por la cruz, la persecución. La cruz, la persecución son el precio, pero sólo el precio de "El Tesoro".

Lo de Jesús sigue siendo "la Gran Noticia", y el estado de ánimo del que sigue a Jesús es siempre la alegría, la paz, la gratitud. Vendemos un campo, pero porque hemos encontrado un tesoro.

Haciendo una aplicación, con todo respeto y temor, a la vida misma de Jesús, podemos pensar que de ninguna manera se puede pensar en mejor vida, más satisfactoria, más plena, más humana y divina. Su destino es el mejor, y su satisfacción interior tuvo que ser radiante. A pesar de los trabajos, a pesar de las persecuciones, a pesar de la cruz. Porque estaba en el Reino, estaba en las cosas de su Padre.

Pero es siempre una satisfacción, una alegría y una paz que nacen de dentro, no se reciben de fuera. Es esto también un modelo perfecto para nosotros.

Por encima de todas las satisfacciones que vienen de fuera, lo nuestro es sentirnos bien desde dentro. Mejor que buscar tesoros pequeños y perecederos, buscamos servir a los hijos de nuestro Padre. Y nos encontramos con que, a cualquier precio, en medio de cualquier persecución, no se cambia ni se enturbia la fuente profunda de nuestro bien-estar, que nace de la seguridad de poseer el tesoro, de estar donde debemos estar, en las cosas de nuestro Padre.

 José Enrique Galarreta


ASESINADAS, PERO VIVAS PARA SIEMPRE
José Luis Sicre, SJ.

Cuatro Religiosas Misioneras de la Caridad, la Congregación fundada por la madre Teresa de Calcuta, han sido degolladas por un comando de hombres armados que han atacado su convento esta mañana, en la ciudad yemení de Adén.

Más de 7.000 cristianos asesinados en 2015
Ese es el cálculo de la organización de derechos humanos “Manos Abiertas”, sin tener en cuenta los perseguidos en Corea del Norte, Irak y Siria, de los que carece de datos.

Quien lee las dos primeras lecturas de este domingo no se extraña de que ocurran estas persecuciones. Lo desconcertante es lo que promete el evangelio.

Insultos y expulsión (Hechos de los apóstoles 13,14. 43-52).
La liturgia ha omitido los versículos 15-42, provocando algo absurdo. Al final del v.14 se dice Pablo y Bernabé “tomaron asiento”; e inmediatamente se añade que “muchos judíos y prosélitos se fueron con ellos”. Entonces, ¿para qué toman asiento?

Si no hubieran mutilado el texto habría quedado claro que se sientan para tomar parte en la liturgia del sábado. Al cabo de un rato, les invitan a hablar, y Pablo hace un resumen muy rápido de la historia de Israel para acabar hablando de Jesús. Ahora se comprende que, al terminar la ceremonia, muchos judíos y prosélitos se fueran con los apóstoles. Pero, al cabo de una semana, cuando vuelven a la sinagoga, la situación será muy distinta. Los judíos responden a Pablo y Bernabé con insultos. Más tarde, incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio. Dentro de lo que cabe, tuvieron suerte. Más adelante apedrearán a Pablo hasta darlo por muerto.

Martirio y victoria (Apocalipsis 7,9.14b-17)
Cuando el cristianismo comenzó a difundirse por el imperio, encontró pronto la oposición de las autoridades romanas y de la gente sencilla. Veían a los cristianos como gente impía, que daba culto a un solo dios en vez de a muchos, inmoral, enemiga del emperador, al que no querían reconocer como Señor, etc. El punto final en bastantes casos fue la muerte, como ocurrió a Pedro, Pablo y a los otros durante la persecución de Nerón (lo que cuenta el historiador romano Tácito impresiona por la crueldad con que se los asesinó). Sin embargo, la lectura del Apocalipsis no se centra en sus sufrimientos sino en su victoria.

Amenaza y vida eterna (Juan 10,27-30)
En comparación con las dos lecturas anteriores, que hablan de las persecuciones en sus diversas formas, con expulsión y con muerte, el evangelio de hoy resulta a primera vista muy suave, casi idílico: las ovejas con su pastor, atendiendo a su llamada, siguiéndolo. Ningún loco a la vista. Sin embargo, Jesús menciona dos veces a algunos que intentan “arrebatarlas de mi mano” y de la mano de mi Padre. No tendrán éxito. Pero la amenaza está presente.

Cuando se leen las palabras del evangelio mirando a esas cuatro religiosas sonrientes se entiende muy bien la primera parte: ellas han escuchado la voz de Jesús, le han seguido a trabajar con las personas más marginadas. Y, por contraste, se entiende igualmente la verdad de la segunda: las han asesinado (la foto del cuarto lleno de sangre no tiene nada de idílico ni romántico), pero “no las han arrebatado de mi mano”, Jesús les ha dado la vida eterna. Es el mensaje de la Pascua encarnado en el siglo XXI: por la muerte a la vida. Que Dios nos conceda la fe necesaria para creer en su palabra.

José Luis Sicre



Una sola flor
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Aunque este año sigue luchando con el frío la primavera nos va llegando. Es hora de darle la bienvenida con un soneto. Nunca olvidemos que la primavera empieza dentro.

A UNA SOLA FLOR
Si del color la frágil primavera
sobre el azul pintara una sonrisa
para igualar el beso de la brisa
y al instante enseguida se muriera;

si hiciera de la luz su prisionera
y cantara su esencia tan deprisa
como el jilguero hiere la imprecisa
pureza de la tarde en la ribera;

si el mismo Dios bajara para verme
y dejarme una huella de sí mismo
tan fugaz y tan bella como un verso,

no vendría en el trueno o en el abismo
ni en la doliente luna que en mi duerme,
sino en la flor que abraza al universo.

Pedro Miguel Lamet, SJ.


Amoris laetitia: giro en la enseñanza de la Iglesia
Jorge Costadoat, SJ.

Con Amoris laetitia el Papa Francisco cierra un ciclo de discernimiento sobre la familia que ha supuesto la realización de dos sínodos (2014 y 2015), para actualizar la enseñanza de la Iglesia sobre el tema.

¿En qué consiste su novedad? Amoris laetitia es rica en la descripción de situaciones, ofrece palabras nuevas a las más diversas personas, recoge la experiencia pastoral de las últimas décadas y abunda en consejos de gran sabiduría.

¿Cuál es la novedad de las novedades? La exhortación constituye un perfeccionamiento doctrinal y pastoral, pero también un giro en el modo de plantear la moral sexual y familiar católica.
Si hasta ahora la jerarquía eclesiástica había puesto el acento en la doctrina, desde ahora habrá de tener más en cuenta la realidad de las personas y de las familias. Especialmente los innumerables casos de sufrimiento y de fracasos, merecen una palabra evangélica de acogida, de aliento y de orientación. En las últimas décadas muchos han podido pensar que el Evangelio y la doctrina son lo mismo. No lo son. En la Iglesia la doctrina constituye un modo de traducir el Evangelio en enseñanzas concretas. El Papa Francisco quiere sobre todo anunciar el Evangelio a las personas, a los matrimonios y a las familias “reales”, y no tanto a las “ideales”.

El tono y el contenido de Amoris laetitia recuerda el anuncio que Jesús hizo a todos del reino de Dios, especialmente a los pobres y los marginados por no poder cumplir con los preceptos de la Ley. En la actualidad estos son los niños abandonados, los ancianos sin hogar, las mujeres víctimas de la violencia, los esposos traicionados, las personas que han fracasado en su matrimonio, las segundas familias, los convivientes y tantos otros. Francisco ha querido decirles que Dios los ama, que se amen, que sean responsables en sus relaciones afectivas, que se arrepientan del daño que han podido causar a otros, que crezcan como personas, y que cuenten siempre con la compañía de los ministros de la Iglesia. El Papa no equipara las uniones del mismo sexo a los matrimonios sacramentales, pero exige respeto y acogida a las personas homosexuales.

La exhortación también es evangélica porque, como Jesús, propone altos ideales y apela a la conciencia de las personas en la aplicación a casos particulares complejos. Procura formar estas conciencias, pero jamás suprimir la libertad con que los padres y los matrimonios deben discernir lo que en cada circunstancia de la vida Dios pide para sacar adelante sus familias.

Esto es claro en temas como el control de natalidad y la comunión de los divorciados vueltos a casar. En ambos casos Amoris laetitia mantiene la enseñanza tradicional. Y en ambos la novedad consiste en subrayar la responsabilidad de las parejas. ¿Cómo ejercer la paternidad responsable? Vean los mismos matrimonios que métodos usar. ¿Podrán comulgar en misa los divorciados vueltos a casar? Los episcopados tendrán que ver manera de integrarlos lo más posible a la comunidad eclesial, acompañarlos en el discernimiento de su situación y respetar sus decisiones. La propuesta es válida para todos, pues la misericordia de la Iglesia no debiera excluir a nadie.

Jorge Costadoat, SJ.



RESUCITAR
Escrito por  José Arregi

No frecuento las salas de cine, y solo por la prensa y algún tráiler conozco la película recién estrenada ‘Resucitado’. El director –no tiene poco mérito solo por haberse atrevido– vuelve a la historia de Jesús de Nazaret narrada por los Evangelios y a centrarse en la cuestión más espinosa: ¿Qué pasó con Jesús después de su terrible muerte en la cruz?
Su cadáver ha desaparecido y en Jerusalén circulan rumores de que ha vuelto a la vida. Si fuera así, sería el Mesías. Pilato, el procurador romano que lo había condenado a la terrible pena de la cruz, empieza a temer y encarga al centurión Clavius que busque el cadáver como sea, para acabar con los rumores y evitar un posible levantamiento “cristiano” o “mesiánico” (que significan lo mismo) por parte de los seguidores del profeta nazareno. Pero el cadáver no aparece, y el mismo Clavius empieza a dudar: ¿será el Mesías?

Parece que la película acierta a construir una historia que capta y sostiene el interés del espectador. No creo, sin embargo, que acierte a tratar el asunto de fondo, la resurrección, como nuestro tiempo lo demanda. A pesar de ello, la película, según cuenta Religión Digital, ha contado con el visto bueno del Vaticano y del propio Papa Francisco, y también con el del arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, que incluso ha posado con los actores.

Como cristiano que quiero ser y busco decir mi fe de manera creíble, me da pena, no por la película –que será buena si la historia, la ambientación y los actores son buenos, y parece que lo son–, sino porque constato de nuevo que la institución eclesial sigue anclada en parámetros del pasado. En parámetros que se han vuelto totalmente ajenos para nuestra sociedad en masa desde los 65 años para abajo. ¿Quieren hablar de Dios, de Jesús, de la Pascua, solo a los jubilados, y aun solo a una pequeña parte de ellos? ¿Creen realmente que el Evangelio puede ser todavía levadura y aliento para nuestra sociedad moderna del conocimiento? ¿O han desistido del todo? ¿O piensan que pueden seguir hablándonos hoy con el lenguaje de ayer? Nadie les entiende.

La institución eclesial y la teología oficial –y esta película de ahora– siguen encerrando el anuncio pascual, el mensaje de la resurrección, la buena noticia de la Vida en imágenes, conceptos, cosmovisiones del pasado: la resurrección como un hecho físico ocurrido al tercer día, la desaparición milagrosa del cadáver, la aparición igualmente milagrosa y selectiva de Jesús resucitado solo a algunos… Es como seguir diciendo que este mundo maravilloso fue creado en seis días, que el ser humano apareció en nuestro planeta por una intervención divina “especial” o que el sol gira en torno a la luna.

Es verdad que la Biblia y los evangelios lo cuentan así, pero seguir leyendo la Biblia y los evangelios de esa manera, a la letra, y empeñarnos en que la fe pascual conlleva la creencia literal en todo ese aparato imaginario y conceptual equivale a ser profundamente infieles al mensaje de la Biblia y del Evangelio.

La resurrección no sucede en nuestros parámetros de tiempo y lugar. No es temporal ni intemporal, sino transtemporal. No es espacial ni a-espacial, sino transespacial. No es histórica ni a-histórica, sino transhistórica. No la podemos imaginar, porque nuestras neuronas solo pueden imaginar 3 dimensiones. Pero la Resurrección o Dios o el Espíritu Vital no se pueden encerrar en nuestras 3 dimensiones ni en todas las otras que pudiéramos conocer o manejar.

Así pues, Jesús no resucitó “al tercer día” en Jerusalén, sino cada día de su vida, cuando respiraba el Espíritu de la Vida lleno de confianza, cuando era prójimo bueno y feliz, alentaba a los pobres a liberarse de su miseria, se enfrentaba al poder político y religioso, anunciaba y realizaba un mundo libre y fraterno, contaba parábolas consoladoras y provocadoras, curaba enfermos y les decía: “Levántate”, compartía la mesa con los excluidos de la sociedad y de la religión… Jesús resucitó en su vida, cuando vivía y hacía vivir. Por eso resucitó también en la cruz, cuando entregó del todo su aliento vital.

Lo mismo nosotros. No resucitaremos “al fin del mundo”, ni en el “valle de Josafat” o en “el otro mundo”. Como Jesús, resucitamos en cada instante de bondad creativa –por incipiente y fragmentaria que sea– de nuestra vida cotidiana. Resucitamos a la Vida cuando acogemos a los refugiados –el Viviente se nos hace presente en ellos–, y si no los acogemos nos morimos. Resucitamos a la Vida cuando resucitamos a los que mueren: está en nuestras manos. Está en nuestras manos, por ejemplo, resucitar a esos niños –2 cada día– que se ahogan en el Egeo y el Mediterráneo, y van más de 340 niños y niñas ahogadas en los últimos 6 meses en el Mediterráneo, convertido en “la fosa común más grande del mundo” (Nuria Díaz, portavoz de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado). ¿Cómo los resucitaremos? Recibiendo en nosotros, respirando hondamente su tierno, poderoso, aliento vital, y haciéndolo revivir en todos los niños y niñas amenazadas de muerte. Resucítalos y estarás resucitando.

Si tus entrañas se compadecen, si tus manos se abren, si en tu desaliento te levantas, si vuelves a confiar en el otro, si tu mirada se amplía, entonces resucitas como Jesús, como toda vida buena, como la semilla y la hoja en primavera.

Escucha en lo más hondo de ti las palabras del resucitado a María de Magdala: “¿Por qué lloras, María? ¿Por qué buscas el cadáver? ¿Por qué te aferras al pasado? No te apegues a la forma perdida. Descubre la vida, la presencia nueva. Vive”. Escucha lo que dice el misterioso caminante pascual a la pareja de Emaús: “¿Por qué volvéis atrás y camináis cabizbajos? ¿Por qué creéis en el poder de Pilato, en las mentiras europeas, en la dictadura financiera más que en el poder del Espíritu? ¿Por qué creéis en la muerte más que en la vida? Abrid vuestra mente, vuestro corazón, vuestras manos. Creed en la vida nueva. Construid un futuro nuevo. Resucitad cada día al ‘más allá’ divino que es el corazón del ‘más acá’”.

José Arregi
(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS el 3 de Abril de 2016)


EL ENGAÑO QUE NOS IMPIDE VER  
Enrique Martínez Lozano

Meditar para ver. La mente en un gran baúl de etiquetas: “agradable / desagradable”, “bonito / feo”, “importante / insignificante”, “amigo / enemigo”… En realidad, pensar no es otra cosa que sobreimponer nombres y formas a la realidad.

Con frecuencia, en el uso de las etiquetas de que dispone, la mente busca proteger al yo, responder a sus necesidades y fortalecerlo en su (ilusoria) sensación de identidad separada.

La mente se afana en esta tarea especialmente cuando el yo se ve amenazado, lo cual suele ocurrir con frecuencia en el campo de las relaciones interpersonales.

Para defenderse, autoafirmarse o destacar, el yo echa mano de etiquetas que tienden a descalificar a los otros. De ese modo, obtiene una sensación de seguridad y de superioridad, en las que se amuralla para tratar de exorcizar la inseguridad que lo atenaza.

Con ese modo de hacer, el yo fortalece, simultáneamente, su tendencia a la separación y a la rutina. Por lo que, en la medida en que nos identificamos con él, nos privamos de vivir la unidad que somos e impedimos experimentar la novedad del presente.

Necesita de la separación y del contraste –vive en la permanente comparación–, porque solo de ese modo puede autoafirmarse: viendo a los demás “frente a” él. Si la persona se instala en ese engaño, queda cegada para percibir la unidad que compartimos.

Por otro lado, se acomoda a la rutina, que le proporciona cierta sensación de seguridad, porque pensar no es sino poner nombres (conocidos) a todo lo que acontece. Por eso, cada vez que “etiquetamos”, nos cerramos a la novedad única que una persona o un acontecimiento encierran.

La consecuencia es clara: se incrementan la soledad y el aburrimiento. Es el destino del yo. Pero, dado que esas sensaciones también le incomodan, se verá lanzado de un modo compulsivo a buscar compensaciones, por la vía de la “distracción” permanente. Distraído y narcotizado, el yo tratará de sobrevivir, en una especie de noria hedonista, que no le conduce a ninguna parte, como no sea a incrementar el sufrimiento.

La identificación con la mente nos encierra en una prisión, hecha de ignorancia, en la que nos reducimos a circunstancias impermanentes, viviendo desconectados de nuestra verdadera identidad.

Enrique Martínez Lozano