sábado, 12 de marzo de 2016

REVOLUCIÓN IGNORADA - José Antonio Pagola


REVOLUCIÓN IGNORADA - José Antonio Pagola

Le presentan a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. Todos conocen su destino: será lapidada hasta la muerte según lo establecido por la ley. Nadie habla del adúltero. Como sucede siempre en una sociedad machista, se condena a la mujer y se disculpa al varón. El desafío a Jesús es frontal: «La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. Tú ¿qué dices?».

Jesús no soporta aquella hipocresía social alimentada por la prepotencia de los varones. Aquella sentencia a muerte no viene de Dios. Con sencillez y audacia admirables, introduce al mismo tiempo verdad, justicia y compasión en el juicio a la adúltera: «el que esté sin pecado, que arroje la primera piedra».

Los acusadores se retiran avergonzados. Ellos saben que son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad. Entonces Jesús se dirige a la mujer que acaba de escapar de la ejecución y, con ternura y respeto grande, le dice: «Tampoco yo te condeno». Luego, la anima a que su perdón se convierta en punto de partida de una vida nueva: «Anda, y en adelante no peques más».

Así es Jesús. Por fin ha existido sobre la tierra alguien que no se ha dejado condicionar por ninguna ley ni poder opresivo. Alguien libre y magnánimo que nunca odió ni condenó, nunca devolvió mal por mal. En su defensa y su perdón a esta adúltera hay más verdad y justicia que en nuestras reivindicaciones y condenas resentidas.

Los cristianos no hemos sido capaces todavía de extraer todas las consecuencias que encierra la actuación liberadora de Jesús frente a la opresión de la mujer. Desde una Iglesia dirigida e inspirada mayoritariamente por varones, no acertamos a tomar conciencia de todas las injusticias que sigue padeciendo la mujer en todos los ámbitos de la vida. Algún teólogo hablaba hace unos años de «la revolución ignorada» por el cristianismo.

Lo cierto es que, veinte siglos después, en los países de raíces supuestamente cristianas, seguimos viviendo en una sociedad donde con frecuencia la mujer no puede moverse libremente sin temer al varón. La violación, el maltrato y la humillación no son algo imaginario. Al contrario, constituyen una de las violencias más arraigadas y que más sufrimiento genera.

¿No ha de tener el sufrimiento de la mujer un eco más vivo y concreto en nuestras celebraciones, y un lugar más importante en nuestra labor de concienciación social? Pero, sobre todo, ¿no hemos de estar más cerca de toda mujer oprimida para denunciar abusos, proporcionar defensa inteligente y protección eficaz?

5 Cuaresma - C
(Juan 8,1-11)
13 de marzo 2016



A TUS PIES
Escrito por  Florentino Ulibarri

Aquí estoy, Señor, a tus pies,
asustada, y aturdida,
temblorosa y silenciosa,
estremecida y expectante,
sabiendo que he llegado acusada,
pero sintiendo que avivas, en mi corazón,
las cenizas del deseo y la esperanza
y despiertas, con tu mirada y roce
mis entrañas yermas.

Aquí estoy, Señor, a tus pies
rodeada por quienes ves
y sus corazones de piedra,
abrumada por mis hechos
y mi conciencia mal enseñada,
juzgada y condenada
sin poder decir una palabra.
Soy carne despreciada y chivo expiatorio
de quienes pueden y mandan

Aquí estoy, Señor, a tus pies
sin dignidad ni autoestima,
con los ojos desorientados
pero con el corazón palpitando,
con el anhelo encendido,
con el deseo disparado,
aguardando lo que más quiero – tu abrazo–,
luchando contra mis fantasmas y miedos,
desempolvando mi esperanza olvidada,
y nuestros encuentros y promesas enamoradas.

Aquí estoy, Señor, a tus pies,
medio cautiva, medio avergonzada,
necesitada, sin entender nada...
pero queriendo despojarme
de tanto peso e inercia,
rogándote que cures las heridas de mi alma
y orientes mis puertas y ventanas
hacia lo que no siempre quiero
y, sin embargo, es mi mayor certeza.

Aquí estoy, Señor, a tus pies.,
¡Tú sabes cómo!



¿EN NOMBRE DE QUÉ DIOS SEGUIMOS CONDENANDO?
Escrito por  Fray Marcos
Jn 8, 1-11

La principal característica de las tres lecturas de hoy es que nos invitan a mirar hacia adelante. Isaías desde la opresión del destierro, promete algo nuevo para su pueblo. Pablo quiere olvidarse de lo que queda atrás y sigue corriendo hacia la meta. Jesús abre a la adúltera un horizonte de futuro que los fariseos estaban dispuestos a cercenar. El encuentro con el verdadero Dios nos empuja siempre hacia lo nuevo. En nombre de Dios nunca podemos mirar hacia atrás. A Dios no le interesa para nada nuestro pasado. A mí debía interesarme, solo en cuanto me permite descubrir mis verdaderas posibilidades de futuro.

El texto que acabamos de leer, está en un contexto artificial. No se encuentra en ningún otro evangelista y, seguramente ha sido añadido al evangelio de Jn. No aparece en los textos griegos más antiguos y ninguno de los Santos Padres lo comenta. Está más de acuerdo con la manera de redactar de Lc; incluso aparece incorporado a este evangelio en algunos códices. Está garantizado que es un relato muy antiguo y su mensaje está muy de acuerdo con todos los evangelios, incluido el de Juan. Puede ser que la supresión y los cambios se deban a su mensaje de tolerancia, que se podía interpretar como laxitud o permisividad.

En el relato, se destaca de manera clara el “fariseísmo” de los letrados y fariseos, acusando a la mujer y creyéndose ellos puros. No aceptan las enseñanzas de Jesús, pero con ironía le llaman “Maestro”. El texto nos dice expresamente que le estaban tendiendo una trampa. En efecto, si Jesús consentía en apedrearla, perdería su fama de bondad e iría contra el poder civil, que desde el año treinta había retirado al Sanedrín la facultad de ejecutar a nadie. Si decía que no, se declaraba en contra de la Ley, que lo prescribía expresamente. Como tantas veces, los jefes religiosos están buscando la manera de justificar la condena de Jesús.

Si los pescaron “in fraganti”, ¿dónde estaba el hombre? (La Ley mandaba apedrear a ambos). Hay que tener en cuenta que se consideraba adulterio la relación sexual de un hombre con una mujer casada, no la relación de un casado con una soltera. La mujer se consideraba propiedad del marido, con el adulterio se perjudicaba al marido, por apropiarse de algo que le pertenecía (la mujer). Cuando el marido era infiel a su mujer con una soltera, su mujer no tenía ningún derecho a sentirse ofendida. ¡Qué poco han cambiado las cosas! Hoy seguimos midiendo con distinto rasero la infidelidad del hombre y de la mujer. Por cada prostituta tiene que haber cientos de prostitutos. Qué pocas veces se tiene esto en cuenta.

No se trata, pues, de un pecado sexual sino de un pecado contra la propiedad privada. Llevamos dos milenios tergiversando los textos con la mayor naturalidad. Decimos “palabra de Dios” pero no tenemos empacho alguno a la hora de distorsionarla. La Biblia apenas habla de la sexualidad, no era para ellos un problema, no estaban obsesionados con el tema. La obsesión enfermiza que nos ha inoculado la Iglesia no tiene nada que ver con el mensaje de la Biblia. Ni el AT ni el NT hacen hincapié en un tema, que nos ha traumatizado a todos.

Aparentemente Jesús está dispuesto a que se cumpla la Ley, pero pone una simple condición: que tire la primera piedra el que no tenga pecado. El tirar la primera piedra era obligación o “privilegio” del testigo. De ese modo se quería implicar de una manera rotunda en la ejecución y evitar que se acusara a la ligera a personas inocentes. Tirar la primera piedra era responsabilizarse de la ejecución. Nos está diciendo que aquellos hombres, todos, acusaban, pero nadie quería hacerse responsable de la muerte de la mujer.

En contra de lo que nos repetirán hasta la saciedad durante estos días, Jesús perdona a la mujer, antes de que se lo pida; no exige ninguna condición. No es el arrepentimiento ni la penitencia lo que consigue el perdón. Por el contrario, es el descubrimiento del amor incondicional, lo que debe llevar a la adúltera al cambio de vida. Tenemos aquí otro gran tema para la reflexión. El “perdón” por parte de Dios es lo primero. Cambiar de perspectiva será la consecuencia de haber tomado conciencia de que Dios es Amor y está en mí.

Es incomprensible e inaceptable que después de veinte siglos, siga habiendo cristianos que se identifiquen con la postura de los fariseos. Sigue habiendo “buenos cristianos” que ponen el cumplimiento de la “Ley” por encima de las personas. La base y fundamento del mensaje de Jesús es precisamente que, para el Dios de Jesús, el valor primero es la persona de carne y hueso, no la institución ni la “Ley”. El PADRE estará siempre con los brazos abiertos para el hermano menor y para el mayor. El Padre no puede dejar de considerar hijo a nadie.

La cercanía que manifestó Jesús hacia los pecadores, no podía ser comprendida por los jefes religiosos de su tiempo porque se habían hecho un Dios a su medida, justiciero y distante. Para ellos el cumplimiento de la Ley era el valor supremo. La persona estaba sometida al imperio de la Ley. Por eso no tienen ningún reparo en sacrificar a la mujer en nombre de ese Dios inmisericorde. Jesús nos dice que la persona es el valor supremo y no puede ser utilizada como medio para conseguir nada. Todo tiene que estar al servicio del individuo. La causa del Dios es la causa de cada ser humano. Lo más contrario a Dios es machacar a un ser humano, sea con el pretexto que sea. Nadie se acerca a Dios alejándose del hombre.

Ni siquiera debemos estar mirando a lo negativo que ha habido en nosotros. El pecado es siempre cosa del pasado. No habría pecado ni arrepentimiento si no tuviéramos conciencia de que podemos hacer las cosas mejor de lo que las hemos hecho. Con demasiada frecuencia la religión nos invita a revolver en nuestra propia mierda, sin hacernos ver la posibilida­d de lo nuevo, que seguimos teniendo, a pesar de nuestros fallos. Dios es plenitud y nos está siempre atrayendo hacia Él. Esa plenitud hacia la que tendemos, siempre estará más allá. Será como un anhelo de lo no conseguido que nos dejará sin aliento.

En la relación con el Dios de Jesús tampoco tiene cabida el miedo. El miedo es la consecuencia de la inseguridad. Cuando buscamos seguridades, tenemos asegurado el miedo. Miedo a no conseguir lo que deseamos, o miedo a perder lo que tenemos. Una y otra vez Jesús repite en el evangelio: "no tengáis miedo". El miedo paraliza nuestra vida espiritual, metiéndonos en un callejón sin salida. El descubrimiento al verdadero Dios tiene que ser siempre liberador. La mejor prueba de que nos relacionamos con un ídolo, creado por nosotros y no con Dios, es que nuestra religiosidad produce miedos.

El evangelio nos descubre la posibilidad que tiene el ser humano de enfocar su vida de una manera distinta a la habitual. La “buena noticia” consiste en que el amor de Dios al hombre es incondicional, es decir no depende de nada ni de nadie. Dios no es un ser que ama sino el amor. Su esencia es amor y no puede dejar de amar sin destruirse a sí mismo. Nosotros seguimos empeñados en mantener la línea divisoria entre el bueno y el malo. Fijaros que Jesús lo que hace es destruir esa línea divisoria. ¿Quién es el bueno y quien es el malo? ¿Puedo yo dar respuesta a esta pregunta? ¿Quién puede sentirse capacitado para acusar a otro sin contemplaciones? El fariseísmo sigue arraigado en lo más hondo de nuestro ser.

Recordemos el evangelio del domingo pasado. La adúltera ha desplegado el hermano menor y se cree digna de condena. Los fariseos actúan desde el hermano mayor y se creen con derecho a condenar. Jesús está ya identificado con el Padre y unifica los tres. Tanto el menor como el mayor tienen que ser superados. Una vez más descubrimos que el menor está dispuesto a cambiar con más facilidad que el mayor. Seguimos empeñados en echar la culpa al otro, y en consecuencia, siempre será el otro el que tiene que cambiar.

Meditación-contemplación

Tampoco yo te condeno.
Jesús nos dice, sin paliativos, que Dios no condena.
Todo aquel que se atreve a condenar, no habla en nombre de Dios.
Mientras esto no lo tenga claro, no daré un paso en la vida espiritual.
.............................

Si uno te ayuda a descubrir tus fallos,
te está ayudando a encontrar el camino de tu plenitud.
Si alguien te convence de que eres una mierda,
te está metiendo por un callejón sin salida.
.........................

Dios no es un ser que ama. DIOS ES AMOR y solo amor.
Cuando atribuimos cualidades a Dios, lo ridiculizamos.
Si descubro ese AMOR en lo más hondo de mí,
todo mi ser quedará empapado, trasformado en amor.
..........................

 Fray Marcos



LA HUMANIDAD ES UNA COMUNIDAD DE PECADORES
Escrito por  José Enrique Galarreta
Jn 08, 01-11

El fragmento se inserta en la penúltima estancia de Jesús en Jerusalén, con motivo de la "Fiesta de las Tiendas", una gran fiesta religiosa anual que se celebraba desde antes del Exilio. Es la fiesta del cumplimiento de la Promesa, la fiesta mesiánica por excelencia.

El símbolo fundamental era el agua, como signo de abundancia y de bendición de Dios, y las chozas de ramaje que se hacían alrededor de la ciudad, recordando la peregrinación por el desierto, desde las que se hacían procesiones rituales a las fuentes de Gijón, que brotaban en la ladera sudeste de la colina del Templo y derramaban el agua a la piscina de Siloé. Jesús ha aprovechado este simbolismo para declararse:

Si alguno tiene sed, que venga a mí,
que beba el que cree en mí.
Como dice la Escritura,
de su seno brotarán corrientes de agua viva.

Todo ello provoca la áspera disputa con las autoridades sobre la autoridad de Jesús, y discusiones entre la gente acerca de Jesús. Finalmente, los jefes mandan una patrulla para prenderle, pero los guardias se vuelven sin arrestarle diciendo: "¡Jamás hombre alguno ha hablado como ese hombre!". ¡Qué admirable poder de la presencia y la palabra de Jesús, que deja embobados e inermes incluso a los policías que van a detenerle!

En este contexto se inserta el pasaje del evangelio de hoy. No es un texto original de Juan: es una adición posterior. Por sus características internas y literarias se parece mucho a Lucas. Incluso en algunos manuscritos antiguos se coloca en Lucas, después del 21, 38, es decir, al final de las últimas discusiones en el templo, inmediatamente antes del relato de la Pasión. De todas maneras nadie discute su autenticidad y es seguro que es un relato contemporáneo a los Evangelios, desplazado aquí por razones que conocemos mal.

El relato se podría incluir entre las "trampas" que se van poniendo a Jesús para desautorizarle. La discusión sobre el tributo al César, la cuestión de la Resurrección, el primer Mandamiento, el cuestionamiento de su autoridad... Esta vez la trampa es mortal. Condenar a la mujer, aparte de posibles problemas jurídicos sobre autoridad para condenar a muerte, supone que toda la doctrina del perdón no se lleva a la práctica. Perdonar a la mujer significa quebrantar la Ley de Moisés, "autorizar" el pecado. Es una trampa perfecta, rabínica, un callejón sin salida.

Jesús tenía una escapatoria; como lo hizo en Lucas 12,13 podía decir: ¿quién me ha nombrado a mi juez en Israel? Pero entonces lapidarían a la mujer. Y es eso lo que quiere evitar Jesús, a toda costa.

La escena, por otra parte, es soberbia, incluso literariamente: el escenario, un pórtico del Templo. Multitud de gente rodeando a Jesús, sentado, como un rabino prestigioso. Un espacio libre en el centro, y allí, la mujer en pie y los sabios y santos del pueblo acosando a Jesús...

Como siempre, sin embargo, Jesús demuestra que todas esas dificultades están situadas en plano jurídico humano muy inferior, y "vuela" sobre ellas en una interpretación mucho más profunda. Varias son las frases determinantes.

"Aquél de vosotros que esté sin pecado, que tire la primera piedra"

¿Quién es el hombre para juzgar de los pecados de los hombres? La primera tremenda verdad que pasaban por alto aquellos jefes religiosos es que se consideran jueces de la conciencia de los demás. Y esto pertenece sólo a Dios.

Pero, por encima de esto, hay otra lección más profunda, repetida en varios momentos por Jesús: ¿Por qué te consideras justo? La humanidad no está dividida en "justos" y "pecadores". La humanidad es una comunidad de pecadores, por lo que necesita del perdón para sobrevivir.

(La viga en tu ojo y la paja en ojo ajeno - El Fariseo y el Publicano - La parábola de los dos deudores - Todo ello culminación de la estupenda intuición del libro de Jonás: "pues si tú te contristas porque muere un arbusto, ¿no se va a preocupar Dios de la muerte de tantos hombres...?" Y, por encima de todo, la Parábola del Hijo Pródigo, que leímos el domingo pasado, en que muestra cómo es Dios respecto a los pecadores.)

Pero hay que recordar aquí que los escribas y los fariseos no hacen más que aplicar la ley, la ley de Moisés, la ley de "Dios":

§ LEVÍTICO 2,10: si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto, tanto el adúltero como la adúltera.
§ DEUTERONOMIO 22,22: si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos... Así harás desaparecer de Israel el mal.

¿Es que para Jesús La Ley no es válida? ¿No hay que cumplir la Ley de Dios? ¿No es Palabra de Dios?

Al responder a esta pregunta nos encontramos con dos sorpresas, fundamentales para entender lo de Jesús:

1. Que sólo podemos afirmar que el Antiguo testamento es Palabra de Dios cuando es recogido por Jesús. Cuando es superado, corregido o negado por Jesús (recordemos Mateo 5,43 "Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos...") no podemos entenderlo más que como pura provisionalidad, la manera, imperfecta, de entender la Palabra que se hizo en un tiempo muy lejano a la mentalidad de Jesús.

2. Que Jesús supera la Ley en un sentido muy profundo: salvar a la persona es antes que cumplir la ley. Los escribas y fariseos quieren observar la ley matando a la persona. Jesús quiere salvar a la persona aun forzando la ley. No es el hombre para el Sábado sino el Sábado para el hombre.

Así, Jesús revela a Dios. Dios no es el que busca la justicia por el castigo. Dios es el que quiere salvar del pecado. Y nosotros los hombres o somos así o vamos contra Dios. Salvar al pecador, liberar del pecado es la obsesión de Jesús. Y por eso se indigna contra los "justos", porque en primer lugar no lo son, sino que son tan ciegos que no saben que son pecadores; y en segundo lugar porque, si lo son, es porque han recibido de Dios mucho más que otros, para que puedan salvar más.

"Tampoco yo te condeno. Vete en paz y no peques más"

Una vez más, Jesús ha actuado como Salvador, como Médico. Intenta ante todo curar a la mujer, y curar a los orgullosos letrados y fariseos, que son pecadores, están enfermos, pero no se dan cuenta, y ésa es su más grave enfermedad.

Es importante, sin embargo, darnos cuenta de que el mensaje no es que el pecado no tiene importancia. El pecado es una grave, quizá gravísima enfermedad. Quizá una enfermedad mortal. Una cosa es perdonar y otra decir que el pecado es indiferente. Todo el Antiguo Testamento muestra esta doble línea: la gravedad del pecado, que hace que el hombre pierda el paraíso, que desencadena el Diluvio (y así, cientos de textos) y el incesante trabajo de Dios por salvar al hombre del pecado.

Esta misma línea se recoge en el Nuevo Testamento. El pecado del mundo es el que le cuesta a Dios la Encarnación ("Tanto amó Dios al mundo que... no escatimó ni a su propio Hijo..."), el que le cuesta a Jesús la muerte en cruz.

El pecado es la muerte del hombre, y por tanto la preocupación de Dios, que no quiere que nadie se pierda (El Buen Pastor, la Oveja Perdida, la Mujer y las Cinco Monedas...). Pero Dios está para salvar, para evitar que el hombre se pierda.

Nos viene a la memoria la "última acción de Salvador" de Jesús. Mientras le crucifican va diciendo "Perdónales porque no saben lo que hacen". Y casi justo antes de morir, acepta al ladrón que no le dice más que "no te olvides de este pecador".

Por ello, recordamos que Jesús no revela a Dios simplemente con sus palabras, con su mensaje. Es Él mismo el que revela a Dios. En Él vemos cómo es Dios. Y Dios es así: capaz de jugarse la vida - y de perderla - por una mujer pecadora.

Después de este texto, el Evangelio de Juan coloca dos acciones salvadoras de Jesús, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro, y una áspera polémica con los fariseos y letrados. A continuación, se reúne el Consejo y le condenan a muerte.

Retornamos al texto de Pablo. "Todo es pérdida ante el conocimiento sublime de Jesús": Conocido Jesús, todo lo demás es basura. Éste es el Jesús tras el cual corremos, el que da tal sentido a la vida que todo lo demás es basura. Corremos tras Él no por nuestras obras justas ante la ley, sino porque es agua fecunda, porque vivir así es vivir, porque esta es una Nueva Vida mejor y más dura y más limpia, y porque creemos - al verle resucitado - que es LA VIDA.

Si Jesús es Médico Salvador es porque en Él resplandece el Espíritu de Dios Médico y Salvador. Y si nosotros seguimos a Jesús, en nosotros ha de resplandecer ese mismo Espíritu. Dios es mi médico y mi salvador.

Esto significa ante todo que la luz de Dios descubre el pecado que hay en mí. Medio a oscuras no se ven las manchas. Con buena luz se ve enseguida que estamos manchados. Es la primera consecuencia del conocimiento de Dios: sentirnos pecadores.

Esto lo vio claramente el Antiguo Testamento, poniendo enorme distancia entre el Dios Santísimo y el hombre pecador, y representándolo en el Templo, con su Santuario inaccesible, oculto tras el Velo. Pero el Antiguo testamento no vio tan claramente que entre los hombres pecadores y Dios Santísimo no debe haber lejanía, porque Dios Santísimo es el Médico Salvador.

Por tanto, nuestra actitud ante todos los hombres nunca es de condena, porque sabemos que no son culpables sino enfermos, como nosotros mismos. Y no les ofrecemos la salud nosotros los sanos, sino nosotros tan enfermos como ellos.

Ninguna soberbia, ninguna superioridad, ningún sentido de que nosotros somos más que nadie: sedientos como todos, sabemos dónde está la fuente y compartimos el agua que hemos recibido. Oscuros como todos, nuestra mecha se ha encendido en el Fuego del Espíritu y procuramos que todo se encienda en él.

Porque hemos entendido el sentido de la vida cristiana: dejar atrás todos los valores intrascendentes para dedicarse a la gran Misión: colaborar con el Salvador, ayudar a curar el mal del mundo.

La fuente de todo esto es el descubrimiento del amor de Dios. Dios ama. En el comportamiento de los fariseos y de Jesús frente a la mujer adúltera hay una diferencia esencial. A Jesús le importa la mujer, le quiere, quiere que salga de sus pecados. A los otros les importa sólo que se cumpla la Ley.

Y éste es el secreto: si descubrimos que Dios nos quiere empezaremos a querer, nos sentiremos hermanos en la enfermedad y procuraremos compartir la medicina. Esta es la diferencia entre Jesús, el hombre lleno del Espíritu, y nosotros, en quienes el Espíritu aún lucha con las tinieblas. Jesús es la Salud plena, el Agua pura, la Luz total, porque "en Él reside toda la plenitud de la Divinidad".

Nosotros somos enfermos en camino de curación, luz y sombras, agua no muy limpia. Quizás, sin embargo, por eso mismo podemos ser buenos médicos, porque sufrimos en nuestra propia carne la enfermedad y comprendemos bien lo que necesitan otros enfermos como nosotros.

José Enrique Galarreta



LA ADÚLTERA Y LOS HIPÓCRITAS
Escrito por  José Luis Sicre

La ahogamos con el adúltero (Código de Hammurabi)
Es la respuesta del famoso Código de Hammurabi, rey de Babilonia muerto hacia 1750 a.C. En el párrafo 129 dictamina: “Si la esposa de un hombre es sorprendida acostada con otro varón, que los aten y los tiren al agua [al río Éufrates]; si el marido perdona a su esposa la vida, el rey perdonará también la vida a su súbdito.” Adviértase que la ley empieza por la mujer, pero los dos merecen la condena a muerte, aunque cabe la posibilidad de que el marido perdone.

La apedreamos (los escribas y fariseos)
Es la propuesta de los escribas y fariseos, invocando la Ley de Moisés. Es el procedimiento más frecuente en la Biblia para ejecutar a un culpable. Cosa lógica ya que en Israel no abunda el agua, como en Babilonia, y sí las piedras. Sin embargo, estos escribas y fariseos no habrían aprobado un examen de Biblia por dos motivos.

1) La Ley de Moisés, que usa a menudo el verbo “apedrear” para hablar de un castigo a muerte, nunca lo aplica al adulterio. El texto que podrían invocar sería este del Deuteronomio: “Si uno encuentra en un pueblo a una joven prometida a otro y se acuesta con ella, los sacarán a los dos a las puertas de la ciudad y los apedrearán hasta que mueran: a la muchacha porque dentro del pueblo no pidió socorro y al hombre por haber violado a la mujer de su prójimo” (Dt 22,23-24). Pero esta ley no habla de adulterio, sino de violación (aparentemente consentida) de una muchacha.

2) Si tienen tanto interés en cumplir la Ley de Moisés, al primero que deberían haber traído ante Jesús es al varón, ya que también a él lo han sorprendido en adulterio y por él comienza la ley (“Si uno encuentra a una joven…y se acuesta con ella”). Hay un caso en el que solo se habla de apedrear a la muchacha, pero tampoco se trata de adulterio, sino de la que ha perdido la virginidad mientras vivía con sus padres. Cuando se casa, su marido lo advierte y lo denuncia, si la denuncia es verdadera “sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa de su padre. (Dt 22,20-21).

¿Cómo puede un escriba, con tantos años de estudios bíblicos, cometer estos errores elementales? ¿Por ignorancia? ¿Por el deseo de interpretar la ley de la forma más rigurosa posible? ¿Para poner a Jesús en un aprieto y poder acusarlo, como dice Juan?

La perdonamos y que mejore (Jesús)
Jesús no precipita su respuesta. Le piden una opinión (“¿qué dices tú?”) pero se calla la boca y escribe en el suelo. Ellos insisten. Buscan lana y salen tranquilados. “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. El principal pecado de escribas y fariseos no es la ignorancia, ni el rigorismo, sino la hipocresía.    Cuando se retiran, solo quedan Jesús y la mujer, ella de pie en el centro. Un imagen de gran impacto, digna de la mejor película. Por suerte para la mujer, Jesús no es un confesor a la vieja usanza. No le pregunta cuántas veces ha cometido adulterio, con quién, dónde, cuándo. Se limita a dos preguntas breves (“¿dónde están?, ¿nadie te ha condenado?”) y a la absolución final: “Yo tampoco te condeno. Ve y en adelante no peques más”.

A veces se habla de la actitud de Jesús con los pecadores de forma muy ligera, como si los abrazase y aceptase su forma de vida. Pero a la mujer no le dice: “No te preocupes, no tiene importancia; ya sabes a quién tienes  que acudir la próxima vez”. Lo que le dice es: “en adelante no peques más”. Se lo dice por su bien, no porque corra peligro de ser apedreada. A este caso, cambiando de género, se puede aplicar el proverbio bíblico: “El adúltero es hombre sin juicio, el violador se arruina a sí mismo” (Prov 6,32). Eso es lo que Jesús no quiere, que la mujer se arruine a sí misma.

El buen ejemplo de los escribas y fariseos
A pesar de su hipocresía y mala idea, hay que reconocerles algo bueno: se van retirando poco a poco, empezando por los más viejos. Hoy día, somos muchos los que conocemos la opinión de Jesús pero seguimos considerándonos buenos y no vacilamos en apedrear (más con palabras y juicios condenatorios que con piedras) a quien hemos elegido como víctima.

Nota: Un texto escandaloso
Este pasaje del evangelio es de los más desconcertantes para los especialistas. Forma parte del evangelio de Juan, pero falta en los mejores manuscritos, códices y leccionarios; otros lo trasladan al final del evangelio de Juan; y algunos lo traen en el evangelio de Lucas (después de 21,38s o de 24,53). Como si hubiese sido una hoja suelta que muchos dudaban de incluir y otros no sabían dónde meter.

No es raro que este pasaje provocase dificultades. Con el criterio “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” podrían verse libres desde los terroristas del Isis hasta los ladrones de guante blanco. Naturalmente, no es eso lo que pretende Jesús. Sus palabras finales a la mujer, “no peques más”, dejan claro que no defiende un mundo en el que cada cual hace lo que quiere.

José Luis Sicre



Leer para ser libres
Pedro Miguel Lamet

Vivimos una auténtica inundación de imágenes. En la tele, el móvil, la Tablet, el ordenador. Puede haber películas, fotos, reportajes y documentales enriquecedores e incluso artísticos. Pero ninguna imagen sustituye la lectura. ¿Por qué? Porque la imagen te lo da casi todo hecho. En el libro tienes que crear tú. A las sugerencias del autor has de poner rostros, paisajes, situaciones. La lectura es a la mente lo que el ejercicio al cuerpo. Quizás por eso hoy abundan las mentes anquilosadas, triviales, insustanciales, fofas, porque no se lee.Entre 2015 y 2016 estamos recordando, en sus centenarios, a tres grandes escritores: Cervantes, Shekaspeare y Santa Teresa. El primero decía que “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”, y la santa de Ávila: “Lee y conducirás, no leas y serás conducido”. Quizás por eso en un siglo en que la mujer estaba tan minusvalorada ella fue tan grande.
Cuando abro un libro se me abre una playa, vuelo a otros cielos, me comunico con el universo: viajo, sueño, penetro en almas desconocidas, vivo situaciones inéditas, exploro pensamientos y vivencias que me hacen crecer y ampliar horizontes. De aquí que enseñar a leer es entregar a alguien el arma más poderosa para despertar, concienciarse y situarse en el mundo, en una palabra, ser libre.
Pero hoy vivimos la herejía de la rapidez.

Ha de ser una lectura reposada, no un mero devorar libros como palomitas de maíz. Me encanta la frase de Woody Allen: “Tomé un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme ‘La guerra y la paz’ en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia”. Sobre todo me quedo con lo de San Agustín: “Cuando rezamos hablamos con Dios, pero cuando leemos es Dios quien habla con nosotros”.

Fuente: http://blogs.21rs.es/lamet/



LA FE EN JESÚS, ELIXIR DE LA INMORTALIDAD
Escrito por  José Luis Sicre

Decía Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme». Palabras que estaría dispuesta a firmar la inmensa mayoría de la gente. Y también el cuarto evangelio, aunque a su autor no le obsesiona la muerte sino la vida.
En el prólogo ha presentado a Jesús, Palabra de Dios, como poseedor de la vida. En un discurso programático afirma Jesús, anticipando la resurrección de Lázaro: «Os aseguro que llega la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Juan 5,25). Y el evangelio termina: «Estas cosas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida por medio de él» (Juan 20,31). Esta obsesión por la vida halla su punto culminante en la resurrección de Lázaro, que se encuentra en mitad del evangelio (cap. 11 de 21).

La idea de resucitar a otra vida no estaba muy extendida entre los judíos. En algunos salmos y textos proféticos se afirma claramente que, después de la muerte, el individuo baja al Abismo (sheol), donde sobrevive como una sombra, sin relación con Dios ni gozo de ningún tipo. Será en el siglo II a.C., con motivo de las persecuciones religiosas llevadas a cabo por el rey sirio Antíoco IV Epífanes, cuando comience a difundirse la esperanza de una recompensa futura, maravillosa, para quienes han dado su vida por la fe. En esta línea se orientan los fariseos, con la oposición radical de los saduceos (sacerdotes de clase alta). El pueblo, como los discípulos, cuando oyen hablar de la resurrección no entiende nada, y se pregunta qué es eso de resucitar de entre los muertos.

Los cristianos compartirán con los fariseos la certeza de la resurrección. Pero no todos. En la comunidad de Corinto, aunque parezca raro (y san Pablo se admiraba de ello) algunos la negaban. Por eso no extraña que el evangelio de Juan insista en este tema. Aunque lo típico de él no es la simple afirmación de una vida futura, sino el que esa vida la conseguimos gracias a la fe en Jesús. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.»

Pero el tema de la vida en el cuarto evangelio requiere una aclaración. La «vida eterna» no se refiere sólo a la vida después de la muerte. Es algo que ya se da ahora, en toda su plenitud. Porque, como dice Jesús en su discurso de despedida, «en esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías» (Juan 17,3).

Nota: dice el relato que Jesús, al ver llorar a María y a los presentes, se estremeció (evnebrimh,sato), se conmovió (evta,raxen) y lloró (evda,krusen). Sorprende esta atención a los sentimientos de Jesús, porque los evangelios suelen ser muy sobrios en este sentido. Generalmente se explica como reacción a las tendencias gnósticas que comenzaban a difundirse en la Iglesia antigua, según las cuales Jesús era exclusivamente Dios y no tenía sentimientos humanos. Por eso el cuarto evangelio insiste en que Jesús, con poder absoluto sobre la muerte, es al mismo tiempo auténtico hombre que sufre con el dolor humano. Jesús, al llorar por Lázaro, llora por todos los que no podrá resucitar en esta vida. Al mismo tiempo, les ofrece el consuelo de participar en la vida futura.

La primera lectura, tomada del libro de Ezequiel, ha sido elegida por la estrecha relación entre la promesa de Dios de abrir los sepulcros del pueblo y volver a darle la vida, y Jesús mandando abrir el sepulcro de Lázaro y dándole de nuevo la vida. Ambos relatos terminan con un acto de fe en Dios (Ezequiel) y en Jesús (Juan). Pero conviene recordar que el texto de Ezequiel no se refiere a una resurrección física. El pueblo, desterrado en Babilonia, se considera muerto. Babilonia es su sepulcro, y de esa tumba lo va a sacar Dios para hacer que viva de nuevo en la tierra de Israel.

José Luis Sicre