jueves, 17 de marzo de 2016

¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ? - José Antonio Pagola


Semana Santa - Pascua : Jesús no está en crisis

Algunos de vosotros me decís que en vuestros pueblos la religión está en crisis, que vuestras parroquias se están vaciando, que no se ve un futuro claro para la fe cristiana...

No estamos viviendo momentos fáciles. La crisis empieza a afectar a todos los sectores de la vida, no solo a la religión. Está en crisis la filosofía y el pensamiento. Están en crisis las ideologías y los partidos políticos, la ecología y la economía. Está en crisis la familia y la educación. Algunos empiezan a decir que estamos en "crisis total".

Estoy convencido de que la crisis de la religión cristiana no arrastrará a Jesús. Al contrario, a medida que las Iglesias cristianas, sacudidas por la crisis, se vayan desprendiendo de tantas adherencias, tradiciones, teologías, costumbres o prácticas que no provienen de Jesús, se irá descubriendo cada vez mejor su verdadero rostro, se valorará cada vez más su proyecto humanizador de reino de Dios y crecerá su poder de atracción.

No perdáis la alegría ni la esperanza. La Iglesia de Jesús conocerá una nueva primavera. El Resucitado sigue vivo y operante entre nosotros. Vosotros lo estáis experimentando de manera humilde pero real en vuestros grupos.

Un abrazo grande a todos. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

José Antonio Pagola
Carta a Grupos de Jesús (01/03/16)



¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ? -José Antonio Pagola


Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz». Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un «Dios crucificado» constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El «Dios crucificado» no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este «Dios crucificado» no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.

Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el «Dios crucificado». Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el «Dios crucificado» y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.

Domingo de Ramos - Ciclo C
(Lucas 22,14-23,56)
20 de marzo 2016

José Antonio Pagola

Fuentes:




EL CANTO DE TU PUEBLO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Hoy queremos cantarte,
uniéndonos a la creación entera,
un canto nacido del corazón,
en las plazas y lugares de encuentro
de aldeas, pueblos y ciudades.

Porque tu paso y presencia
traen la alegría a nuestras vidas
y la paz a todos los rincones de la tierra.

Estamos cansados de las canciones militares,
pomposas y llenas de arrogancia,
que quieren comprar nuestra voluntad
y anuncian victoria con un gusto amargo
de sangre inútilmente derramada.

¡Nosotros queremos entonar una canción nueva!

Las canciones religiosas
que resuenan en los templos e iglesias,
en otros tiempos tan llenas de fe y vida,
no atraen y dejan vacíos esos lugares de encuentro,
pues ya no conectan con nuestros sentimientos.

Tampoco las que las se oyen concursos y festivales
nos conmueven y enganchan;
sus notas, ritmo y letras
no sintonizan con nuestras necesidades,
pues nos ofrecen un mundo irreal
en el que no podemos ser protagonistas.

Llenando ondas y programas a todas las horas
se hacen presentes las canciones de amor
y, aunque sean artículo de consumo diario,
se marchitan en nuestros labios sus notas
que se negocian, venden y compran sin pudor.

En los nuevos templos, salas de fiestas y discotecas,
las noches de vísperas y fines de semana,
los disc-jockeys nos invitan con canciones
a ritmo trepidante y ensordecedor,
a olvidar fracasos, decepciones y penas.

Y las canciones populares de fiestas y romerías
parecen de otro tiempo y cultura,
pues aunque las cantemos y bailemos,
no nos proporcionan la vida y el gozo
del que hablan nuestros padres y abuelos.

¡Nosotros queremos entonar una canción nueva!

Déjanos entonarte nuestro canto,
el canto que nace de la vida nueva
que Tú nos das cada día y hora.
Déjanos cantar y bailar,
con ritmo alegre y fraterno,
el sentir de nuestra vida,
hecho canción y danza sin miedos
para jóvenes, ancianos y niños de pecho.

Unidos a la creación entera,
a los pequeños, débiles y pobres,
a emigrantes, refugiados y sin patria,
a creyentes, agnósticos, ateos e indiferentes,
queremos cantarte una canción nueva.

La canción de la fraternidad y la esperanza,
porque Tú nos amas,
y hemos visto y sentido tu paso
por nuestro pueblo, iglesia y casa,
y te has dignado pararte y llamar
a las puertas de nuestras entrañas.




MUERTE, POR AMOR, EQUIVALE A VIDA
Escrito por  Fray Marcos
Lc 22, 14- 23, 56

La liturgia de este domingo es desconcertante. Empieza celebrando una entrada “triunfal”, y termina recordando una muerte ignominiosa. Es difícil armonizar estos dos aspectos de la vida de Jesús. Podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue muerte. Todos los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de la actividad pública de Jesús. La muerte en Jerusalén se considera como la meta última de toda su vida. En la vida de Jesús se vuelve a escenificar el Éxodo paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida (pascua, paso). Allí iba a dejar patente el amor incondicional de Dios al hombre.

¿Por qué fracasó Jesús tan estrepitosamente? Porque la salvación que él ofrece no coincide con la salvación que esperamos la mayoría de los humanos. Jesús pretendió llevarnos a la plenitud, pero en nuestro verdadero ser. Nosotros nos empeñamos en salvar nuestro ser engañoso, nuestro “ego”. Para nada nos interesa acomodarnos a la “voluntad” de Dios; preferimos que Dios se acomode a lo que nosotros queremos. Dios “quiere” para nosotros lo mejor. Ni siquiera puede querer lo menos bueno. Y nosotros estamos tan pegados a nuestra contingencia, que seguimos creyendo que en asegurar nuestra individualidad está nuestro plenitud. No hay que entender la voluntad de Dios como venida de fuera. Lo que Dios quiere de cada uno es también la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser.

El fracaso humano de Jesús en su intento de instaurar el Reino de Dios, nos invita a reflexionar sobre el verdadero sentido de las limitaciones humanas. Si nuestro primer objetivo es evitar el dolor a toda costa y buscar el máximo placer posible, nunca podremos aceptar la predicación de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no lo libró del dolor ni de la muerte. ¿Cómo podemos interpretar este aparente abandono extremos de Jesús por parte de Dios? Sería la clave de nuestro acercamiento a su pasión y muerte. Sería la clave también para interpretar el dolor humano y tratar de darle el verdadero sentido, que escapa a la mayoría de los mortales y está más allá de toda sensiblería.

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Peor aún si la consideramos  condición para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad de los hombres. Fue el deseo de poder y el afán de someter a los demás, lo que hizo inaceptable el mensaje de Jesús. El pecado del mundo es la opresión. Lo que Dios esperaba de Jesús fue su total fidelidad, es decir, que una vez que tuvo experiencia de lo que Dios era, no dejara de manifestarlo a cualquier precio. La muerte de Jesús no fue un accidente;fue la consecuencia de su vida. Una vez que vivió como vivió y predicó lo que predicó, era lógico que lo eliminaran por insoportable.

Dios no está solamente en la resurrección, está siempre en el hombre mortal, también en el dolor y en la muerte. Si no sabemos encontrarlo ahí, seguiremos pensando como los hombres no como Dios. Es una lección que no acabamos de aprender. Seguimos asociando el amor de Dios con todo lo placentero, lo agradable, lo que me satisface. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a castigo de Dios, es decir a ausencia de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo, sobre todo, en el dolor y la limitación.

Los textos de la Pasión no son una crónica de sucesos, sino teología extraída de unos hechos, que al relatarlos no tienen como objetivo principal informarnos sino el trasmitir la teología sobre la muerte de Jesús que fueron elaborando los primeros cristianos. Aunque hay grandes diferencias entre los cuatro evangelios, el relato de la pasión es la parte en que más coinciden los cuatro. Esto se debe a que fue el primer relato que se redactó por escrito, seguramente, como catequesis. Por eso quedó fijado muy pronto en sus rasgos generales, que reflejan después los evangelistas con su propia peculiaridad en sus respectivas redacciones. Dentro del marco recibido por la tradición, cada uno le da su propio matiz.

La pasión de Lc tiene una clara tendencia catequética. Aunque utiliza la narración de Mc u otra más antigua que ya utilizó el mismo Mc, le da un toque de humanización muy significativo. Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. Incluso los paganos quedan de alguna manera justificados. Hay en el relato muchos personajes que están con Jesús y pretenden ayudarle. El mismo Jesús se relaciona con algunos con total comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando. Lc elimina de su relato todos los extremismos y presenta una pasión más humana.

Para nosotros hoy, lo verdaderamente importante no es la muerte física de Jesús, ni los sufrimientos que padeció. A través de lo que conocemos de la historia humana, miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de la figura de Jesús en ese trance, fue su actitud inquebrantable de vivir hasta sus últimas consecuencias, lo que predicó. Para nosotros, lo importante es descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuales fueron las consecuencias de su muerte para él, para los discípulos y para nosotros.

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y rechazo a su persona. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, etc. no eran gente depravada que se opusieron a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendía, de buena fe, ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida de manera absoluta y exclusiva, en la Ley de Moisés. Para ellos defender la Ley y el templo, era defender al mismo Dios.

Era Jesús el profeta, como creían los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo y le apartaba de la religión judía. La respuesta no era sencilla. Por una parte veían que Jesús iba contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofe­ta. Pero por otra parte, la cercanía a los que sufren y los signos que hacía eran una muestra de que Dios estaba con él. El desconcierto de los discípulos ante la muerte de Jesús, tiene mucho que ver con esa confrontación de sus representantes religiosos. ¿A quién debían hacer caso, a los representantes legítimos de Dios, o a Jesús, a quien los sacerdotes consideraban blasfemo?

¿Por qué murió? Solo indirectamente podemos aproximarnos a la actitud que Jesús adoptó ante su muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco. Pronto se dio cuenta de que los jefes religiosos querían eliminarlo. Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que eso le acarrearía la muerte. Sabía que el pueblo que no le entendía, dejaría de seguirle. Pero también sabía que los jefes religiosos no se iban a conformar con no hacerle caso. Sabiendo todo eso, Jesús tomo la decisión de ir a Jerusalén. Que le importara más ser fiel que salvar la vida, es lo que debemos valorar. Eso es lo que Dios esperaba de él, y eso es lo que tuvo siempre claro.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Para los apóstoles, fue el revulsivo que les llevó al descubrimiento del verdadero Jesús. Durante su vida lo siguieron como amigo, maestro, profeta, pero estaban muy lejos de conocer el verdadero significado de la persona de  Jesús. A ese descubrimiento no podían llegar a través de lo que oían y lo que veían; se necesitaba un proceso de maduración interior. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquél Jesús de Nazaret, al Señor, Mesías o Cristo y al Hijo... En esto consistió la experiencia pascual. Si queremos entender la muerte y la resurrección de Jesús, todos tenemos que seguir ese mismo camino de la vivencia interior.

Meditación-contemplación

Jesús, con su muerte, manifestó que él era la VIDA.
Si la VIDA (Dios) estaba en él. ¿Qué podía temer de la muerte física?
La muerte ni añade ni quita nada a su verdadero SER.
La muerte no le puede arrebatar un ápice de VIDA
................................

La verdadera Vida está ya en mí.
Lo único que tengo que hacer es descubrirla.
Toda “muerte” (entrega, servicio) es signo de Vida.
Todo egoísmo (opresión, dominio) es signo de “muerte”.
..........................

La Vida-Amor es el fundamento de mi ser.
No la encontraré en lo superficial y accidental.
Solo entrando dentro de mí, muy adentro, más adentro;
descubriré lo esencial de mí mismo.
.......................

Fray Marcos




COMULGANDO CON CRISTO CRUCIFICADO
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 22, 14 - 23, 56

LA PROCESIÓN DE LOS RAMOS
La celebración de hoy tiene dos partes: la procesión de los ramos y la eucaristía, que deben unirse en un único mensaje. Tenemos la tendencia a celebrar la entrada triunfal independizándola de la Pasión y Resurrección. Pero forman un conjunto: no sólo los sucesos son un todo sino el mensaje es único.

Nuestra tendencia es celebrar una entrada triunfal, asemejándola demasiado a la entrada de un rey terreno que triunfa de sus enemigos. Más que una entrada triunfal es una entrada mesiánica, y no del mesías que el pueblo y sus jefes esperaban, sino del siervo sufriente que no viene a hacer triunfar al estado sobre sus enemigos sino a convertir los corazones a Dios.

Aunque los rasgos de la entrada mesiánica han sido magnificados por los redactores de los textos, para mostrar su fe en Jesús Señor, todavía podemos descubrir en los textos la modestia de la entrada de Jesús en Jerusalén, y los símbolos de su negación a conformarse con la imagen mesiánica al uso (el borrico como cabalgadura). El cuarto evangelio subraya mucho la actuación de Jesús que se niega a entrar como Rey y viste su entrada con todos los signos de su porfiada negación del Mesianismo Davídico.

No podemos olvidar la secuencia completa de los hechos tal como la narra el evangelio de Lucas que se propone como final de la procesión de los ramos:

o Entrada mesiánica ( bajando el monte de los olivos)
o Llanto por Jerusalén (al acercarse a la ciudad)
o Purificación del Templo
o Enseñanza a diario en el Templo.
o Los jefes se ratifican en acabar con él.

Del conjunto de los textos se puede concluir:

a. Jesús acepta la entrada mesiánica (no va a pie como todos los días...). Pero se preocupa de imponer los signos externos que muestran su rechazo al mesianismo regio triunfal.
b. Jesús anuncia en ese momento el rechazo de Jerusalén y su destrucción.
c. "Toma posesión" del Templo (que será destruido) pero no para triunfar en él sino para purificarlo y enseñar en él.

Es por tanto importante que nuestra celebración de este "suceso" no degenere en superficiales aclamaciones triunfalistas. Los mismos textos, y especialmente la profunda elaboración del cuarto evangelio, nos muestran a los discípulos entusiasmados por un triunfo exterior, y a Jesús empeñado en dar sentido interior a su mesianismo.

Como siempre, los evangelios se preocupan de subrayar que los discípulos no se ha enterado de gran cosa, y siguen pensando en quién es el mayor y en sillones ministeriales a la derecha y la izquierda del Rey.

No podemos caer en la misma tentación, sino atender al mensaje de Jesús. Y para eso están ahí las dos primeras lecturas de la Eucaristía, que nos darán un contexto estupendo en el que enmarcar toda la celebración.

En contraposición con estas lecturas, los dos salmos que se ofrecen para acompañar la procesión (23 y 46) parecen incitar más bien a una celebración triunfal, exterior. Deberemos cuidar de que nuestras aclamaciones a Cristo Señor no hagan olvidar que, al decidirse a entrar en Jerusalén, Jesús está subiendo a la cruz, precisamente por el rechazo de los jefes, el olvido del pueblo y la cobardía de los discípulos. Serían perfectamente aplicables a esta celebración las consideraciones que solemos hacer al celebrar la fiesta de Cristo Rey.

LA LECTURA DE LA PASIÓN
Los relatos de la Pasión, que son sin duda desarrollo de las más antiguas tradiciones orales y escritas sobre Jesús, constituyen el núcleo del Kerygma primitivo, y una de las pruebas más importantes de dos aspectos básicos de nuestra fe en Jesús:

· Son un argumento irrefutable de la historicidad básica de los evangelios. La dificultad que suponía para las primeras comunidades predicar la fe en el ajusticiado muestra bien que no inventan sus relatos a su conveniencia, sino que repiten el mensaje recibido por muy molesto que éste sea. Ejemplos evidentes de esto son por ejemplo la unanimidad de los textos en no ocultar (al revés, en insistir en) las negaciones de Pedro y la desbandada de los Once, más el mismo hecho de los sufrimientos, Getsemaní etc.

· El anuncio de Jesús no tiene ningún matiz mítico. Jesús no es un mito sagrado que se viste luego con narraciones realistas para consumo popular. Ésta es precisamente la vía errada de los Apócrifos, y la razón de su rechazo por las comunidades. Si en otros momentos de los evangelios los aspectos simbólicos o las citas de los profetas hacen casi irreconocible la historia, aquí el mensaje es la historia, lo que pasó, y los añadidos interpretativos o simbólicos son pocos y sirven para señalar el valor y sentido de la historia, de lo que vieron los ojos.

Este año leemos la Pasión según Lucas. Y resulta interesante mostrar las peculiaridades de este evangelista en el relato de la Pasión del Señor.

Lucas es el único que menciona:
  • La disputa de los discípulos por quién es el mayor, en la Cena (en paralelo con el lavatorio de los pies, de Juan).
  • la frase "haced esto en recuerdo mío", en la Cena.
  • la aparición del ángel confortador en Getsemaní.
  • la calificación de "agonía" y el sudor de sangre en Getsemaní.
  • Jesús mira a Pedro cuando ya éste le ha negado.
  • la presencia de Jesús ante Herodes. Como en Marcos y Mateo, Jesús está mudo durante todo el "interrogatorio civil", pero esto se señala más en Lucas por silencio ante Herodes.
  • las hijas de Jerusalén en la Vía Dolorosa.
  • la primera palabra de Jesús: "Padre, perdónales..."
  • el perdón del buen ladrón.
  • no cita el "¿por qué me has abandonado?"
  • la última palabra de Jesús: "Padre, en tus manos ..."
  • señala la hora de la muerte de Jesús.
  • indica que las mujeres que están con Jesús son "las que le habían seguido desde Galilea".

En todo lo demás, su relato es muy semejante al de los otros dos Sinópticos, más especialmente al de Marcos, aunque más de una vez cambia el orden de los acontecimientos. Una vez más, Lucas muestra:
  • su peculiar "recogida de materiales", que ya anunciaba en el prólogo a su evangelio.
  • su peculiar elaboración de los relatos, conforme a criterios literarios y a las necesidades de sus comunidades.


La lectura de la Pasión suele producir fuerte impacto en los fieles, especialmente si se dramatiza con la recitación alternada. Sería muy interesante que este impacto no se quede en una devoción particular, una conmoción afectiva, que es lógica y santa, pero insuficiente.

Esta lectura, y la que haremos el Viernes Santo, invita a todos los que celebramos hoy la eucaristía a dar un especial sentido a la comunión. Demasiadas veces entendemos el verbo comulgar simplemente como transitivo, y el complemento directo de su acción es el Cuerpo de Cristo. Hay que recuperar el sentido de "comulgar con". Comulgamos con Cristo; y hoy, más expresamente, con Cristo crucificado, lo que debemos entender ante todo así:

CREEMOS EN UN CRUCIFICADO:
Primer mensaje de la comunidad de seguidores de Jesús. Primer terrible escollo para su propia fe y para la predicación: hay que creer en ése a quien rechazó oficialmente la religión y los poderes fácticos de Israel. Creemos en un marginal que fue rechazado por las autoridades, por la religión... por casi todos. Primer cimiento insustituible de nuestra fe: "Dios estaba con Él".

COMULGAMOS CON EL CRUCIFICADO
  • Si "Dios estaba con él, sus valores, sus criterios, su Dios, son fiables, merecen asentimiento. Por eso comulgamos con él, porque reconocemos en él un acceso a Dios.
  • Comulgamos con sus criterios, con sus valores, con su sentido de la vida, con su entrega total, que se expresa al final de modo tan trágico y explícito, pero que ha sido la norma y sentido de toda su vida. Éste es el sentido profundo del "sacrificio de Cristo", la entrega de su vida entera a la misión confiada por el Padre, por encima de otras interpretaciones más veterotestamentarias, juridicistas o vicarias.
  • Comulgamos, como él, con los crucificados del mundo. Ninguna comunión personal, individual, con Cristo crucificado es sana si excluye la comunión con los que sufren.


Sería importante que la lectura de la Pasión en el contexto de la Eucaristía lleve a los fieles, más allá del sentimiento, hacia la conversión: en su modo de vivir y en su compromiso con otros.

JESÚS Y EL ÉXITO
En un día en que vamos a celebrar procesiones triunfales, con palmas y cánticos, con los sacerdotes revestidos de preciosos ornamentos de rojo y oro, con los niños sonrientes y felices con sus ramitos, con los eclesiásticos repartiendo sonrisas a los fieles, con mucho ambiente de triunfo, conviene recordar cómo se situó Jesús ante eso que nosotros llamamos triunfo.

Un triunfo es lo que esperaban los que le seguían desde el lago, desde el Jordán. Les dejó tan fascinados que lo dejaron todo y le siguieron porque estaban convencidos de que era el Mesías esperado, el Ungido del Señor. Lo esperaban todo de él. Pero esperaban mal.

Esperaban un nuevo David, el rey por excelencia, el Ungido por excelencia, el conquistador, el unificador, el que tenía que devolver a Israel la Soberanía, la paz, la preeminencia sobre las naciones, la paz, la abundancia. El que haría que todas las naciones vinieran a adorar a Dios en su (¿de Él o de ellos?) Santo Templo de Jerusalén. El Mesías, luz de las Naciones y gloria de tu pueblo Israel. T los discípulos son, naturalmente, como todos. Todo Israel –los que esperan al Mesías– esperan así.

Durante toda su vida pública, Jesús se esfuerza lo indecible para alejarse de esa imagen. Oculta sus milagros, que le están dando fama de legendario curador todopoderoso, evita la propaganda, huye de los que le quieren hacer rey, anuncia reiteradamente que su final es la muerte en cruz rechazado por los jefes. Nadie le cree. Los discípulos, que le siguen más que nadie, los que menos.

La subida a Jerusalén es penosa: Jesús predicando constantemente en contra del mesianismo acostumbrado; la gente imperturbable, los discípulos cada vez más lejos del pensamiento del Maestro, hasta pidiendo sillones ministeriales. Hasta podemos adivinar un conato de triunfalismo davídico en la organización por los discípulos de la entrada en Jerusalén, estropeada por Jesús al dirigirse al Templo y armar el mayor escándalo de su vida. Jesús se ha pasado la vida entera desmontando la idea de triunfo que impera en el pueblo y en sus amigos.

Pero no bastará: para romper definitivamente esa idea será necesaria la cruz: entonces se romperá en mil pedazos la fe de los discípulos: han podido con él, lo han matado... luego Dios no estaba con él. Nosotros esperábamos que éste sería el Libertador de Israel, pero lo han rechazado lo jefes del pueblo, lo han eliminado... Nosotros esperábamos pero... ya no esperamos.

Fue necesaria la muerte en cruz para que los discípulos perdieran la fe vieja. Y ahí nació la fe. Todos los relatos de la resurrección insisten en lo mismo: re-conocerle, re-leer la Escritura.

Re-conocerle, volver a conocerle, conocerle de nuevo. Antes no le conocían, sólo se imaginaban quién era basados en una falsa lectura de la Escritura. Jesús resucitado les enseña a leer las Escrituras, y entonces empiezan a conocerle, empiezan a descubrir que la salvación de Dios no viene del triunfo político, de la aclamación social, de la imposición desde arriba, de la religión desde fuera. La resurrección es ante todo una terrible conversión/inversión de criterios. Y la esencia de esa conversión es: es el crucificado el que nos merece fe, no el Rey David poderoso y triunfante.

El éxito de Jesús consiste en que es capaz de ir hasta el final, de ser consecuente hasta el final, de no echarse atrás, en no ceder a ninguna tentación mesiánica. El éxito de Jesús consiste en no querer triunfar como lo esperan todos.

Importante para nosotros la iglesia hoy, que seguimos queriendo triunfar por fuera, por poder, por prestigio, por influencia social, por espectáculo. Importante para cada uno de nosotros la iglesia. El mesianismo davídico fue una grave tentación para Jesús, una grave dificultad para los primeros seguidores, y es hoy una terrible tentación para nosotros la iglesia y más aún para los que la gobiernan.

José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)




Yo te sondeo

Yo te sondeo y te conozco
sé lo que estás haciendo
y percibo tus pensamientos,
sé cuándo caminas, sé de tus cansancios y descansos.
Tus pasos me son familiares.
Cuando vas a hablar, entiendo lo que vas a decir,
estoy alrededor, presente,
te envuelvo con mi mano…

Sé que es difícil que lo entiendas,
sé que es imposible que me abarques…
¿Dónde irás para estar lejos de mí?
¿Cómo escapar de mí?
En lo más alto y en lo más hondo, allí estaré contigo,
en cualquier lugar,
allí tendrás mi mano dispuesta a sostenerte.
Incluso si dejas de creer en mí,
en tus tinieblas veré.

Yo creé tus entrañas,
te plasmé en el seno materno
te formé y eres admirable
Eres maravilloso.
Conozco tu alma hasta el fondo
y nada de ti se me oculta,
pues desde que fuiste tejido en lo profundo de la tierra
veía yo tus acciones, intuía tus días, esperaba tus pasos…

Tú eres mi obra maravillosa,
lo sé, y créeme, te conozco.
Y aunque a Ti te cueste conocerme,
pase lo que pase, seguiré a tu lado.

inspirado en el Salmo 138 
(Rezandovoy)




Miserando atque… espiritualidad en la adversidad.

Mucho se escribe sobre espiritualidad que nos ilumina en un contexto que se manifiesta adverso a las formas de servicio y compromiso que la misericordia reclama. El camino que ofrece el mundo y sus ofertas de ‘espiritualidades’, parece por momentos a contramano de las formas más claras y simples de salir de sí, compadecerse y obrar en consecuencia.

Una vida ofrecida, en diálogo con la realidad y sus desafíos; y una oración que se retroalimenta en la comunidad de la que brota, no pueden sino desembocar en concreciones: obras de misericordia ofrecidas. Como las intervenciones alternadas de un diálogo enriquecedor, estas tres –vida, realidad y obra-, al armonizarse, son la expresión más acabada de una espiritualidad o ‘modo de proceder’ en el Espíritu.

Este botón bastará para muestra: en la celebración de la eucaristía dominical, se convoca la asamblea y ésta, ofrenda sus ‘alegrías y tristezas’ –su vida compartida-, para que sea iluminada y transfigurada su realidad. Como un cuerpo nuevo, renovada en la unidad, la misma comunidad es enviada a transformar el mundo, por la gracia de Dios y la obra de sus propias manos.

Y esto, no como fruto de una decisión sino advertidos de que “la espiritualidad cristiana consiste en aceptar dejar a Dios que, si nosotros cooperamos, actúe en nosotros, aceptando nuestra propia pobreza con humildad, confiando que Dios efectuará los cambios necesarios para liberarnos de los obstáculos a la unión” (M. O’neill RSM).

Esta afirmación tendrá una implicancia clara en quien quiera vivir radicalmente una vida ofrecida: será indispensable dejarse moldear por la realidad de aquellos a los que se quiera servir. No podrá ofrecerse una auténtica transformación sino brota de la misma compasión que movilizó al Samaritano. A la que todos estamos llamados.

Llamados a responder activamente a esta auténtica moción del Buen Espíritu. Que no es mero sentimiento o emoción, que por más inspiradores que resulten, no son uno con la energía y determinación de salir de sí. La moción, al registrarla, integra y condensa el impacto de la realidad en nosotros mismos y la inclinación de transformarla.

En otras palabras: una moción que, al acogerse, se traduce y comunica en amor y servicio. Sólo así se verifica la autenticidad, no de la moción, que puede o no haberse manifestado: únicamente así se verifica la autenticidad de la acogida de esta moción… que es la parte que nos toca.

Dicho desde las claves de los Ejercicios Ignacianos, el camino de oración y discernimiento propuesto se presenta con contenidos específicos para que el ejercitante ‘quite los afectos desordenados’ que le priven libertad ‘para amar y servir’. Dejándose configurar con Cristo, mediante Su gracia, se presenta un itinerario que va desde la perspectiva del ‘Principio y Fundamento’ hasta la ‘Contemplación para alcanzar amor’.

La metodología de los Ejercicios ayudará al ejercitante a disponerse, a dejarse conducir, en la dirección que las mociones del Buen Espíritu oriente. Con esto, un aprendizaje sobre las facetas en las que vencerse a sí mismo, hasta las propias raíces, superando desórdenes, vicios y pecados por la fuerza de la misericordia. Y un aprendizaje sobre el lenguaje del Espíritu y de los engaños del ‘mal’, en la práctica del discernimiento.

Impulsados por un ‘Magis’ como impulso permanente del itinerario propuesto y emprendido “para más amarlo y servirlo’, confirmado en las llamadas progresivas y oradas en el trascurso de las meditaciones del Rey Eternal, Dos Banderas y Tres Grados de Humildad.

En las próximas entregas, haremos mención a estas Meditaciones –llamadas ‘estructurales’ del Mes Ignaciano-, a propósito de las distintas expresiones que puede adoptar la misericordia encarnada en opciones de vida y espiritualidades concretas dentro de la Iglesia.




Migraciones, humanismo y civilización
16 marzo, 2016
Adolfo Nicolás, s.j.


El 14 de enero de 2016, la iglesia del Gesù en Roma acogió, en un conmovedor clima de oración y de escucha, los testimonios vitales de numerosos refugiados. Se vivió así, desde la solidaridad y la cercanía, la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado. Reproducimos aquí la intervención improvisada del P. Adolfo Nicolás, Superior general de la Compañía de Jesús, durante su encuentro con los inmigrantes, refugiados y voluntarios del Centro Astalli, institución del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS).

“Sin duda, tendríamos que estar agradecidos a los migrantes que llegan a Italia y a Europa por un motivo: nos ayudan a descubrir el mundo. He vivido en Japón durante más de treinta años y he trabajado cuatro años en un centro para inmigrantes. La mayoría de ellos no disponía de papeles en regla, así que puedo hablar por experiencia propia. Y, precisamente desde la luz de lo que he vivido, lo confirmo: las migraciones son una verdadera fuente de beneficios para el país. Lo han sido siempre, por encima de las dificultades y las incomprensiones.

La comunicación entre las diversas civilizaciones se alcanza, de hecho, a través de los refugiados y de los migrantes; así es como se ha formado el mundo que conocemos. No ha sido solo el hecho de sumar una cultura a otra: se ha producido una verdadera transformación. Eso es lo que nos enseña la Historia. También las religiones: el cristianismo, el islam y el judaísmo se han difundido por el mundo gracias a los migrantes que abandonaron su país y se desplazaron de un sitio a otro.

Por eso les debemos estar agradecidos, porque nos han “dado” el mundo. Sin ellos estaríamos encerrados dentro de nuestra propia cultura, conviviendo con nuestros prejuicios y con nuestras limitaciones. Un país siempre corre el riesgo de encerrarse en horizontes muy estrechos, muy pequeños. Pero gracias a ellos, nuestro corazón puede abrirse y también nuestro propio país puede abrirse a dinámicas nuevas.

Conocer y ser conscientes de los problemas comunes y cotidianos, caer en la cuenta de nuestra interdependencia, nos une en la tarea de llegar a ser hombres y mujeres. Son los migrantes los que han levantado un país como Estados Unidos en el que se ha desarrollado la democracia. Esto no es fruto del azar, se debe a ese melting pot que se ha producido, un crisol de culturas y de personas que ha dado origen a un país así. Hay otros muchos casos en el mundo: Argentina, por ejemplo, y muchos otros.

Así pues, los migrantes podrían ayudarnos a abrir el corazón, a ser más grandes que nosotros mismos. Y eso es un don extraordinario. Por tanto, no son solo huéspedes, son gente que puede alentar la vida civil, ofrecer una aportación notable a la cultura y a sus profundos cambios. Precisamente gracias a ellos continúa enraizándose el humanismo. Tendríamos que ser conscientes de eso.

Un obispo japonés, comentado el versículo del Evangelio “yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6), decía que la enseñanza de Jesús se puede aplicar también a otras religiones. Yo mismo, como Superior general de los jesuitas, tengo que viajar con frecuencia por el mundo y constato que este obispo tenía razón. Asia en particular muy bien podría considerarse como “el camino”. En Asia el empeño constante es buscar el camino, el “cómo”: cómo hacer yoga, cómo concentrarse, cómo meditar. El yoga, el zen, las religiones, el judo ─que suele traducirse como “el camino del débil”, porque se sirve de la fuerza del otro─ son todos considerados como caminos. Sin entrar en comparaciones, habría que considerar que Europa y los Estados Unidos andan preocupados especialmente por “la verdad”; mientras que América Latina y África están preocupados por “la vida”; los valores relacionados con la vida son muy importantes. Por ello tenemos necesidad de todos, porque todos tienen una sabiduría y una contribución que hacer a la humanidad.

Ha llegado el momento en que debemos pensar en la humanidad como un todo y no como un conjunto de diversos países, separados unos de otros por sus tradiciones, sus culturas y sus prejuicios. Tendríamos que pensar en una humanidad que necesita a Dios, que necesita un modo de profundidad que solo puede venir de la unión de todos. Así que tendríamos que estar agradecidos por esta contribución de los migrantes y refugiados a esa humanidad integral. Ellos nos hacen caer en la cuenta de que la humanidad no está formada solo por una parte, sino que se forma con la contribución de todos.

 Displaced people from the minority Yazidi sect, fleeing violence from forces loyal to the Islamic State in Sinjar town, walk towards the Syrian border, on the outskirts of Sinjar mountain, near the Syrian border town of Elierbeh of Al-Hasakah Governorate

Además, ellos son, al propio tiempo, la parte más débil y más fuerte de la humanidad. La más débil porque han experimentado el miedo, la violencia, la soledad y los prejuicios de los otros; todo esto forma parte de su experiencia, bien lo sabemos. Pero nos muestran también la parte más fuerte de la humanidad: nos hacen comprender cómo superar el miedo, con el coraje de afrontar los riesgos que no todos estaríamos dispuestos a afrontar. En sus esperanzas de futuro, han aprendido a no dejarse paralizar por las dificultades. Han sabido superar la soledad mediante la solidaridad, ayudando a los otros y han demostrado así que la humanidad es débil, pero puede ser fuerte. Nos han enseñado incluso que hay valores y realidades más profundas que las que habíamos perdido. Esto es habitual cuando se viven situaciones extremas.

Me acuerdo a este respecto de la experiencia de un hermano mío que vive en Estados Unidos. Mientras ardía una casa vecina, temió que el fuego llegase a su propia vivienda. Y me confesó que, mientras era presa del miedo, aprendió a distinguir lo que era importante de lo que no lo era. No corrió a poner a salvo el dinero, sino que agarró un fajo de fotografías que representaban sus raíces y su vida. En ese momento entendió que lo más importante es lo que guardaba dentro de sí mismo y no lo de fuera, ni siquera la propia casa. Todo eso lo experimentan también los refugiados: han visto el peligro de cara y lo han afrontado. Pensemos al menos por un momento: si no tuviésemos ya una casa, una familia, una lengua… si tuviésemos solo la vida y ésta incluso amenazada, ¿qué haríamos? ¿qué pensaríamos? ¿qué o a quiénes amaríamos?

Celebramos este año el Año de la Misericordia, un concepto central en muchas religiones. En el cristianismo, en el islam, en el judaísmo y en todas las grandes religiones, la misericordia es un concepto muy importante. Sin ella no se puede vivir y los migrantes y refugiados nos muestran precisamente uno de sus rostros. Cuando alguien lo tiene todo, puede ser misericordioso sin miedo, pero cuando una persona no tiene nada y, aún así, se muestra misericordioso con otra, está dando mucho más y el rostro de la misericordia se vuelve en este caso todavía más real.

De este modo, podríamos aprender de los migrantes y refugiados a ser misericordiosos con los otros. Aprendamos de ellos a ser humanos a pesar de todo. Aprendamos de ellos a tener como horizonte el mundo y no nuestra pequeña y estrecha cultura. Aprendamos de ellos a ser personas del mundo.




¿Murió Jesús, no murió…?
Jorge Costadoat, SJ. (Chile)

Jesús desenmascaró el engaño de su tiempo: la falsía religiosa. Esta no soportó su insolencia. Lo mató. ¿Murió?

Se dice que Jesús logró huir al Tíbet, que murió de viejo, que se lo comió el Yeti… ¿Sí? No, ¡leseras!

En el Israel de esa época dos grandes instituciones regían la vida de las personas. La Ley y el Templo. Ambas vías hacían accesible a Dios. Ambas eran exigentes al pedir amor a Dios y al prójimo. Pero el cumplimiento de la Ley demandado por los fariseos se había vuelto agobiante. Nadie habría sido capaz de observar los innumerables preceptos generados por ellos para cumplirla. Cumpliéndola, eso sí, se obtenía ubicación y prestigio social.

El Templo, a su vez, estaba en manos de los sacerdotes pertenecientes a la clase de los saduceos, la aristocracia de Jerusalén. De estos dependía la realización de los sacrificios gratos a Dios. Pero –este era el problema- habían convertido a Dios en su “producto”. El mercadeo se hacía en los atrios del Templo. Los sacerdotes, a través de sub-contratados, vendían a los peregrinos los animales para los sacrificios. Estos debían ser puros. Pero solo ellos vendían animales puros. Había además intermediarios que cambiaban monedas romanas por judías. Pero, ya que en el lugar sacro no se podía pagar con dinero pagano, ellos autorizaban a los cambistas a hacer las conversiones a moneda judía y, por supuesto, cobraban una comisión. Este negocio, como vemos, también les pertenecía. Esto y aquello, sin contar los impuestos que cobraban los mismos sacerdotes. Así se constituía el polo económico más importante de Israel, al servicio del cual la religión sacrificial fungía de ideología. Si lo propio de la ideología es generar una mentalidad que naturaliza prácticas indebidas, el Templo operaba bien porque normalizaba todo un mundo de autores, cómplices, encubridores, y de víctimas inocentes, obligadas también estas a hacer funcionar el mercado religioso. María y José no pudieron no ofrecer en el Templo dos pichones en agradecimiento a Dios por el nacimiento de Jesús.

Hoy no sucede así. Sin embargo, pueden darse semejanzas. Porque la tentación de usar a Dios, de vender “dios” en rezos, ceremonias o ritos, es tan antigua como los ídolos y siempre tendrá futuro. La lógica mercantil del “pasando y pasando” –válida en el campo de los negocios- puede infiltrarse en la fe de la gente: “me porto bien, Dios no me castiga; me va mal, es que algo hice”. Pero la lógica mercantil es exactamente contraria a la lógica del Dios del judeo-cristianismo. Si el Dios de Jesús ama a los pobres que no tienen con qué comprar y perdona a los pecadores que no tienen buenas obras de las que jactarse, el cristianismo debiera ser “gratis”.

Jesús, dicen las Escrituras, sacó a latigazos a los comerciantes del Templo. Arruinaba así el monopolio de los potentados de Jerusalén. No atacaba tan fuertemente a los vendedores de palomas como al sistema y la mentalidad mercantil que había traicionado la fe de Israel. Se sabe que esta fue la gota que rebalsó el vaso. Lo mataron. ¿Lo mataron?

Dicen también las Escrituras que su última expresión en la cruz fue un grito. Gritando, pensamos, se hizo diputado de los que claman agobiados por deudas monetarias o por deudas morales. A Dios nadie le debe nada. Tampoco Él debe nada a nadie. Por esto la Iglesia ha de acoger en primer lugar a quienes no tienen con qué intercambiar; y ha de atacar sin miramientos a los causantes de todo tipo de exclusiones. Cuando lo hace, cuando sufre las consecuencias por hacerlo, otra vez se entiende por qué mataron a Jesús.

¿Lo mataron? Sí. Pero vive. No en el Tíbet, tampoco se deja ver en las prácticas religiosas hueras, sino entre quienes mueren unos por otros. El cristianismo es cosa de mártires por el prójimo.

Jorge Costadoat, SJ. (Chile)