jueves, 11 de febrero de 2016

IDENTIFICAR LAS TENTACIONES - José Antonio Pagola


IDENTIFICAR LAS TENTACIONES - José Antonio Pagola

Según los evangelios, las tentaciones experimentadas por Jesús no son propiamente de orden moral. Son planteamientos en los que se le proponen maneras falsas de entender y vivir su misión. Por eso, su reacción nos sirve de modelo para nuestro comportamiento moral, pero, sobre todo, nos alerta para no desviarnos de la misión que Jesús ha confiado a sus seguidores.

Antes que nada, sus tentaciones nos ayudan a identificar con más lucidez y responsabilidad las que puede experimentar hoy su Iglesia y quienes la formamos. ¿Cómo seremos una Iglesia fiel a Jesús si no somos conscientes de las tentaciones más peligrosas que nos pueden desviar hoy de su proyecto y estilo de vida?

En la primera tentación, Jesús renuncia a utilizar a Dios para «convertir» las piedras en panes y saciar así su hambre. No seguirá ese camino. No vivirá buscando su propio interés. No utilizará al Padre de manera egoísta. Se alimentará de la Palabra viva de Dios, solo «multiplicará» los panes para alimentar el hambre de la gente.

Esta es probablemente la tentación más grave de los cristianos de los países ricos: utilizar la religión para completar nuestro bienestar material, tranquilizar nuestras conciencias y vaciar nuestro cristianismo de compasión, viviendo sordos a la voz de Dios que nos sigue gritando ¿dónde están vuestros hermanos?

En la segunda tentación, Jesús renuncia a obtener «poder y gloria» a condición de someterse como todos los poderosos a los abusos, mentiras e injusticias en que se apoya el poder inspirado por el «diablo». El reino de Dios no se impone, se ofrece con amor, solo adorará al Dios de los pobres, débiles e indefensos.

En estos tiempos de pérdida de poder social es tentador para la Iglesia tratar de recuperar el «poder y la gloria» de otros tiempos pretendiendo incluso un poder absoluto sobre la sociedad. Estamos perdiendo una oportunidad histórica para entrar por un camino nuevo de servicio humilde y de acompañamiento fraterno al hombre y a la mujer de hoy, tan necesitados de amor y de esperanza.

En la tercera tentación, Jesús renuncia a cumplir su misión recurriendo al éxito fácil y la ostentación. No será un Mesías triunfalista. Nunca pondrá a Dios al servicio de su vanagloria. Estará entre los suyos como el que sirve.

Siempre será tentador para algunos utilizar el espacio religioso para buscar reputación, renombre y prestigio. Pocas cosas son más ridículas en el seguimiento a Jesús que la ostentación y la búsqueda de honores. Hacen daño a la Iglesia y la vacían de verdad.

1 Cuaresma - C
(Lucas 4,1-13)

DESTRUCCIÓN
Escrito por  Florentino Ulibarri

La política sin principios,
las leyes sin espíritu,
el progreso sin compasión,
el trabajo sin beneficio,
la riqueza sin esfuerzo,
la pobreza sin compromiso,
la erudición sin silencio,
el derecho sin justicia,
la verdad sin diálogo,
la religión sin riesgo,
la razón sin dudas,
el culto sin consistencia,
los medios de comunicación social sin ética,
los mitos sin hondura,
los roles sin ternura
y la vida sin responsabilidad...:
¡Destrucción del mundo,
de tu obra y buena noticia,
de nuestras esperanzas y utopías
y de tu reino entre nosotros!

Y, sin embargo, son tentaciones de cada día.





SI VEMOS UNA SOMBRA, DEL OTRO LADO HAY UNA LUZ
Escrito por  Fray Marcos
Lc 4, 1-13

Debemos superar el enfoque maniqueo de la cuaresma que hemos vivido durante demasiado tiempo. Sin embargo, el sentido profundo de la cuaresma debemos mantenerlo e incluso potenciarlo. En efecto, en ninguna época de la historia el ser humano se había dejado llevar tan masivamente por el hedonismo. A escala mundial el hombre se ha convertido en productor-consumidor. El grito de guerra de las revueltas estudiantiles del 68 en Francia, era: “No queremos vivir peor que nuestros padres”. No querían ganar menos y consumir menos; para nada, hacían alusión a la posibilidad de ser más humanos.

La crisis económica nos puede ayudar a superar el dilema. ¿Queremos consumir más o nos interesa ser cada día más humanos? En teoría no hay problema para responder, pero en la práctica, todos nos dejamos llevar por el hedonismo, aún a costa de menor humanidad. Aquí está la razón de la cuaresma. Todos tenemos la obligación de pararnos a pensar hacia dónde nos dirigimos. Alcanzar plenitud de humanidad exige el esfuerzo de no instalarnos en la comodidad. Para crecer en humanidad debemos ir más allá de la satisfacción de los instintos. Este es el planteamiento de una cuaresma para la reflexión.

No debemos escandalizarnos cuando los exegetas nos dicen que los relatos de las tentaciones no son historia sino teología. Mc, que fue el primero que se escribió, reduce el relato a menos de tres líneas. No son crónicas de sucesos, pero son descarnadamente reales. Empleando símbolos conocidos por todos, nos quieren hacer ver una verdad teológica fundamental: La vida humana se presenta siempre como una lucha a muerte entre los dos aspectos de nuestro ser; por una parte lo instintivo o biológico y por otra lo espiritual o trascendente. Esa lucha no hay que plantearla en el orden del obrar sino en el del conocer.

El mito del mal personificado (diablo), ha atravesado todas las culturas y religiones hasta nuestros días y por lo que se puede adivinar, tiene cuerda para rato. La realidad es que no necesitamos ningún enemigo que nos tiente desde fuera. El diablo nace como necesidad de explicar el mal, que no puede venir de Dios. Sin embargo, lo que llamamos mal no tiene ningún misterio; es inherente a nuestra condición de criaturas. La voluntad solo es atraída por el bien, pero como nuestro conocimiento es limitado, la razón puede presentar a la voluntad un objeto como bueno, siendo en realidad malo. Todos buscamos el bien, pero nos encontramos con lo malo entre las manos, no porque lo busquemos sino por ignorancia.

El mal es consecuencia de una inteligencia limitada. Sin conocimiento, la capacidad de elección sería imposible y no podía haber mal moral. Si el conocimiento fuera perfecto, también sería imposible porque sabríamos lo que es malo, y el mal no puede ser apetecible. Si la voluntad va tras el mal, es siempre consecuencia de una ignorancia.Es decir, creemos que es bueno para nosotros lo que en realidad es malo. La libertad de elección solo se puede dar entre dos bienes. Plantear una lucha entre el bien y el mal, es puro maniqueísmo. La lucha se da entre el bien aparente (mal), y el bien real. Esto es muy importante.

El domingo pasado decíamos que el ser humano es un proyecto que está toda su vida desarrollándose. La tentación consiste en instalarse en uno de los escalones que tenemos que ascender o, peor aún, utilizar los escalones superiores para ponerlos al servicio de los inferiores. Para que el desarrollo humano concluya con éxito, cada etapa tiene que integrar la anterior y unificarse en una única personalidad, solo que más cerca del objetivo final.

Que las tentaciones sean tres, no es casual. Se trata de un resumen perfecto de todas las relaciones que puede desarrollar un ser humano. La tentación consiste en entrar en una relación equivocada con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Una auténtica relación humana con los demás, que es lo que debe manifestarse en nuestra vida real, depende, querámoslo o no, de una adecuada relación con nosotros mismos y con Dios.

1ª tentación: poner la parte superior de nuestro ser al servicio de la inferior. Si eres Hijo de Dios... No se debe entender desde los conceptos dogmáticos acuñados en el s. IV. No hace referencia a la segunda persona de la Trinidad. Significa hijo en el sentido semita. Si tú has hecho en todo momento la voluntad de Dios, también Él hará lo que tú quieres. Fíjate bien que la tentación de hacer la voluntad de Dios para que después Él haga lo que yo quiero, no tiene que venir ningún diablo a sugerírnosla; es lo que estamos haciendo todos, todos los días. Jesús no es fiel a Dios porque es Hijo, sino que es Hijo porque es fiel...

Di que esta piedra se convierta en pan. La tentación permanente es dejarse llevar por los instintos, sentidos, apetitos. Es decir, hacer en todo momento lo que te pide el cuerpo. Es negarse a seguir evolucionando y superarse a sí mismo, porque eso exige esfuerzo. Los instintos nos ayudan a garantizar nuestro ser animal. Si ese fuera nuestro objetivo, no habría nada de malo en seguirlos, como hacen los animales. En ellos los instintos nunca son malos. Pero si nuestro objetivo es ser más humanos, solo a través del esfuerzo lo podremos conseguir, porque debemos ir más allá de lo puramente biológico. El fallo está en utilizar la inteligencia para potenciar nuestro ser animal.

No solo de pan vive el hombre. El pan es necesario, pero, ni es lo único necesario ni es lo más importante. Para el animal sí es suficiente. Nuestro hedonismo cotidiano demuestra que aún no hemos aceptado estas palabras de Jesús. El dar al cuerpo lo que me pide es para muchos lo primero y esencial, descuidando la preocupación por todo aquello que podía elevar nuestra humanidad. El antídoto de esta tentación es el ayuno. Privarnos voluntariamente de aquello que es bueno para el cuerpo, es la mejor manera de entrenarnos para no ceder, en un momento dado, a lo que es malo.

2ª tentación: Si me adoras, todo será tuyo. El poder, en cualquiera de sus formas, es la idolatría suprema. El poder lleva siempre consigo la opresión, que es el único pecado que existe. Adorar a Dios no significa dar incienso a un dios exterior. Se trata de descubrir lo que de Dios hay en nosotros y vivirlo. Nuestro auténtico ser no está en el ego aparente sino más a lo hondo. Si descubro mi ser profundo, no me importará desprenderme de mi falso yo y, en vez de buscar el dominio de los demás, buscaré el servicio a todos. El antídoto es la limosna. Para no caer en la tentación de aprovecharnos de los demás, debemos hacer ejercicios de donación voluntaria de lo que tenemos y de lo que somos.

3ª tentación: Tírate de aquí abajo. Realiza un acto verdaderamente espectacular, que todo el mundo vea lo grande que eres. Todos te ensalzarán y tu (vana) gloria llegará al límite. La respuesta es, que dejes a Dios ser Dios. Acepta tu condición de criatura y desde esa condición alcanza la verdadera plenitud. Dios no tiene que darte nada. Mucho menos podrá tener privilegios con nadie. Ya se lo ha dado todo a todos. Eres tú el que debes descubrir las posibilidades de ser que tienes sin dejar de ser criatura. Ya es hora de que dejemos de acusar a Dios de haber hecho mal su obra y exigirle que rectifique. El antídoto es la oración. Al decir oración no queremos decir “rezos” sino meditación profunda. Descubrir al verdadero Dios, me librará de utilizar al dios ídolo.

No debemos plantearnos la lucha contra el mal desde el voluntaris­mo, sino desde un mejor conocimiento de la persona, de la realidad y de Dios. El pecado no consiste en la trasgresión de una ley, sino en deteriorar tu propio ser. La ley, lo único que puede hacer es advertirte de que esto o aquello puede hacerte daño; pero eres tú, el que tienes que descubrir la razón de mal, si quieres que la voluntad deje de apetecer lo que te daña

Meditación-contemplación

Cuaresma es tiempo de desierto.
Camina hacia tu interior repleto de peligros y asechanzas.
Para llegar a tu verdadero ser, hay que atravesar tu propio desierto.
Libérate de todo lo que crees ser, para llegar a lo que eres de verdad.
..........................

Solo en tu propio desierto afrontarás la verdadera batalla de la vida.
Eso sí, empujados por el Espíritu.
En desierto y solo, tienes que tomar la decisión definitiva.
La “tierra prometida”, está ya ahí, al otro lado de tu falso yo.
.............................

Mantente en el silencio, hasta que se derrumbe el muro que te separa de ti mismo.
Solo la ignorancia nos mantiene alejados del SER.
Deja que la luz que ya está en tu interior te invada por completo.
Serás feliz y harás felices a los que viven junto a ti.
..........................

Se me ha ocurrido un ejemplo un poco complicado, pero que bien entendido puede ayudarnos. Cuando yo era niño, hacía carros y trenes y barcos. Al hacer barcos de madera, me di cuenta que se inclinaban a un lado. Quitaba madera de ese lado y se me inclinaban hacia el otro. No conseguía que permanecieran verticales. Hasta que me di cuenta de que, poniéndoles en lo hondo un peso, se enderezaban ellos solitos. Después aprendí lo del centro de gravedad y todo eso… si el ser humano no tiene un peso que le equilibre, se pasará la vida dando tumbos a un lado o a otro. Puede superar la bebida, pero se escorará a la sexualidad; puede superar la glotonería, pero se inclinará hacia la avaricia.

El ser humano nunca conseguirá el equilibrio si no encuentra un verdadero peso que enderece y ponga a raya todos sus apetitos. Decíamos el domingo pasado que el ser humano es un proceso. Solo cuando las etapas más humanas de nuestro ser, pueden equilibrar todas las anteriores y ordenarlas en un equilibra completamente estable.

Recordemos lo que dijimos el domingo pasado: el ser humano es un proyecto que está siempre realizándose, entonces comprenderemos perfectamente las tentaciones de Jesús, porque son las nuestras. La gran tentación es instalarnos en cualquiera de los escalones del proceso o, peor todavía, poner los escalones más elevados al servicio de los más bajos.

Fray Marcos





CATADORA DE VINO
Dolores Aleixandre

Hace unos cuantos años un colega jesuita dijo delante de mí: “Dolores es la Corín Tellado de la teología”. Me fastidió un poco, la verdad, y no solo por la impertinencia, sino también por la posible “pertinencia” de su opinión: me estaba recordando que lo mío no es el “alto pensamiento teológico”, sino el intento de hablar de las cosas de Dios en el lenguaje de todos los días; que soy una escritora “de vuelo corto”, una cuentacuentos a lo divino.

Me encanta que haya otras mujeres teólogas más capacitadas para reflexionar en profundidad y debatir con rigor temas más arduos, pero mis estudios académicos están almacenados en algún rincón de la memoria que visito con poca frecuencia. La especulación teológica me ha dejado casi siempre fría y en cambio, en cuanto abro la Biblia, me arde el corazón. Ahí encuentro a quien quiero parecerme en mi tarea de biblista: a Sara, por ejemplo, la primera mujer que “hizo teología” y que la inauguró afirmando de Dios algo que elevaba la risa y el humor a una categoría casi teologal: “El Señor me ha hecho reír, y todos los que se enteren reirán conmigo” (Gen 21,6).

También me atrae Noemí, la Job en femenino, que se atrevió a hablar de Dios con nombres terribles que expresaban queja y rebeldía: el Señor es “el que me ha vaciado”, “el que me ha vuelto amarga”… (Rut 1,21) Ella no lo sabía, pero estaba abriendo la puerta a todos los que necesitan expresar ante Dios sus quejas, sus reproches y hasta su ira, seguros de que no le ofende que derramemos ante Él con libertad todo aquello que desborda nuestro corazón. Por cierto: frente a los 42 capítulos de Job, a Noemí le bastan dos versos para decir más o menos lo mismo.

Los sirvientes de las bodas de Caná me enseñan también mucho sobre el oficio teológico y Juan 2,9 ofrece un dato precioso sobre ellos: “El maestresala probó el vino nuevo sin saber su procedencia (sólo lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua)”. Lo mismo que ellos, me gustaría ser una especie de camarera con delantal que ha probado el Vino, tiene la suerte de saber por qué es el mejor que nadie haya probado nunca y lo va ofreciendo de acá para allá.

Y que dedica tiempo a buscar palabras que despierten en otros el deseo de conocer más al Gran Copero.

Dolores Aleixandre
Periodista Digital





LAS TENTACIONES DE JESÚS
Escrito por  José Luis Sicre

El primer domingo de Cuaresma se dedica siempre a recordar el episodio de las tentaciones de Jesús. También los evangelios sinópticos abren la vida pública de Jesús con ese famoso episodio. Es un relato programático, para que el lector del evangelio sepa desde el primer momento cómo orienta Jesús su actividad y los peligros que corre en ella. Para eso, enfrentan a Jesús con Satanás, que encarna a todas las fuerzas de oposición al plan de Dios, y que intentará apartar a Jesús de su camino.

Marcos habla de ellas de forma escueta y misteriosa:   “En seguida el Espíritu lo empujó al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, y Satanás lo ponía a prueba; estaba con las fieras y los ángeles le servían” (Mc 1,12-13). Tenemos los datos básicos que recogerán todos los evangelios (menos Juan, que no habla de las tentaciones): lugar (desierto), duración (40 días), la prueba. Pero Mc no habla del ayuno ni concreta en qué consistían las tentaciones; y el servicio de los ángeles es continuo durante esos días.

Mateo y Lucas, utilizando una tradición paralela, han completado el relato de Marcos con las tres famosas tentaciones que todos conocemos; al mismo tiempo, presentan a Jesús ayunando durante esos cuarenta días (igual que Moisés en el Sinaí) y relegan el servicio de los ángeles al último momento.

Las tentaciones empalman directamente con el episodio del bautismo y explican cómo entiende Jesús lo que dijo en ese momento la voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. ¿Significa esto que la vida de Jesús vaya a ser cómoda y maravillosa como la de un príncipe?

1ª tentación: utilizar el poder en beneficio propio
Partiendo del hecho normal del hambre después de cuarenta días de ayuno, la primera tentación es la de utilizar el poder en beneficio propio. Es la tentación de las necesidades imperiosas, la que sufrió el pueblo de Israel repetidas veces durante los cuarenta años por el desierto. Al final, cuando Moisés recuerda al pueblo todas las penalidades sufridas, le explica por qué tomó el Señor esa actitud: “(Dios) te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios” (Dt 8,3). En la experiencia del pueblo se han dado situaciones contrarias de necesidad (hambre) y superación de la necesidad (maná). De ello debería haber aprendido dos cosas. La primera, a confiar en la providencia. La segunda, que vivir es algo mucho más amplio y profundo que el simple hecho de satisfacer las necesidades primarias. En este concepto más rico de la vida es donde cumple un papel la palabra de Dios como alimento vivificador. En realidad, el pueblo no aprendió la lección. Su concepto de la vida siguió siendo estrecho y limitado. Mientras no estuviesen satisfechas las necesidades primarias, carecía de sentido la palabra de Dios.

Lo que acabo de decir refleja el gran problema teológico de fondo. En la práctica, la tentación se deja de sutilezas y va a lo concreto: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús, el nuevo Israel, no necesita quejarse del hambre, ni murmurar como el pueblo, ni acudir a Moisés. Es el Hijo de Dios. Puede resolver el problema fácilmente, por sí mismo. Pero Jesús, el nuevo Israel, demuestra que tiene aprendida desde el comienzo esa lección que el pueblo no asimiló durante años: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”.

En realidad, la enseñanza de Jesús en esta primera tentación es tan rica que resulta imposible reducirla a una sola idea. Está el aspecto evidente de no utilizar su poder en beneficio propio. Está la idea de la confianza en Dios. Pero quizá la idea más importante, expresada de forma casi subliminar, es esa visión amplia y profunda de la vida como algo que va mucho más allá de la necesidad primaria y se alimenta de la palabra de Dios.

2ª tentación: Tener, aunque haya que arrastrarse
La segunda tentación no es la tentación provocada por la necesidad urgente, sino por el deseo de tener todo el poder y la gloria del mundo. ¿Es esto malo, tratándose del Mesías? Los textos proféticos y algunos Salmos hablaban de su dominio cada vez mayor, universal, concedido por Dios. Pero Satanás parte de un punto de vista muy distinto, propio de la mentalidad apocalíptica: el mundo presente es malo, no está en manos de Dios, sino en las suyas; es él quien lo domina y entrega su poder a quien quiere. Solo pone como condición que se postren ante él, que lo reconozcan como dios. Jesús se niega a ello, citando de nuevo un texto del Deuteronomio: “Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, a él solo darás culto”.

El relato es tan fantástico que cabe el peligro de no advertir su tremenda realidad. El ansia de poder y de gloria lo percibimos continuamente (mucho más en España en tiempos de elecciones y de formación de gobierno), y también queda clara la necesidad de arrastrarse para conseguir ese poder. Pero este peligro no es solo de políticos, banqueros y grandes empresarios. Todos nos creamos a menudo pequeños ídolos ante los que nos postramos y damos culto.

3ª tentación: pedir pruebas que corroboren la misión encomendada.
En 1972, cuando todavía estaba permitido llegar hasta el pináculo del Templo de Jerusalén, tuve ocasión de contemplar la impresionante vista de las murallas de Herodes prolongándose en la caída del torrente Cedrón. Una de las pocas veces en mi vida en las que he sentido vértigo. En ese escenario sitúa Satanás a Jesús para invitarlo a que se tire, confiando en que los ángeles vendrán a salvarlo.

Esta tentación se presta a interpretaciones muy distintas. Podríamos considerarla la tentación del sensacionalismo, de recurrir a procedimientos extravagantes para tener éxito en la actividad apostólica. La multitud congregada en el templo contempla el milagro y acepta a Jesús como Hijo de Dios. Pero esta interpretación olvida un detalle importante: el tentador nunca hace referencia a esa hipotética muchedumbre, lo que propone ocurre a solas entre Jesús y los ángeles de Dios.

Por eso considero más exacto decir que la tentación consiste en pedir pruebas que corroboren la misión encomendada. Nosotros no estamos acostumbrado a esto, pero es algo típico del Antiguo Testamento, como recuerdan los ejemplos de Moisés (Ex 4,1‑7), Gedeón (Jue 6,36‑40), Saúl (1 Sam 10,2‑5) y Acaz (Is 7,10‑14). Como respuesta al miedo y a la incertidumbre, espontáneos ante una tarea difícil, Dios concede al elegido un signo milagroso que corrobore su misión. Da lo mismo que se trate de un bastón mágico (Moisés), de dos portentos con el rocío nocturno (Gedeón), de una serie de señales diversas (Saúl), o de un gran milagro en lo alto del cielo o en lo profundo de la tierra (Acaz). Lo importante es el derecho a pedir una señal que tranquilice y anime a cumplir la tarea.

Jesús, a punto de comenzar su misión, tiene derecho a un signo parecido. Basándose en la promesa del Salmo 91,11‑12 (“a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos; te llevarán en volandas para que tu pie no tropiece en la piedra”), el tentador le propone una prueba espectacular y concreta: tirarse del alero del templo. Así quedará claro si es o no el Hijo de Dios.

Sin embargo, Jesús no acepta esta postura, y la rechaza citando de nuevo un texto del Deuteronomio: “No tentarás al Señor tu Dios” (Dt 6,16). La frase del Deuteronomio es más explícita: “No tentaréis al Señor, vuestro Dios, poniéndolo a prueba, como lo tentasteis en Masá”. ¿Qué ocurrió en Masá? Lo cuenta el libro de los Números 17,1-7: el pueblo, durante la marcha por el desierto, se queja por falta de agua para beber. Y en esta queja se esconde un problema mucho más grave que el de la sed: la auténtica tentación consiste en dudar de la presencia y la protección de Dios: "¿Está o no está con nosotros el Señor?" (v.7). En el fondo, cualquier petición de signos y prodigios encubre una duda en la protección divina. Jesús confía plenamente en Dios, no quiere signos ni los pide. Su postura supera con mucho incluso la de Moisés.

Cuando termina el relato de las tentaciones, Lucas añade que “el tentador lo dejó hasta otro momento”. Ese momento será al final de la vida de Jesús, cuando esté crucificado.

Nuestras tentaciones
Las tentaciones tienen también un valor para cada uno de nosotros y para toda la comunidad cristiana. Sirven para analizar nuestra actitud ante las necesidades, miedos y apetencias y nuestro grado de interés por Dios.

1) La necesidad primaria: afecto, comprensión.
2) ¿Está Dios en medio de nosotros?
3) La tentación de tener.
4) La tentación del dejarse arrastrar, dejar hacer a los demás, callar.

1ª lectura (Deuteronomio)
Recoge la oración que pronuncia el israelita cuando, después de recoger la cosecha, ofrece a Dios las primicias de los frutos. Va recordando la historia del pueblo, desde Jacob (“mi padre era un arameo errante”), la opresión de Egipto, la liberación y el don de la tierra. En el contexto de la cuaresma, esta lectura nos invita a pensar en los beneficios recibidos de Dios y a ser generosos con él. El agradecimiento a Dios es más importante incluso que la mortificación cuaresmal.

2ª lectura (Romanos 10, 8-13)
Destaca la importancia de confesar la fe en Jesús, “porque si tus labrios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás”. Como dice la Escritura: “Nadie que cree en él quedará defraudado”.

José Luis Sicre





CUARESMA, TIEMPO PARA LA ORACIÓN
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 4, 1-13

El Evangelio "narra" el retiro de Jesús en el desierto, en oración y ayuno, inmediatamente después del Bautismo en el Jordán y antes de empezar su predicación. Mateo y Lucas presentan dos relatos prácticamente iguales, mientras Marcos lo hace de una manera mucho más escueta:

"Y el espíritu le hizo salir para el desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días tentado por el diablo. Y vivía con las fieras, y los ángeles le servían."

El relato falta completamente en Juan, que empalma el Bautismo en el Jordán con la llamada de los primeros discípulos.

El relato es histórico-simbólico. Se trata sin duda de un retiro a la soledad, de un período de oración y ayuno, frecuente en las personas religiosas de la época, y practicado después por la iglesia. Pero aquí es, sobre todo, la preparación inmediata de Jesús para lanzarse a su trabajo. Treinta años de vida oculta terminan en el bautismo del Jordán. Ahora, arrastrado por el Espíritu, se va a lanzar a su misión de curar y predicar. El espíritu de Jesús necesita alimentarse en la oración.

El relato de las tentaciones parece mucho más simbólico. Se reúnen aquí y se simbolizan las tentaciones de Jesús: el mesianismo fácil, el poder, el éxito. Jesús está "aceptando la gracia del bautismo" y sintiendo la tentación de rechazarla. Tiene para nosotros el mensaje, fuerte e inquietante, de que Jesús sufre tentación, como cualquier ser humano, y la supera con la fuerza del espíritu.

Jesús experimenta tentaciones y busca fuerza en la oración. Verdaderamente, es un ser humano. Algunas cristologías parecen mostrar a Jesús como nosotros, pero menos, porque la presencia de la Divinidad altera la humanidad. Es el peligro de algunas cristologías derivadas del cuarto evangelio (que omite estas tentaciones, como omitirá la angustia de Getsemaní y el abandono de la cruz).

En cristologías de este tipo, que profesamos inconscientemente, Jesús pasa por la vida terrestre pareciéndose a nosotros, pero con "poderes especiales" que le hacen invulnerable, conocedor de todo futuro; cuando ora no hace más que actualizar y expresar su unión hipostática; camina, pero podría volar...

Las tentaciones en el desierto, la tentación de Getsemaní, la tentación de la cruz nos hacen sospechar de esa "fe" en la apariencia humana de Jesús. Es un hombre; nos parecemos en lo más íntimo de nuestro ser humano: la tentación y la necesidad de alimentar el espíritu en la oración.

Todo ser humano es un caminante. Jesús camina hacia la Resurrección. Tendrá que superar la cruz y entonces llegará, llegará hasta ser constituido Señor y glorificado a la derecha del Padre. Jesús es también modelo de caminantes, porque es caminante. Toda cristología que anule o disminuya la humanidad de Jesús es una falsa cristología. En el hombre Jesús descubrimos a Cristo el Señor. En el hombre Jesús vemos la fuerza del Espíritu divinizando sin deshumanizar. Quizá sea éste el centro más esencial de nuestra fe: humanizar y divinizar es lo mismo. Por eso creemos en Jesús tan verdadero Dios como verdadero hombre. Decía nuestro viejo catecismo: "Sin dejar de ser Dios quedó hecho hombre". Podríamos darle la vuelta y decir que nuestra fe en Jesús cree en su divinidad "sin dejar de ser hombre".

Esto es iluminador para nuestro camino hacia la resurrección: el camino que es toda nuestra vida y el camino representado en la Cuaresma. Ninguna deshumanización, sino divinización, que es liberación de todo lo que deshumaniza.

El camino de Jesús se inicia en el seno de su madre, pero su entrega incondicional y definitiva a la Misión arranca en el bautismo. ¿Podemos imaginar que en sus años oscuros Jesús va sintiendo la llamada a la Misión, y que en el Bautismo el Espíritu se le hace imperioso y definitivo, y Jesús se sumerge en la Misión, se tira de cabeza al agua de una vida total y definitivamente entregada a lo que el Padre le pide? Es ir demasiado lejos, es forzar los textos, pero no deja de ser una imagen subyugadora.

Y en el momento mismo de lanzarse a su misión Jesús da muestras de que sabe bien lo que esa misión significa. En el horizonte del monte de la tentación está el calvario. Como siempre hará en su vida, Jesús afronta todos los momentos difíciles preparándose con la oración. Éste es el más difícil de todos los momentos que ha vivido hasta ahora. Podríamos decir que Jesús siente una vocación y sabe cuál va a ser el riesgo de seguirla. El Espíritu se le ha mostrado en el Jordán, se sabe Hijo, conoce su misión. Y el Espíritu es fuerte, pero la carne es débil. La oración hará que el Espíritu sea más fuerte que la debilidad de la carne.

Es frecuente desmenuzar las tentaciones que presentan los evangelistas y presentarlas como tentaciones de falso mesianismo. También es frecuente recordar que la tentación – y esas tentaciones - estará presente en toda la vida de Jesús. Pero es necesario que nos detengamos también en este arranque de la vida pública de Jesús, y en su primera tentación: soslayar su vocación, eludir la misión. Los discípulos le seguirán "dejándolo todo". Y él también está ahora en el trance de dejarlo todo y dejarse llevar por el Espíritu.

Es una hermosa imagen para nuestro comienzo de Cuaresma. En nuestra vida está siempre el Espíritu invitando a más: a más misión, a ser más hijos. Se nos ofrece un magnífico destino: entregarnos al Reino. Pero la carne es débil, habrá que dejar algunas cosas, muchas cosas quizá. Nos encontramos quizá en la situación de aquel joven rico invitado por Jesús al Reino, y sentimos la gran tentación: retroceder hacia la vulgaridad de nuestra vida, cerrar las alas al Espíritu. En esa misma situación, Jesús cobra fuerzas en la oración. Bajará del monte y no volverá a Nazaret: ha vencido a la tentación y se entregará a la misión.

En este primer domingo de Cuaresma se nos ofrece la oportunidad de contemplar la vocación de Jesús, y nuestra propia vocación. El principio de la vida pública de Jesús, representado en la cuarentena en el monte nos lleva a pensar que Jesús está buscando la Voluntad de Dios sobre su vida. Buen tema parta reflexionar en Cuaresma. La voluntad de Dios: qué espera mi Padre de mí.

La voluntad de Dios sobre una persona puede encontrarse en un momento de iluminación, en sentir un llamamiento especial, personal. Y puede encontrarse de manera cotidiana, insistente, al modo de la levadura y de la semilla de mostaza. Esto es fruto de la oración, de la contemplación de Jesús, del contacto con el evangelio, que siempre se traduce en una llamada a caminar, a seguir a Jesús más de cerca.

La cuaresma no es un tiempo de excepción sino de intensificación. Y desde luego, en la oración: mejor que hacer acciones excepcionales –ayunos y abstinencias por ejemplo– hacer tiempos excepcionales, hacer huecos a la oración, retirarse como Jesús a contagiarse del evangelio, de los criterios y valores de Jesús, dejarse afectar por la fascinación de Jesús, hacer silencio para que se oigan mejor sus palabras.

Y si esa intensificación no termina con la Cuaresma, sino que se hace costumbre... mejor que mejor. Así, estos cuarenta días no serán excepciones en la vulgaridad de la vida, sino peldaños de crecimiento.

José Enrique Galarreta





Reflexión de la película: El renacido: sobrevivir para vengarse
Pedro Miguel Lamet

El renacido es un hito en el cine épico de aventuras, tan frío y descarnado como el paisaje que refleja. Orquestada con tres globos de oro y doce menciones para el próximo Oscar, El renacido es una película que aparece en nuestras pantallas arrastrada por una ola de popularidad y reconocimientos de crítica, premios y éxito de taquilla en USA. La avala la manivela de su autor, Oscar Alejandro González Iñárritu, primer mexicano en lograr la gloria de Holliwood con un premio a la mejor película otorgado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, así como el segundo cineasta mexicano en obtener el premio Óscar al Mejor director y  el del Sindicato de Directores (DGA). Lo mismo que el de mejor director en el festival de Cannes (2006). Además sus cinco largometrajes anteriores, Amores perros (2000), 21 gramos (2003), Babel (2006), Biutiful (2010)  y Birdman (2014), le refrendaban ya como autor de probado prestigio

Pero con El renacido, Iñárritu, se desafía a sí mismo con un nuevo empeño propio de un coloso del cine: rodar, durante año y medio y  a la luz del día, en medio de un hosco entorno natural, una historia épica de superación en convivencia y lucha feroz  con la naturaleza.

En plena década de 1820, durante una expedición al desconocido Oeste norteamericano, todavía habitado por tribus indias, el trampero, explorador y cazador de pieles Hugh Glass, es brutalmente atacado por un gigante oso grizzly.  Gravemente herido  por la colosal bestia, es abandonado  por sus propios compañeros que le dan por muerto. En medio de la más implacable soledad, con una pierna rota y  aquejado de agudos dolores,  Glass consigue sobrevivir, curar sus propias heridas, y alimentarse de carne cruda de animales que caza. Su único afán se reduce a mantenerse vivo para vengarse de los asesinos de su hijo, y de la traición de su confidente John Fitzgerald, en marcha siempre hacia adelante, rumbo a un remoto campamento que parece imposible de alcanzar. El frío de las escarpadas montañas nevadas, el acoso de tribus indias, su robinsoniana capacidad para autoabastecerse de la hostil naturaleza, y el amor a su familia, le espolean en su ruta de lucha y supervivencia.

La línea argumental no puede ser más simple y los ingredientes narrativos más elementales. Basado en el personaje histórico de Hugh Glass, que inspiró a Michael Punke para escribir la novela The Revenant: A Novel of Revenge, la película no sobresale pues ni por su argumento ni por su guion. Como historia, no pasa de ser una aventura lineal y hasta monocorde. Todo el mérito radica en la realización de Iñárritu y la eficaz fotografía de Emmanuel Lubezki, que consigue entonar un himno cósmico a la naturaleza feraz y genesíaca, rodada entre Canadá y Tierra del Fuego (Argentina)

Lejos de una interacción lírica con el medio ambiente, la película muestra el entorno como un hábitat ambiguo que hay que conquistar, que hunde y enaltece, mata y salva al mismo tiempo. De esta forma el film es un canto épico al espíritu humano por servirse de la creación, como amiga y enemiga, fuente de violencia y recursos, madre e implacable devoradora. El protagonista, Leonardo DiCaprio, en una interpretación antológica, se funde con el paisaje recuperando la primigenia índole animal del ser humano, que, en su debilidad, y gracias al espíritu de superación que le anima, cae y se levanta, está a punto de morir y se crece en su itinerario épico, casi brutal. En este sentido la película puede llegar a ser en momentos desagradable y primitiva. Pero refleja la verdad humana en su estado primigenio,  se remonta a la prehistoria, donde el hombre no sólo ha de enfrentarse con los ,impedimentos de un medio hostil, sino  también con sus propios congéneres salvajes en estado cercano al pitecantrupus erectus.

¿Dónde queda la dimensión mental y espiritual? En dos aspectos: la vinculación padre-hijo, y el la acción del indio que le ayuda y le salva a riesgo de morir él mismo, en un rasgo insólito de amor gratuito. De todas formas en el desenlace, pese a los recursos a la imagen de la amada muerta, como recuerdo, y otras leves escapadas más líricas, la motivación que sobrenada y mantiene vivo a Hugh no puede ser más pesimista:  el simple anhelo de venganza. En realidad se trata un viaje iniciático que se resume en la alianza y la batalla del hombre con la naturaleza, pero  donde está ausente cualquier iniciación hacia un crecimiento o descubrimiento del espíritu humano. Hugh es un héroe frente a las rocas, las bestias, los elementos, pero no consigo mismo, su victoria solo se traduce  en más y más sangre,

Cine puro en cuanto culto a la imagen –apenas hay diálogo-, mantiene el interés con escasos elementos. En este sentido El renacido es un hito en la historia del cine de aventuras y en su lenguaje icónico hecho de paisaje y esfuerzo sobrehumano. Pero frío como la nieve que lo empapa, descarnado, pábulo para un espectador que exige manjares fuertes y una sociedad, como la que vivimos, donde la violencia descarnada y la tesis del homo homini lupus parece imponerse a cualquier otra. No obstante en esta importante película, a la que le falta alma, no está ausente una soterrada poesía, la que se desprende de fuerza y belleza de la naturaleza en sí misma.

Fuente: http://blogs.21rs.es/lamet



A veces hay que esperar

A veces hay que esperar,
porque las palabras tardan
y la vida suspende su fluir.
A veces hay que callar,
porque las lágrimas hablan
y no hay más que decir.
A veces hay que anhelar
porque la realidad no basta
y el presente no trae respuestas.
A veces hay que creer,
contra la evidencia
y la rendición.
A veces hay que buscar,
justo en medio de la niebla,
donde parece más ausente la luz.
A veces hay que rezar
aunque la única plegaria posible
sea una interrogación.
A veces hay que tener paciencia
y sentarse junto a las losas,
que no han de durar eternamente.

José María R. Olaizola, sj





Asistir al enfermo

Hoy no utilizaré metáforas ni rodeos. No hablaré de las enfermedades espirituales, ni de enfermedades sociales. No. La enfermedad es esa realidad que nos acaba alcanzando a todos. Es esa condición natural a la que nuestro cuerpo tiende por el hecho de estar vivo y no ser perfecto. La sufrimos en nosotros y la vemos en otros. La podemos negar, cambiar de nombre y evitar en nuestras conversaciones. O la podemos afrontar y aprender de ella. 

Con el tiempo he ido descubriendo algo que sólo intuía cuando elegí medicina como profesión. Y es que la enfermedad nos sitúa en nuestro justo lugar y saca de nosotros una de las verdades más profundas. Se convierte en maestra. Dura y exigente, pero maestra. 

Hay enfermedades banales que nos ponen apenas una piedra en el zapato. Un pequeño susto. A veces un tratamiento crónico que no nos condiciona mucho más. Esa piedra en el zapato se convierte casi en la oportunidad de hacer consciente el que caminamos.

Otras veces la enfermedad, propia o ajena, nos pone ante una realidad más seria, más grave. Nos pone frente a frente de nuestra finitud. Echa por tierra nuestro afán de omnipotencia y fortaleza. Nos desgasta hasta que un día nos lleva consigo o nos arrebata al ser querido. 

Es ahí donde aparece, casi por milagro, la realidad más honda. Que ni salud ni enfermedad; ni vida larga ni corta; nos quitan un ápice de nuestra verdad más profunda: ser criaturas de Dios. Todo lo demás no añade ni resta nada a esa dignidad y belleza fundamental. Por eso asistir a un enfermo no es más que visitar a la otra persona en esa verdad desnuda: eres mi hermano. Y yo no soy ni más ni menos. Puedo entonces acompañar sin verborrea ni moralina, puedo quedarme en silencio sin compasiones doloristas, puedo hasta bromear sin que eso sea una huida del problema. Es simplemente estar con el otro. Visitar la persona y no la enfermedad. Ahí está el alivio más profundo. 

  
Charlie Gómez-Virseda sj





CUARESMA: EL DESIERTO, LUGAR DE APRENDIZAJE

El número “cuarenta” –cuarenta años era la edad de toda una generación- hace alusión, en la Biblia, a un “periodo largo de prueba”. Cuarenta son los años que el pueblo hebreo, liderado por Moisés, pasa en el desierto, camino hacia la “Tierra prometida”; cuarenta días son los que, como “nuevo Moisés”, aparece Jesús en el desierto, sometido a tentaciones, de las que sale airoso, con fidelidad renovada.

El desierto, en la tradición bíblica, es un lugar ambivalente: por un lado, es el escenario de las mayores dificultades, donde el ser humano, sin seguridades a las que aferrarse, se siente sometido a las pruebas más duras; por otro, sin embargo, aparece como el espacio en el que se goza de una especial intimidad con Dios: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón”, le hace decir Oseas a JHWH (Os 2,14).

Sin duda, no es casual que ambos significados aparezcan unidos. Con frecuencia, los humanos necesitamos pasar por experiencias de despojo, fragilidad, vulnerabilidad, crisis…, para poder “ablandar” nuestro corazón y, de ese modo, hacernos más receptivos.

Porque el “desierto” no es solo un lugar geográfico; ni siquiera solo aquellos espacios que, en nuestra sociedad, se caracterizan por la soledad o el silencio, como suelen ser los monasterios o, más ampliamente, los parajes rurales. Son lugares que buscamos para silenciarnos y ofrecernos la oportunidad de reconectar conscientemente con nuestro centro.

Pero existe otro “desierto” no buscado y, por eso, con frecuencia, más desconcertante y más difícil de asimilar. Entran ahí todas aquellas situaciones y circunstancias que nos presenta la vida, generalmente en forma de crisis, en las que somos invitados a vivir un despojo de aquello con lo que nos habíamos identificado. Se trata de una experiencia de “desierto” porque se produce también una caída de (supuestas) seguridades en las que creíamos hacer pie y nos vemos enfrentados a lo más vulnerable y oscuro de nuestra existencia.

Se trata de un momento tan difícil como privilegiado. Difícil e incluso doloroso porque nos sentimos zarandeados. (En la Biblia se dice que la experiencia del desierto resultaba tan dura para los hebreos, que hubieran ansiado volver a la esclavitud: no solo echaban de menos las “cebollas de Egipto” [Num 11,5], sino que deseaban “haber muerto” [Num 14,2]).   

El desierto inesperado se caracteriza por la aridez, la sequedad, el sinsentido e incluso la desesperanza. La oscuridad parece invadir el espacio que antes nos parecía luminoso y el desconcierto amenaza con introducirnos en una espiral de vacío.

Y, sin embargo, es entonces cuando puede producirse el milagro. Acertaba Leonard Cohen cuando decía: “Hay una grieta, una grieta en todo. Por ahí es por donde entra la luz“. Y Carl Jung: “No es posible despertar a la conciencia sin dolor. Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad”.

Existe un riesgo grave: ante experiencias dolorosas –que tocan nuestra zona más frágil o vulnerable, porque guarda memoria de heridas antiguas-, se activan emociones invasivas que nublan nuestra mente hasta el punto de bloquearnos. Lo cual, a su vez, se traduce en una intensificación de aquellos primeros sentimientos que nos habían descolocado. Emociones y pensamientos se retroalimentan mutuamente, introduciéndonos en un circuito peligroso y nocivo en sus consecuencias. 

Con cuidado amoroso, habremos de acoger nuestro dolor y aquietar nuestra mente, dándonos tiempo para que, al calmarse el “oleaje” mental-emocional, pueda regresar la luz y, con ella, la lucidez y la serenidad.

El “desierto” –la crisis– nos zarandea y nos desnuda porque desenmascara nuestras falsas seguridades. ¡Habíamos puesto nuestra seguridad en algo incapaz de otorgarla! Por eso, en un primero momento, somos llevados a buscar nuestras raíces más profundas. Cuando ese recorrido se vive adecuadamente, es probable que al final podamos constatar, con Kierkegaard, que “me habría ido al fondo si no hubiera ido al Fondo”. En efecto, antes o después, el desierto nos conduce hacia el Fondo estable y quieto, aquello que queda cuando hemos soltado –voluntaria o involuntariamente– todo lo demás.

Pero el viaje no acaba ahí. El desierto seguirá apareciendo ante nosotros de forma más o menos intermitente, más o menos acuciante, hasta que hagamos la experiencia de que somos aquel mismo Fondo que nos sostiene.

En un lenguaje teísta, Oseas decía que en el desierto se hacía presente Dios para hablar al corazón del pueblo. En un lenguaje no religioso (o trans-religioso), eso significa que, cuando el desierto nos ha “obligado” a soltar nuestras falsas identificaciones, se nos hace presente Aquello inefable, lo único permanente que, no solo nos sostiene en todo momento, sino que nos constituye.

Descubrimos entonces que lo que somos no puede ser dañado jamás. Y nos percatamos de la clave que explica todo el proceso vivido: en medio del desierto (o crisis), nos creíamos zarandeados porque estábamos identificados con lo que no somos (el yo) y éramos presa de la confusión, porque intentábamos leer lo que sucedía desde ese mismo “personaje” que se veía afectado. ¿Acaso puede un personaje del sueño nocturno entender la trama de lo que sucede en el mismo? De manera similar, tampoco el yo puede entender nada de aquello que lo sacude.

El desierto nos va llevando a reconocer la inconsistencia del yo hasta poder percibir que somos Aquello que no puede ser amenazado. Ese fue el modo como Jesús superó las tentaciones de su desierto particular, centradas –como las nuestras- en el tener, el poder y el aparentar (Mt 4,1-11).

Se abre entonces, ante nosotros, un trabajo paradójico: por un lado, dejamos de identificarnos con el yo –que se debatía, tan ansiosa como inútilmente, buscando seguridad en aquello a lo que se aferraba–; por otro, sin embargo, lo acogemos desde el Amor que somos y en el que permanecemos anclados. Paradójicamente también, el desierto nos conduce a “casa”, a nuestra verdadera identidad, a la “Tierra prometida”.

Enrique Martínez Lozano





MUERTE FELIZ
José Arregi  

Estos días he releído el último libro de H. Küng, aún no traducido al español, un texto breve del año 2014 con el que a sus 86 años, aquejado por un Párkinson progresivo, quiso coronar su vida y toda su obra. El título constituye más que un mero testamento vital, es un programa de vida: “Muerte feliz”.

¿Contradicción? Más bien, paradoja de la vida, que solo puede ser feliz dándose. Paradoja de la muerte que se hace donación y se vuelve decisión, expresión, culminación de la vida. La muerte puede ser feliz, pues la vida que se da no muere. ¿Te parece un juego de palabras vacío? Para H. Küng es el horizonte que ilumina su vida entera incluida la muerte. Sabe de lo que habla, pues a ello ha consagrado sus inagotables energías físicas, emocionales, intelectuales, espirituales.

Muerte feliz: eso significa “eutanasia” en su origen y etimología, aunque los nazis degradaron su sentido al utilizarlo para designar sus prácticas de exterminio, de muerte infeliz. Muerte feliz o eutanasia significa morir sin tristeza y sin dolor, o con el mínimo de tristeza y de dolor inevitable. Morir en plena conciencia. Despedirse serenamente de los seres queridos. Asumir sin angustia la pena de la separación; en la pena hay consuelo, en la angustia no; la pena no impide la felicidad, la angustia sí.

Morir en profundo asentimiento a toda la vida, aceptándolo todo, diciendo sí a todo, también a las heridas sufridas y, lo que es mucho más difícil, a las heridas infligidas: no he sido perfecto, lo siento, pero a esto he llegado, y así está bien; me gustaría que muchas cosas hubieran sido mejores, pero está bien como está; digo sí a todo, sin justificar nada. Decir: “Mi obra está acabada: ahí os la dejo”. Y no hace falta que sea una “gran obra”, como la de Hans Küng, ni nadie puede medir la grandeza de la obra por el tamaño o el número o la calidad de los libros escritos, ni por el éxito logrado, o el influjo ejercido. Coronar la vida humildemente. Morir en paz.

Pues bien, como creyente pensador y humanista, afirma Küng: en el momento en que mi vida ya no posee para mí calidad humana suficiente, puedo y debo elegir esa “muerte feliz”, digna, bella, buena. Muerte hermana, no enemiga. Hay un tiempo para vivir y un tiempo para morir. Y yo puedo, debo decidirlo responsablemente. “El ser humano tiene el derecho a morir cuando no tiene ninguna esperanza de seguir llevando lo que según su entender es una existencia humana”. Rehusar prolongar indefinidamente la vida temporal forma parte del arte de vivir y de la fe en la vida eterna. Ya se había pronunciado en el mismo sentido hace 20 años, en 1995, en otro libro (Morir dignamente, Trotta 1997) escrito en colaboración con su amigo y colega Walter Jens.

Asistimos a un cambio radical de paradigma. La legislación social de los diversos países –con contadas excepciones como Holanda o Suiza– adolece todavía de un gran retraso respecto de la opinión social. Y el retraso es más grande en el caso de la jerarquía eclesial. Sostener, como sostiene, que solo es lícita la “ayuda pasiva” (desconectar un aparato de alimentación o de respiración, por ejemplo) no deja de ser una ficción. ¿Hay tanta diferencia entre desconectar un aparato y proporcionar una dosis mayor de morfina que me llevará a la muerte o al descanso final? La jerarquía eclesiástica corre el riesgo de volver a equivocarse, como se equivocó a propósito de los métodos de contracepción o de fecundación llamados “artificiales”.

Elegir la muerte de manera humana es la forma final de elegir la vida de manera humana. Y la humanidad no está definida ni dictada por una divinidad exterior ni representada por ninguna religión. El creyente debiera ver una muerte feliz como definitiva donación confiada de sí a la Realidad primera y última, como tránsito a la Realidad profunda, a la Realidad Fontal, a la Vida sin origen ni fin. Decir que no podemos elegir la muerte porque no somos dueños de la vida es una máxima tramposa. No somos dueños de la vida ni de la muerte, pero somos responsables de la vida y, por lo tanto, también de la muerte, y aquí no es decisiva la distinción entre creyente e increyente. No solo podemos, sino que debemos elegir responsablemente –digo responsablemente– cuándo y cómo morir, sin otro límite que nuestro bienestar y el bienestar común, empezando por el de las personas más allegadas. Y los médicos y las personas más próximas debieran poder atender la demanda de quien libremente les pide –o de quien libremente hubiera dejado expresada esa demanda– una ayuda para bien morir.

Es una exigencia del cuidado de la vida, y no hay otro mandato divino ni otra divinidad que la Vida, el Cuidado, la Bondad y el Buen Vivir.

José Arregi