jueves, 18 de febrero de 2016

ESCUCHAR SOLO A JESÚS - José Antonio Pagola


ESCUCHAR SOLO A JESÚS - José Antonio Pagola

La escena es considerada tradicionalmente como «la transfiguración de Jesús». No es posible reconstruir con certeza la experiencia que dio origen a este sorprendente relato, solo sabemos que los evangelistas le dan gran importancia pues, según su relato, es una experiencia que deja entrever algo de la verdadera identidad de Jesús.

En un primer momento, el relato destaca la transformación de su rostro y, aunque vienen a conversar con él Moisés y Elías, tal vez como representantes de la ley y los profetas respectivamente, solo el rostro de Jesús permanece transfigurado y resplandeciente en el centro de la escena.

Al parecer, los discípulos no captan el contenido profundo de lo que están viviendo, pues Pedro dice a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Coloca a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a los dos grandes personajes bíblicos. A cada uno su tienda. Jesús no ocupa todavía un lugar central y absoluto en su corazón.

La voz de Dios le va a corregir, revelando la verdadera identidad de Jesús: «Este es mi Hijo, el escogido», el que tiene el rostro transfigurado. No ha de ser confundido con los de Moisés o Elías, que están apagados. «Escuchadle a él». A nadie más. Su Palabra es la única decisiva. Las demás nos han de llevar hasta él.

Es urgente recuperar en la Iglesia actual la importancia decisiva que tuvo en sus comienzos la experiencia de escuchar en el seno de las comunidades cristianas el relato de Jesús recogido en los evangelios. Estos cuatro escritos constituyen para los cristianos una obra única que no hemos de equiparar al resto de los libros bíblicos.

Hay algo que solo en ellos podemos encontrar: el impacto causado por Jesús a los primeros que se sintieron atraídos por él y le siguieron. Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina académica sobre Jesús. Tampoco biografías redactadas para informar con detalle sobre su trayectoria histórica. Son «relatos de conversión» que invitan al cambio, al seguimiento a Jesús y a la identificación con su proyecto.

Por eso piden ser escuchados en actitud de conversión. Y en esa actitud han de ser leídos, predicados, meditados y guardados en el corazón de cada creyente y de cada comunidad. Una comunidad cristiana que sabe escuchar cada domingo el relato evangélico de Jesús en actitud de conversión, comienza a transformarse. No tiene la Iglesia un potencial más vigoroso de renovación que el que se encierra en estos cuatro pequeños libros.

2 Cuaresma - C
21 de febrero 2016

José Antonio Pagola


TRANSFIGURACIÓN
Escrito por  Florentino Ulibarri

Batanero,
sumérgeme en tus corrientes;
límpiame,
blanquéame
y dame solidez
para seguirte.

Trabájame,
como sólo tú sabes,
por dentro y fuera,
el cuerpo y el espíritu
para que resplandezca,
en mí, tu gloria.

Hazme ser
lo que soñaste al crearme;
atraviésame
para que no me rompa ni encorsete,
y manifieste la dignidad y grandeza
de ser hijo siempre.

Batanero,
devuélveme el fulgor primero
para que no dude,
en este camino
que he elegido
para ser discípulo tuyo,
aunque todo se ponga en contracorriente.




NI LOS SENTIDOS NI LA RAZÓN PUEDEN PERCIBIR LO DIVINO
Escrito por  Fray Marcos

Este domingo se nos proponen dos teofanías, una a Abrahán y otra a los tres apóstoles. En realidad, toda la Biblia es el relato de la manifestación de Dios. Se trata de leyendas construidas para fundamentar las creencias de un pueblo. La Alianza sellada por Abrahán con el mismo Dios es el hecho más importante de la epopeya bíblica. Hay un detalle muy significativo. Dios no llegó a la cita hasta que vino la noche y Abrahán cayó en “un sueño profundo y un terror intenso y oscuro”. Naturalmente, se trata  de experiencias internas. Es sintomático que la mayoría de las experiencias de Dios en el AT se relatan como sueños.

Tampoco la transfiguración debemos entenderla como una puesta en escena por parte de Jesús. El querer explicar el relato como si fuera una crónica de lo sucedido, es la mejor manera de hacer polvo el mensaje. No es verosímil que Jesús montara un espectáculo de luz y sonido, ni para tres ni para tres mil. El domingo pasado se proponía una espectacular puesta en escena (tírate de aquí abajo) como una tentación. No tiene mucho sentido que hoy se proponga como una “gracia” en beneficio de los tres apóstoles. Una cosa es la experiencia, y otra muy distinta el lenguaje mítico, en el que nos la cuentan.

Es clave para la comprensión del relato es la advertencia final. "Por el momento no dijeron nada de lo que habían visto". En el mismo relato de Mt y Mc, es Jesús quien les prohíbe decir nada a nadie "hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos". La conversación con Moisés y Elías era sobre el “éxodos de Jesús” (pasión y muerte). Seguramente se trata de un relato pascual. Todos los relatos evangélicos son pascuales. Me refiero a que en un principio se pensó como relato de resurrección pero con el tiempo se retrotrajo al tiempo de la vida de Jesús, para potenciar el carácter divino de Jesús y su conexión con el AT.

Se emplean los mismos elementos que utiliza el AT para relatar las teofanías de Dios. El monte, lugar de la presencia de Dios. El resplandor, signo de que Dios estaba allí. La nube en la que Dios se manifestó a Moisés y que después les acompañaba por el desierto. La voz que es el medio por el que Dios comunica su voluntad. El miedo que siente todo aquel que descubre la presencia de lo divino. Las chozas, alusión a la fiesta mesiánica en la que se conmemoraba el paso por el desierto, de la esclavitud a la libertad. Moisés y Elías son símbolos: La Ley y los Profetas, los dos pilares de la religiosidad judía. Conversan con Jesús, pero se retiran. Han  cumplido su misión y en adelante será Jesús la referencia última. Pedro pretende hacer tres chozas, para perpetuar el momento que creen interesante.

Se trata de una transfiguración. Cambió la figura, lo que pueden percibir por los sentidos. En lo esencial, Jesús siguió siendo el mismo. Fue la apariencia lo que los tres discípulos experimentaron como distinto. En Jesús, como en todo ser  humano, lo importante es lo divino que no puede ser percibido por los sentidos. En los relatos pascuales, se quiere resaltar que ese Jesús que se les aparece, es el mismo que anduvo con ellos en Galilea. El relato, referido a su vida, se dice lo mismo, pero desde el punto de vista contrario. Ese Jesús que vive con ellos es ya Cristo glorificado. Quiere demostrar que lo que descubrieron de Jesús después de su muerte, ya estaba en él durante su vida, pero no lo vieron.

La inmensa mayoría de las interpretaciones de este relato, apuntan a una manifestación de la “gloria” como preparación para el tiempo de prueba de al pasión. Además de fallar en el intento, esto sería una manifestación trampa. Cuando interpretamos la “gloria” como lo contrario a lo normal, nos alejamos del verdadero mensaje del evangelio. El sufrimiento, la cruz no puede ser un medio para alcanzar lo que no tenemos. En el sufrimiento está ya Dios presente, exactamente igual que en lo que llamamos glorificación.

Lo que llamamos “gloria de Dios” no tiene absolutamente nada que ver con lo que entendemos por gloria humana. En Dios, su “gloria” es simplemente su esencia,no algo añadido. Dios no puede estar ni ser glorificado, por la sencilla razón de que nunca puede estar ni ser sin gloria. Con nuestra mente no podemos comprender esto. Cuando hablamos de la gloria divina de Jesús, aplicándole el concepto de gloria humana, tergiversamos lo que es Jesús y lo que es Dios. Si en Jesús habitaba la plenitud de la divinidad, como dice Pablo, quiere decir que Dios y su “gloria” nunca se separaron de él. Jesús, como ser humano, si podría recibir gloria humana: cetros, coronas, solios, poder, fama, honores, etc. etc. Pero todo eso que nosotros nos empeñamos en añadirle no es más que la gran tentación.

El evangelio nos dice que no tenemos nada que esperar para el futuro. La buena noticia no está en que Dios me va a dar algo más tarde, aquí abajo o en un hipotético más allá, sino en descubrir que todo me lo ha dado ya (El reino de Dios está dentro de vosotros). En Jesús está ya la plenitud de la divinidad, pero está en su humanidad. La divinidad de Jesús no se puede percibir por los sentidos ni deducir de lo que se percibe. De fenómenos externos no puede venir nunca una certeza de la trascendencia, por muy espectaculares que parezcan.

Todo lo que Jesús nos pidió que superáramos, resulta que ahora lo volvemos a reivindicar con creces, solo que un poco más tarde. Renunciar ahora para asegurarlo después, y para toda la eternidad... Es la mejor prueba del valor que seguimos dando a nuestro falso yo, y de que seguimos esperando la salvación a nivel de nuestro ego. Jesús acaba de decir a los discípulos, justo antes de este relato, que tiene que padecer mucho; que el que quiera seguirle tiene que renunciar a sí mismo; Que el grano de trigo tiene que morir... Jesús nos enseñó que debemos deshacernos de la escoria de nuestro falso yo, para descubrir el oro puro de nuestro verdadero ser. Nosotros seguimos esperando de Dios, que recubra de oropel o purpurina esa escoria para que parezca oro.

Lo divino que hay en nosotras, no es lo contrario de las carencias que experimentamos. Es una realidad que ya somos y es compatible con las limitaciones de todo tipo (físicas, síquicas y morales), que son inherentes a nuestra condición de criaturas. Después de Jesús, es absurda una esperanza de futuro. Dios nos ha dado ya todo lo que podría darnos. Se ha dado Él mismo y no tiene nada más que dar (Sta. Teresa). Claro que esto da al traste con todas nuestras aspiraciones de “salvación”. Pero precisamente ahí debe llegar nuestra reflexión: ¿Estamos dispuestos a aceptar la salvación que Jesús nos propone, o seguimos empeñados en exigir de Dios la salvación que nosotros desearíamos para nuestro falso yo?

¡Escuchadle a él solo! Para los cristianos del siglo XXI, no es nada fácil cumplir esa recomendación. Seguimos, como Pedro, aferrados al Dios del AT. Yo diría: ¡Escuchad como Jesús escuchó!El cristianismo ha velado de tal forma el mensaje de Jesús, que es casi imposible distinguir lo que es mensaje evangélico y lo que es adherencia ideológica. Esa tarea de discernimiento es más urgente que nunca. Los conocimientos que hoy tenemos hacen, que podamos descubrir la cantidad de relleno que nos han vendido como evangelio. Jesús buscaba odres nuevos que aguantaran el vino nueva. Hoy son numerosos los odres, que esperan vino nuevo, porque no aguantan el vino viejo que les seguimos ofreciendo.

El hecho de que Moisés y Elías se retiraran antes de que hablara la voz, es una advertencia para nosotros que no acabamos de superar el Dios del AT. Jesús ha dado un salto en la comprensión de Dios que debemos dar nosotros también. En realidad, en ese salto consiste todo el evangelio. El Dios de Jesús es un Dios que es siempre y para todos amor incondicional. El Dios de Jesús nos desconcierta, nos saca de nuestras casillas porque nos habla de entrega incondicional, de amor leal, de desapego del Yo. El Dios del AT ha hecho una alianza al estilo humano y espera que el hombre cumpla la parte que le corresponde. Solo entonces, premia al que la cumple y castiga al que no la cumple.

Oración-contemplación

En el relato de hoy, los apóstoles ven al verdadero Jesús.
También tu verdadero ser es un diamante.
No te dejes engañar por las apariencias.
Ni tú ni los demás tenemos nada que cambiar en lo esencial.
…………………………

No tienes que arrancar nada de ti.
Todo lo que no es esencial, terminará por desprenderse.
Agudizar la vista interior para ver lo que eres,
más allá del oropel o del lodo que te cubre y oculta.
..................

Solo la meditación podrá iluminarte para ver la realidad.
No es fácil, pero es el único camino.
La iluminación llegará un día con la mayor naturalidad.
.........................

Fray Marcos




LA ANTICIPACIÓN DEL TRIUNFO DE JESÚS Y DE NUESTRO TRIUNFO
Escrito por  José Luis Sicre

El domingo 1º de Cuaresma se dedica siempre a las tentaciones de Jesús, y el 2º a la transfiguración. El motivo es fácil de entender: la Cuaresma es etapa de preparación a la Pascua; no sólo a la Semana Santa, entendida como recuerdo de la muerte de Jesús, sino también a su resurrección.

El contexto: la promesa
Jesús ha anunciado que debe padecer mucho, ser rechazado, morir y resucitar. Y ha avisado que quienes quieran seguirle deberán negarse a sí mismos y cargar con la cruz. Pero tendrán su recompensa cuando él vuelva triunfante. Y añade: «Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán antes de ver el reinado de Dios». ¿Se cumplirá esa extraña promesa?

El cumplimiento: la transfiguración
Seis después tiene lugar este extraño episodio. El relato de Lucas, el que leemos este domingo, podemos dividirlo en dos partes: la subida a la montaña y la visión. Desde un punto de vista litera­rio es una teofanía, una manifestación de Dios, y los evangelistas utilizan los mismos elementos que empleaban los autores del Antiguo Testamento para describirlas. Por eso, antes de analizar cada una de las partes, conviene recordar algunos datos de la famosa teofanía del Sinaí, cuando Dios se revela a Moisés.

La teofanía del Sinaí
Dios no se manifiesta en un espacio cualquiera, sino en un sitio especial, la montaña, a la que no tiene acceso todo el pueblo, sino sólo Moisés, al que a veces acompaña su hermano Aarón (Ex 19,24), o Aarón, Nadab y Abihú junto con los setenta dirigentes de Israel (Ex 24,1). La presen­cia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que habla (Ex 19,9). Es también frecuente que se mencione en este contexto el fuego, el humo y el temblor de la montaña, como símbolo de la gloria y el poder de Dios que se acerca a la tierra. Estos elementos demuestran que los evangelistas no pretenden ofrecer un informe objetivo, “histórico”, de lo ocurrido, sino crear un clima semejante al de las teofanías del Antiguo Testa­mento.

La subida a la montaña
Jesús sólo elige a tres discípu­los, Pedro, Santiago y Juan. Este dato no debemos interpretarlo solo como un privilegio; la idea principal es que va a ocurrir algo tan importante que no puede ser presen­ciado por todos.

Lucas introduce aquí un cambio pequeño pero importante. Marcos y Mateo dicen que subieron “a una montaña alta y apartada”; Lucas, que “subieron a la montaña para rezar”. La altura y aislamiento del monte no le interesa, lo importante es que Jesús reza en todas las ocasiones trascendentales de su vida.

La visión
En ella hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud. El primero es la transformación del rostro y las vestiduras de Jesús. El segundo, la aparición de Moisés y Elías. El tercero, la aparición de una nube luminosa que cubre a los presentes. El cuarto, la voz que se escucha desde el cielo.

1. La transformación de Jesús la expresaba Marcos con estas pala­bras: «En su presencia se transfiguró y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no es capaz de blanquearlos ningún batanero del mundo» (Mc 9,3). La fuerza recae en la blancura del vestido de Jesús. Lucas, en cambio, destaca que el cambio se produce mientras Jesús oraba, y se centra en el cambio de su rostro, no en el de sus vestidos: “Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.” Lucas nos invita a contemplar un escena a cámara lenta, centrada en el primer plano del rostro de Jesús. Es un anticipo de las apariciones de Cristo resucitado, cuando su rostro es difícil de identificar para María Magdalena, los dos de Emaús y los discípulos en el lago .

2. La aparición de Moisés y Elías. Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios hablaba cara a cara. Sin Moisés, humana­mente hablando, no habría existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva a esa religión en su mayor momento de crisis, hacia el siglo IX a.C., cuando está a punto de sucumbir por el influjo de la religión cananea. Sin Elías habría caído por tierra toda la obra de Moisés. Por eso los judíos concedían especial importancia a estos dos personajes. El hecho de que se aparezcan ahora a los discípu­los (no a Jesús) es una manera de garantizarles la importancia del personaje al que están siguiendo. No es un hereje ni un loco, no está destruyendo la labor religiosa de siglos, se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.

En este contexto, las palabras de Pedro proponiendo hacer tres chozas suenan a simple despropósito. Pero son simple conse­cuencia de lo que dice antes: «qué bien se está aquí». Es preferible quedarse en lo alto del monte que cargar con la cruz y seguir a Jesús hasta la muerte.

3. Como en el Sinaí, el monte queda cubierto por una nube.

4. Las palabras de Dios reproducen exactamente las que se escucharon en el momento del bautismo, cuando Dios presentaba a Jesús como su siervo. Pero aquí se añade un imperativo: "¡Escuchadle!" La orden se relaciona directamente con las anteriores palabras de Jesús, sobre su propio destino y sobre el seguimiento y la cruz de sus discípulos.

Resumen
Este episodio no está contado en beneficio de Jesús, sino como experiencia positiva para los apóstoles. Después de haber escuchado a Jesús hablar de su pasión y muerte, de las duras condiciones que impone a sus seguidores, tienen tres experiencias complementarias: 1) ven a Jesús transfigurado de forma gloriosa; 2) se les aparecen Moisés y Elías; 3) escuchan la voz del cielo.

Esto supone una enseñanza creciente: 1) al ver transformados su rostro y sus vesti­dos tienen la expe­riencia de que su destino final no es el fracaso, sino la gloria; 2) la aparición de Moisés y Elías confirma que Jesús es el culmen de la historia religiosa de Israel y de la revela­ción de Dios; 3) la voz del cielo les enseña que seguir a Jesús no es una locura, sino lo más conforme al plan de Dios.

La anticipación de nuestro triunfo (Filipenses 3,17-4,1)
La segunda lectura promete que nuestro cuerpo humilde se transformará a semejanza del cuerpo glorioso de Jesús. La transfiguración no solo anticipa la gloria de Jesús sino también la nuestra.

La teofanía a Abrahán (Gn 15, 5-12. 17-18)
Es un episodio tan extraño, y exigiría una explicación tan larga, que más vale no tratarlo en la homilía. El sacerdote que suprima su lectura hará un favor al pueblo de Dios y tendrá su recompensa en el cielo. Pidamos que llegue el día en que se lleve a cabo una nueva selección de las lecturas bíblica en la liturgia católica.

José Luis Sicre




EN JESÚS CONOCEMOS EL CORAZÓN DEL PADRE
Escrito por  José Enrique Galarreta
Lc 9, 28-36

Jesús se retiraba a menudo a orar al monte. Algunas veces se llevaba consigo a los discípulos, sobre todo a los más íntimos, como volvemos a ver en Getesemaní. Quizá en esos momentos Jesús les parecía a los discípulos transfigurado, como evidentemente lleno de Dios al que oraba...

Sobre un suceso de ese tipo se ha construido una escenificación de la fe de los apóstoles en Jesús, presentada además con todos los signos de las "Teofanías" o manifestaciones de Dios en el Antiguo Testamento. El monte, Moisés y Elías, la nube, la voz, el resplandor de la Gloria del Señor, las mismas manifestaciones e incluso los mismos personajes que acompañan la revelación de Yahvé en el Sinaí, y también las mismas palabras que acompañan la manifestación del Espíritu en el Jordán: "Este es mi Hijo... escuchadle".

Así pues, el género literario de este fragmento sería: relato muy teológico, sobre algún suceso poco determinable, lleno de personajes y palabras simbólicas tomadas del Antiguo Testamento.

Estamos ante uno de los "discernimientos" de Jesús, que se producen en los momentos más cruciales de su vida. Ante las elecciones más determinantes de su vida, Jesús se prepara refugiándose en la oración: en la cuarentena del monte, Jesús tiene que optar por volverse a su carpintería de Nazaret o lanzarse a una vida de Profeta sanador y predicador ambulante; en Getsemaní, Jesús tiene que elegir entre esperar a los que lo van a detener o escapar perdiéndose en la noche. En el relato de hoy, Jesús se enfrenta a la decisión de subir a Jerusalén, donde sabe que le espera la muerte. En los tres casos, se refugia en la oración.

Pero el mensaje es claro: Jesús está a punto de tomar la decisión más grave de su vida: subir a Jerusalén. Mientras se limite a ser el profeta rural, al que sigue mucha gente en Galilea, producirá más o menos inquietudes. Pero si se atreve a predicar en Jerusalén, y más aún en el Templo, su enseñanza será una confrontación directa con las autoridades de Israel. Jesús sabe que esto puede llevarle a la muerte, pero afrontará ese riesgo porque considera que su misión es ofrecer La Buena Noticia a Israel en el mismo Templo. Y será rechazado y crucificado.

El evangelista sabe todo esto, sabe que Jesús sube a Jerusalén a morir, y prepara la pasión y la muerte con una Teofanía, para mostrar que ése que va a morir no es un falso profeta fracasado sino el Hijo rechazado por Israel.

El relato es por tanto fuertemente teológico y simbólico, aprovechando una escena sin duda real: las largas noches de oración que le costó a Jesús tomar esa decisión, acompañado -mal, como siempre- por sus discípulos más íntimos.

Y los personajes hablan con Jesús acerca de su muerte. No es casual este tema de conversación. Estamos en el capítulo 9 de Lucas, que marca un momento de inflexión en la vida de Jesús. Contiene la confesión de Pedro (18), la Transfiguración (28), dos anuncios de la pasión (21 y 44), y la decisión de subir a Jerusalén porque "se iba cumpliendo el tiempo de que se lo llevaran". Nos encontramos por tanto ante un capítulo que resume muy bien la fe de los discípulos y el escándalo de la cruz. Se trata de anunciar que el que va a morir en la cruz es el Hijo Predilecto, que aunque sus enemigos parecen poder con él, "Dios estaba con Él" (Hechos 10,38)

Lucas va preparando ya la manifestación de la fe esencial de la primera comunidad: su fe en el crucificado/resucitado. La resurrección, más aún que un suceso, será una revelación, que dará respuesta a la pregunta "¿Quién es éste...?". La respuesta la dan las palabras en la cima del Monte: "Mi Hijo, el escogido". Y la consecuencia ineludible: "Escuchadle".

Es el punto de arranque básico de toda vida cristiana correcta: le fe en Jesús. ¿Quién es este hombre? es la pregunta maravillada que se hace todo el que toma contacto con Jesús de Nazaret. De la respuesta que demos a esa pregunta depende nuestra condición de creyentes.

Podemos aceptar a Jesús como un héroe de leyenda, capaz de hacernos soñar, pero sin afectar a nuestro modo de vida. Es la consecuencia de películas o libros sensibleros sobre Jesús, que producen admiración o pasajero entusiasmo sin más.

Podemos aceptar a Jesús como maestro de Sabiduría. Persuadidos por sus palabras y sus hechos, los tomamos como ejemplo, convencidos de su acierto. Seríamos seguidores de Jesús, y estaría muy bien que esto sucediera.

Podemos quedar más inquietos ante sus hechos y dichos, preguntarnos quién es ese hombre y participar de la respuesta que da el texto de Lucas y constituyó la fe de las primeras comunidades: "El Hijo, el Enviado, la Palabra del Padre".

Aceptar a Jesús como Maestro de Sabiduría, haciendo nuestras las palabras de los policías del Templo ("jamás ha hablado nadie como ese hombre") o participando de la admiración de sus contemporáneos ("todo lo hace bien... ") es una magnífica base en nuestro camino de encuentro con Jesús. Me atrevería a decir que es la mejor base, el mejor punto de arranque. Y puede culminar en la confesión de fe: "Tú eres el Enviado, el Hijo del Dios Vivo". Es entonces cuando el seguimiento de Jesús adquiere dimensión plenamente religiosa, de relación con el Padre.

(Me gustaría insistir en que la palabra "ENVIADO" es un símbolo. No se debe tomar al pie de la letra, interpretándola como "estaba antes en otra parte y ha sido enviado aquí". Esta es la aplicación que hará luego el cuarto evangelio y llevará a una cristología de la Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad. También "Hijo" es un símbolo, como es un símbolo "pastor", como es un símbolo "Abbá". La misma expresión simbólica que se utiliza para los profetas, que son "enviados por Dios a su pueblo". Eso es lo que significa propiamente la palabra hebrea "nabí").

Quizá sea ése nuestro camino de la fe en Jesús, como fue el camino de los discípulos, y lo que hizo nacer los evangelios: conocer a un hombre fascinante, entusiasmarse con él, seguirle... descubrir quién es, reconocerle como enviado, admitir que "Dios está con él"... y volver a leer sus hechos y sus dichos como obra y mensaje de Dios mismo. La aceptación de Jesús, el Hijo, se convierte entonces en la aceptación de Dios. No seguimos a un maestro convincente, sino que recibimos, por medio de Jesús, la Palabra de Dios. Esto trae dos consecuencias básicas:

§ nuestro conocimiento de Dios no es solamente por lo que Jesús dice sino porque vemos cómo es Jesús. Tenemos una buena manera de conocer al Padre: conocer al Hijo. En este "hombre lleno del Espíritu" vemos actuar al Espíritu, que es el mismo Espíritu del Padre.

Así, en Jesús conocemos a Dios, en quien resplandece plenamente la divinidad. Naturalmente que no resplandece en nubes radiantes, sino en bondad, energía, valor, perdón... En Jesús no conocemos los resplandores del trono celeste de Dios, sino el corazón del Padre. Cuando, al final de la Cuaresma, veamos a Jesús en la cruz, no contemplaremos su aparente fracaso, ni tampoco solamente su enorme consecuencia y valor: contemplaremos el corazón de Dios, capaz de lo que haga falta por sus hijos.

nuestro seguimiento de Jesús no es solamente porque nos convencen todas o algunas de sus doctrinas, sino porque previamente le decimos que sí a todo, por ser quien es. Ya no elegimos lo que nos gusta, sino que nos esforzamos por aceptar incluso lo que no entendemos o no nos gusta. Intentamos convertirnos, cambiar nuestro corazón, porque tomamos al suyo como norma.

El resumen podría ser la frase de Pablo: "Sé de quién he puesto mi confianza".

Y es aquí donde empalmamos con los grandes "confiados" del AT. de los que nos ofrecía una muestra la primera lectura. Salir de tu casa, de tu parentela, de la tierra de cultivo, de Egipto... salir al desierto, incluirse en una nueva nación, hacerse caminante por el desierto, buscar otra patria.

Términos todos ellos tan reales como simbólicos en que se expresa nuestra conversión: me he fiado de Dios y salgo de donde estaba a otra manera de estar en el mundo, caminando hacia donde la Palabra diga, quizá teniendo que apartarme de costumbres, amistades, modos sociales... intuyendo al final una Patria, es decir, un lugar adecuado a nuestros deseos y nuestras más íntimas maneras de ser, que han sido puestos en peligro mientras andábamos por "tierra extranjera".

Una hermosa imagen la del emigrante, en peligro de perder su identidad y cuyo mayor deseo y bien es regresar, no al tiempo pasado sino a la esencia añorada o (quizá) olvidada.

La Revelación de quién es Jesús lleva consigo nuestra propia revelación. Quién es Él lleva consigo saber quién soy yo, quiénes somos nosotros. Y la revelación es paralela: Jesús es el Hijo, el Enviado. Yo soy el hijo, el enviado. La Iglesia somos los hijos, los enviados. Todos los humanos deben saber que son hijos, y para eso necesitan que los que lo saben sean enviados.

Jesús, el Hijo Enviado, está aquí para cambiar el mundo; cambiarlo desde dentro hacia fuera, naturalmente. El Reino de Dios es que todos sean hijos, lo sepan, vivan así: la gloria de Dios son sus hijos.

El resplandor de la gloria de Dios no son lucecitas de neón sino la bondad, la fortaleza, la misericordia... de sus hijos. La gloria de un padre no es una lápida ni una condecoración ni una ceremonia: la gloria de un padre son muchos hijos adultos, logrados, realizados, felices... Ese es el Reino.

Que se enteren todos de que ese mundo es posible, que se vaya realizando ese reino, desde dentro, como crecen las semillas, como actúa la levadura, es la Misión: a esa misión es enviado Jesús, a esa misión estamos enviados.

La primera misión de la iglesia, de nosotros la iglesia, es ser el reino, hacer visible el reino, hacerlo convincente, atrayente. La alta eclesiología suele afirmar pomposamente que la iglesia es el Reino de Dios en la tierra. Se equivoca: eso no es una definición sino una vocación, una misión: nosotros la iglesia nos hemos comprometido por el bautismo a esforzarnos por ser el reino, es decir, a vivir según los criterios y valores de Jesús... para que el reino sea creíble, atrayente.

Esa misión tropieza con la cruz, que fue y es una realidad, y es y fue un símbolo. El reino de Dios se construye haciendo y haciéndose violencia. Violencia por parte de las luces despistantes de otros reinos que atraen de modo más seductor e inmediato. Violencia por parte de los que sirven a otros reinos o a otros dioses... El reino de Dios se construye con esfuerzo. A Jesús le costó cruz.

Pero en el crucificado también vemos al hombre lleno del Espíritu. Y en el Resucitado vemos qué reino es verdadero.

La Cuaresma, la vida, el monte. Van ya dos montes en estos dos domingos de Cuaresma: el monte de la tentación vencida por la fuerza del Espíritu; el monte de la Revelación en el que se habla de la cruz. Nos faltan otros dos: el monte calvario, en que la cruz será escándalo y revelación; y el monte de la Ascensión, que será antes que nada el Monte de la Misión.

Y no podemos menos que recordar las palabras de Isaías:

"Sucederá en días futuros que el Monte de la Casa de Yahvé se asentará en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas. Confluirán a él todas las naciones y acudirán pueblos numerosos y dirán: Venid, subamos al monte de Yahvé, a la casa del Dios de Jacob, para que Él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos"

Que son, insistamos una y otra vez, preciosas palabras simbólicas. Todas las palabras que hemos usado acerca de la transfiguración de Jesús y de la transfiguración de nuestra vida son simbólicas, son verdaderas como símbolos. Los excesos de algunas teologías consisten a veces en entender los símbolos como realidades, estar persuadidos de que están contemplando cara a cara el rostro de Dios, creer que Jesús caminaba por Galilea despidiendo resplandores.

Nuestro conocimiento de Dios es lo que conocemos de Jesús de Nazaret, aquel hombre que se cansaba, dudaba, sentía tentaciones y se sintió desamparado de su Padre. Nuestra fe confiesa que ese hombre es el Hijo.

 José Enrique Galarreta




Todo y Nada
Pedro Miguel Lamet

Siempre me ha impresionado el contraste entre el Todo y la Nada en los grandes místicos. Por ejemplo en San Juan de la Cruz: “Para venir a gustarlo todo, / no quieras tener gusto en nada. / Para venir a poseerlo todo, /  no quieras poseer algo en nada…”

La nueva física nos enseña que nuestro mundo en realidad no se compone de materia. Lo que percibimos más o menos como sustancia sólida no es una aglomeración de una infinidad de las más pequeñas partículas fijas, sino una red de intercambio de impulsos y vibraciones de un campo energético invisible. Einstein dijo: «Los átomos que nos parecen materia son una concentración de energía». Max Planck aclaró: «Toda la materia se forma y se mantiene sólo gracias a una fuerza que mantiene los átomos como al más diminuto sistema solar».

A nivel intuitivo, el tema me ha inspirado el siguiente poema:

TODO Y NADA
Todo está en su lugar,
si yo resido
en el espacio vacío
que queda
debajo de mí mismo
y encima de las sombras
que cruzan a mi vera.

Todo es, se duerme y amanece
en un lugar recóndito
tan sutil y delgado
como esa brisa-niña
que acuna y te despierta.

Todo me arrastra en el viento
que sopla sobre el limo
e impide a los zapatos
saltar sobre las cosas
para el vuelo de alondra
y hoja de palmera.

Todo, rescoldo de aquí dentro,
regresa, si detengo
mi paso, para escuchar la música
que suena cuando
callo.

Todo es nada y todo es armonía
de notas que no suenan
en este pentagrama,
detrás de la apariencia
y besa cuanto arde
más allá de este fuego.

Todo eres tú conmigo
con la suma de gente
que ha quedado
suspendida del tiempo
porque jamás murieron
y duran en el hueco
que reside a la sombra.

Despierto a lo Absoluto,
todo y nada
o Nada simplemente.

Pedro Miguel Lamet

Fuente: http://blogs.21rs.es/lamet/2016/02/todo-y-nada/#more-5028




Tu rostro en cada esquina

Señor, que vea…
…que vea tu rostro en cada esquina.
Que vea reír al desheredado,
con risa alegre y renacida.
Que vea encenderse la ilusión
en los ojos apagados
de quien un día olvidó soñar y creer.
Que vea los brazos que,
ocultos, pero infatigables,
construyen milagros
de amor, de paz, de futuro.
Que vea oportunidad y llamada
donde a veces sólo hay bruma.
Que vea cómo la dignidad recuperada
cierra los infiernos del mundo.
Que en otro vea a mi hermano,
en el espejo, un apóstol
y en mi interior te vislumbre.

Porque no quiero andar ciego,
perdido de tu presencia,
distraído por la nada…
equivocando mis pasos
hacia lugares sin ti.

Señor, que vea…
…que vea tu rostro en cada esquina.

José María R. Olaizola, sj