jueves, 26 de noviembre de 2015

ESTAD SIEMPRE DESPIERTOS - José Antonio Pagola


ESTAD SIEMPRE DESPIERTOS - José Antonio Pagola

Los discursos apocalípticos recogidos en los evangelios reflejan los miedos y la incertidumbre de aquellas primeras comunidades cristianas, frágiles y vulnerables, que vivían en medio del vasto Imperio romano, entre conflictos y persecuciones, con un futuro incierto, sin saber cuándo llegaría Jesús, su amado Señor.

También las exhortaciones de esos discursos representan, en buena parte, las exhortaciones que se hacían unos a otros, aquellos cristianos, recordando el mensaje de Jesús. Esa llamada a vivir despiertos cuidando la oración y la confianza es un rasgo original y característico de su Evangelio y de su oración.

Por eso, las palabras que escuchamos hoy, después de muchos siglos, no están dirigidas a otros destinatarios. Son llamadas que hemos de escuchar los que vivimos ahora en la Iglesia de Jesús, en medio de las dificultades e incertidumbres de estos tiempos.

La Iglesia actual marcha a veces como una anciana «encorvada» por el peso de los siglos, las luchas y trabajos del pasado. «Con la cabeza baja», consciente de sus errores y pecados, sin poder mostrar con orgullo la gloria y el poder de otros tiempos.

Es el momento de escuchar la llamada que Jesús nos hace a todos.

«Levantaos», animaos unos a otros. «Alzad la cabeza» con confianza. No miréis al futuro solo desde vuestros cálculos y previsiones. «Se acerca vuestra liberación». Un día ya no viviréis encorvados, oprimidos ni tentados por el desaliento. Jesucristo es vuestro Liberador.

Pero hay maneras de vivir que impiden a muchos caminar con la cabeza levantada confiando en esa liberación definitiva. Por eso, «tened cuidado de que no se os embote la mente». No os acostumbréis a vivir con un corazón insensible y endurecido, buscando llenar vuestra vida de bienestar y placer, de espaldas al Padre del Cielo y a sus hijos que sufren en la tierra. Ese estilo de vida os hará cada vez menos humanos.

«Estad siempre despiertos». Despertad la fe en vuestras comunidades. Estad más atentos a mi Evangelio. Cuidad mejor mi presencia en medio de vosotros. No seáis comunidades dormidas. Vivid «pidiendo fuerza». ¿Cómo seguiremos los pasos de Jesús si el Padre no nos sostiene? ¿Cómo podremos «mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre»?

 José Antonio Pagola
1 Adviento - C
(Lucas 21,25-28.34-36)
29 de noviembre 2015

SEÑALES DE ADVIENTO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Mil señales afloran cada día
para quien es vigía de la vida.

El susurro de la brisa,
el murmullo de arroyo;
el batir de las olas en la orilla,
el olor de la tierra arada,
el perfume de las plantas,
las hojas que caen maduras,
el rugido del mar bravío,
el viento huracanado,
el fuego que crepita
y todos los ruidos de la naturaleza...
son señales de un Adviento
que se anuncia y llega.

La luz de la mañana que despierta,
el sol que se levanta,
el agua fresca y cantarina,
los campos que germinan calladamente,
el atardecer que todo lo recoge,
las estrellas que parpadean,
las nubes que van y vienen,
la luna con sus guiños y fases,
los caminos que no desparecen
y el rocío que viste valles y montes...
son señales de un Adviento
que se anuncia y llega.

Niños que gimen y lloran,
padres que vigilan y se levantan,
ancianos que sueñan y sueñan,
jóvenes que viven y cantan,
personas que acarician y aman,
campesinos que esperan tras la jornada,
trabajadores que cuidan y transforman,
emigrantes en busca de la vida,
solidarios llenos de ternura y vista,
profetas de una humanidad nueva...
son señales de un Adviento
que se anuncia y llega.

Gracias, Señor,
y que las señales sigan y sigan.





ESTAMOS SALVADOS, PERO NO NOS HEMOS ENTERADO
Escrito por  Fray Marcos
Con el primer Domingo de Adviento, comenzamos el nuevo año litúrgico que es una puesta en escena de los acontecimientos que dieron lugar al cristianismo. De la misma manera que en la vida normal, se inventó el teatro para escenificar las relaciones sociales y así poder comprenderlas mejor, así en el ámbito religioso, escenificamos las experiencias religiosas de nuestros antepasados. Para nosotros la figura clave es Jesús, por eso el año litúrgico se desarrolla en torno a su vida. No tiene mayor importancia que Jesús haya nacido el 25 de diciembre o en cualquier otro día del año. Como tampoco la tiene que haya nacido en el año 1 ó en el año 5 antes de Cristo. Lo importante es descubrir que la esencia de nuestra religión tuvo su origen en la experiencia humana del hombre Jesús.

No nos debe extrañar la increíble riqueza de los textos litúrgicos de este tiempo de Adviento. Ello se debe a que el pueblo de Israel vivió toda su historia como tiempo de adviento, es decir, como una continua espera. Pero también el pueblo cristiano, vive las expectativas de la llegada definitiva del Reino de Dios. Por eso, tanto el AT, como el NT, están plagados de textos bellísimos sobre este tema fundamental en toda la Escritura. Nosotros encontramos una dificultad a la hora de entender estos textos, porque están escritos desde unas expectativas diferentes y en un lenguaje extraño. Sin embargo el mensaje es simple: Pase lo que pase, debemos tener total confianza en Dios que salva siempre.

Tal vez nos produzca una cierta confusión el hecho de que la liturgia apunta en una doble dirección. Por una parte, nos invita a estar en vela para la venida futura y definitiva de Cristo. Por otra, nos invita a prepararnos a celebrar dignamente la primera venida de Jesús, es decir, su nacimiento como ser humano. Ambas perspectivas son hoy problemáticas. Celebrar el nacimiento de Jesús como acontecimiento histórico no servirá de nada si no nos sentimos implicados en lo que significó su propia vida. Entender literalmente la segunda venida, será echar balones fuera por el otro extremo.

Esos dos extremos serán referencias importantes solo si nos llevan a afrontar adecuadamente el presente. No tiene sentido hablar hoy del fin del mundo ni de catástrofes futuras. Ni siquiera de la “futura venida de Cristo”. Lo importante no es que vino, ni que vendrá, sino que viene en este instante. Hablar hoy del futuro en cualquier aspecto es ponerse fuera de juego y no aceptar el verdadero mensaje de las lecturas. Quedarse en la celebración de un hecho histórico, no cambiará nada en mi vida.

Los Judíos esperaron durante XVIII siglos la liberación. Y cuando llegó Jesús con su oferta de salvación, la rechazaron porque no era lo que ellos esperaban. La venida del Mesías no fue suficiente para los judíos, porque no esperaban esa salvación, pero tampoco fue suficiente para los primeros cristianos, también judíos, que siguieron esperando la "segunda venida" en la que sí se realizará la verdadera salvación, porque entonces vendrá “con gran poder y gloria”. Aún hoy, seguimos esperando una salvación desde fuera y a nuestra medida, no la que realmente trajo Jesús. Si comprendiéramos que Dios ya nos ha dado todo lo que puede darnos, dejaríamos de esperar que Dios venga a “hacer” algo para salvarnos.

A todos nos resulta muy complicado abandonar una manera de ver a Dios que nos da seguridades, que es lo único que nos importa de verdad. Preferimos seguir pensando en el Dios todopoderoso que actúa a capricho, donde quiere, cuando quiere, y desde fuera. Solo requiere de nosotros que cumplamos, también externamente, sus mandamientos. Desde esta perspectiva nos sentimos forzados a hacer, por una parte, lo que nos parece que le agrada y de otra, a esperar con miedo a que en el momento último nos coja confesados. De esa manera no hay forma de hacer presente el Reino de Dios que está dentro de nosotros. Y además, nos quedamos tan frescos, echando la culpa de que no estemos salvados, a Dios que es demasiado cicatero a la hora de concedernos lo que tanto deseamos.

Dios está viniendo siempre. Si el encuentro no se produce es porque estamos dormidos o, lo que es peor, con la atención puesta en otra parte. La falta de salvación se debe a que nuestras expectativas van en una dirección equivocada. Esperamos actuaciones espectaculares por parte de Dios. Esperamos una salvación que se me conceda como un salvoconducto, y eso no puede funcionar. Da lo mismo que la esperemos aquí o para el más allá. Lo que depende de mí no lo puede hacer Dios ni lo puede hacer Jesús. Esta es la causa de nuestro fracaso. Esperamos que otro haga lo que solamente yo puedo hacer.

Dios es salvación y ya está en mí. Lo que de Dios hay en mí es mi verdadero ser. No tengo que conseguir nada ni cambiar nada en mí. Simplemente tengo que despertar y descubrirlo. Tengo que salir del engaño de creer que soy lo que no soy. Esta vivencia me descentraría de mí mismo y me proyectaría hacia los demás; me identificaría con todo y con todos. Mi falso ser, mi ego, mi individualidad se disolvería. Esa experiencia de salvación tendrá consecuencias irreversibles en mi comportamiento con los demás y con las cosas, que ahora, hecho el descubrimiento, forman parte de mí mismo. Dios no me salva como recompensa a mis actos. Mis obras serán la consecuencia de la salvación que Dios me da.

En las primeras comunidades cristianas se acuñó una frase, repetida hasta la saciedad en la liturgia: “Marañatha” = ¡Ven Señor Jesús! Vivieron en la contradicción de una escatología realizada y una escatología futura. “Ya, pero todavía no”. Hay que tener mucho cuidado a la hora de entender estas expresiones. “Ya”, por parte de Dios, que nos ha dado ya todo lo que necesitamos para esa salvación. Si no fuera así, se convertiría en un tirano. “Todavía no”, por nuestra parte, porque seguimos esperando una salvación a nuestra medida y no hemos descubierto el alcance de la verdadera salvación, que ya poseemos. Aquí radica el sentido del Adviento. Porque “todavía no” estamos salvados, tenemos que tratar de vivir el “ya”. Eso nunca lo conseguiremos si nos dormimos en los laureles.

Jesús apunta hacia una salvación muy distinta de la que esperamos. "He venido para que tengan vida y la tengan abundante." ¿Cuál es la tierra prometida que nosotros esperamos hoy? Como los judíos, ¿esperamos una tierra que mane leche y miel, es decir mayor bienestar material, más riquezas, más seguridades de todo tipo, poder consumir más? Seguimos apegados a lo caduco, a lo transitorio, a lo terreno. Seguimos convencidos de que la felicidad está en el consumo. La liturgia nos propone cuatro domingos para prepararnos. Los comercios adelantan más cada año la oferta de productos navideños...

La confianza, la esperanza, la paz, la ilusión la tengo que mantener aquí y ahora, a pesar de todas las apariencias. No debemos esperar que el mundo cambie para alcanzar la verdadera salvación. Confiar, creer es ya cambiar el mundo. Si no es así, estoy confiando en el ídolo. Siempre tendemos a ver la presencia de Dios en los acontecimientos favorables, y pensar que Dios está alejado de nosotros cuando las cosas no van bien. Esa es la interpretación de la historia que hizo el pueblo judío. Jesús dejó muy claro que Dios está siempre ahí, pero se manifiesta con rotundidad en la cruz, aunque sea difícil descubrirlo.

El Adviento no me invita a mirar hacia fuera: pasado y futuro, sino a mirar hacia dentro. Si consigo que nada de lo que tengo me ate y me desligo de lo que creo ser, aparecerá mondo y lirondo mi verdadero SER. Solo ahí puedo encontrar la auténtica felicidad. ¡Qué nos está pasando! Celebramos con inmensa alegría el nacimiento de una nueva vida, pero seguimos despidiendo a nuestros muertos con un “funeral”. Debemos atrevernos a no ver el fin de una vida como un fracaso. Al final del camino, nada de lo que eres en tu esencia, se ha truncado. Eso es lo que se desprende del evangelio. Eso es lo que Jesús predicó y vivió.

meditación-contemplación

Dios viene, pero no de fuera.
Jesús vuelve, pero no se ha ido.
Hay que superar los conceptos de pasado y de futuro.
Solo así entrarás en la dinámica de una auténtica revelación.
……………

Dios es siempre el mismo, no puede cambiar.
Está en la historia, y a la vez, más allá de la historia.
Descúbrelo en lo hondo de tu ser y aparecerá a través de ti.
No tienes nada que esperar de fuera.
……………

No tiene nadie que venir a salvarte.
Tienes que descubrir que estás salvado desde siempre y para siempre.
Lo que te llegue de fuera ni aumenta ni disminuye esa salvación.
Pero puede ayudarte o impedir que la descubras y la vivas.
……………

Fray Marcos





JUSTICIA, PAZ Y LIBERACIÓN
Escrito por  José Luis Sicre

Comenzamos un nuevo año litúrgico, preparándonos, como siempre, para celebrar la Navidad. La primera lectura promete la venida de un descendiente de David que reinará practicando el derecho y la justicia y traerá para Judá una época de paz y seguridad. El evangelio anuncia la vuelta de Jesús con pleno poder y gloria, el momento de nuestra liberación. ¿Cómo se explica la unión de estas dos venidas tan distintas? Lo intentaré con la siguiente historia.

La esposa del astronauta y la Iglesia
Un día la NASA decidió una misión espacial fuera de los límites de nuestro sistema solar. Una empresa arriesgada y larga que encomendaron al comandante más experimentado que poseía. Cuando se despidió de su mujer y sus hijos, la familia pasó horas ante el televisor viendo como la nave se alejaba de la tierra.

Los niños, pequeños todos ellos, preguntaban continuamente: “¿Cuándo vuelve papá?” Y la madre les respondía: “Vuelve pronto, no os preocupéis”. Al cabo de unos meses, cansada de escuchar siempre la misma pregunta, decidió organizar una fiesta para celebrar la vuelta de papá. Fue la fiesta más grande que los niños recordaban. Tanto que la repitieron con frecuencia. La llamaban “la fiesta de la vuelta de papá”. Pero la inconsciencia de los niños creaba una sensación de angustia en la madre. ¿Cuándo volvería su marido? ¿El mes próximo? ¿Dentro de un año? “La fiesta de papá”, que podía celebrarse en cualquier día del mes y en cualquier mes del año, se le convirtió en una tortura. Hasta que se le ocurrió una idea: “En vez de celebrar la vuelta de papá ‒dijo a los niños‒ vamos a celebrar su cumpleaños. Sabéis perfectamente qué día nació, así que no me preguntéis más cuándo vamos a celebrar su fiesta.

A la iglesia le ocurrió algo parecido. Al principio hablaba era de la pronta vuelta de Jesús, la que menciona el evangelio de este domingo. Pero esa esperanza no se cumplía, y la iglesia pasó de celebrar su última venida a celebrar la primera, el nacimiento. Sin embargo, no ha querido olvidar la estrecha relación entre ambas venidas, y así se explica que encontremos textos tan distintos.

Justicia, paz y seguridad: Jeremías 33, 14-16
Se discute cuando fue pronunciada esta promesa. Caben dos hipótesis:
a) La formuló Jeremías, criticando al último rey de Judá, Sedecías, que propiamente se llamaba Matanías. Cuando el rey babilonio Nabucodonosor conquistó Jerusalén y deportó al monarca vigente (año 598 a.C.), lo nombró rey cambiándole el nombre por el de Sedecías, que significa ”Yahvé es mi justicia”. Jeremías anuncia un rey futuro que tendrá por nombre “Yahvé es nuestra justicia”. Un monarca cuyo mismo nombre expresa la estrecha relación de Dios con todo el pueblo, y que salvará a Judá y Jerusalén mediante un gobierno justo.

b) La formuló un profeta posterior, durante el destierro de Babilonia o incluso algún siglo más tarde. Judá lleva un largo período sin rey. La promesa hecha por Dios a David de que siempre tendría un heredero en el trono, parece no cumplirse. En este contexto, el profeta anuncia que esa promesa se cumplirá, y que el futuro monarca descendiente de David será un rey maravilloso para el pueblo.

En cualquiera de las dos hipótesis, lo fundamental es la idea de un monarca que procura el bienestar del pueblo. El Mesías esperado no se desentiende de los graves problemas políticos y sociales de Israel y de toda la humanidad.

El amor como preparación a la Navidad: 1 Tesalonicenses 3, 12- 4,2
Lectura brevísima, pero muy importante: indica con qué espíritu debemos vivir siempre la vida cristiana, en especial estas semanas del Adviento: amor mutuo entre los cristianos y amor a todo el mundo.

Esperar y preparar nuestra liberación: Lucas 21, 25-28. 34-36.
El evangelio comienza con las señales típicas de la literatura apocalíptica a propósito del fin del mundo (portentos en el sol, la luna y las estrellas) que provocan en las gentes angustia, terror y ansiedad. Pero el evangelio sustituye el fin del mundo con algo muy distinto: la venida de Jesús con gran poder y gloria; y esto no debe suscitar en nosotros una reacción de miedo, sino todo lo contrario: “cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación”.

A continuación nos dice el evangelio cómo debemos esperar esta venida de Jesús. Negativamente, no permitiendo que nos dominen el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida. Positivamente, con una actitud de vigilancia y oración.

Cena de Gala de Fin de Año
Camino de la Universidad de Sevilla para un congreso sobre “Adivinación y profecía en el Antiguo Oriente”, pasé por delante del Hotel Alfonso XIII. Me detuve a leer el anuncio de las fiestas que anunciaban para Navidad. Y me llamó la atención el precio de la Cena de Fin de Año: 365€ por persona. Un matrimonio gastará en pocas horas la mitad de lo que ganan la mayoría de los españoles en un mes. Me recordó lo que dice el evangelio de la embriaguez y el libertinaje.

José Luis Sicre



Sabor a eternidad
Pedro Miguel Lamet, SJ.

¿Somos reales? ¿O solo sombras, proyecciones de otra realidad? Ya Platón planteó esta duda en su famosa alegoría de la caverna. Encadenados frente a una pared y gracias a una hoguera intermedia, aquellos prisioneros veían las sombras chinescas de personas y animales que pasaban por detrás, donde se hallaba la entrada que estaban imposibilitados de ver. Hasta que uno de los cautivos logró zafarse, salir de la gruta por una escarpada cuesta al mundo exterior y contemplarlo fascinado en todo  su esplendor de luz y color.

El sol, que el filósofo identifica con el Bien, era el que le permitía ver la auténtica realidad. Necesitado de compartir su descubrimiento con sus compañeros de cautiverio, regresó a la caverna para liberarles. Pero los prisioneros no le creyeron, dijeron que venía deslumbrado y se rieron de él y prefirieron las sombras, su visión de siempre.

El mito de la caverna ha tenido numerosas versiones literarias, como las acuñadas por Calderón al concebir la vida como un sueño o un gran teatro, donde todo pasa fugazmente y donde lo que importa es despertar por dentro o interpretar adecuadamente el papel, porque lo demás está siempre cambiando. Quizás la metáfora más eficaz hoy día sea la del cine. Nos creemos tanto la “peli” que nos metemos dentro de ella, pero sólo son imágenes fijas que pasan velozmente o actualmente píxeles, impulsos electrónicos en la pantalla. Todo es ficción, todo es mentira. Eso si, escenarios y personajes tienen algo permanente,  un componente común, la luz.

Cuando un ser querido muere o nos descubrimos una nueva arruga frente al espejo, solemos repetirnos la gran pregunta: ¿Qué es esto de la vida?

El pasado pasó y no volverá, ¿a qué darle importancia? El futuro se nos escapa.

La luz, el despertar, consiste en taladrar el momento presente, un ahora que, como el agua que promete  Jesús a la samaritana, quita la sed porque salta a la vida eterna.

Se trata de salir de la caverna y afrontar del todo el sol, aunque nos deslumbre, que es lo que trasciendo todo, no pasa, nuestra auténtica  realidad sin tiempo. Lo que sucede es que eso supone renunciar al nombre, el apellido, la careta que creemos ser, nuestro personaje temporal.

El papa Francisco en su reciente viaje a Cuba pronunció una frase que evoca esta idea: “Que el día a día tenga cierto sabor a eternidad”.

Lo tendrá si miramos más allá de las formas e imágenes que pasan a nuestro lado para intentar vislumbrar la luz inmutable y feliz de la que son sombras, reflejos, la última verdad que transparentan.

Pedro Miguel Lamet, SJ.





JUAN MASIÁ, SJ. PUBLICA "VIVIR: ESPIRITUALIDAD EN PEQUEÑAS DOSIS"
Texto de Jesús Bastante (Religión Digital)

Un cura y un fraile, dos apóstoles de la espiritualidad solidaria. Así definió el director de Religión Digital, José Manuel Vidal, al padre Ángel y al jesuita Juan Masiá, durante la presentación de "Vivir: espiritualidad en pequeñas dosis", el libro de éste último, coeditado con primor por Desclée y RD Libros. Y que fue presentado en la iglesia "24 horas" de San Antón, ante casi un centenar de personas.

Se trataba, como apuntó Vidal de "dos personajes excepcionales en el mundo en el que nos movemos, que han vivido siempre en la frontera", dos auténticas "parteras de la primavera de Francisco", que supieron "abrir caminos" cuando éstos estaban cerrados. También en la Iglesia.

"Han sabido casar en sus vidas eso de predicar y dar trigo. La primavera es posible gracias a que durante tantos años ha habido personas como ellos, que han transmitido la Iglesia de la misericordia. Eso han hecho este cura y este fraile", resumió el director de RD.

El protagonista de la velada, Juan Masiá, agradeció presentar su libro en este "oasis de espiritualidad y solidaridad" que es San Antón, y reivindicó la "necesidad que tenemos del silencio y la oración". Estas son las claves de "Vivir...", que hunden sus raíces en el encuentro de distintas espiritualidades, buscando aunar "los dos silencios, el de la oración y el de la solidaridad".

Con el corazón todavía encogido por la masacre en París (y sus ramificaciones en Beirut, Afganistán, Palestina, Siria, el Mediterráneo...), y después de firmar en el libro dispuesto en la iglesia para solidarizarse con las víctimas de todas las guerras, Masiá planteó una de las muchas parábolas que rodean su libro. El de las raíces entrelazadas del pino y el ciprés, para reivindicar que, mal que nos pese, todos "somos como esas raíces".

"Lo estamos viendo con estas últimas muertes, también en 2001 cuando el terrorista se estrelló contra el avión, usted y yo también lo pilotábamos". Y es que, para Masiá, "dentro de nosotros, junto a las raíces del bien, de la solidaridad, también hay raíces de odio y de violencia". "Por las raíces, conectamos todos. Todos somos víctimas, pero en el fondo también somos agresores. Ahí fue donde entendí la parábola del trigo y la cizaña".

"Sería hipócrita si dijera que no, que instintivamente no nos brotan las ganas de venganza. Pero hay que intentar cortar la espiral de la violencia, porque no hay paz sin justicia, pero no hay justicia sin perdón".

Por su parte, el padre Ángel, presidente de Mensajeros de la Paz, destacó las "pequeñas píldoras de solidaridad". Durante la presentación, más de un centenar de personas, "que son la verdadera iglesia", acudían al comedor del centro. Para el sacerdote, estamos "oyendo a algunos responsables políticos querer dividir el mundo entre buenos y malos. Y se nos está olvidando a todos en esta sociedad violenta, cómo pasar de una sociedad agresiva a un mundo pacificado y pacificador".

"Este libro nos puede ayudar a los que a veces tenemos prisa, y no nos podemos sentar a rezar el rosario. Este libro nos cuenta cosas grandes de forma pequeña, merece la pena que tengáis la ocasión de leerlo, pues tiene frases como éstas: 'Nadar con sed, nacer muriendo, vivir naciendo... sin que la lluvia me derrote'. Un libro precioso, positivista, en el que nos habla de Dios y de los hombres".

En la charla posterior, Vidal preguntó a los protagonistas sobre los atentados de París, cómo se reza, o qué podemos hacer los cristianos frente a estas catástrofes, o si estas muertes afectarán a los miles de refugiados que esperan en las fronteras de Europa. "No hay que preguntar por qué o quién ha disparado, sino primero curar a los heridos", señaló Masiá. Alguien puede preguntarse dónde estaba Dios. Dios está donde estaba el padre Ángel, ayudando a los heridos, como el buen samaritano. Hay que tener capacidad para mirar quién necesita ayuda. El creyente se plantea qué puede hacer mirando al cielo, pero seguro que Dios le dirá: 'Yo voy a estar allí, si tú estás'. Hay que estar con el que sufre, siempre". 

El padre Ángel, que acaba de volver, en un camino de ida y vuelta, de las fronteras de Serbia y Hungría, señaló que "cuando ves que hay gente que se muere en tus brazos, algunos quieren echar la culpa a Dios, otros dicen que la culpa es de los pecadores. Recemos o no, hay que apretar los labios, y curar, de momento curar a la gente, no perseguir. Hay que buscar justicia, claro, pero sobre todo curar".

Masiá culminó con un pensamiento en favor de la vida, y de la responsabilidad. "Jesús no dijo 'Perdónales porque no saben lo que hacen', sino 'Perdónales porque no saben lo que se hacen'. Estamos contra la pena de muerte porque el asesino debe tener la oportunidad de darse cuenta de que, al matar, uno se ha matado lo mejor de sí mismo". "El terrorista, además de matar a muchos, se ha matado a sí mismo, ha matado lo mejor de sí mismo. Orar por los que os persiguen, quizá sea la única manera de perdonarles".

"Debemos acoger, rezar y pedir a los gobernantes sentido común", concluyó el padre Ángel. "Todos somos víctimas y culpables en esto. La Iglesia en España, tanto el arzobispo de Madrid, y los obispos, pueda haber alguna voz, disidente, pero todos están de acuerdo en que hay que acoger a todos". "Nuestra esperanza es que hay que hacer justicia, nos tiene que doler, no matar nunca. No es tan difícil mojarse y luchar. Tenemos todos metido el miedo en el cuerpo, pero no tenemos que tener miedo, sino esperanza".

Jesús Bastante
Periodista Digital



La presencia de la Iglesia en los medios
Jorge Costadoat, SJ.

La presencia de la Iglesia en los espacios públicos (debate universitario, parlamentario, judicial, etc.), sobre todo su actuación en la sociedad de las comunicaciones y los medios se ha vuelto extremadamente compleja. Centrémonos en la legitimidad y la manera en que la participación de la Iglesia en el mundo de la comunicación puede realizarse desde el punto de vista dela misma fe cristiana. El otro punto de vista, es el de la sociedad en la que la Iglesia y demás religiones pueden comunicar sus creencias, lo cual es discutido por la filosofía política. No hablaremos de esto.

Esta presencia y participación de la Iglesia en el espacio público tiene al menos dos problemas. Uno, la identificación de la Iglesia con la institución eclesiástica, siendo que la Iglesia está constituida por todos los bautizados. Los mismos católicos hablan de “la Iglesia” para referirse al Papa, a los obispos y a los sacerdotes. Este error por restricción acarrea como primera consecuencia que los laicos se van desentendiendo progresivamente de su pertenencia eclesial. Muchas veces dicen no estar de acuerdo con “la Iglesia”, queriendo decir que no están de acuerdo con la institución eclesiástica, pero terminan por auto excluirse.

El otro problema es el infantilismo de los mismos bautizados; de todos, del clero y de los laicos. Estos no se sienten ni preparados ni autorizados a pensar por sí mismos y discutir con sus autoridades religiosas. El clero, por su parte, suele acudir en socorro de esta impreparación con solicitud, pero también cultivándola. Desde que los laicos, sin embargo, han comenzado a superar la minoría de edad la crisis eclesial se ha agudizado. El mejor curso posible de esta emancipación ha podido ser levantar los laicos la cabeza y pedir razones a la institución, rendición de cuenta, accountability. Y, el peor, despedirse con un portazo o profundizando el cisma blanco: las autoridades hacen como que enseñan y los laicos hacen como que oyen. Por muchas partes se percibe una licuación de la pertenencia religiosa.

Es un hecho que la participación en la Iglesia, y de la Iglesia en el foro público, hace agua. Hablo de la Iglesia con mayúscula, la de todos los bautizados. Al interior de ella misma las comunicaciones son sumamente precarias. Pero si tampoco en público esta participación es bien vista, la situación es lamentable. Para el cristianismo no se llega a la verdad más que a través de la libertad y, por vía contraria, la verdad a la que se puede llegar solo puede ser liberadora. Pero no es esta la experiencia hodierna de los cristianos, al menos de los católicos.

Puesto que el Evangelio de la libertad es responsabilidad de todos, todos los bautizados han de poder participar en el foro público sin problemas e incluso a veces por obligación. La evangelización es una responsabilidad colectiva, institucional, pero primariamente personal: son personas que han tenido una experiencia personal de Dios quienes comunican a los demás, en privado o en público, qué les ha ocurrido con Él. Esta es la clave de bóveda del asunto que estamos abordando. La Iglesia no es una familia. No corresponde aplicarle el dicho “la ropa sucia se lava en casa”, las veces que se hace público algún escándalo. Ella pretende tener una buena noticia para todos los ámbitos de la vida humana, los privados y los públicos. La jerarquía eclesiástica no debiera mirar mal que cualquier bautizado, sea sacerdote o laico, anuncie el Evangelio como le parezca y pueda discutir públicamente los modos en que los demás lo hacen. Se dirá que algo así puede generar confusión en quienes no están preparados. Exacto: en la era de la Ilustración la institución eclesiástica no puede seguir tratando a los fieles como niños. No hay vuelta atrás. Pero sí es posible quedarse abajo de la historia.

En este sentido ha sido impresionante que el Papa Francisco haya largado a los católicos 38 preguntas sobre la familia, y la vida sexual y afectiva, a través de los medios de comunicación, abriendo así un debate a todos los niveles, incluso sobre algunos temas considerados intocables. Este gesto de apertura del Papa no ha sido suficientemente bien recibido. Sirva de botón de muestra. En muchos países la jerarquía eclesiástica no ha creado las vías para la discusión de estos asuntos. Ha temido a los laicos que piensan. La jerarquía alemana, por poner un ejemplo contrario, triunfó en el Sínodo porque recogió la opinión de su Iglesia y supo fundamentar con argumentos teológicos el cambio que impulsó.

A propósito de otro asunto, no han faltado eclesiásticos que han lamentado que las víctimas de los abusos del clero hayan recurrido a los medios de comunicación pidiendo justicia. Pero, si estas víctimas no lo hubieran hecho no habríamos sabido lo ocurrido. Si estas víctimas no hubieran ventilado su drama en los medios, la institución eclesiástica no habría abierto los ojos ni habría comenzado a aprender de sus errores, cosa que sí está haciendo. Si alguna institución quiere elaborar protocolos de cuidado de menores, que acuda a las oficinas o a los colegios de Iglesia. Allí encontrará una opinión experta.

Otra razón teológica que obliga a la Iglesia (a todos los bautizados) a evangelizar y a revisar su evangelización en público, es el mandato del Concilio Vaticano I (1869-1870) de articular fe y razón. El cristianismo no exige fe de carbonero. Es cierto que la fe en el Dios de los cristianos sobrepasa la mente humana; por cierto, no es fácil creer en un mundo tan sufrido que el secreto último de la realidad es el amor y que este amor triunfará al final de la historia. Pero el cristianismo cree en el Creador de la razón humana con la cual los cristianos tienen que pensar qué significa amar en las circunstancias privadas y públicas de su vida. Los cristianos deben pensar, argumentar y dar razón a los demás de cómo el amor puede ser el primer motivo de la vida en sociedad. Ellos no tienen la receta, sino la obligación de pensar con otros, y aprender de otros, cómo vivir todos juntos.

La racionalidad es patrimonio de la humanidad. La fe no la suple ni nadie la posee con exclusividad. La razón opera a través del diálogo interpersonal y socio-cultural y, en el caso de los bautizados, a través de un Magisterio que, para orientar la participación de los cristianos en el mundo de los medios, debiera celebrar que lo hagan con libertad.

Jorge Costadoat, SJ.