viernes, 9 de octubre de 2015

UNA COSA NOS FALTA - José Antonio Pagola


UNA COSA NOS FALTA - José Antonio Pagola

El episodio está narrado con intensidad especial. Jesús se pone en camino hacia Jerusalén, pero antes de que se aleje de aquel lugar, llega «corriendo» un desconocido que «cae de rodillas» ante él para retenerlo. Necesita urgentemente a Jesús.

No es un enfermo que pide curación. No es un leproso que, desde el suelo, implora compasión. Su petición es de otro orden. Lo que él busca en aquel maestro bueno es luz para orientar su vida: «¿Qué haré para heredar la vida eterna?». No es una cuestión teórica, sino existencial. No habla en general; quiere saber qué ha de hacer él personalmente.

Antes que nada, Jesús le recuerda que «no hay nadie bueno más que Dios». Antes de plantearnos qué hay que «hacer», hemos de saber que vivimos ante un Dios Bueno como nadie: en su bondad insondable hemos de apoyar nuestra vida. Luego, le recuerda «los mandamientos» de ese Dios Bueno. Según la tradición bíblica, ese es el camino para la vida eterna.

La respuesta del hombre es admirable. Todo eso lo ha cumplido desde pequeño, pero siente dentro de sí una aspiración más honda. Está buscando algo más. «Jesús se le queda mirando con cariño». Su mirada está ya expresando la relación personal e intensa que quiere establecer con él.

Jesús entiende muy bien su insatisfacción: «una cosa te falta». Siguiendo esa lógica de «hacer» lo mandado para «poseer» la vida eterna, aunque viva de manera intachable, no quedará plenamente satisfecho. En el ser humano hay una aspiración más profunda.

Por eso, Jesús le invita a orientar su vida desde una lógica nueva. Lo primero es no vivir agarrado a sus posesiones: «vende lo que tienes». Lo segundo, ayudar a los pobres: «dales tu dinero». Por último, «ven y sígueme». Los dos podrán recorrer juntos el camino hacia el reino de Dios.

El hombre se levanta y se aleja de Jesús. Olvida su mirada cariñosa y se va triste. Sabe que nunca podrá conocer la alegría y la libertad de quienes siguen a Jesús. Marcos nos explica que «era muy rico».
· ¿No es esta nuestra experiencia de cristianos satisfechos de los países ricos?
· ¿No vivimos atrapados por el bienestar material?
· ¿No le falta a nuestra religión el amor práctico a los pobres?
· ¿No nos falta la alegría y libertad de los seguidores de Jesús?

AL CABO DE UNOS AÑOS...
Escrito por  Florentino Ulibarri

Y al cabo de unos años, más o menos,
tras una buena dosis
de aventura y desengaño,
volvemos a encontrarnos cara a cara,
porque queremos y aún soñamos,
con el Maestro que nos miró con cariño
aunque no seguimos su camino.

Y es que sus cuatro palabras
tan claras, suaves e imperativas
-ve, vende, da, sígueme-
se nos quedaron tatuadas en el alma
y no hemos podido borrarlas,
a pesar de sumergirnos en otras ofertas y baños,
después de tantas etapas vividas.

Volvemos, nos acercamos, soñamos.
Y el Maestro, que no acostumbra a cambiar,
nos mira con viva esperanza,
y nos presenta nuevamente su alternativa
a contrapelo de la cultura que se estila:
vender, dar, no almacenar, vaciarse...
y seguirle olvidándose de ser héroes.

Tantas heridas y marcas portamos ya
que, aunque sea a regañadientes,
le damos crédito y le aceptamos.
Y, al fin, empezamos a vivir la vejez,
a pesar de las pérdidas y disminuciones,
como un camino de vida plena,
confiando a fondo perdido en su propuesta.

Y es que, según la sabiduría evangélica,
Él no nos salvó por su poderío y fuerza
sino por su vaciamiento y pobreza.
Por eso, en este momento de  decrecimiento
le dejamos a Él el volante y la brújula,
el mapa de carreteras y las preguntas,
para ver cumplido nuestro sueño y su promesa.

Hoy, Señor, nos fiamos
y no oponemos resistencia.





LA META DEBE SER ASPIRAR A MAYOR HUMANIDAD
Escrito por  Fray Marcos

El contexto es el mismo que el domingo pasado (cuando salía al camino). Cerca ya de Jerusalén, a donde se dirige Jesús para completar su misión. Es un episodio entrañable, pero con un triste desenlace. El hombre rico no se decide a dar el paso del seguimiento. Aunque lo verdaderamente importante es el motivo por el que se niega a seguir a Jesús: las riquezas. Para los judíos, las riquezas habían sido siempre signo de la bendición de Dios.

El llegar corriendo, indica gran interés y necesidad urgente. El joven era rico, pero no las tenía todas consigo. Sin duda, el rico esperaba de Jesús algún precepto aún más difícil que los de Moisés, que estaría dispuesto a cumplir. Jesús no añade más preceptos sino una propuesta original. En vez de seguridades, confianza sin límites. En vez de cumplimiento de la Ley, seguimiento. Jesús sube a Jerusalén, va a la muerte. Seguir a Jesús supone estar dispuesto al fracaso. El arrodillarse, es un signo exagerado de respeto y admiración.

“Heredar vida definitiva”. En tiempo de Jesús, significaba garantizar una existencia feliz más allá de la muerte. El rico ya tenía garantizada la existencia feliz en el más acá. Lo que busca en Jesús, es asegurar las misma felicidad para el más allá. Los mandamientos que Jesús recuerda, son los de la segunda tabla, es decir los que se refieren al prójimo, no los que se refieren directamente a Dios. Esta enseñanza es original y exclusiva de Jesús. Para cualquier judío, los más importantes eran los de la primera tabla que se refieren a Dios.

¿Por qué me llamas ‘bueno’? El texto griego dice “agazos” no “kalos”, que utiliza Jesús cuando dice que es el buen pastor. Jesús revela donde está la verdadera pobreza. Él se siente vacío de toda posesión; vacío hasta de la propia pobreza, vacío de la misma bondad. El hombre ni es nada ni tiene nada, porque ni siquiera hay un sujeto (ego) capaz de ser o tener. Es difícil no dejarse atrapar por las riquezas, pero es mucho más difícil superar el sentimiento de superioridad. Lo nefasto será creerme bueno y con derechos ante Dios.

Una cosa te falta: seguirme. ¿Qué sutil diferencia quiere señalar Mc, entre “heredar vida definitiva” y “seguir a Jesús”? Para ‘heredar la vida’, basta cumplir una Ley; para entrar en el Reino hay que preocuparse de los demás. Seguir a Jesús, es mucho más que la fidelidad a unas normas. No se trata de ser mejor que los demás, sino de ser diferente. “Si quieres llegar hasta el final”. Pero, ¿puede tener algún sentido emprender un camino para no llegar a la meta? La meta del hombre es la plenitud humana. Otro objetivo sería frustrante.

¡Qué difícil será entrar en el Reino, al que pone su confianza en las riquezas! Las riquezas en sí, ni son buenas ni son malas. ¡Qué más quisiera Dios que todos tuviésemos de todo! Las posesiones o el cumplimiento de la Ley para obtener seguridad es lo que impide alcanzar una meta verdaderamente humana. El desenlace del encuentro es triste, pero el comentario que hace Jesús es aún más desolador.

Entonces, ¿quién podrá ‘salvarse’? Los discípulos siguen pensando que es imposible subsistir sin seguridades. No se refiere solamente a quien podrá salvarse en el más allá, como entendemos hoy la salvación, sino quién podrá mantener una vida verdaderamente humana, si se desprende de todo lo que tiene y no procura asegurarse el futuro. Así cobra sentido la respuesta de Jesús, “para los hombres, imposible, no para Dios.

Estamos ante uno de los textos más difíciles de comprender de todo el evangelio. Llevamos veinte siglos dando tumbos entre la demagogia barata y el espiritualismo tranquilizador pero estéril. No podemos sacar una norma general de una propuesta individual. Si vende los bienes, se supone que tiene que haber un comprador, que estará, de entrada, condenado. Jesús no puede dar una norma, que, para poder cumplirla, exige que otro no la cumpla. Otra cosa es la advertencia que Jesús hace aquí y en otros lugares del peligro de las riquezas

Buscar la propia salvación individual aquí abajo o en el más allá, es la mejor señal de no haber superado el “ego”. La meta última del hombre es la superación de su ego (y por lo tanto de todo egoísmo). El objetivo último de todo ser humano es el amor al hombre, que exige una entrega incondicional al servicio del otro. El apego a las riquezas nace siempre de un “ego”. Mientras exista la preocupación por uno mismo, no puede alcanzarse la meta. El obstáculo no son las riquezas, sino la existencia de ese “ego” que me obliga a buscar, a toda costa, seguridades para el más acá o para el más allá.

Pensar que el rico está condenado y el pobre está salvado, es demagogia. El echo de tener o no tener bienes materiales, no es lo significativo. Un pobre que no tiene nada, puede estar más apegado a los bienes que ambiciona, que el rico a lo que posee. Tanto el pobre como el rico tendrán que dar un paso de gigante para entrar en la dinámica del evangelio. La única ventaja del pobre sería que, al cerrársele la puerta fácil de las seguridades materiales, se vería obligado a buscar la verdadera salida. A esto apuntan las bienaventuranzas.

Otra trampa frecuente, es creer que el evangelio propone solo la pobreza de espíritu. Según esta interpretación, no importa lo que hayas acumulado, con tal de que tengas “espíritu cristiano”, lleves una vida “religiosa” y seas capaz de dar limosna y hacer “obras de caridad”. La Iglesia como institución, ha caído en esta trampa. Bajo el pretexto de tener para dárselo a los pobres, no le ha importado acumular ingentes riquezas. No basta que la Iglesia atienda a los pobres. La Iglesia tiene que ser pobre y renunciar a las seguridades.

La tercera trampa es creer que el evangelio se refiere a las riquezas injustas. Una vez más tenemos que hacer la distinción entre lo legal y lo justo. Las leyes no solo permiten, sino que favorecen la acumulación de riquezas porque están hechas por los ricos. Más allá de la legalidad que debe ser defendida por la sociedad, queda un inmenso espacio para la justicia, que nadie puede defender ni siquiera los jueces. Si no hacemos esta clara distinción, podemos ajustarnos a la legalidad e ignorar o saltarnos a la torera la justicia.

Está también la trampa de interpretar el evangelio como un cristianismo a dos velocidades. Para ello se habla de ‘los consejos evangélicos’ que serían un plus voluntario para los más decididos. Esto ha hecho mucho daño a los cristianos, porque les ha dado motivos para pensar que lo que dice el evangelio de la riqueza no va con ellos. Ha hecho daño también a los que optan por la vida religiosa, porque les ha hecho creer que son los perfectos y por lo tanto, con más derechos ante Dios, aunque hayan renunciado a las seguridades.

El fariseísmo que seguimos manteniendo en este tema es inquietante. A nivel personal, descubrimos que clérigos de diversos rangos hacen alarde de pobreza, desde los simples sacerdotes o religiosos, pasando por toda clase de prelados, obispos y cardenales, y hasta ahora, incluso el papa, se han empeñado en hacer ver que vivían como Jesucristo, cuando la realidad es que viven como Dios. Es un hecho que muchos de los puestos de la jerarquía se buscan expresamente para medrar y tener más dinero y más poder.

La propuesta de Jesús no conlleva ninguna renuncia. Si, al llevarla a la práctica, tenemos la sensación de perder algo, es que no hemos comprendido nada. No se trata de renunciar a nada sino de elegir el camino que me lleve a la plenitud que puedo alcanzar como ser humano. Como seres limitados, elegir un camino lleva consigo el renunciar a ir en otras direcciones. En contra del sentir de la mayoría, el renunciar a tener más no es de tontos, sino de personas muy despiertas. La sabiduría consistiría en acertar en la elección.

Meditación-contemplación

Si quieres llegar hasta el final, una cosa te falta.
Pero, ¿de verdad quiero llegar hasta el final?
Y ¿qué sentido tiene emprender una carrera
si no tienes intención de llegar a la meta?
……………

Es ridículo pensar que Dios nos exige renunciar a algo.
No se trata de renunciar, sino de elegir bien.
Pero el secreto de toda buena elección es el conocimiento.
Tomar conciencia de lo que es mejor será el primer paso.
……………

Cuando queremos alcanzar dos metas a la vez,
El fracaso está asegurado
La plenitud de ser y las seguridades son incompatibles,
Nunca podremos armonizarlas.
…………

Fray Marcos




SALOMÓN, EL JOVEN RICO Y LOS DISCÍPULOS
Escrito por  José Luis Sicre

Las lecturas de este domingo enfrentan tres posturas: la de Salomón, que pone la sabiduría por encima del oro, la plata y las piedras preciosas; la del rico, que pone su riqueza por encima de Jesús; la de los discípulos, que renuncian a todo para seguirle. El evangelio contiene dos escenas: en la primera, los protagonistas son el rico y Jesús; en la segunda, Jesús y sus discípulos.

Primera escena: El rico y Jesús
Ofrece detalles curiosos, típicos de la forma de contar de Marcos. Se acerca uno «corriendo», «se arrodilla», lo llama «maestro bueno» (provocando cierto malestar en Jesús), formula su pregunta, Jesús «lo mira con cariño». Al final, el individuo «frunce el ceño» y se va triste.

El protagonista, antes de formular su pregunta, pretende captarse la benevolencia de Jesús o, quizá también, justificar por qué acude a él: lo llama «maestro bueno», título que no se aplica en Israel a ningún maestro (Strack-Billerbeckx sólo recoge un ejemplo del siglo IV d.C.).

La pregunta
El problema que le angustia es «qué he de hacer para heredad vida eterna», algo fundamental para entender todo el pasaje. Lo que pretende el protagonista es, dicho con otra expresión judía de la época, "formar parte de la vida futura" o "del mundo futuro"; lo que muchos entre nosotros entienden por "salvarse". Este deseo sitúa al protagonista en un ambiento distinto del normal: admite un mundo futuro, distinto del presente, mejor que éste, y desea participar en él. Por otra parte, su pregunta no es tan rara como podemos imaginar. Si nos preguntasen qué hay que hacer para "salvarse", las respuestas es probable que variasen bastante. Una pregunta parecida la encontramos hecha al rabí Eliezer (hacia el año 90) por sus discípulos. Y responde: "Procu­raos la estima de vuestros vecinos; impedid que vuestros hijos lean la Escritura a la ligera y haced que se sienten entre las rodillas de los discípulos de los sabios; y, cuando oréis, sed conscientes de quién tenéis delante. Así conseguiréis la vida del mundo futuro".

La respuesta de Jesús
Jesús, antes de responder, aborda el saludo y da un toque de atención sobre el uso precipitado de las palabras. El único bueno es Dios. (Afortunadamente, por entonces no existía la Congregación para la Doctrina de la Fe, que lo habría condenado por error cristológico).

Luego responde a la pregunta haciendo referencia a cinco mandamientos mosaicos, todos ellos de la segunda tabla, aunque cambiando el orden y añadiendo «no defraudarás», que no está en el decálogo.

Lo curioso es que Jesús no dice nada de los mandamientos de la primera tabla, que podríamos considerar los más importantes: no tener otros dioses rivales de Dios, no pronunciar el nombre de Dios en falso y santificar el sábado. Para Jesús, de forma bastante escandalosa para nuestra sensibilidad, para «salvarse» basta portarse bien con el prójimo.

Cuando el protagonista le responde que eso lo ha cumplido desde joven, Jesús lo mira con cariño y le propone algo nuevo: que deje de pensar en la otra vida y piense en esta vida, dándole un sentido nuevo. Ese sentido consistirá en seguir a Jesús, de forma real, física, pero antes es preciso que venda todo y lo dé a los pobres. El programa de Jesús se limita a tres verbos: vender, dar y seguir.

La reacción del rico
Entonces es cuando el personaje frunce el ceño y se aleja, «pues era muy rico». Con esta actitud, no pierde la vida eterna (que depende de los mandamientos observados), pero sí pierde el seguir a Jesús, dar plenitud a su vida ahora, en la tierra.

Segunda escena: Jesús y los discípulos

Sirve para completar su enseñanza, en este caso sobre el peligro de la riqueza y el problema de los ricos. Marcos, indicando que Jesús «miró en torno» antes de decir nada, introduce un elemento de suspense. ¿Qué dirá ante la reacción del rico?

El problema de los ricos
Sus palabras: «¡Qué difícil es que los ricos entren en el reino de Dios!», requieren una aclaración. Entrar en el reino de Dios no significa salvarse en la otra vida. Eso ya ha quedado claro que se consigue mediante la observancia de los mandamientos, sea uno rico o pobre. Entrar en el Reino de Dios significa entrar en la comunidad cristiana, comprometerse de forma seria y permanente con la persona de Jesús en esta vida.

Ante el asombro de los discípulos, Jesús repite su enseñanza añadiendo la famosa comparación del camello por el ojo de la aguja. Ya en la alta Edad Media comenzó a interpretarse el ojo de la aguja como una puerta pequeña que habría en la muralla de Jerusalén; pero esa puerta nunca ha existido y la explicación sólo pretende suavizar las palabras de Jesús de manera un tanto ridícula. Jesús expresa con imaginación oriental la dificultad de que un rico entre en la comunidad cristiana. 

La reacción de los discípulos
¿Por qué se asombran y se espantan los discípulos? Su reacción podemos interpretarla de dos formas: 1) ¿quién puede salvarse?; 2) ¿quién puede subsistir?

En el primer caso, los discípulos refle­jarían la mentalidad de que la riqueza es una bendición de Dios; si los ricos no se salvan, ¿quién podrá salvarse?

En el segundo caso, los discípulos pensarían que la comunidad no puede subsis­tir si no entran ricos en ella que pongan sus bienes a disposi­ción de todos.

En cualquier hipótesis, la respuesta de Jesús (“para Dios todo es posible”) parece dar por terminado el tema.

De hecho, la intervención de Pedro no empalma con lo anterior, sino que contrasta la actitud de los discípulos con la del rico: «nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido». Ahora quiere saber qué les tocará.

Una riqueza distinta de la de Salomón
La respuesta de Jesús enumera siete objetos de renuncia, como símbolo de renuncia total: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, campos. Todo ello tendrá su recompensa en esta vida (cien veces más en todo lo anterior, menos en padres) y, en la otra, vida eterna. Pero, al hablar de la recompensa en esta vida, Mc añade «con persecuciones».

Decía Salomón que, con la sabiduría “me vinieron todos los bienes juntos”. A los discípulos, la abundancia de bienes se la proporciona el seguimiento de Jesús.

José Luis Sicre





LO MÁS INTELIGENTE ES SEGUIR A JESÚS
Escrito por  José Enrique Galarreta
Este relato se reproduce, con muy escasas variantes, en los tres Sinópticos (Mateo 19,13; Lucas 18,15). Es Mateo el que habla de "un joven", y añade a los mandamientos el de "amarás a tu prójimo como a ti mismo". Los tres centran el mensaje de Jesús en: vende lo que tienes - dalo a los pobres - tendrás un tesoro en el cielo - ven y sígueme. En los tres, el joven se marcha entristecido "porque era muy rico", y la consecuencia es la frase famosa de Jesús: "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino".

En la narración de Marcos, más aún que en los otros dos, la escena tiene toda la viveza de este evangelista y nos produce la impresión de estar ante una crónica, bien recordada y bien descrita, de algo que causó impacto especial en los discípulos. El texto se presta a múltiples comentarios, que vamos a reducir a lo esencial, a lo más medular.

Se trata de un "buen rico", que viene a Jesús sinceramente, buscando mejorar su vida religiosa. Jesús le contesta con una formulación básica que no hay que olvidar: "Para heredar la vida eterna, los mandamientos". La pregunta de "¿cuáles?" es característica de una época en que la enseñanza de los doctores fariseos llena la vida de innumerables mandamientos. Jesús se remite a la esencia de la Ley, los mandamientos básicos expresados en lo que hemos llamado "El Decálogo" (Éxodo 20,12 y Dt 6,16). Una vez más, Jesús se despega de la interpretación al uso de la Ley para ir a su esencia.

El rico manifiesta que eso ya lo cumple, quiere saber si hay más. Notemos que se trata de si hay más que heredar la vida eterna. A esa demanda del rico responde la invitación de Jesús, hecha con cariño, como si Jesús se hiciese ilusiones ante su buena disposición. El rico se echa atrás, y Jesús saca la conclusión de que la riqueza hace casi imposible "entrar en el Reino", con la estupenda exageración del camello - el animal más grande - y el ojo de la aguja - el agujero más pequeño -.

Se han querido hacer aquí correcciones, señalando que la palabra "camello" no sería una buena traducción, debiendo preferirse "soga" hecha con pelo de camello (incluso que "ojo de aguja" era la estrechísima entrada de una cueva). Pero todas esas disquisiciones no cambian el sentido primero: prácticamente imposible, sea cual sea la metáfora empleada.

Estas expresiones producen en los discípulos asombro, sobre todo porque, como casi todos en esa época, consideran los bienes del mundo como bendiciones de Dios y los males como castigos. Se ve también que no distinguen aún la diferencia entre "salvarse" y "entrar en el Reino". Pero Jesús sigue hablando del Reino, y afirma que es posible con la gracia de Dios, dejando claro que entrar en el reino es una invitación y una gracia, una oferta de Dios que es a la vez una enorme exigencia y un espléndido regalo.

R E F L E X I Ó N
Dentro de la gran riqueza de mensaje que encierra el evangelio de hoy, nos fijamos en un aspecto básico, importante para nosotros: Jesús y el dinero. La posición de Jesús ante el dinero ocupa un lugar importante en los evangelios. Se puede resumir así:

1- Ante los que "ponen su confianza en el dinero", Jesús siente algo así como lástima, casi desprecio. La mejor expresión de esto sería Lucas 12,16, la parábola del rico insensato, y la expresión de Mateo 6,19: "no amontonéis tesoros aquí, donde roe la polilla..."

Una de las líneas de fuerza importantes del mensaje evangélico es la trascendencia: lo de aquí es importante porque es camino para la Vida definitiva. Si deja de ser camino o lo entorpece, es un trágico error. Invertir lo que poseemos en vivir bien aquí, es tirar la vida.

2.- Cuando la riqueza se hace además ofensa para otros, Jesús se vuelve intransigente, amenazador. La expresión mejor es Lucas 16, 19, la parábola del rico banqueteador y el pobre Lázaro. La condena del rico es tajante, de las más duras de todo el evangelio. En la conclusión ("si no atienden a Moisés y a los profetas, aunque un muerto resucite no se convertirán") se muestra ya ese temor de Jesús por las consecuencias de la riqueza. Los que confían en las riquezas hasta el punto de perder la capacidad de compasión, están perdidos. Es casi imposible que se liberen.

3.- Pero, más allá de todo eso, está El Reino, y éste es el tema tratado en la escena de hoy. Un rico que cumple bien la ley se atreve a preguntar a Jesús "¿hay más?". Jesús se hace ilusiones con él, quizá ese hombre de buena voluntad se atreva a dar un paso más allá del cumplimiento de la Ley... Y le ofrece más: dedicarse por entero al Reino: "Deja todas esas cosas que te esclavizan, vente conmigo..." Pero era demasiado rico, se echó atrás.

Es aquí donde aparecen con claridad dos dimensiones reveladoras: el Reino como libertad, como sabiduría; el dinero como esclavitud. "Vende lo que tienes y dalo a los pobres" es sabiduría: así no tendrás tesoros en la tierra, donde roe la polilla, sino en el cielo. "Después ven, sígueme" es dedicarse a lo único que merece la pena, construir el Reino.

Jesús sabe bien que no es posible servir a dos señores: y que el dinero es señor. Nosotros creemos que lo usamos, pero es él quien nos usa; creemos que lo poseemos, pero es él quien nos posee. Jesús lo sabe muy bien, por eso empieza por plantearnos que decidamos a qué señor queremos servir. La elección es clara:

servir al dinero para morir sin nada <-- nbsp=""> servir a Dios para morir rico.

Se puede formular de otra manera: ser esclavo y morir como esclavo, ser libre para vivir como hijo.

Esta es la razón por la que algunas personas, con una vocación muy especial, renuncian de hecho a toda posesión: para ser más libres, para poder dedicarse al Reino sin estorbos. Pero la mayoría de las personas no podemos hacerlo, tenemos que poseer, tenemos que usar de este bien peligroso. Para nosotros "vende lo que tienes y dalo a los pobres" no es una orden que podamos cumplir al pie de la letra, pero sí es un espíritu que marca nuestra forma de poseer y de usar. Un seguidor de Jesús usa el dinero, y todo lo que posee, con aprensión, porque sabe que es pegajoso, que tiende a apoderase de su espíritu y esclavizarlo.

Como en tantas cosas, hemos hecho una hábil distinción para suavizar esta palabra. Hemos pensado que se trata de aquellos que van a seguir un "estado de perfección", no de los "cristianos normales" que viven "en el mundo". Pero no es así: los que siguen a Jesús no son los religiosos o los sacerdotes; los que siguen a Jesús son los cristianos, la Iglesia. El llamamiento a seguir a Jesús es el llamamiento a todos.

Se trata simplemente de entender correctamente la expresión "dejarlo todo". Si esto significa no tener físicamente nada, es imposible para una vida normal. Pero no se trata de eso: se trata de no rendir culto, de no adorar, de no ser poseído por lo que se posee. Se trata de usar para la vida definitiva. Se trata de estar libre de corazón para usar bien, para compartir con quien lo necesita.

Se ha dicho, y muy bien dicho, que el dinero es un buen servidor y un mal amo. El dinero es un medio necesario para vivir, para sobrevivir. Con el dinero se puede comprar la subsistencia, la salud, la cultura ... Utilizado como servidor es estupendo. Pero tiene la habilidad de convertirse en amo. Entonces le servimos sólo a él, dejamos de ser personas que con-padecen, no lo consideramos talento recibido para todos sino medio de disfrutar; los judíos llegaban más lejos en su error y lo consideraban bendición de Dios. Y puede serlo: bendición peligrosa, porque, como de todo talento, podemos apoderarnos de él y usarlo sólo para nosotros; y entonces quedamos esclavizados por él, somos su servidores y quedamos imposibilitados para entrar en el Reino.

Dinero, prestigio, poder: los tres talentos más peligrosos que Dios puede darnos, los que más tienden a convertirse en nuestros señores. Por esta razón no los tenía Jesús. Por esta razón no los tenían las primeras comunidades. Y por esta razón nuestra Iglesia se parece tan poco al Reino, porque tiene dinero, prestigio y poder. Es llamativo, y sangrante, que la Iglesia, cuando habla de estos temas llega hasta a afirmar que "hay que hacer una opción preferencial por los pobres", confesando así, no sé si con ingenuidad o con hipocresía, que no es pobre. La nuestra no es una iglesia de pobres, sino una Iglesia rica que se preocupa de los pobres (a veces).

Pero Jesús avisó claramente que ser rico y entrar en el reino es casi imposible. Nosotros, la rica Iglesia de Occidente, creemos que hemos logrado el milagro, que nuestro camello ha pasado por el ojo de la aguja; es mentira: servimos ante todo al dinero, es decir, a nuestro nivel social, a no ser rechazado por el entorno, a vivir muy cómodamente. Lo hacemos con suficiente estilo como para no parecer ridículos, y dando de lo que nos sobra lo suficiente para no sentir demasiados remordimientos. Pero no entramos en el Reino. Los ricos, es decir nosotros, no entran en el Reino.

Es desde aquí desde donde podemos entender el "dichosos los pobres". No se trata de que los pobres sean buenos, no se trata de que Jesús alabe la miseria: se trata de que están mejor situados para entrar en el Reino, se trata de que los ricos lo tienen mucho más difícil.

Jesús trató con todos, ofreció el Reino a pobres que lo rechazaron (la mayor parte de los fariseos y los escribas andarían muy escasos de riqueza). Ofreció el Reino a ricos que lo aceptaron (Juana, Zaqueo). En los evangelios los pobres no son buenos y los ricos malos sin más. En el evangelio, ser rico es tenerlo muy difícil para aceptar los criterios y los valores de Jesús.

Por eso, Jesús fue pobre y libre. Por eso se pudo entregar enteramente al Reino. Y por eso, exactamente por eso, Jesús se dirige preferentemente a los pobres, a los pecadores y a los enfermos, porque ellos sienten necesidad de ser liberados y están por eso mismo en buenas condiciones para aspirar al Reino. Los ricos, los que se creen santos, los satisfechos, ni siquiera necesitan de Dios, "ya tienen su recompensa".

PARA NUESTRA ORACIÓN
Pero hay algo más, algo mucho más exigente: "a mí me lo hicisteis - a mí me lo dejasteis de hacer". La cómoda posesión, el disfrute de los bienes, en medio de un mundo en que los hijos de Dios se mueren de hambre por falta de esos bienes, es un insulto a Dios, Padre de todos.

Si entendemos correctamente la parábola de los Talentos, sabemos que yo tengo para que todos tengan, Dios me lo ha dado a mí porque cuenta conmigo para la solución de los problemas de todos. No pocas personas se preguntan: "¿cuánto tengo que dar?". En realidad están preguntando: "de lo que me sobra, después mantener el tren de vida habitual en mi sociedad, ¿qué tanto por ciento me justifica ante Dios?". A esa pregunta, Jesús no respondería más que con otra pregunta: "¿Cómo andas de compasión? ¿hasta qué punto te importa que miles de hermanos tuyos se mueran de hambre?"

Inmersos en una sociedad de abundancia, acostumbrados a niveles de vida que nos parecen normales, nos vemos retratados, una vez más, por las escenas del evangelio: quizá somos tan insensatos que sólo pensamos en poseer y disfrutarlo. Jesús piensa que estamos tirando la vida.

En resumen, el dinero, como todas las realidades de esta vida, (la salud, las cualidades...) es un medio, algo que me permite "comprar cosas". Podemos comprar cosas satisfactorias a corto plazo, pero no duraderas. El Evangelio invita a "invertir bien", desechando valores que al final nos dejarán sin nada. El código de valores de Jesús es el Sermón del Monte, y su núcleo, las Bienaventuranzas. Jesús es el modelo de los que "están en el Reino". Es grano de trigo enterrado para servir de alimento. Dejó su casa, su seguro oficio, su familia, para dedicarse del todo al Reino. No contaba con el dinero para difundir el Reino. Vivía de lo que le daban. No tuvo que hacer testamento. Se murió desnudo, sin más tesoros que los de su alma, los que le siguen a uno hasta la vida eterna.

ORACIÓN
Sugiero que recitemos juntos "el pregón del Reino", las Bienaventuranzas. Son los criterios de Jesús. Hagámoslo con humildad. Muy probablemente no son éstos, de hecho, nuestros criterios. Al recitarlas, pidamos a Dios que haga nuestro corazón semejante al de su Hijo.

Dichosos los pobres de espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos
Dichosos los mansos,
porque poseerán la tierra
Dichosos los que lloran,
porque serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia,
porque quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos,
porque alcanzarán misericordia
Dichosos los limpios de corazón,
porque verán a Dios.
Dichosos los que buscan la paz,
porque serán llamados hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.

QUE PODRÍAMOS TRADUCIR LIBREMENTE ASÍ:
Cuanto más felices seríais si no necesitarais tantas cosas
Cuánto más felices seríais si vuestro corazón no fuese violento
Cuánto más felices seríais si aprendierais a sufrir
Cuánto más felices seríais si tuvierais hambre y sed de justicia,
Cuánto más felices seríais si aprendierais a perdonar y pedir perdón.
Cuánto más felices seríais si vuestro corazón fuera transparente
Cuánto más felices seríais si trabajarais por la paz
Y si os desprecian o persiguen por vivir así, ¡mucho más felices todavía!

José Enrique Galarreta





EL PAPA FRANCISCO “AMIGO DE PECADORES”
Escrito por  José Antonio Pagola

Las tradiciones evangélicas subrayan una y otra vez que la actuación de Jesús está siempre inspirada, motivada e impulsada por la misericordia hacia todo ser humano. Es la misericordia lo que explica y define su manera de ser y de actuar. El verbo que emplean de ordinario los evangelistas (splanchnizomai) sugiere que el sufrimiento de las gentes conmueve sus entrañas, penetra hasta el fondo de su ser y se convierte en su principio de acción.

Lo importante es captar que esta misericordia no es un sentimiento más, sino la reacción básica de Jesús que dirige y configura toda su actuación. No viene motivada por interés alguno. Es amor gratuito que brota en Jesús desde el misterio insondable de Dios. Desde esta misericordia se entiende toda su acción salvadora.

Los evangelios destacan de manera especial la dedicación de Jesús a curar la vida enferma de las gentes erradicando o aliviando su sufrimiento. Nada ni nadie podrá detener su libertad para actuar con misericordia, ni siquiera la ley sagrada del descanso sabático: “El precepto del sábado ha sido instituido para el ser humano y no el ser humano para el sábado” (Marcos 2, 27).

Además, los evangelios destacan la actuación escandalosa de Jesús ofreciendo el perdón de Dios de manera gratuita a los “pecadores”. Nada ni nadie podrá detener su libertad de actuar con ellos desde la misericordia insondable de Dios. Ni el rechazo ni los insultos. Jesús explicará así su actuación: “No necesitan de médico los sanos sino los que están mal, no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Marcos 2,15).

Lo que resultaba especialmente escandaloso era su costumbre de sentarse a la mesa con pecadores y gentes que, por diversas razones, los sectores más observantes consideraban excluidos de la Alianza y, por tanto, apartados de la convivencia (banquetes, bodas, sábado…). Jesús se acerca a comer con ellos, no como un maestro de la ley, preocupado de examinar su vida moral, sino como profeta de la misericordia que les ofrece su amistad y comunión.

El significado profundo de estas comidas con pecadores consiste en que Jesús crea comunidad con ellos ante Dios. Comparte el mismo pan y el mismo vino; pronuncia con ellos la “bendición a Dios” y celebra anticipadamente el banquete final que el Padre está ya preparando para sus hijos e hijas. Su gesto de misericordia les anuncia la Buena Noticia de Dios: “Está discriminación que estáis sufriendo no refleja el misterio último de Dios. También para vosotros el Padre es misericordia y perdón”.

La mesa de Jesús es una mesa abierta para todos. No es la “mesa santa” de los fariseos, ni la “mesa pura” de los miembros de la comunidad de Qumrán. Es la mesa acogedora de Dios. Con su actuación misericordiosa, Jesús no justifica la corrupción de los publicanos ni la vida de las prostitutas. Sencillamente, rompe el círculo diabólico de la discriminación y abre un espacio nuevo donde todos son acogidos e invitados al encuentro con el Padre de la misericordia. Jesús pone a todos, justos y pecadores, ante el misterio insondable del perdón de Dios. Para él, ya no hay justos con derechos y pecadores sin derechos. A todos se les ofrece la misericordia. Solo quedan excluidos los que no la acogen.

La Iglesia lleva muchos siglos sin escuchar en toda su radicalidad la llamada de Jesús: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lucas 6,36). Jesús no tiene nada mejor que ofrecer a sus seguidores, como motivación e impulso de la misericordia, que a su Padre Bueno: “Reproducid en la tierra la misericordia de vuestro Padre del cielo”. La misericordia no es una ley más. Es la gran herencia de Jesús. Por eso, todo aquello que impide, oscurece o dificulta captar el misterio de Dios como misericordia, perdón o alivio del sufrimiento, ha de desaparecer de su Iglesia pues no encierra la Buena Noticia de Dios proclamada por Jesús.

Sus seguidores hemos de trabajar hoy para que su Iglesia sea, cada vez más, un espacio sensible y comprometido ante todas las heridas físicas, morales y espirituales de los hombres y mujeres de hoy. ¿No ha llegado el momento de revisar la disciplina eclesiástica y el contenido del Derecho Canónico (sanciones, castigos de los delitos, penas, procesos, tribunales…), tan ajeno a veces al espíritu de Jesús y tan condicionado por doctrinas inspiradas en el derecho romano más que en el Evangelio?

En este contexto, no es un hecho de importancia menor la decisión que se tome en el próximo Sínodo sobre el acceso o no a la comunión sacramental, de los matrimonios en situación irregular (divorciados vueltos a casar). Será signo de que la Iglesia se decide a seguir a Jesús por los caminos de la misericordia, o que todavía no se siente con fuerzas para liberarse de ataduras que le están impidiendo anunciar con la audacia y radicalidad de Jesús la misericordia de Dios hacia todo ser humano.

Los sectores fariseos, al ver que Jesús admitía a todos a su propia mesa, lo acusaron de “amigo de pecadores”. Jesús nunca se defendió de esta acusación ni la desmintió pues era cierto que se sentía su amigo. Es triste observar cómo, después de veinte siglos, toman fuerza en la Iglesia algunas corrientes de resistencia al papa Francisco, en cuyo trasfondo parece que subyace la misma preocupación pues, en definitiva, le están pidiendo que no caiga en la tentación de ser tan amigo de pecadores. No logro entender su escándalo. ¿A quién excluiría hoy Jesús de la comunión eucarística? Cuanto más contemplo al profeta de la misericordia y trato de interiorizar su Espíritu, más me reafirmo en la convicción de que solo la misericordia puede hacer a la Iglesia de hoy más humana y más creíble. Francisco, ¡Que Dios te bendiga!

José Antonio Pagola





FLORECILLAS DE SAN FRANCISCO
Escrito por  José Arregi

Si nunca has leído las “Florecillas de San Francisco”, hoy (04/10/2015), fiesta entrañable del Poverello de Asís, te animo a leerlas. Descubrirás una joya literaria, escrita hace 750 años a la luz de la Toscana y del recuerdo de Francisco.  En seductores relatos sueltos, describen un mundo transfigurado en el que también tú puedes habitar, en el que ya habita y sueña despierto el niño mejor que llevas dentro de ti.

“Este libro contiene –así reza el encabezado– ciertas florecillas, milagros y ejemplos devotos del glorioso pobrecillo de Cristo messer San Francisco y de algunos de sus santos compañeros”. Cómo un día, por ejemplo, predicó a los pájaros. Y cómo a un joven que llevaba al mercado unas tórtolas silvestres se las pidió, librándolas de una muerte cruel, y las domesticó y vivieron en familia con los frailes en Santa María de los Ángeles. O cómo, en Gubbio, amansó a un lobo ferocísimo, con solo que la gente le diera de comer,  porque la violencia nunca convierte al violento. Y cómo en cierta ocasión, yendo de camino con el hermano Maseo, al llegar a un cruce de caminos le hizo dar vueltas sobre sí y parar en seco, para saber la dirección que hacían de tomar. Y cómo al hermano Rufino, noble de Asís y muy tímido, le envió una vez a predicar en calzones en una iglesia de Asís, y Francisco, apenado por haber puesto a su hermano en semejante aprieto, le siguió detrás igualmente desnudo y así predicó, y  la gente pensó que estaban locos, pero al final todos quedaron muy edificados y consolados.

Hoy no estamos, dirás, para cándidas florecillas, para fábulas milagreras ni cuentos moralistas. Tienes razón, no estamos para eso, pero las Florecillas son otra cosa, lo verás. Rezuman frescura, sencillez, libertad. Irradian, sobre todo, alegría y bondad. Y también mucho inconformismo. Las Florecillas son menos cándidas y más subversivas de lo que parece, pero no hallarás en ellas ni pizca de amargura. Son como el Evangelio de Jesús.

Eso quiso Francisco: vivir el Evangelio de Jesús, junto con los hermanos que se le fueron uniendo (nunca se le ocurrió, por cierto, hacer eso que hoy llaman “Pastoral vocacional”). Quiso vivir el Evangelio sin glosas y sin reglas complicadas, sin conventos ni moradas estables, sin nada, sin nada, caminando de aldea en aldea, conviviendo con los últimos y trabajando con sus manos, pidiendo limosna solo cuando el trabajo no les daba para comer, e invitando a todos a perdonarse a sí mismos y a los otros, a vivir en paz con todas las criaturas, a ser hermanos y menores, a cuidarse los unos a los otros, a ser felices con poco, y a no querer más. Eso es todo.

De eso hablan las Florecillas, Bienaventuranzas plasmadas en retazos de vida. Son retazos imaginarios, pero de vida muy real. Fueron en su origen y siguen siendo todavía una clara protesta, una provocación profética y pacífica, pacífica y enérgica, contra el poder, la riqueza y todas las convenciones sociales, contra el mundo de los poderosos de entonces y de hoy, contra la Iglesia establecida de entonces y de hoy con sus muchos cánones, catecismos y jerarquías clericales. Y contra la propia Orden franciscana, que se había vuelto tan numerosa, culta y admirada, y se había establecido dentro de las ciudades en grandes conventos y habían convertido la pobreza en virtud ascética y la mendicidad en forma de vida a costa de los pobres. Las Florecillas protestan.

En cierta ocasión, Francisco iba de camino con el hermano Maseo y, al llegar hambrientos a una aldea, fueron a pedir limosna cada uno por un barrio. A Francisco, que era pequeño y feo, solo le dieron sino mendrugos y desperdicios de pan seco. A Maseo, que era gallardo y de buena presencia, le dieron buenos y grandes trozos. Y se juntaron ambos a la salida del pueblo, junto a una fuente, y sobre una piedra colocaron cada uno la limosna recibida. Al ver Francisco que los trozos del hermano Maseo eran más numeroso y hermosos que los suyos, no cabía de gozo y exclamó: “Oh hermano Maseo, no somos dignos de un tesoro como éste”. Y como lo repetía una y otra vez, el hermano Maseo le dijo: “Hermano carísimo, ¿cómo se puede hablar de tesoro donde hay tanta pobreza y donde falta lo necesario? Aquí no hay ni mantel, ni cuchillo, ni tajadores, ni platos, ni casa, ni mesa, ni criado, ni criada”. Y Francisco le repuso: “Esto es precisamente lo que yo considero gran tesoro: estos trozos de pan, esta mesa de piedra, esta fuente tan clara. Es el tesoro de la santa pobreza que al despojarnos de todo nos hace hermanos de los pobres y libres del todo”.

En alabanza de la Vida más plena. Amén.

José Arregi

(Publicado en DEIA y en los diarios del Grupo Noticias el 4 de Octubre de 2015, fiesta de San Francisco)





Cómo espera la gaviota
Pedro Miguel Lamet, SJ.

“No es verdad que tú hayas sufrido, / son cuentos tristes que te cuentan. / Tú eres un niño que está triste, / eres un niño que no sueña. / Y la gaviota está esperando / para venir cuando te duermas”. Siempre recuerdo estos versos de José Hierro en su “Canción de cuna para dormir un preso”, cuando descubro junto al mar alguna gaviota. Símbolo de libertad y superación, de volar alto y romper las ataduras que nos encadenan a la tierra,  todo los que nos impide liberarnos de nuestros apegos.

Esta gaviota que capturé con mi cámara tiene además una especial sugerencia. Es curioso que siendo un ave que domina el cielo con sus ambiciosos y potentes giros transmita esta quietud profunda cuando reposa, como de sentirse bien en su ser, en armonía con el mar, la costa, el pequeño puerto. Quizá porque no le torturan los pensamientos como a los humanos, porque se acepta plenamente en su “ser gaviota”, porque cumple su papel de pincelada en el cuadro del paisaje, sin otro cometido que dejarse ser, estar en su sitio en el universo.

“No es verdad que te pese el alma. / El alma es aire y humo y seda. / La noche es vasta. Tiene espacios /para volar por donde quieras, / para llegar al alba y ver /las aguas frías que despiertan…/ Duerme, ya tienes en tus manos / el azul de la noche inmensa.”

Pedro Miguel Lamet, SJ.