viernes, 23 de octubre de 2015

CURARNOS DE LA CEGUERA - José Antonio Pagola


CURARNOS DE LA CEGUERA - José Antonio Pagola

¿Qué podemos hacer cuando la fe se va apagando en nuestro corazón? ¿Es posible reaccionar? ¿Podemos salir de la indiferencia? Marcos narra la curación del ciego Bartimeo para animar a sus lectores a vivir un proceso que pueda cambiar sus vidas.

No es difícil reconocernos en la figura de Bartimeo. Vivimos a veces como «ciegos», sin ojos para mirar la vida como la miraba Jesús. «Sentados», instalados en una religión convencional, sin fuerza para seguir sus pasos. Descaminados, «al borde del camino» que lleva Jesús, sin tenerle como guía de nuestras comunidades cristianas.

¿Qué podemos hacer? A pesar de su ceguera, Bartimeo «se entera» de que, por su vida, está pasando Jesús. No puede dejar escapar la ocasión y comienza a gritar una y otra vez: «ten compasión de mí». Esto es siempre lo primero: abrirse a cualquier llamada o experiencia que nos invita a curar nuestra vida.

El ciego no sabe recitar oraciones hechas por otros. Solo sabe gritar y pedir compasión porque se siente mal. Este grito humilde y sincero, repetido desde el fondo del corazón, puede ser para nosotros el comienzo de una vida nueva. Jesús no pasará de largo.

El ciego sigue en el suelo, lejos de Jesús, pero escucha atentamente lo que le dicen sus enviados: «¡Ánimo! Levántate. Te está llamando». Primero, se deja animar abriendo un pequeño resquicio a la esperanza. Luego, escucha la llamada a levantarse y reaccionar. Por último, ya no se siente solo: Jesús lo está llamando. Esto lo cambia todo.

Bartimeo da tres pasos que van a cambiar su vida. «Arroja el manto» porque le estorba para encontrarse con Jesús. Luego, aunque todavía se mueve entre tinieblas, «da un salto» decidido. De esta manera «se acerca» a Jesús. Es lo que necesitamos muchos de nosotros: liberarnos de ataduras que ahogan nuestra fe; tomar, por fin, una decisión sin dejarla para más tarde; y ponernos ante Jesús con confianza sencilla y nueva.

Cuando Jesús le pregunta qué quiere de él, el ciego no duda. Sabe muy bien lo que necesita: «Maestro, que pueda ver». Es lo más importante. Cuando uno comienza a ver las cosas de manera nueva, su vida se transforma. Cuando una comunidad recibe luz de Jesús, se convierte.


OJOS NUEVOS
Escrito por  Florentino Ulibarri

Hoy más que nunca, Señor,
necesito unos ojos nuevos
para ver la vida tal cual Tú la ves
y no perderme entre sus luces y oscuridades.

Quiero unos ojos vivos y profundos,
limpios y despiertos como los tuyos,
nobles y tiernos, alegres y llorosos
porque éstos están doloridos y secos.

Quiero unos ojos serenos y grandes
para otear el horizonte y sus brotes,
y pequeños, vivos y luminosos
para dar claridad a todos los rincones.

Quiero unos ojos que sepan mirar de frente,
y vean de día y de noche tus preocupaciones;
unos ojos que no engañen a nadie
y que sean trampolín de emociones.

Quiero unos ojos que reflejen
lo que soy y tengo interiormente,
que enamoren y se den gratis
y que sepan enamorarse.

¿Quién me dará unos ojos así,
en estos tiempos pobres y de crisis,
si no eres Tú, que sabes y quieres
y tienes un taller esperando mis necesidades?







¡MIRA! TÚ PUEDES VER
Escrito por  Fray Marcos
Mc 10, 46-52

Seguimos en la misma dinámica. Sale Jesús de Jericó, camino de Jerusalén. Hoy no hay enseñanza añadida, el mimos relato entraña la lección. Lo encontramos en los tres sinópticos de manera casi idéntica. Lc sitúa el relato antes de entrar en Jericó. Mt habla de dos ciegos pero el relato es el mismo. Estamos en la última escena, antes de entrar en Jerusalén. Después del relato de hoy, el evangelio de Mc da un profundo quiebro. Lo que acontece en Jerusalén está más cerca del relato de la pasión que de lo narrado hasta ahora.

Es un relato que tiene poco que ver con los que Mc ha utilizado hasta ahora. Le llama. Le pregunta qué es lo que quiere. Admite el título de Hijo de David. No lo aparta de la gente. La curación no va acompañada de ningún gesto. No le manda guardar silencio sobre lo sucedido. Una vez que Mc ha dejado claro que el camino hacia el Reino es la renuncia y la entrega hasta la muerte, ya no hay lugar para los malentendidos. No tiene sentido mandar callar ni rechazar el título de Mesías. Como vamos a ver, todo son símbolos.

Al borde del camino. Bartimeo es el símbolo de la marginación, está fuera del camino, tirado en la cuneta, sin poder moverse, viendo cómo los demás pasan y dependiendo de ellos. El ciego tenía ya asignado su papel, (la exclusión), pero no se resigna. Sigue intentando superar su situación a pesar de la oposición de la gente. “Hijo de David” era un título mesiánico equivocado; suponía un Mesías rey poderoso, que se impondría con la fuerza. A Mc ya no le importa, no le manda callar. En el relato siguiente (la entrada de Jesús en Jerusalén) vuelve a poner “Hijo de David” en boca de la multitud.

Le regañaban para que se callara. Los que acompañan a Jesús no quieren saber nada de los problemas del ciego. Como diciendo: En la situación en que te encuentras no tienes derecho a protestar ni a gritar. Aguanta y cállate. Era el sentir del pueblo judío, tan religioso él. “La gente” significa, para nosotros hoy, la inmensa mayoría de los cristianos que siguen a Jesús, pero no descubren la necesidad de ver más allá de sus narices y emprender un nuevo camino. Una vez más aparece la sutil ironía de Mc: los que seguían a Jesús eran un obstáculo para que el ciego se acercara a él. Los más cercanos a Jesús siguen sin ver.

Llamadlo. Se advierte claramente la carga simbólica del relato. En menos de una línea se repite por tres veces el verbo llamar. La llamada antecede siempre al seguimiento Jesús valora la situación de muy distinta manera que sus acompañantes… Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Al menor síntoma de acogida, el ciego tira el manto y da un salto. Un ciego debía andar a tientas y con cuidado. Ahora confía, aunque no ve. El manto representa lo que había sido hasta el momento. Lo que era su refugio, se convierte en un estorbo. Todas sus esperanzas están ahora puestas en Jesús. Este es el verdadero milagro, que el mismo ciego realiza.

¿Qué quieres que haga por ti? Desde el punto de vista narrativo, la pregunta no tiene ningún sentido. ¡Qué va a querer un ciego! La pregunta que le hace Jesús, es la misma que, el domingo pasado, hacía a Santiago y Juan. La pregunta es idéntica, pero la respuesta es completamente distinta. Los dos hermanos quieren “sentarse” junto a Jesús en su gloria. El ciego quiere ver para “caminar” con él. La diferencia no puede ser más abismal.  

¡Que pueda ver! Jesús provoca, con su pregunta un poco absurda, este grito. En toda la Biblia, el “ver” tiene casi siempre connotaciones cognitivas. Ver significa la plena comprensión de aquello que es importante para la vida espiritual. Este grito es el centro del relato, siempre que descubramos que no se trata de una asistencia sanitaria. Se trata de ver el camino que conduce a Jerusalén para poder seguirlo. El camino de la renuncia que conduce hacia el Reino. De ahí la respuesta de Jesús: ¡Anda! El objetivo final no es la visión, sino la adhesión a Jesús y el seguimiento. Una lección para los discípulos que no terminan de ver. Siguen a Jesús por el camino material, pero no por el de la renuncia hacia la cruz.

Tu fe te ha curado. Una vez más, la fe-confianza es la que libera. Solo él ve a Jesús. Solo él le sigue por el camino... el camino que lleva a la entrega total en la cruz. Mc deja bien claro que una respuesta auténtica a la llamada de Jesús, será siempre cosa de minorías. La multitud que seguían a Jesús sigue ciega. Todos estos domingos venimos viendo la falta total de comprensión de los discípulos. No habían ni siquiera atisbado la propuesta de Jesús. Sólo después de la experiencia pascual ven a Jesús y le  siguen.

Y lo seguía por el camino. El ciego, una vez que descubrió a Jesús le sigue en el camino. Antes estaba al borde, es decir fueradel camino. El relato de una ceguera material es el soporte de un mensaje teológico: Jesús es capaz de iluminar el corazón de los hombres que están ciegos y a obscuras. Los discípulos demuestran una y otra vez, su ceguera. Un ciego tirado en el camino, ve. Antes de ver, espera el falso “Mesías davídico”. Después sigue al auténtico Jesús, que va hacia la entrega total en la cruz, y le sigue.

Ya en la primera lectura de Jeremías encontramos un anuncio del este mensaje: Dios salva un resto de su pueblo. No salva a los poderosos, ni a los sabios, ni a los perfectos, (no sienten ninguna necesidad de ser salvados) sino a los ciegos y cojos, preñadas y paridas.Es decir a los débiles. No es el ciego el que está hundido en la miseria. La verdadera miseria humana está en los que, aún siguiendo a Jesús, mandan al ciego que se calle. Lo estamos repitiendo todos los días. ¡Que se callen todos los miserables que molestan! ¡Que eliminen los mendigos de las calles! No nos dejan vivir en paz. No oír, no ver la miseria que hay a nuestro alrededor, mirar hacia otro lado, es la única manera de vivir tranquilos...

La evolución ha sido posible gracias a que la vida ha sido despiadada con el débil. El evangelio establece un cambio sustancial en la marcha de la evolución. Jesús trastoca esa escala de valores, que aún prevalecía entre los hombres de su tiempo. Se daba por supuesto que Dios estaba en esa dinámica, y que todo lo defectuoso era rechazado por Él.  Esto es lo que no podía soportar Nietzsche, porque creía que el evangelio exaltaba la mezquindad. Nunca fue capaz de descubrir el valor de un ser humano a pesar de sus radicales limitaciones. La esencia de lo humano no está en la perfección ni física ni síquica ni mental ni moral sino en la misma persona, independientemente de sus circunstancias.

La actitud de Jesús fue un escándalo para los judíos de su tiempo y sigue siendo escandalosa para nosotros hoy. Creemos ingenuamente que hemos superado esa dinámica. Tal vez hemos avanzado con relación a las limitaciones físicas, pero ¿Qué pasa con los fallos morales? Jesús no solo se acercó a los ciegos, cojos y tullidos; también se acercó a los pecadores públicos, a las prostitutas, a las adúlteras. Lc, inmediatamente después de este relato, inserta el de Zaqueo (publicano-pecador) que expresa lo mismo que éste del ciego, pero con relación a los excluidos por impuros. Nosotros aún seguimos hoy creyendo que los pecadores que nosotros rechazamos, son también  rechazados por Dios. Ellos nos preceden en el Reino de los Cielos, porque seguimos estando ciegos a la manifestación de Dios en Jesús.

La escala de valores que nos propone el evangelio, no sólo es distinta, sino radicalmente opuesta a la que los humanos manejamos todavía hoy. Entendemos al revés el evangelio cuando pensamos: Qué grande es Jesús, que de una persona despreciable, ha hecho una persona respetable. Desde nuestra perspectiva, primero hay que cambiarla, después hablaremos. El evangelio dice lo contrario, esa persona ciega, coja, manca, sorda, pobre, andrajosa, marginada, pecadora; esa que consideramos un desecho humano, es preciosa para Dios. Y por lo tanto es preciosa para Jesús. ¡Nos queda aún mucho por andar!

Meditación-contemplación

¿Qué quieres que haga por ti? –Maestro, que pueda ver.
Grita desde lo hondo de tu ser una y otra vez:
¡Que pueda ver! ¡Que pueda ver!...
Y pronto te responderán:
¡Pero si puedes ver! Sólo tienes que abrir los ojos.
………………

Nos han convencido de que para ver
Necesitamos que alguien me coloque unas gafas.
Absolutamente falso. El ojo interior está hecho para ver,
y tu verdadero ser está siempre iluminado.
………………

Descubre la causa de tu ceguera.
Abre bien los ojos y si hay algo que no te deje ver, apártalo.
Nadie tiene que traerte un candil o prestarte prismáticos.
Tu e-mail está lleno de basura y no cabe el verdadero mensaje.
…………………

Fray Marcos






EL CIEGO BARTIMEO Y NUESTRA CEGUERA
Escrito por  José Luis Sicre

El evangelio de este domingo (la curación del ciego Bartimeo) parece, a primera vista, muy fácil de entender: uno más de los milagros que hace Jesús a lo largo de su vida. Sin embargo, hay detalles que llaman la atención, porque no son frecuentes.

Detalles curiosos del relato.
1. Bartimeo llama a Jesús “hijo de David”. Es la única persona que le da este título en el evangelio de Mc. Puede tener dos sentidos: a) Jesús, como “hijo de David”, es el Mesías esperado, el rey de Israel; aunque inmediatamente antes haya hablado de su muerte, de que ha venido a servir, no a ser servido, el ciego confiesa su fe en la dignidad de Jesús y en su poder de curarlo. b) Jesús, como “hijo de David”, es igual que Salomón, al que las leyendas posteriores terminaron atribuyendo poder de curaciones. En este sentido se usa con más frecuencia en el evangelio de Mateo.

2. La actitud del ciego, que grita cada vez más fuerte, aunque la gente le mande callar. Marcos indica, con cierta ironía, que las mismas personas que lo mandan callar son las que luego lo animan a levantarse e ir hacia Jesús. Pero lo importante es la petición que repite: “ten compasión de mí”, que se concretará luego en poder ver.

3. Es curioso que se cuente que “soltó el manto” antes de acercarse a Jesús. Parece un detalle innecesario. Sin embargo, recuerda lo que se ha dicho al comienzo del evangelio a propósito de los primeros discípulos, que “dejando las redes, lo siguieron” (Mc 1,18).

4. Aunque Bartimeo piensa que Jesús puede curarlo, Jesús le dice “tu fe te ha curado”, poniendo de relieve la importancia de la fe.

5. Este es el único caso en todo el evangelio en el que una persona, después de ser curada, sigue a Jesús por el camino. Aunque el texto no lo dice, lo sigue hacia Jerusalén, hacia la muerte y la resurrección.

El relato en el conjunto del evangelio
Cuando leemos este relato en el conjunto del evangelio de Marcos nos damos cuenta de que tiene una importancia enorme.

1. Este episodio cierra una larga sección del evangelio en la que Jesús ha ido formando a sus discípulos sobre los temas más diversos: los peligros que corren (ambición, escándalo, despreocupación por los pequeños), las obligaciones que tienen (corrección fraterna, perdón) y el desconcierto que experimentan ante las ideas de Jesús a propósito del matrimonio, los niños y la riqueza. Después de todas esas enseñanzas, el discípulo puede sentirse como ciego, incapaz de ver y pensar como Jesús.

2. En este contexto, la actitud de Bartimeo, gritando insistentemente a Jesús que se compadezca de él, es un símbolo de la actitud que debemos tener cuando no acabamos de entender o no somos capaces de practicar lo que Jesús enseña. Pedirle que seamos capaces de ver y de seguirle incluso en los momentos más difíciles.

1ª lectura
El texto de Jeremías pretende consolar al pueblo de Israel, desterrado primero por los asirios y luego por los babilonios, prometiéndole que volverá del norte y de los confines de la tierra. Incluso las personas menos capacitadas para moverse (ciegos, cojos, preñadas, recién paridas), volverán a la patria. Las antiguas penas se transformarán en grandes consuelos.

La relación de la primera lectura con el evangelio es muy escasa. Este texto de Jeremías quizá se ha elegido porque habla de ciegos que vuelven a Jerusalén, igual que Bartimeo sigue a Jesús hacia Jerusalén.

José Luis Sicre






LOS CIEGOS VEN: HA LLEGADO EL REINO
Escrito por  José Enrique Gallareta

Nos encontramos ante el último relato de Marcos antes de la entrada mesiánica en Jerusalén, que marcará el principio de la última semana de la vida de Jesús. (Mateo repite en este momento la misma secuencia de hechos de Marcos). Para los tres sinópticos, Jesús llega a Jerusalén desde Jericó, y su último milagro es el del ciego (dos ciegos en Mateo) de esta ciudad.

El episodio es una sanación y una sanación de un ciego, pero además sirve a Marcos de "bisagra" entre dos secciones diferentes de su libro. Los diez capítulos anteriores se han dedicado a los "hechos y dichos" de Jesús, partiendo de Galilea.

Los capítulos once a trece se sitúan en Jerusalén: Jesús no hace milagros; su actividad es una fuerte polémica con los jefes religiosos de Israel y supone la ruptura definitiva. Desde aquí, los capítulos catorce a dieciséis se dedican a la pasión y resurrección.

Por tanto, estos seis versos del capítulo diez sirven de final de una época e introducen la siguiente: son, a su modo, un pregón mesiánico, más sutil pero más profundo que la misma entrada de Jesús en Jerusalén.

En este último milagro de la vida pública de Jesús (según Marcos) el protagonista es un mendigo ciego, que es ignorado y silenciado por todos menos por Jesús. Entre tanta muchedumbre y tanto entusiasmo, él es el único capaz de invocar a Jesús con su verdadero nombre "Hijo de David" y su más importante cualidad, "la compasión".

Y Jesús corresponde a esa proclamación con lo mejor que tiene: la curación de la vista material y la proclamación de que lo mejor del curado es su fe en el mismo Jesús.

Marcos se muestra por tanto tan sutil como siempre: sus narraciones, con tanto aspecto de documentos fiables, de crónica de testigo presencial, son, sin perder nada de lo anterior, profesiones de fe y retratos no sólo de lo que sucedió sino de lo que sucede en los seres humanos en su relación con Jesús y en su misma relación con Dios, su religiosidad. Lo hemos venido viendo así durante varios domingos anteriores.

Llama sin duda la atención el paralelo existente entre esta narración y la del tercer milagro de Jesús según la narración de Marcos, la del leproso. En ambas se da la diferenciación clara entre la postura de la gente, que no acoge al enfermo, y la de Jesús, compasivo.

En ambas Jesús se acerca, se interesa por la persona y habla con él. En ambas resalta la fe del que va a ser curado. En ambas el curado se convierte en pregonero de la salvación de la que ha sido objeto. Jesús es el mismo, y los recursos de los evangelistas también. El necesitado - la multitud indiferente - Jesús compasivo - la fe - Jesús se acerca – Jesús cura – los curados le siguen y le proclaman.

La curación es, precisamente, de un ciego. En el contexto de la ceguera de los jefes de Israel que ya desde el capítulo siguiente va a ser el gran enemigo de Jesús, este milagro cobra carácter de símbolo y no puede menos de hacernos evocar el final que el cuarto evangelio pone al milagro de la curación del ciego de nacimiento: "He venido a este mundo para un juicio: para que los ciegos vean y los que ven se queden ciegos.

A lo que contestaron los fariseos: ¿es que nosotros estamos ciegos?. Y les dijo Jesús: si estuvierais ciegos, no seríais culpables; pero como decís que veis, vuestro pecado permanece".

Todo este conjunto nos lleva a asomarnos al sistema de recursos simbólicos de que hacen uso los evangelistas para preparar el relato de la Pasión. Como siempre los hechos tienen sobre todo importancia por su significado. Recordemos que el relato de la Pasión va siendo preparado con varios anuncios de Jesús y con la escena de la Transfiguración.

A los evangelistas les importa mucho narrar la Pasión a un lector que sepa ya bien quién es el que la sufre y cuál es su significado. Jesús-Luz del Padre va a sufrir la Pasión, es decir, el rechazo de los ciegos. Este es el simbolismo que Marcos quiere dar a ésta última curación de Jesús, cerca ya de Jerusalén. Se está tratando ya de Jesús el Enviado, Jesús Luz, luz que será rechazada por los que dicen que ven y aceptada por los mendigos ciegos. Todo un riquísimo contenido.

R E F L E X I Ó N
En una curación tan "mesiánica" como esta, no podemos menos de sentir la evocación de la misma manifestación mesiánica de Jesús al responder a la embajada del Bautista. Juan Bautista, desde la cárcel, envía a sus discípulos a preguntar a Jesús:

- ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Jesús responde: - Id y decid a Juan lo que habéis visto: los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y son los pobres lo que reciben la Buena Noticia: dichosos los que no tropiezan por mi causa.(Mateo 11, Lucas 7)

Jesús, por tanto, se hace heredero del mesianismo más puro de Isaías. Reciben la Buena Noticia los pobres, los ciegos, los enfermos. Pero otros tropezarán. Serán los ricos, los que ven, los sanos.

Es una estremecedora línea, en la que se confunde, hasta no poder separarse, lo sucedido a Jesús, lo sucedido a lo largo de la historia y nuestra propia trayectoria espiritual.

Creyeron en Jesús los que se sentían necesitados de salvación, especialmente los más necesitados, los pecadores. Y los que no se sentían pecadores, no creyeron en Él, más bien tropezaron en Él porque atendía a los pecadores. Jesús ironizó sobre ellos diciendo que "los sanos no tienen necesidad de médico" (Mt.9, Mc.12, Lc.5).

Y los ricos tampoco se atrevieron a irse con él, tenían demasiado bienestar para sentir necesidad de Jesús (Lo vimos hace dos domingos leyendo Marcos 10, el joven rico).

En el pasaje de hoy, el ciego mendigo encuentra a Jesús porque necesita de él y cree en él. La muchedumbre le sigue con aspavientos externos, pero nada más. En el mismo contexto situacional ubicará Lucas el episodio de Zaqueo, que resulta brillantemente paralelo con la vocación de Leví (Mt.9, Mc.2, Lc,5).

Y resulta bastante sintomático que en el principio de la vida pública Jesús se define llamando a los pecadores y comiendo con ellos y al final de la misma (último episodio de Lucas antes de la entrada en Jerusalén) se repite la escena, con el mismo escándalo y la misma reiteración del mensaje de Jesús.

Los evangelistas por tanto acumulan signos sobre el mensaje fundamental: Jesús Salvador, Libertador del pecado, Luz para los humanos, es recibido por los pecadores, que alcanzan la luz de la fe, y rechazado por los "sanos y ricos", que quedan ciegos aunque parezcan sanos, videntes, poderosos. Todo esto nos da pie a largas consideraciones que resumiremos brevemente.

Fundamentalmente, sobre la religiosidad. Jesús se coloca en las antípodas de toda religiosidad de apariencia, de identificación con los poderes de la tierra, de equiparación de fe con esplendor externo, de religión como aceptación de "personas oficialmente santas".... cosas todas ellas tan presentes en las religiones.

Los sacerdotes como personas santas, el alto clero con poder, ocupando un lugar social cercano al poder político, los grandes sabios entendidos en las ciencias sagradas... y la masa de gente sin importancia ni voz, que solamente por medio de los altos eclesiásticos tendrán acceso a Dios. Es una situación real, históricamente repetida en la mayor parte (¿en todas?) las religiones, y espiritualmente aceptada incluso ahora entre nosotros.

Jesús es al revés: el mendigo ciego tiene acceso directo por necesitado y por creyente. Los demás, menos. Y los altos eclesiásticos, los que menos de todos. Aun teniendo acceso como todo el mundo, lo rechazarán explícitamente.

Es significativo comparar esos dos extremos. Mirar la historia de las religiones, tan llenas de acepción de personas, de personajes sagrados con poder, de multitudes de necesitados marginados por la estructura religiosa... Es más impactante aún mirar la historia triunfal de la religión cristiana en Occidente, la estructura física de una catedral gótica, la jerarquizada disposición de la gente en una gran celebración actual.

Mucho más aún, contemplar la historia de las naciones cristianas, el protagonismo religioso de los poderosos, la pobreza y desatención crónica de la gente del pueblo. Mucho más aún mirar las naciones del mundo, las cristianas y las no cristianas, mirar que es el primer mundo el que se dice cristiano y el miserable tercer mundo el que es evangelizado por el primer mundo poderoso...

Mirar la esclavitud, cometida por los cristianos y los musulmanes poderosos contra los miserables paganos de los que se llegó a decir que no tenían alma... Contemplar así la historia religiosa del mundo estremece, porque es exactamente lo contrario de lo que Jesús hacía y decía.

A nivel personal, no puedo menos que recordar la sabiduría del planteamiento de le Ejercicios de San Ignacio: parten del reconocimiento de los pecados. Si no me siento necesitado de Dios, no hay manera de llegar a Jesús.

No pocas veces la Primera Semana de ejercicios se considera como un momento ascético de purificación, examen de conciencia y confesión de los pecados, para poder luego conocer a Jesús. No es correcto. Se trata de sentir necesidad del Salvador. Solamente desde este profundo sentimiento de necesidad, de pobreza y ceguera, se puede acceder a Jesús Salvador.

PARA NUESTRA ORACIÓN
Sería útil hacer un ejercicio imaginación e identificación. Imaginar la escena de Jericó y reconocernos en alguno(s) de los personajes. Jesús está rodeado de la multitud entusiasta. La multitud entusiasta ignora al mendigo ciego. La multitud entusiasta no estará al pie de la cruz.

Entre la multitud hay sin duda (siempre están) fariseos y doctores, y quizá algún sacerdote. Están, como siempre, al acecho para intentar cazar a Jesús en algún desliz. Jesús les ofrece materia abundante de crítica. Se va a ir a comer a casa del pecador más aborrecido de la ciudad, Zaqueo. Ellos ya saben que "este hombre no es de Dios, porque no cumple el Sábado". Ellos son los sabios y los santos. Ellos le matarán.

Junto a Jesús están los discípulos. Incondicionales y a medio convertir. En la escena anterior a la de hoy les hemos visto competir entre sí por los puestos de honor en el reino. En la Pasión abandonarán a Jesús. Sólo uno se atreverá a seguirle, y renegará de Él. Sólo uno estará al pie de la cruz.

Pero lo han dejado todo para seguir a Jesús. Llegarán a creer en Él y acabarán dando la vida por Él. No son perfectos, pero creen en Él y le quieren.Está el mendigo ciego. Pura encarnación de la necesidad. Lo tiene fácil para acudir a Jesús, porque no tiene otra cosa a donde acudir.

Si nos metemos en la escena, estaría bien pensar en dónde entramos, cuál es nuestra situación ante Dios, nuestra relación con Jesús, la profunda, la que nadie más que cada uno sabemos.

En resumen. una historia de ciegos ignorantes que ven y de sabios respetables que se quedan ciegos. Una radiografía de la humanidad y de la Iglesia. Y un desafío: ver con los ojos de Jesús o preferir otros ojos. Dejarse iluminar o preferir las propias luces.

Como los Zebedeos del domingo pasado, como el joven rico de hace dos domingos... como la historia entera de la Iglesia. Pero hoy estábamos hablando de éxito, del éxito de Jesús en Jericó, fracaso a los ojos de los verdaderos ciegos. Y podríamos hablar de éxito y fracaso de la Iglesia.

Quizá volvemos hoy los ojos con añoranza a tiempos en que la Iglesia era más triunfante, sus templos estaban más llenos, sus jerarcas eran más ricos y poderosos, los monasterios rebosaban, se podían desplegar banderas sacras en concurridos desfiles públicos, se erigían imágenes de Cristo que presidieran las ciudades, incluso bendiciendo sus playas, sus casinos, sus negocios ...

Quizá quedamos hoy satisfechos y consolados de los éxitos públicos de personajes sacros, de las multitudes que aclaman, de los magníficos actos religiosos desarrollados con toda pompa y retransmitidos al mundo entero. Quizá todo eso esté muy bien, quizá sea necesario, o conveniente, quizá... Pero los criterios de Jesús en Jericó me parecen disonar de todo eso.

Éxito, el éxito de Jesús, el éxito de la Iglesia. Y mi propio éxito personal, vital... ¿Es un éxito de la Iglesia que los templos rebosen de fieles, cuando estos fieles son creadores de injusticia y de opresión? ¿Es un éxito mío que los negocios me salgan bien y pueda vivir aquí como si ésta de aquí fuera la vida eterna?

Los ciegos ven, los cojos andan, y es a los pobres a los que se anuncia la Buena Noticia, dijo un día Jesús; y me parece que lo dijo muy satisfecho, porque ésas son, precisamente ésas, las señales del éxito del Reino.

ORACIÓN
Creo, Señor, ayuda mi poca fe.
Creo en Ti, el Padre con quien puedo contar siempre,
Creo en Jesús, Camino estrecho, Verdad segura, Vida verdadera,
Creo en el Espíritu, que me libera de la tierra.
Creo en la Iglesia, que dice sí a Jesús
y camina desde sus pecados construyendo el Reino.
Creo en la bondad y en la limpieza de corazón,
creo en la exigencia y en la pobreza,
creo que el perdón es mejor que la justicia,
creo que es mejor dar que recibir,
creo que servirte es servir a los hombres,
creo que mi vida tiene valor y sentido
creo que me quieres y me ayudas,
creo en Ti Señor, ayuda mi poca fe.

José Enrique Gallareta





Jesús, no tienes manos.
Tienes sólo nuestras manos
para construir un mundo donde reine la justicia.

Jesús, no tienes pies.
Tienes sólo nuestros pies 
para poner en marcha la libertad y el amor.

Jesús, no tienes labios.
Tienes sólo nuestros labios
para anunciar al mundo la Buena Noticia de los pobres.

Jesús, no tienes medios.
Tienes sólo nuestra acción 
para lograr que todos seamos hermanos.

Jesús, nosotros somos tu Evangelio,
el único Evangelio que la gente puede leer,
si nuestras vidas son obras y palabras eficaces.

Jesús, danos tu amor y tu fuerza
para proseguir tu causa
y darte a conocer a todos cuantos podamos.

- texto: http://pastoralsj.org -





Hacia la Congregación General 36…
 La llamada de nuestro Rey Eterno

Preámbulo

El P. General invitó a las Congregaciones Provinciales y Regionales a “meditar sobre la llamada del Rey Eterno, y a discernir cuáles son las tres llamadas más importantes que el Señor dirige hoy a toda la Compañía”. El Coetus Praevius, tras revisar las 242 aportaciones remitidas por las Congregaciones, percibe que se repiten algunas llamadas principales.

Contexto

Como jesuitas miramos nuestro mundo a través de la lente de los Ejercicios Ignacianos como experiencia fundacional. Sobre esta base ofrecemos la meditación que sigue, sobre las llamadas entendidas como forma de sintonizar con el espíritu del Evangelio y de formular una respuesta apostólica.

La contemplación del mundo conmueve nuestras entrañas. Con Jesús, llevado por el Espíritu, somos enviados en misión a dar la buena noticia a los pobres, libertad a los cautivos, vista a los ciegos y liberación a los oprimidos. Somos enviados a ser y proclamar con nuestras vidas la buena noticia (Lc 4,18-19).

Preludio

Contemplamos la mirada de la Santísima Trinidad hacia nuestro mundo: Vemos una juventud vibrante con ansias de una vida mejor. Vemos gentes que gozan de la belleza de la creación y se esfuerzan por encontrar a Dios en su quehacer diario. Observamos el rápido crecimiento científico, tecnológico y económico; advertimos el enorme potencial que existe para mejorar la vida en la Tierra.

Pero a la vez somos testigos de violencia, de brutal explotación y de injusticia. La intolerancia religiosa y étnica, el fundamentalismo y la discriminación corren al asalto de la dignidad humana, exacerban la desigualdad y arrojan a la marginalidad especialmente a las mujeres y los niños. El severo desequilibrio y degradación del medio ambiente, agudizados por una cultura del usar y tirar, apuntan hacia un planeta contaminado y envenenado.

El Padre quiere poner a los jesuitas con su Hijo, llevando su cruz. Jesús nos invita y nos llama, “bajo el estandarte de la cruz y bajo el Vicario de Cristo en la Tierra”, a servirle en transformar nuestro mundo en un hogar para todos, en el que las generaciones presentes y las futuras puedan vivir en paz, con dignidad y con justicia.

Llamadas

• Estamos llamados a ser testigos gozosos del Evangelio, y a cuidar de su Iglesia.

• Estamos llamados, como individuos y comunidades, como peregrinos y amigos, a ser embajadores del mensaje de reconciliación de Cristo (2 Cor 5,20); constituyéndonos así en agentes de su paz, su misericordia y su justicia.

CG36. Meditación “La llamada de nuestro Rey Eterno” 2

• Estamos llamados a caminar por un sendero de renovación espiritual – en cuanto individuos y comunidades – apropiándonos de manera nueva del patrimonio común de la espiritualidad ignaciana.

• Otra llamada, que expresan muchas congregaciones, es a fomentar un diálogo inclusivo y a la vez crítico sobre el futuro de nuestro planeta, implicando en esta búsqueda a naciones, culturas, religiones y sistemas económicos y políticos.

• Encontramos también una llamada urgente a que los jesuitas y sus colaboradores estén presentes hoy entre aquella abrumadora multitud de personas que se ven angustiosamente arrancadas de sus hogares. En concreto estamos llamados a acompañar a los migrantes vulnerables, los indígenas y las personas sin hogar.

• Finalmente, muchas congregaciones transmiten la fuerte convicción de que estamos llamados a ocuparnos de nuestro ambiente, tanto humano como natural, para desarrollar prácticas ecológicas y sociales sostenibles, capaces de sanar nuestro mundo roto, tanto dentro de nuestras comunidades y obras como en el entorno ciudadano al que pertenecemos.

Metodología

Responder a llamadas de esta categoría requiere conversión. Dejemos de lado el egoísmo y el propio interés, salgamos de la rutina y de actitudes defensivas para lanzarnos a lo profundo; salgamos con hondura al encuentro de Dios, del mundo, de los demás y de nosotros mismos.

Con hondura afectiva

Buscamos descubrir el rostro de Jesús entre su pueblo, con amor ardiente. El arrojo y la fuerza nos vienen de los que sufren y a la vez viven con esperanza. Como compañeros de Jesús acompañamos a aquellos entre los que a Él le gusta ser hallado, y a los que Él ama hasta el punto de dar su vida.

Con hondura intelectual

Non consagramos al estudio de las ciencias y de otras disciplinas académicas, incluyendo en ellas nuestras propias fuentes ignacianas, en busca de respuestas y de nuevas preguntas que puedan arrojar luz sobre las últimas causas de la explotación humana y de la creación herida, y guiarnos en el servicio del bien común.

Con hondura eficaz

Queremos afrontar los impresionantes desequilibrios en lo que toca a ecología, economía y justicia, buscando renovar nuestro entorno social en bien de las generaciones presentes y las futuras. Buscamos, con humildad y solidaridad, en unión con muchos otros, un mundo de paz y armonía.

Con hondura en la colaboración

Como amigos y peregrinos, recorremos juntos caminos nuevos, buscando y cultivando auténticos compañeros para nuestra común misión; alentando una genuina cultura de la atención de unos por otros y por el medio ambiente.

CG36. Meditación “La llamada de nuestro Rey Eterno” 3

Coloquio

Al contemplar la belleza y las heridas de la creación de Dios, vemos un ‘pueblo crucificado’ que cuelga de la cruz con Jesús. Vemos personas heridas por la pobreza, la opresión, el fundamentalismo, la violencia y la discriminación en sus múltiples formas; vemos familias separadas y muchas mujeres a las que se niega su legítimo lugar. Tantas personas desplazadas a la fuerza y arrojadas brutalmente de sus hogares. Ellos nos motivas a unirnos a la misión redentora de Jesús. Dios nos confía los unos a los otros.

Con la mirada puesta en el rostro de Cristo, contemplando el dolor que padece en este mundo y en sus gentes, nos formulamos las clásicas preguntas ignacianas:

¿Qué hemos hecho por Cristo?

¿Qué hacemos por Cristo?

¿Qué debemos hacer por Cristo?

¿Qué hemos hecho, qué estamos haciendo, que vamos a hacer para dar profundidad a nuestro espíritu, para vivir con alegría el Evangelio, para superar el egoísmo, buscar la paz, enderezar la injusticia, promover un diálogo inclusivo, ocuparnos de nuestro hogar común y para acompañar al pueblo de Dios en solidaridad?

Dar con nuestro camino de avance

Como peregrinos y amigos en el Señor, lo encontraremos en el partir el pan y en el compartir ese pan con otros hermanos y hermanas. Descubriremos al Señor según vayamos esforzándonos por dialogar con los que miran el mundo a través de cristales diferentes. Su luz resplandecerá en el rostro de los pobres a los que tenemos el privilegio de acompañar, y guiará nuestros pasos a través de los desiguales peldaños que conducen a la reconciliación de los que viven una inveterada enemistad. Nuestra búsqueda conllevará a la solidaridad con los movimientos populares, a escuchar el lamento de la tierra y a preocuparnos por nuestro hogar común. La entrega renovada al estudio orante y a la meditación de nuestras fuentes ignacianas y del discernimiento que ellas enseñan, nos servirán de guía para recorrer este camino.

El siguiente paso

Ofrecemos este sumario de las voces que llegan de la Congregaciones Provinciales y Regionales para que sirva en las primeras reuniones de la Congregación General que se tendrán en las Conferencias. Puede servir como contexto para el estudio y discernimiento de los postulados y otras cuestiones presentadas por los miembros de la Compañía hasta ahora.

Roma, 8 de septiembre de 2015 Fiesta de la Natividad de María

P. General Adolfo Nicolás SJ