jueves, 29 de octubre de 2015

CREER EN EL CIELO - José Antonio Pagola


CREER EN EL CIELO - José Antonio Pagola

En esta fiesta cristiana de «Todos los Santos», quiero decir cómo entiendo y trato de vivir algunos rasgos de mi fe en la vida eterna. Quienes conocen y siguen a Jesucristo me entenderán.

Creer en el cielo es para mí resistirme a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándome en Jesús, intuyo, presiento, deseo y creo que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el deseo de vida, de justicia y de paz que se encierra en la creación y en el corazón da la humanidad.

Creer en el cielo es para mí rebelarme con todas mis fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creo en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podré ver a los que vienen en las pateras llegar a su verdadera patria.

Creer en el cielo es para mí acercarme con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, minusválidos físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión y la angustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creo que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: Entra para siempre en el gozo de tu Señor.

No me resigno a que Dios sea para siempre un «Dios oculto», del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No me puedo hacer a la idea de no encontrarme nunca con Jesús. No me resigno a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío. Quiero que un día los últimos sean los primeros y que las prostitutas nos precedan. Quiero conocer a los verdaderos santos de todas las religiones y todos los ateísmos, los que vivieron amando en el anonimato y sin esperar nada.

Un día podremos escuchar estas increíbles palabras que el Apocalipsis pone en boca de Dios: «Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente de la vida». ¡Gratis! Sin merecerlo. Así saciará Dios la sed de vida que hay en nosotros.
BENDITO SEAS, POR TANTAS PERSONAS BUENAS
Escrito por  Florentino Ulibarri

Bendito seas
por tantas personas buenas
que viven y caminan con nosotros
haciéndote presente cada día
con rostro amigo de padre y madre.

Bendito seas
por quienes nos aman sinceramente,
nos ofrecen gratis, lo que tienen
y nos abren las puertas de su amistad,
sin juzgarnos ni pedirnos cambiar.

Bendito seas
por las personas que contagian simpatía
y siembran esperanza y serenidad
aún en los momentos de crisis y amargura
que nos asaltan a lo largo de la vida.

Bendito seas
por quienes creen en un mundo nuevo
aquí, ahora, en este tiempo y tierra,
y lo sueñan y no se avergüenzan de ello
y lo empujan para que todos lo vean.

Bendito seas
por quienes aman, y lo manifiestan,
y no calculan su entrega a los demás;
y por quienes infunden ganas de vivir
y comparten hasta lo que necesitan.

Bendito seas
por las personas que destilan gozo y paz
y nos hacen pensar y caminar;
y por las que se entregan y consumen
por hacer felices a los demás.

Bendito seas
por las personas que han sufrido y sufren
y creen que la violencia no abre horizontes;
y por quienes tratan de superar la amargura
y no se instalan en las metas conseguidas.

Bendito seas
por quienes hoy se hacen cargo de nosotros
y cargan con nuestros fracasos
y se encargan de que no sucumbamos
en medio de esta crisis y sus ramalazos.

Bendito seas
por tantos y tantos buenos samaritanos
que detienen el viaje de sus negocios
y se paran a nuestro lado a curarnos,
y nos tratan como ciudadanos y hasta hermanos.

Bendito seas
por la buena gente, creyente y no creyente,
que recorre nuestra tierra entregándose
y sirviendo a quienes tienen necesidades;
ellos son los nuevos santos que te hacen presente.

Bendito seas
por haber venido a nuestro encuentro
y habernos hecho hijos e hijas queridas.
Hoy podemos contar, contigo y con tantos hermanos,
a pesar de nuestra torpeza y heridas.





NADIE SE HACE SANTO A GOLPE DE VIRTUDES
Escrito por  Fray Marcos
Mt 5, 1-12

Esta fiesta puede tener para nosotros un profundo sentido religioso, si la entendemos como invitación a la unidad de todos los seres en Dios. No recordamos a cada uno de los seres humanos como individuos. Al decir todos, celebramos la Santidad (Dios), que se da en cada uno de nosotros. No se trata de distinguir mejores y peores, sino de tomar conciencia de lo que hay de Dios en todos y dar gracias por ello. El hombre perfecto no solo no existe, sino que no puede existir. Decir ‘ser humano’ lleva en sí la limitación y por tanto la imperfección en todos los órdenes. Dios no necesita eliminar la imperfección en nosotros.

Vamos a examinar primero algunas frases del evangelio que nos ayuden: Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto. De acuerdo, ¿pero como es perfecto Dios? Cuando Dios dice: “sed santos porque yo vuestro dios soy santo”, no hace alusión alguna a la condición moral. La perfección de Dios no se debe a sus cualidades. Dios es todo esencia, no hay nada que pueda tener o no tener. Cada uno de nosotros es perfecto en nuestro verdadero ser, en lo que hay de Dios en nosotros. No estamos hablando de nuestras cualidades sino de lo que Dios es en nosotros. Se trata del tesoro que llevamos en vasijas de barro, como decía Pablo.

Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer. Es un error garrafal el creer que podemos alcanzar la perfección con el esfuerzo personal. También aquí nos hemos alejado del evangelio. Hemos propuesto como ideal cristiano, el ideal de perfección griego. El que se somete a este ideal, no podrá escapar a una de estas trampas: en la medida que lo consiga, se creerá superior a los demás y los despreciarán olímpicamente (no hay nada más contrario al evangelio). El que no lo consiga, tratará por todos los medios, de aparentar que lo ha conseguido, con lo cual caerá en la simulación y el fariseísmo (nada criticó Jesús con más firmeza).

Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el Reino de Dios. Jesús decía eso precisamente a los ‘perfectos’, a los que cumplían la Ley hasta la última tilde. Esta frase de Jesús es un aldabonazo contra la idea de perfección que existía en su tiempo y seguimos manejando nosotros. Dios no valora el cumplimiento de una programación sino un corazón sincero, humilde y agradecido. Todo lo que somos lo hemos recibido de Dios. No hay ni un resquicio para presumir de buenos. Que yo sea capaz de manifestar la bondad, es la consecuencia de una toma de conciencia de lo que hay de Dios en mí.

Después de estas sencillas explicaciones, ¿qué sentido tiene hablar de “comunión de los santos”? si pensamos que se trata de unas gracias que ellos han ‘merecido’ y que nos ceden a nosotros que andamos escasos o carentes de ellas, estamos ridiculizando a Dios y a cada ser humano. Los dones de Dios ni se pueden cuantificar ni se almacenan. Todo lo que nos viene de Dios es siempre gratuito y por lo tanto, nunca se puede merecer. Ahora bien, si tomamos conciencia de que en Dios todos somos uno, comprenderemos que lo que cada uno puede vivir de Dios, de alguna manera, lo viven todos y beneficia a todos.

Por la misma razón tenemos que tener mucho cuidado con la expresión “intercesores”, aplicada a los santos. Si lo entendemos pensando en un Dios que solo atiende las peticiones de sus amigos o de aquellos que son “recomendados”, una vez más, estamos ridiculizando a Dios. En (Jn 16,26-27) dice Jesús: “no será necesario que yo interceda ante el Padre por vosotros, porque el Padre mismo os ama”. Lo hemos dicho hasta la saciedad, Dios no nos ama porque somos buenos, sino porque Él es el amor y está en cada uno de nosotros.

Claro que se puede entender la intercesión de una manera aceptable. Si descubrimos que esas personas que han tomando conciencia de su verdadero ser, son capaces de hacer presente a Dios en todo lo que hacen, pueden facilitarnos ese mismo descubrimiento, y por lo tanto, el acercamiento a Dios. Descubrir que ellos confiaron en Dios a pesar de sus defectos, nos tiene que animar a confiar más nosotros mismos. Y no sólo valdría para los que convivieron con ellos, sino para todos los que después de haber muerto, tuvieran noticia de su “vida y milagros”. Allanarían el camino para que creciera el número de los conscientes.

La parábola de los talentos (Mt 24, 14-30) podría parecer que dice lo contrario de lo que acabamos de apuntar, pero en el fondo es otro el problema que allí se afronta. No se trata de poner a producir las cualidades que cada uno pueda tener, sino de descubrir lo esencial que cada uno tiene. Se trata de descubrir el tesoro escondido que uno no ha ganado, pero que tiene que descubrir dentro de sí mismo. Una vez descubierto, surgirá espontáneamente el agradecimiento más sincero. Pero la única manera de agradecer tan gran don, será el aprovecharse de él desplegando todas sus virtualidades.

No os dejéis llamar maestro. No llaméis a nadie padre. ¿Qué hubiera dicho Jesús si en su tiempo se hubiera encontrado con el concepto de “santo” que hoy manejamos? Él mismo dijo al joven rico: ¿por qué me llamas bueno? ¿Cómo habría respondido si le hubiera llamado santo? Pues nosotros no sólo santo, sino que nos atrevemos a llamar a un ser humano, santísimo. ¡Cuándo tomaremos en serio el evangelio!No somos santos cuando somos perfectos, sino cuando vivimos lo más valioso que hay en nosotros como don absoluto. La perfección moral es consecuencia de la santidad, no su causa.

Si entendiéramos bien las bienaventuranzas no caeríamos en estas distorsiones que nos alejan del evangelio. Las bienaventuranzas quieren decir que es preferible ser pobre, que ser rico opresor; es preferible llorar que hacer llorar al otro. Es preferible pasar hambre a ser la causa de que otros mueran de hambre porque les hemos negado el sustento. Dichosos, no por ser pobres, sino por no ser egoístas. Dichosos, no por ser oprimidos, sino por no oprimir. La clave sería: Las riquezas no son el valor supremo. El valor supremo es el hombre. Hay que elegir el reino del poder o el Reino de Dios. Si elegimos el ámbito del dinero, habrá injusticia e inhumanidad. Si estamos en el ámbito de lo divino, habrá amor y humanidad.

Si la pobreza es buena, por qué la evitamos. Si es mala, cómo podemos aconsejarla. Ahí tenemos la contradicción, al intentar explicar las bienaventuranzas. Pero por paradójico que pueda parecer, la exaltación de la pobreza que hace Jesús, tiene como objetivo el que deje de haber pobres. El enemigo numero uno del Reino de Dios es la ambición, el afán de poder, la necesidad de oprimir al otro. Recordad las palabras de Jesús: “no podéis servir a Dios y al dinero”. La praxis de Jesús es su vida diaria, es el único camino para entender las bienaventuranzas. El Reino de Dios es el ámbito del amor, pero para llegar a ese nivel, hay que ir más allá de la justicia. Mientras no haya justicia, el amor es falso. Ya decía Plotino: “Hablar de Dios sin una verdadera virtud es pura palabrería”

Para mí, tiene un profundo significado teológico que la fiesta de los difuntos esté ligada a la de todos los santos. Litúrgicamente ‘los difuntos’ se celebra el día 2, pero para el pueblo sencillo, el día de todos los santos es el día de los difuntos, sin más. Con lo que hemos dicho tenemos datos para una interpretación en profundidad de esta fiesta. Si todo ser humano tiene un fondo impoluto (Dios), Dios tiene que amarnos precisamente por eso que ve en nosotros de sí mismo. No puede haber miedo a equivocarse. Todos son santos en su esencia, y eso es lo que se integra en Dios porque nunca ha estado separado de él.

Recordar a los difuntos entraña dar gracias a Dios por todos aquellos seres humanos que han hecho posible que nosotros seamos lo que somos hoy. Este es el sentimiento religioso que se identifica con el sentimiento más humano que podamos imaginar.

Meditación-contemplación

“Dioses sois, hijos del Altísimo todos”.
Esta cita, que Jn pone en boca de Jesús, es rotunda.
No pudieron soportarla los fariseos,
ni terminamos de aceptarla nosotros.
………………

Cuando Jesús dice: “yo y el Padre somos uno”,
está manifestando su vivencia más profunda.
Consciente de que su centro está en Dios,
irradia esa realidad de Dios en todas direcciones.
………………

Yo no tengo que escalar ninguna cima inexpugnable,
ni conseguir ninguna meta inalcanzable.
Solo tengo que abandonar la dispersión en la que vivo
y centrarme en lo que ya soy en lo hondo de mi ser.
………………

Fray Marcos





OCHO PUERTAS PARA ENTRAR EN EL REINO DE DIOS
Escrito por  José Luis Sicre

En la Fiesta de Todos los Santos, la lectura del evangelio recoge las bienaventuranzas. Es una forma de indicarnos el camino que llevó a tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia a la santidad. Resulta imposible comentar cada una de ellas en poco espacio. Me limito a indicar algunos detalles fundamentales para entenderlas.

Las bienaventuranzas no son una carrera de obstáculos
Muchos cristianos conciben las bienaventuranzas como una carrera de obstáculos, hasta que conseguimos llegar a la meta del Reino de Dios.

Y la carrera se hace difícil, trope-zamos continuamente, nos sentí-mos tentados a abandonar cuando vemos tantas vallas derribadas. «No soy pobre material ni espiri-tualmente; no soy sufrido, soy violento; no soy misericordioso; no trabajo por la paz… No hace falta que un juez me descalifique, me descalifico yo mismo.» Las bienaventuranzas se convierten en lo que no son: un código de conducta.

Las bienaventuranzas son ocho puertas para entrar en el Reino de Dios
El arquitecto de la basílica de las bienaventuranzas la concibió con ocho grandes ventanas que permiten ver el hermoso paisaje del lago de Galilea.

Prefiero concebir las bienaventu-ranzas no como ocho ventanas, sino como ocho puertas que permiten entrar al palacio del Reino de Dios.

Para entenderlas rectamente hay que advertir donde las sitúa Mateo: al comienzo del primer gran discurso de Jesús, el Sermón del Monte, en el que expone su programa e indica la actitud que debe distinguir a un cristiano de un escriba, de un fariseo y de un pagano.

A diferencia de los políticos, capaces de mentir con tal de ganarse a los votantes, Jesús dice claramente desde el principio que su programa no va a agradar a todos. Los interesados en seguirle, en formar parte de la comunidad cristiana (eso significa aquí el «Reino de los cielos»), son las personas que menos podríamos imaginar: las que se sienten pobres ante Dios, como el publicano de la parábola; los partidarios de la no violencia en medio de un mundo violento, capaces de morir perdonando al que los crucifica; los que lloran por cualquier tipo de desgracia propia o ajena; los que tienen hambre y sed de cumplir la voluntad de Dios, como Jesús, que decía que su alimento era cumplir la voluntad del Padre; los misericordiosos, los que se compadecen ante el sufrimiento ajeno, en vez de cerrar sus entrañas al que sufre; los limpios de corazón, que no se dejan manchar con los ídolos de la riqueza, el poder, el prestigio, la ambición; los que trabajan por la paz; los perseguidos por querer ser fieles a Dios.

Pero las bienaventuranzas son ocho puertas distintas, no hay que entrar por todas ellas. Cada cual puede elegir la que mejor le vaya con su forma de ser y sus circunstancias.

Evitar dos errores
En conclusión, las bienaventuranzas no dicen: «Sufre, para poder entrar en el Reino de Dios». Lo que dicen es: «Si sufres, no pienses que tu sufrimiento es absurdo; te permite entender el evangelio y seguir a Jesús».

No dicen: «Procura que te desposean de tus bienes para actuar de forma no violenta». Dicen: «Si respondes a la violencia con la no violencia, no pienses que eres estúpido, considérate dichoso porque actúas igual que Jesús».

No dicen: «Procura que te persigan por ser fiel a Dios». Dicen: «Si te persiguen por ser fiel a Dios, dichoso tú, porque estás dentro del Reino de Dios».

Pero, al tratarse de los valores que estima Jesús, las bienaventuranzas se convierten también en un modelo de vida que debemos esforzarnos por imitar. Después de lo que dice Jesús, no podemos permanecer indiferentes ante actitudes como la de prestar ayuda, no violencia, trabajo por la paz, lucha por la justicia, etc. El cristiano debe fomentar esa conducta. Y el resto del Sermón del Monte le enseñará a hacerlo en distintas circunstancias.

Las puertas y el palacio
Finalmente, no olvidemos que estas ocho puertas nos permiten entrar en el palacio y sentarnos en el auditorio en el que Jesús expondrá su programa a propósito de la interpretación de la ley religiosa, de las obras de piedad, del dinero y la providencia, de la actitud con el prójimo… Este gran discurso es lo que llamamos el Sermón del Monte. Limitarse a las bienaventuranzas es como comprar la entrada del cine y quedarse en la calle.

José Luis Sicre





LA SABIDURÍA DE JESÚS
Escrito por  José Enrique Galarreta
Mt 5, 1-12a

Lucas sitúa las Bienaventuranzas en un llano. Mateo las coloca en un monte. Estas pequeñas señales nos indican muy bien la mentalidad de los evangelistas. Dónde, cuándo y cómo se dijo esto, no les importa demasiado, y más bien utilizan todo esto para ambientar, para dejar más claro el significado.

Sabemos también que todo "El Sermón del Monte" de Mateo y "el Sermón del llano" de Lucas, son colecciones de dichos de Jesús, que fueron usadas como catequesis en las comunidades y reunidas en un solo tiempo y lugar por los autores de cada evangelio.

Para Mateo, desde "el monte" se proclama la Nueva Ley, como desde el Sinaí se proclamó la antigua. La Nueva Ley es "la mentalidad de Jesús", la sabiduría de Jesús. Esta mentalidad es la que "convierte" la vida del hombre en otra cosa, la que salva la vida del hombre.

"Convertíos" era el mensaje del domingo anterior. Hoy se nos dice en qué consiste la conversión: "cambiad vuestra mente, vuestros criterios, por los de Jesús".

Y sin embargo, la expresión "Nueva Ley" es peligrosa: las bienaventuranzas no son un Código de Leyes. No han faltado autores que les han dado interpretaciones legales. Algunos quisieron ver en estas expresiones un código increíblemente exigente: si la Antigua Ley pedía pureza, la Nueva, mil veces más. Con ello, el seguimiento de Jesús se convertía en patrimonio de reducidos núcleos de santos, capaces de una perfección impensable para la mayoría.

Una interpretación de inspiración luterana ha sido la llamada de "el precepto imposible". Jesús sabe bien que estos mandatos están por encima de nuestras fuerzas. Los proclama para que tengamos conciencia de nuestra condición de pecadores, para que comprendamos que nada hay en nosotros más que miseria y debilidad.

Ninguna de estas interpretaciones es coherente con el mensaje global de Jesús. Nunca proclamó Jesús la buena Noticia a grupitos de élite, sino al pueblo, a la gente. Nunca la Buena Noticia fue un fardo de preceptos para humillar a sus seguidores. Todas estas interpretaciones son una buena muestra de cómo algunos llevan el evangelio a donde ellos quieren, y lo utilizan como arma de demostración de sus propias ideas, prescindiendo de todo contexto, forzando los textos a su conveniencia.

Las Bienaventuranzas no son un código de Leyes; no se trata de que haya que cumplir esto. Se trata de una revelación. Jesús ha exclamado:

"¡Cuánto más felices seríais si no estuvierais apegados al dinero ni al placer, si aprendierais a sufrir y a perdonar, si fuerais más limpios de corazón, si trabajarais por la paz y la justicia!... Y si todo eso os lleva a ser mal mirados o perseguidos, más felices todavía!".

Jesús piensa que poseer es peligroso, porque nos posee. Jesús piensa que ante Dios somos pobres, y nos llama dichosos si nos damos cuenta de estas dos cosas.

Jesús piensa que la mansedumbre, (¿la no-violencia, diríamos hoy?) es la verdadera fuerza.

Jesús piensa que el placer, la felicidad del mundo puede ser un engaño, y sabe que el dolor tiene fin, que el final es el consuelo.

Jesús piensa que los satisfechos de la vida, los que no se rebelan ante el mal y la injusticia, son unos desgraciados, mientras que son dichosos los que tienen sensibilidad para rebelarse ante el mal.

Jesús sabe que lo humano es el perdón, porque sabe que así es Dios.

Jesús piensa que los limpios de corazón, los que no piensan mal, son dichosos, tienen los ojos de Dios, saben que el bien es más fuerte que el mal.

Jesús piensa que es bueno trabajar por la paz, e incluso sufrir y ser perseguidos por trabajar por la justicia, porque esa ha sido siempre la "señal de los profetas", porque el Reino de Dios suele ser rechazado.

Esta es la mente de Jesús. Todo lo que tenemos que hacer es examinar nuestra mente, ver si pensamos lo mismo que El... para ser más felices. Y El no se equivoca.

Conectando con la lectura de todo el texto de Corintios, no predicamos la "sabiduría de este mundo". Los griegos presumen de su filosofía; los judíos piden milagros. Nosotros ofrecemos sólo la sabiduría de Jesús, la que le llevó a la cruz.

La Sabiduría de Jesús es saber para qué se vive.

La Sabiduría de Jesús es conocer a Dios, Abbá.

La Sabiduría de Jesús consiste en cambiar de criterios sobre Dios, cambiar de valores en la vida, vivir para salvar, no esperar felicidad más que al final y con todos...

La Sabiduría de Jesús es conocerse: saber que nos atrae el mal y nos deslumbran cosas sin valor, que necesitamos de Dios para saber qué es el Bien y el Mal y para tener fuerza para elegir correctamente. La Sabiduría de Jesús es preferir la vida dura, austera, trabajando por la justicia, no juzgando a nadie, aceptando el sufrimiento del camino....

La Sabiduría de Jesús es hacer la voluntad del que le envió. La Sabiduría del cristiano es ponerse a ser salvador, porque esa es la voluntad del Padre.

Y salvando se salva uno. Buscando la vida la pierdes; entregándola a salvar, la salvas. La Sabiduría de Jesús sabe que la vida se realiza entregándola, no cultivándola para uno mismo.

Esta Sabiduría se oculta muchas veces a los sabios y los poderosos. Y Dios se la regala a los sencillos, a los pobres. Jesús sospecha del poder y del dinero: impiden la Sabiduría. Jesús prefiere la dificultad y la pobreza, sabe que todo esto lo entienden los limpios de corazón, los que están hambrientos de justicia, los que pelean por la paz y son perseguidos por "la otra sabiduría", la del bienestar y el poder.

Esta es la sabiduría de "el resto de Israel", de los pobres de Yahvé, de los sencillos, de los que esperan todo de Dios.

La aplicación de esto a la Iglesia es evidente. Desde luego, la noción de pobreza y servicio contrapuesta a la noción de poder triunfal. La presencia de Dios en la iglesia no es deslumbrante, para que todos los pueblos queden sometidos a ese poder y lo veneren. Es discreta, destinada a servir, a ser una fuerza liberadora del mal.

Y no es la Iglesia oficial la que representa "el resto de Israel". Hay en la Iglesia de todo, como en Israel. Hay un "pueblo interior", atento a la Palabra, deseoso de servir y ser liberado, que aborrece el esplendor externo y las pretensiones de poder, y que no tiene influencia ni brillo alguno incluso dentro de la misma Iglesia. Este "resto de Israel" puede estar fuera de Israel, en todos los hombres y mujeres de buena voluntad en los que alienta El Espíritu, y son así.

Esta Sabiduría no es obra de ricos, de poderosos, de sabios. Jesús se alegra de corazón de que esta Sabiduría sea cosa de gente sencilla, que entiende a Dios mejor, que es capaz de más austeridad, de más solidaridad, capaz de con-padecer y de con-partir. El Resto de Israel ha estado siempre fuera de la élite del poder y del saber. Quizá por esto repite tantas veces Jesús que los primeros son los últimos y los últimos los primeros.

Así, las Bienaventuranzas se convierten en un Juicio. Dichosos los que son así, porque juzgan bien, son sabios, están en la Verdad, van por el buen camino. Dichosos los que son así, porque Jesús era así.

"Convertirse" por tanto significa ir cambiando, "volverse así, poco a poco", ir valorando, entendiendo la vida... como Jesús. Porque Él es nuestra Sabiduría, que para muchos puede ser escándalo o locura. No predicamos la "sabiduría de este mundo". Los griegos presumen de su filosofía; los judíos piden milagros. Nosotros ofrecemos sólo la sabiduría de Jesús, la que le llevó a la cruz.

Traducción libre y actualizada de las Bienaventuranzas

Cuánto más felices seríais si no necesitarais tantas cosas

Cuánto más felices seríais si vuestro corazón no fuera violento

Cuánto más felices seríais si aprendierais a sufrir

Cuánto más felices seríais si vuestro corazón fuera transparente

Cuánto más felices serías si fueseis sembradores de paz

Cuánto más felices serías si trabajarais por un mundo justo

Y si os persiguen y tenéis que sufrir por todo eso,

¡más felices todavía!"

José Enrique Galarreta





El viejo comedor
Pedro Miguel Lamet, SJ.

El viejo comedor se ha quedado detenido en el tiempo. Un tiempo en que la gente acomodada tenía una habitación para cada cosa: el cuarto de estar, el dormitorio, la biblioteca, el de juegos, costura,  invitados… Comer era un rito con normas de urbanidad, entrada, primer plato, segundo, postre y una doncella que servía a la mesa siempre por la izquierda del comensal. No había televisión, ni móvil, ni Tablet que interrumpiera. “¡Niño, no pongas los codos sobre la mesa!”. El padre y la madre imponían respeto, nadie osaba levantar la voz y menos llevar la contraria a los mayores.

Hoy el comedor, de museo, está vacío, la doncella es un maniquí y nadie recuerda ya a las personas que se sentaban diariamente a esa mesa.

Y yo me pregunto: ¿Hemos cambiado tanto? Sí, desde luego en las formas, la educación, quizás el respeto, el rítmo del tiempo y las ocasiones de comer juntos toda la familia. Pero el vínculo, la calidez de la escena, la relación y lo que en verdad importa no dependen de que haya tele, sirvienta o normas estrictas de urbanidad. Lo esencial radica en lo mismo: esa corriente secreta, esas vibraciones que unen a la familia o a los amigos, la comunicación del convite, que significa “con-vida”, compartir no solo el alimento, sino palabras, risas,  anécdotas, las tristeza y gozos de la jornada. Eso no se pierde, impregna las paredes del hogar y vive para siempre. Y ese alimento integral pedimos con “el pan nuestro de cada día”.





En el día de difuntos
Toni Catalá, sj

Nos duele que nos dejen las personas que queremos, nos aflige y conmueve la muerte inesperada e injusta, y nos aterra como se ha podido en pleno siglo XX negar la dignidad a la muerte y a los muertos en tanto Gulag y Auschwitz, y nos deja perplejos que en pleno siglo XXI el mare nostrum, mar de cultura y de intercambio humano, se esté convirtiendo en un cementerio.

Lo que nos hace humanos es enterrar dignamente a nuestra gente, no echar “los restos mortales” de las criaturas del Dios de la Vida a los muladares y vertederos. La cultura empezó, comenzamos a ser humanos, cuando se lloró por primera vez la muerte de un miembro de la especie, cuando la pérdida de un igual y cercano se vivió con aflicción y conmoción.

Celebrar el día de los difuntos es un acto de justicia para con lo muertos. Los muertos también tienen derechos y es bueno que se los reconozcamos. Vivimos una cultura que extingue el pasado y nubla el futuro y se queda en un presentismo emocional vacío. Celebrar y recordar a los que nos han precedido es negarle a la muerte la última palabra, es afirmar que la Vida es la palabra definitiva, recodar a aquellos con los que hemos convivido y han hecho posible que vivamos da raíces y anclajes a nuestro vivir cotidiano. Los muertos tienen derecho a que se les agradezca su vida.

No querer ver la muerte de cara, ignorarla, borrarla de nuestra vida cotidiana, hacerla invisible es perder humanidad, es un autoengaño sobre la condición humana terrible, se banaliza la misma vida que acaba no valiendo nada. Cuando la muerte es consumida diariamente en los noticieros, sólo se activan emotividades instantáneas que no llevan a nada, o a lo más a la resignación estéril ante lo que hay.

En uno de los versículos más breves de los evangelios (Jn 11,35) se nos dice: “Y Jesús lloró”. Jesús está conmovido y estremecido ante la muerte de su amigo Lázaro. Ante la muerte no cabe la palabra hueca, y Jesús hace lo más humano que se puede hacer ante la muerte que desgarra la amistad, que termina con la cercanía de la persona querida y nos aboca al estremecimiento de la soledad que invade y del duelo que entristece profundamente: llorar.

El que llora es Jesús de Nazaret y con estas lágrimas mete su dolor y la muerte de Lázaro en las entrañas del Compasivo. El día de difuntos se vuelve a llorar y celebramos en la Eucaristía a los que nos han precedido. Ese Jesús que no eludió la muerte nos lleva a vivir sin cinismos ni autoengaños. La muerte está ahí pero esas lágrimas de Jesús son las lágrimas del Dios-con-nosotros que nos sigue fortaleciendo para vivir lucidamente y vivir con la esperanza de que la última palabra la tiene ” el Dios de Abraham, Isaac y Jacob que no es un Dios de muertos sino de vivos: es decir que para él todos están vivos” (Lc 20, 37-38).

Toni Catalá, sj





Habrá comunión para los divorciados vueltos a casar
Jorge Costadoat, SJ.

Familia popularTerminó el Sínodo de los obispos sobre la familia. Tal vez desde el Concilio Vaticano II, hace cincuenta años, una reunión episcopal a nivel mundial no captaba tanto el interés y agitaba tanto las aguas. El acontecimiento ha constituido un verdadero turning point. Es temprano aun para sacar muchas conclusiones. Pero si este Sínodo no representa un paso adelante, lo será hacia atrás, justo cuando más la Iglesia necesita avanzar. Como digo, no podemos aun ofrecer una opinión acabada, pues recién disponemos del texto final en italiano. Sí tenemos en castellano el discurso final del Papa, en el cual Francisco felicita a los congregados por haber atinado con su misión pastoral, consistente en pensar en las personas antes que en la doctrina; en interpretar la doctrina en función de personas que necesitan que se les anuncie un evangelio de vida, en vez de agobiárselas con mandamientos y prohibiciones inhumanas.

Muchos han sido los temas, pero uno ellos ha captado el interés principal. ¿Podrán los divorciados vueltos a casar comulgar en la misa? El Sínodo no excluye la posibilidad, es decir, sí, podrán hacerlo. Cualquier lector atento concluirá que la posibilidad existe, si las cosas se hacen seriamente. El documento final abre las puertas a que los católicos que fracasaron en su matrimonio puedan acercarse a comulgar. Debe decírselo con todas sus letras: sí, los divorciados vueltos a casar que hasta ahora han sido excluidos por la institución eclesiástica y malmirados por los católicos hipócritas, deben alegrarse porque no se puede decir que todos ellos sean adúlteros. Los números del documento correspondientes a esta materia (84-86), impulsan un cambio pastoral responsable. En ellos tres son los criterios que, combinados, hacen posible un gran paso adelante: integración, discernimiento y acompañamiento.

El Sínodo, en esta materia, ha querido integrar a estas personas en vez de excluirlas. Se nos dice: “la lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral, no solo para que sepan que pertenecen al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, sino tengan de ello una experiencia gozosa y fecunda”. El criterio proviene del Instrumentum laboris que recogía el parecer de las iglesias de distintas partes del mundo y que insistentemente no quería exclusiones, sino inclusión e integración. Estas personas han de ser acogidas con especial cariño y han de poder participar lo más posible en la misa.

Pero la posibilidad en cuestión –siempre tácita en el documento- no debiera ejecutarse indiscriminadamente. Se exige un discernimiento. A propósito de las diferentes maneras de participación es necesario “discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional puedan ser superadas”. Las situaciones, sabemos, pueden ser muy distintas. El documento cita a Juan Pablo II para recordar que, por ejemplo, que no son lo mismo las personas que se esforzaron por salvar su primer matrimonio y luego fueron abandonadas injustamente, que aquellos que con grave culpa de su parte lo destruyeron. Cada caso merece un estudio particular.

Por último, el Sínodo pide que este discernimiento sea acompañado por un sacerdote. ¿Para qué, se dirá? ¿Para cerrar de nuevo la puerta? Pues bien, siempre podrá darse el caso de un cura que en vez de acompañar quiera dirigirles la vida a los demás y que ahora piense que podrá autorizar a unos a comulgar y a otros no. Esta no es la idea. La decisión final queda entregada a un examen de conciencia y a una decisión que, pensamos, solo puede pertenecer a las personas afectadas. A nuestro parecer, el sacerdote que ayude a las personas a formarse un juicio sobre lo que corresponda, ha de representar a una Iglesia que toma en serio su vida, que quiere ayudarle a procesar su fracaso, a sanar sus heridas y a crecer otra vez en su cristianismo. El mismo habrá de cumplir esta función de un modo regulado por una autoridad que será más competente cuanto más misericordiosa.

Así católicos que han sobrevivido por años en el más triste abandono, recibirán el trato que siempre debió ser prioritario. Nadie más que ellos debieron ser acogidos, cuidados y orientados. Sus familias, empero, fueron consideradas de segunda. Termina un escándalo. La opción de Jesús por los estigmatizados nuevamente le quita el cetro al fariseísmo.

El documento del Sínodo es todavía una penúltima palabra. Los católicos esperan que el Papa aún publique un documento que dé orientaciones sobre esta y las muchas otras materias tratadas. Por de pronto, han podido quedar pendientes las estipulaciones de los términos de aquel acompañamiento.

Lo que también debe ser subrayado, y que a la larga será decisivo para el futuro de la Iglesia, es que el Papa ha decidido gobernar de un modo sinodal, es decir, caminando con todos, haciendo discernimiento colectivo de los principales asuntos, volviendo sobre los pasos democráticos del Vaticano II.

Jorge Costadoat, SJ.