viernes, 2 de octubre de 2015

ACOGER A LOS PEQUEÑOS - José Antonio Pagola


ACOGER A LOS PEQUEÑOS - José Antonio Pagola

El episodio parece insignificante. Sin embargo, encierra un trasfondo de gran importancia para los seguidores de Jesús. Según el relato de Marcos, algunos tratan de acercar a Jesús a unos niños y niñas que corretean por allí. Lo único que buscan es que aquel hombre de Dios los pueda tocar para comunicarles algo de su fuerza y de su vida. Al parecer, era una creencia popular.

Los discípulos se molestan y tratan de impedirlo. Pretenden levantar un cerco en torno a Jesús. Se atribuyen el poder de decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. Se interponen entre él y los más pequeños, frágiles y necesitados de aquella sociedad. En vez de facilitar su acceso a Jesús, lo obstaculizan.

Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.

Jesús se indigna. Aquel comportamiento de sus discípulos es intolerable. Enfadado, les da dos órdenes: «Dejad que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis». ¿Quién les ha enseñado a actuar de una manera tan contraria a su Espíritu? Son, precisamente, los pequeños, débiles e indefensos, los primeros que han de tener abierto el acceso a Jesús.

La razón es muy profunda pues obedece a los designios del Padre: «De los que son como ellos es el reino de Dios». En el reino de Dios y en el grupo de Jesús, los que molestan no son los pequeños, sino los grandes y poderosos, los que quieren dominar y ser los primeros.

El centro de su comunidad no ha de estar ocupado por personas fuertes y poderosas que se imponen a los demás desde arriba. En su comunidad se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados.

El reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños. Donde estos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre.

¡YA NOS CONOCEMOS!
Escrito por  Florentino Ulibarri

Os inventáis historias,
sucesos cuentos,
casualidades y coincidencias...
para justificar vuestras torpes creencias.

Preguntáis en público,
no para buscar claridades
sino para mostrar vuestras habilidades
y poner a otros en dificultad.

Os agarráis a normas y leyes,
a lo antiguo y viejo, a lo de siempre,
a lo que a vosotros os favorece
y a otros oprime y empobrece.

Soñáis despropósitos,
amáis la risa y el triunfo fácil,
no os interesa la Buena Nueva
y queréis que solucione vuestras ocurrencias...

Así sois los hombres y mujeres:
siempre pensando en ponerme a prueba
en vez de enamoraros y enamorarme,
que es lo que deseo y me gusta.

¡Qué ganas de complicaros la existencia
y de cambiar mi propuesta
para mantener vuestros privilegios
olvidándoos de vuestras promesas!





LA FAMILIA ES EL ÁMBITO IDEAL PARA EL DESARROLLO HUMANO
Escrito por  Fray Marcos
Mc 10, 2-16

Sigue el evangelio en el contesto de la subida a Jerusalén y la instrucción a los discípulos. La pregunta de los fariseos, tal como la formula Mc no es verosímil, ya que el divorcio estaba admitido por todos. Lo que se discutía eran los motivos que podían justificar un divorcio. En el texto paralelo de Mt dice: ¿Es lícito repudiar... por cualquier motivo? Esto sí tiene sentido, porque lo que buscaban los fariseos era meter a Jesús en la discusión de escuela.

El tema de hoy desborda el ámbito de una homilía. Se trata de dilucidar el ámbito en que se tiene que desarrollar nuestra vida. Hoy la exégesis sirve de muy poco, porque la concepción del ser humano que hoy manejamos es tan distinta de la que tenían en tiempo de Jesús que lo que pudieron decir en aquella época no nos sirve de nada. Ni el NT ni los santos padres, ni la Edad Media ni siquiera el Renacimiento puede ayudarnos a comprender hoy cual debía ser el marco ideal para el mejor desarrollo del ser humano en nuestros días.

No podemos hablar de matrimonio sin hablar de sexualidad; y no podemos hablar de sexualidad sin hablar del amor y de la familia. Son los cuatro pilares del templo donde puede desarrollarse una verdadera humanidad. En las materias que más pueden afectar al progreso de lo específicamente humano, debemos aprovechar al máximo los últimos conocimientos de la ciencia y no quedarnos anclados en visiones arcaicas, por muy religiosas o espirituales que parezcan.  En esta materia no hay verdades absolutas.

El matrimonio es el estado natural de un ser humano adulto. En el matrimonio se despliega el instinto más potente del hombre. Todo ser humano es por su misma naturaleza sexuado. Bien entendido que la sexualidad es algo mucho más profundo que unos atributos biológicos. Cuanto sufrimiento se hubiera evitado y se puede evitar todavía hoy si se tiene esto en cuenta. La sexualidad es una actitud vital instintiva que lleva al individuo a sentirse varón o mujer y le permite desplegar la naturaleza característica de cada sexo.

La base fundamental de un matrimonio está en una adecuada sexualidad. Un verdadero matrimonio debe sacar todo el jugo posible de la sexualidad, humanizándola al máximo. La  capacidad humana consiste en la posibilidad de darse al otro y ayudarle a ser él, sintiendo que en ese darse, encuentra su propia plenitud. En esta posibilidad de humanización no hay límites. Tampoco los hay a la hora de utilizar la sexualidad para deshumanizarse. La línea divisoria es tan sutil que la mayoría de los seres humanos no llegan a percibirla.

La diferencia está, no en el acto en sí, sino en la actitud de cada persona. Siempre que se busca por encima de todo el bien del otro y es expresión de verdadero amor, la sexualidad  humaniza a ambos. Siempre que se busca en primer lugar el placer personal, utilizando al otro como instrumento, es deshumanizadora. El matrimonio no es una patente de corso, después del cual todo está permitido. Yo he tenido que dejar de decir que había más abusos sexuales dentro del matrimonio que fuera de él, aunque estoy convencido de que es verdad.

Hoy no tiene sentido hablar de matrimonio y sexualidad sin dejar claro lo que es el amor. Si una relación de pareja no está fundamentada en el verdadero amor, no tiene nada de humana. Pero lo realmente complicado es aquilatar lo que queremos decir cuando hablamos de amor. Se trata de una palabra tan manoseada que es imposible adivinar lo que queremos decir con ella. Al más refinado de los egoísmos, que es aprovecharse de lo más íntimo de otra persona, también le llamamos amor. En su lugar podíamos decir unidad o identificación

El único enemigo del matrimonio es el egoísmo. El afán de buscar en todo el beneficio propio y personal, arruina toda posibilidad de unas relaciones verdaderamente humanas. Esta búsqueda de otro para satisfacer las necesidades de mi ego, anula toda posibilidad de una relación de pareja. Desde la perspectiva hedonista, la pareja estará fundamentada en lo que el otro me aporta, nunca en lo que yo puedo darle. La consecuencia es nefasta: las parejas solo se mantienen mientras se consiga un equilibrio de intereses mutuos.

Esta es la razón por la que más de la mitad de los matrimonios se rompen, sin contar los que ni siquiera se plantean la unión estable sino que se conforman con sacar en cada instante el mayor provecho de cualquier relación personal. Por mucho que sea lo que una persona me está dando, en cualquier momento puedo descubrir a otra que me dará más. O al revés, puedo encontrar otra persona que dándome lo mismo, me exige menos.

Desde nuestro punto de vista cristiano, tenemos un despiste monumental sobre lo que es el sacramento. Para que haya sacramento, no basta con ser creyente e ir a la iglesia. Es imprescindible el mutuo y auténtico amor. Con esas tres palabras, que he subrayado, estamos acotando hasta extremos increíbles la posibilidad real del sacramento. Un verdadero amor es algo que no debemos dar por supuesto. El amor no es puro instinto, no es pasión, no es interés, no es simple amistad, no es el deseo de que otro me quiera. Todas esas realidades son positivas, pero no son suficientes para el logro de más humanidad.

Cuando decimos que el matrimonio es indisoluble, nos estamos refiriendo a una unión fundamentada en un amor auténtico, que puede darse entre creyentes o entre no creyentes. Puede haber verdadero amor humano-divino aunque no se crea explícitamente en Dios, o no se pertenezca a una religión. Es impensable un auténtico amor si está condicionado a un limitado espacio de tiempo. Un verdadero amor es indestructible. Si he elegido una persona para volcarme con todo lo que soy y así desplegar mi humanidad, nada me podrá detener.

El divorcio, entendido como ruptura del sacramento, es una palabra vacía de contenido para el creyente. La Iglesia hace muy bien en no darle cabida en su vocabulario. Solo si hay verdadero amor hay sacramento. La mejor prueba de que no existió auténtico amor, es que en un momento determinado se termina. Es frecuente oír hablar de un amor que termina. Ese amor, que ha terminado, ha sido siempre un falso amor.

Los seres humanos nos podemos equivocar, incluso en materia tan importante como esta. ¿Qué pasa, cuando dos personas creyeron que había verdadero amor y en el fondo no había más que interés recíproco? Hay que reconocer sin ambages que no hubo sacramento. Por eso la Iglesia solo reconoce la nulidad, es decir, una declaración de que no hubo verdadero sacramento. Y no hacer falta un proceso judicial para demostrarlo. Si en un momento determinado no hay amor, nunca hubo verdadero amor y no hubo sacramento.

Es muy corriente confundir el sacramento con el rito externo. Un sacramento es el resultado de la unión de un signo con una realidad significada. En este sacramento, el signo son las palabras que se dicen mutuamente los contrayentes. Lo significado es el verdadero amor. Si no hay amor, el signo que no significa nada, no es más que un garabato sin sentido. Puede haber verdadero amor sin sacramento. No puede haber sacramento sin auténtico amor. ¿Qué es lo que nos interesa, que se quieran de verdad o la apariencia del rito externo?

El domingo pasado decíamos que en Dios todos estamos identificados. Lo que intenta el sacramento es que descubramos esta realidad y la vivamos de manera especial con la persona que elegimos para compartir nuestra existencia. Esta es la razón por la que el matrimonio se le ha considerado como sacramento, es decir, signo del Amor que es Dios y desplegado entre seres humanos. Podíamos identificarnos con cualquiera, pero elegimos una.

Meditación-contemplación

El matrimonio es la verdadera escuela del amor.
Pero es también la prueba de fuego para aquilatarlo.
Ninguna otra relación humana llega a tal grado de profundidad.
En ningún otro ámbito se puede expresar mejor el don total.
………………

Las ensoñaciones místicas pueden ser engañosas,
pero no hay nada más auténtico
que una relación verdaderamente humana de pareja,
donde se despliegue la capacidad de darse.
………………

La clave de un verdadero amor no es el equilibrio de intereses,
Sino el descubrimiento del verdadero ser del hombre,
Que consiste en darse sin límites al otro
Y encontrar en ese don plenitud y felicidad total.
……………

 Fray Marcos





EL PROBLEMA DEL DIVORCIO
Escrito por  José Luis Sicre

El relato evangélico contiene dos escenas: en la primera, los fariseos preguntan a Jesús si se puede repudiar a la mujer y reciben su respuesta (2-9); en la segunda, una vez en la casa, los discípulos insisten sobre el tema y reciben nueva respuesta (10-12).

Primera escena: los fariseos y Jesús.
La pregunta que le hacen resulta desconcertante, porque el divorcio estaba permitido en Israel y ningún grupo religioso lo ponía en discusión. Que el matrimonio es una institu­ción divina lo sabe cualquier judío por el Génesis, donde Dios crea al hombre y a la mujer para que se compenetren y complemen­ten. Pero el judío sabe también que los problemas matrimoniales comienzan con Adán y Eva. El matrimonio, incluso en una época en la que la unión íntima y la convivencia amistosa no eran los valores primordiales, se presta a graves conflictos.

Por eso, desde antiguo se admite, como en otros pueblos orientales, la posibilidad del divorcio. Más aún, la tradición rabínica piensa que el divorcio es un privilegio exclusivo de Israel. El Targum Palestinense pone en boca de Dios las siguientes palabras: «En Israel he dado yo separación, pero no he dado separación en las naciones»; tan sólo en Israel «ha unido Dios su nombre al divorcio».

La ley del divorcio se encuentra en el Deuteronomio, capítulo 24,1ss donde se estipula lo siguiente: «Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa...»

Llama la atención en esta ley su tremendo machismo: sólo el varón puede repudiar y expulsar de la casa. En la perspectiva de la época tiene su lógica, ya que la mujer se parece bastante a un objeto que se compra y que se puede devolver si no termina convenciendo. Sin embargo, aunque la sensibilidad de hace veinte siglos fuera distinta de la nuestra (tanto entre los hombres como entre las mujeres), es indudable que unas personas podían ser más sensibles que otras al destino de la mujer. Este detalle es muy interesante para comprender la postura de Jesús.

En cualquier caso, la ley es conocida y admitida por todos los grupos religiosos judíos. Por consiguiente, la pregunta de los fariseos resulta desconcertante. Cualquier judío piadoso habría respondido: sí, el hombre puede repudiar a su mujer. Pero Jesús, además de ser un judío piadoso, se muestra muy cercano a las mujeres, las acepta en su grupo, permite que le acompañen. ¿Estará de acuerdo con que el hombre repudie a su mujer? Así se comprende el comentario de Mc: le preguntaban «para ponerlo a prueba». Los fariseos quieren poner a Jesús entre la espada y la pared: entre la dignidad de la mujer y la fidelidad a la ley de Moisés. En cualquier opción que haga, quedará mal: ante sus seguidoras, o ante el pueblo y las autoridades religiosas.

La reacción de Jesús es tan atrevida como inteligente. Él también pone a los fariseos entre la espada y la pared: entre Dios y Moisés. Empieza con una pregunta muy sencilla que se puede volver en contra suya: “¿Qué os mandó Moisés?” Y luego contraataca, distinguiendo entre lo que escribió Moisés en determinado momento y lo que Dios proyectó al comienzo de la historia humana.

En el Génesis, Dios no crea a la mujer para torturar al varón (como en el mito griego de Pandora), sino como un complemento íntimo, hasta el punto de formar una sola carne. En el plan inicial de Dios, no cabe que el hombre abandone a su mujer; a quienes debe abandonar es a su padre y a su madre, para formar una nueva familia.

Las palabras de Génesis 1,27 sugieren claramente la indisolubilidad: el varón y la mujer se convierten en un solo ser. Pero Jesús refuerza esa idea añadiendo que esa unión la ha creado Dios; por consiguiente, «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Jesús rechaza de entrada cualquier motivo de divorcio.

La aceptación posterior del repudio por parte de Moisés no constituye algo ideal sino que se debió a «vuestro carácter obstinado». Esta interpretación de Jesús supone una gran novedad, porque sitúa la ley de Moisés en su contexto histórico. La tendencia espontánea del judío era considerar toda la Torá (el Pentateuco) como un bloque inmutable y sin fisuras. Algunos rabinos condenaban como herejes a los que decían: «Toda la Ley de Moisés es de Dios, menos tal frase». Jesús, en cambio, distingue entre el proyecto inicial de Dios y las interpretaciones posteriores, que no tienen el mismo valor e incluso pueden ir en contra de ese proyecto.

Segunda escena: los discípulos y Jesús.

Saca las conclusiones prácticas de la anterior, tanto para el varón como para la mujer que se divorcian. Las palabras: Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio, cuentan con la posibilidad de que la mujer se divorcie, cosa que no contemplaba la ley judía, pero sí la romana. Por eso, algunos autores ven aquí un indicio de que el evangelio de Marcos fue escrito para la comunidad de Roma. Aunque en los cinco primeros siglos de la historia de Roma (VIII-III a.C.) no se conoció el divorcio, más tarde se introdujo.

José Luis Sicre





JESÚS ES MEJOR QUE LA LEY
Escrito por  José Enrique Galarreta
Mc 10, 2-16

Seguimos en el contexto de polémica. Una vez más, son los fariseos los que hacen una pregunta a Jesús "para ponerlo a prueba". Lo que quieren saber los fariseos es si Jesús piensa como ellos en un asunto delicado y controvertido en la época, y "probarle", a ver si puede fundamentar su opinión con sólidas citas de la Escritura. Esta "prueba" les va a resultar desastrosa: Jesús piensa completamente lo contrario que ellos, y maneja la Escritura mucho mejor.

La doctrina de los fariseos mantenía lo que en la época (en la cultura judaica) era norma común. El marido podía repudiar a su mujer cuando quisiera, simplemente dándole un acta de repudio. Los fariseos lo fundamentaban en un texto del Deuteronomio (Dt 24 1-3), que dice así:

"Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa, y ella sale de la casa y se casa con otro y el segundo también la aborrece, le escribe el acta de divorcio y la echa de casa, o bien muere el segundo marido, el primer marido que la despidió no podrá casarse otra vez con ella, pues está contaminada; sería una abominación ante el Señor: ..."

Es un precepto bastante extraño. En realidad no prescribe nada sobre el divorcio, sino que lo da por supuesto, y legisla acerca de la posibilidad de casarse de nuevo con la divorciada si ella vuelve a quedar libre, por otro divorcio o por muerte del segundo marido, negando esa posibilidad como "abominación", aunque nadie sabe por qué.

La práctica habitual en Israel se regía por este precepto. Debemos advertir que es una norma para los varones: son ellos los que tienen ese derecho, nunca las mujeres. De hecho, el divorcio estaba mal visto, y el derecho se restringía por medio de otros preceptos, como la obligación de devolver la dote al padre de la mujer y otros más, que dificultaban la práctica.

Pero en cualquier caso se trata claramente de un derecho masculino, en el que la mujer se considera de alguna manera "propiedad del varón", sobre la cual él tiene derechos, y que no tiene derechos respecto al marido.

Jesús se muestra mucho más entendido que los fariseos en cuanto a referencias bíblicas sobre el tema. Les ha preguntado a los fariseos qué manda la Ley, y ellos le han respondido qué permite Moisés. Ellos se atienen a un preceptillo dudoso que representa más bien el uso común un tanto permisivo, pero Jesús se remonta a la más profunda concepción, la voluntad primitiva de Dios, expresada en el Génesis, y les cita:

"Hombre y mujer los creó" (Génesis 1,27), que muestra la igualdad de los dos. La mejor traducción sería "varón y hembra los creó"

"Por eso abandonará...y serán los dos una sola carne" (Génesis 2,24) que muestra la unidad de la pareja.

Cuando Jesús dice "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre" condena una vez más la mala práctica de los fariseos y doctores de interpretar habilidosamente la Escritura sacándola de su sentido original para hacerla servir a sus intereses de escuela.

Es el mismo reproche que se les hace en Mateo 23 ("ay de vosotros que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino y descuidáis lo más importante de la Ley, la misericordia, la justicia y la fidelidad... ay de vosotros que filtráis el mosquito y os tragáis el camello...") y en el precioso párrafo de Marcos 7,8 (" descuidáis el mandato de Dios para mantener la tradición de los hombres.... Y así invalidáis el precepto de Dios para mantener vuestra tradición; hacéis muchas cosas de éstas").

Jesús por tanto sale en defensa de la mujer diciendo que el varón que la repudia "comete adulterio contra ella". Formulación muy interesante, porque subraya la ofensa del varón contra la mujer indefensa.

Pero inmediatamente se afirma lo mismo en el caso contrario: es decir, se pone en pie de igualdad de obligaciones a los dos sexos, volviendo a la concepción primitiva del Génesis por encima de la interpretación abusiva del Deuteronomio.

Marcos no pone restricción alguna a la prohibición del divorcio. Mateo (19,1) hace una excepción: "salvo en caso de concubinato". Parece que este es un añadido de las primeras comunidades en que se hacían cristianos algunos procedentes del paganismo y tenían varias mujeres, en cuyo caso no solamente era permitido sino obligatorio despedir a las concubinas.

Así lo interpreta la Biblia del Peregrino. Otros autores, (como la Biblia de Jerusalén) traducen "salvo caso de fornicación", y piensan que se muestra aquí la práctica de las primeras comunidades en que la fornicación de uno de los cónyuges llevaba consigo la separación, pero sin que se permitiera un nuevo matrimonio.

R E F L E X I Ó N
La doctrina básica que se expone en el evangelio no requiere mayor explicación. Es clara, y la iglesia la ha mantenido así a lo largo de la historia. Hagamos pues unas breves reflexiones que sugieren estos textos.

Antes de entrar en la materia del texto evangélico, reflexionamos sobre los textos del Génesis y del Deuteronomio. Su contenido es diferente, los preceptos son opuestos. De hecho, los fariseos se basan en el Deuteronomio y Jesús en el Génesis, para sacar consecuencias de actuación que se contradicen.

A partir de esto, debemos reflexionar una vez más acerca de nuestra lectura y comprensión de la Escritura, y sobre el peligro de interpretarla subjetivamente y al pie de la letra. Hay quienes se basan en la afirmación indiscriminada de que "toda la Escritura es Palabra de Dios y por tanto no contiene inexactitud ni error alguno". Esta afirmación no puede admitirse sin más, y esto queda de manifiesto cuando, como en nuestro caso, dos textos se oponen (y esto mismo se repite con alguna frecuencia).

Es necesario recordar que en la Escritura se consigna toda la historia de la fe y de los pecados de Israel, y toda la evolución de esa fe. Hemos llamado a la Escritura la "Crónica del descubrimiento de Dios" por parte de Israel, y en ella encontramos preceptos que muestran una fe primitiva y una moral arcaica, que, movida por la Palabra de Dios, va evolucionando hasta su plenitud en Jesús.

Jesús mismo citó el precepto de "amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo", incompatible con "amarás a tu enemigo". Desde la vieja ley penal del Talión hasta el setenta veces siete hay un largo camino que Israel recorre y del que deja constancia en la Escritura.

Por esto, una cita aislada de la Escritura no puede calificarse sin más de "Palabra infalible de Dios". Es necesario comprenderla en su contexto, y, sobre todo, comprobar si esa línea se culmina en Jesús: en Él, la Palabra de Dios que aparece en el AT. llega a su plenitud, se acaban las provisionalidades y se corrigen las desviaciones.

En el tema del matrimonio, todo esto se aplica de una manera excepcionalmente clara. Si leemos Génesis 16 (la historia de Agar) tenemos la impresión de que se está aceptando sin reticencia alguna la poligamia. Si leemos Deuteronomio 24,1-3 (el texto que citan los fariseos) encontramos una interpretación machista y permisiva que se ha dado en Israel y es defendida por los doctores en tiempos de Jesús. Y si leemos Génesis 1 y 2 nos encontramos con la doctrina que Jesús avala.

Nuestra segunda consideración llevaría a la exposición de la doctrina cristiana sobre el matrimonio, que naturalmente no vamos a exponer extensamente, pero sí en su esencia. El matrimonio cristiano funda la unión de la pareja en el amor, no en la conveniencia social, no en los intereses familiares, no en la atracción corporal.

El amor es más que una atracción, más que un sentimiento, y se distingue radicalmente de la conveniencia y del enamoramiento: cuando éstos han desaparecido, el amor puede seguir e incluso ser más claro y fuerte. El amor de la pareja es una de las clases de amor que existen en el ser humano: amor materno o paterno, amor filial, amor de amistad...

Y cuando se da, supera toda lógica y conveniencia y presenta dos características que todo el mundo reconoce, al menos como ideal: tiende a ser exclusivo y duradero: "sólo tú y para siempre". Se manifiesta en un deseo de la felicidad del otro, en sentirse bien si el otro está bien, aun cuando esto suponga sacrificio propio (o incluso deseándolo).

Tan singularmente humano es este "sentimiento", tan sorprendentemente humanizador, que el pueblo de Israel lo utilizó para "describir" a Dios: como un enamorado, como un novio, como un amante celoso, y aplicó a la relación Dios-Israel el más bello poema de amor, el Cantar de los Cantares, utilizado también, y de qué forma, por los místicos cristianos.

Culminando esta línea, Pablo en 1 Corintios 13 escribe el famoso himno al amor, el mayor y más envidiable de los carismas, y en Efesios 5,25 llega a la hermosa comparación en que el amor de hombre y mujer se presenta como imagen del amor de Dios ("como Cristo ama a su iglesia").

Si todas las cosas del mundo son reflejo de la divinidad, y podemos así contemplar a Dios a través de las criaturas, la mejor "encarnación" de la divinidad y el lugar donde mejor se puede contemplar a Dios es sin duda el amor, el amor de padres a hijos (Abbá) y el amor entre hombre y mujer. Toda esta línea de conocimiento de Dios a través de la contemplación del amor humano culmina sin duda en la expresión de la primera carta de Juan: "Dios es amor" (4,8).

Todo eso ha llevado a la iglesia a entender el matrimonio como sacramento, es decir, como manifestación de Dios, como lugar de presencia activa de Dios, como signo vivo y eficaz del amor de Dios. Tenemos la tentación de entender como sacramento la ceremonia del casamiento. Es insuficiente. Es el estado matrimonial el que es sacramento, lugar de ver a Dios, presencia del amor encarnado.

Considerando todas estas cosas, tan verdaderas y tan hermosas, tiene uno sin embargo la impresión de estar hablando del Paraíso, no de la vida cotidiana. Todo esto se da, se ambiciona, se admite por cualquiera como ideal indiscutible.

Pero en la vida cotidiana se dan también muchas otras realidades inevitables: la pareja mal construida desde el principio, la incompatibilidad descubierta a lo largo del tiempo, la debilidad, las diferentes y difíciles fases de la vida. Situaciones que nadie desea ni pone como ideales, pero que están ahí, y con más frecuencia de la que nos gustaría.

En todos esos casos nos encontramos con la dificultad de que la legislación de la iglesia se ha desarrollado dando por supuesto que se va a realizar en la pareja el ideal del amor. Sin embargo, nos damos también cuenta de que, cuando ese ideal fracasa, deben existir caminos, soluciones para que sea posible la vida humana y cristiana de los que se encuentran en esa situación.

En un mundo en el que, cada vez más, la sexualidad sustituye al amor en vez de expresarlo, y en el que las parejas tienden a constituirse más bien por intereses o deseos ocasionales, la iglesia mantiene el ideal de la pareja por amor como una de las mayores y más positivas y humanizadoras manifestaciones del ser humano llevado más allá de cualquier comportamiento animal, egoísta o mezquino.

Pero también siente, hoy más que nunca, que no se puede hacer del ideal una exigencia exclusiva y que debe ser posible una situación ante Dios y en la Iglesia cuando lo ideal no ha sido de hecho realizable.

PARA NUESTRA ORACIÓN
Los hombres ponemos leyes, dictamos preceptos, y está bien, es necesario. Pero Jesús sabe que la ley sin espíritu es opresión. Para orar sobre esto deberíamos hoy leer el capítulo 8 del evangelio de Juan (v. 1-11) Presentan a Jesús una mujer "sorprendida en adulterio". La ley manda que esas mujeres sean lapidadas. Le preguntan a Jesús qué dice de esto.

Y Jesús opta claramente: salvar a la persona, aunque esto signifique "salvarla de la Ley" (Ver comentario pg 8)

Debemos pensar seriamente si no es éste uno de los problemas de nuestra Iglesia, si no estamos llegando a un punto de ruptura entre el Espíritu y la Ley.

Pero sería escurrir el bulto pensar en este problema como si no fuera un problema interior de cada uno. Si nos consideramos "justificados por el cumplimiento de la Ley" o más bien "movidos por el Espíritu de Jesús". En nuestro interior, no complaciéndonos en los problemas de otros.

José Enrique Galarreta





CISMA BLANCO, CISMA ROJO


Jorge Costadoat, SJ (Chile)

Años atrás Juan Bautista Libanio, célebre teólogo brasileño, ya muerto, diagnosticó un cisma blanco en la Iglesia. Dentro de muy poco también puede hacer un cisma rojo.

Libanio tuvo razón: el distanciamiento entre los católicos y la institución eclesiástica es enorme y creciente. ¿Quién tiene la culpa del foso que se ha creado? Es difícil atribuir responsabilidades. La cultura ha cambiado una enormidad. En quinientos años ha dejado de ser teocéntrica para convertirse en antropocéntrica. A la gente de nuestra época le interesa más esta vida que la eterna. Con este divorcio entre la fe y la cultura se ha desplomado también la cristiandad: se acabó la alianza entre el poder político y el poder eclesiástico. El poder eclesiástico ha perdido la posibilidad que le facilitaba el poder político de reunir a sus fieles bajo un mismo ordenamiento civil y moral. Todo lo cual ha desembocado en una significativa liberación de los fieles respecto de la enseñanza oficial. Hoy, de hecho, las mayorías católicas no se sienten interpretadas por la jerarquía eclesiástica, al menos en las regiones tradicionalmente cristianas. Muchos se van. Otros se quedan pero emocionalmente descolgados. Hay cisma blanco: los que se quedan prescinden de la institucionalidad eclesial, salvo cuando les conviene.

Ahora último la discordia ha eclosionado en el ámbito más sensible. El Sínodo sobre la familia a realizarse entre el 4 y 25 de octubre, comienza a agitar las aguas. En ningún terreno la distancia entre la enseñanza del Magisterio y la opinión de los católicos es mayor que en el de la moral sexual y familiar. Desde el Sínodo celebrado en 2014 hasta ahora, se ha levantado una discusión eclesial de extraordinaria importancia. No es fácil para una institución de dos mil años avanzar unida manteniendo una doctrina común para culturas de cinco continentes, y que por otra parte deje conformes a conservadores y progresistas. El Papa Francisco con un arrojo impresionante lanzó a los católicos treinta y ocho preguntas sobre todos los asuntos atingentes, incluidos los “intocables”. Entre las respuestas, la principal de todas confirma que la distancia señalada es real. El Cardenal Kasper, mano derecha del Papa en esta materia, ha hablado recientemente de “cisma práctico”.

Los temas en los que la disparidad entre la doctrina y el parecer mayoritario de los católicos son: la enseñanza de la encíclica Humanae Vitae (1968) contraria a los métodos artificiales de control de natalidad; las relaciones sexuales fuera del matrimonio; la homosexualidad; y dar o no dar la comunión en misa a los divorciados vueltos a casar. Este último asunto concentra la discordia porque compromete la doctrina. Unos dicen que esta no puede cambiar porque el mandato de la indisolubilidad del matrimonio remonta a Jesús mismo. Como ha indicado el cardenal Medina, las personas que conviven en un segundo matrimonio lo hacen en adulterio y, en consecuencia, no pueden comulgar. Otros piensan que esta exclusión es despiadada. Creen, en cambio, que la tradición de la Iglesia debiera admitir innovaciones doctrinales. El Evangelio sería el fin, las formulaciones doctrinales meros medios. Si la Iglesia ha innovado en su enseñanza muchas veces en su historia, no se ve por qué no pueda hacerlo en este campo.

La batalla se libra al más alto nivel. Se sabe que el Papa Francisco quiere un cambio. Pero el cardenal Müller, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, está decididamente en contra. ¿Podría un ministro de educación, por ejemplo, diferir en un asunto fundamental con el presidente de la república? Se sabe además que la Conferencia episcopal alemana ha dado sólidos argumentos teológicos para hacer un cambio. Pero también que la Conferencia episcopal polaca se ha declarado muy contraria a cualquier modificación. Del resto de los episcopados no se tiene noticia. Ha llamado la atención, sí, que la Conferencia episcopal argentina no envió su respuesta al último de los cuestionarios enviados por el Vaticano. ¿Temor a una división o imposibilidad de ponerse de acuerdo?

Una vez que el próximo Sínodo entregue sus conclusiones, el Papa Francisco tendrá que resolver. Probablemente promulgue luego un documento en el cual tome una decisión sobre estos asuntos. La decisión será soberana suya. ¿Representará esta la sabiduría creyente del Pueblo de Dios, el llamado sensus fidelium?

En la Iglesia en todas las materias se trata de discernir la voluntad de Dios. Esta puede no coincidir con la opinión de las mayorías. Pero no por esto se puede desestimar la experiencia de vida de la mayor parte de los cristianos. Cabe recordar que Pablo VI en Humanae Vitae no hizo caso a la opinión mayoritaria de la comisión que él constituyó, opinión partidaria de entregar a los esposos de la decisión sobre qué métodos usar para ejercer la paternidad responsable. La encíclica, empero, no ha sido recibida por los católicos. Ha sido rechazada casi por completo.

El cisma blanco es una realidad independientemente de la moral sexual y familiar de la Iglesia. Pero si en estas materias no hay progreso, la desidentificación con la institución eclesiástica se agudizará. La Iglesia corre el riesgo de no transmitir el Evangelio a las generaciones jóvenes para las cuales la actual enseñanza es aberrante. Tan grave como lo anterior podrá ser un cisma rojo: que agrupaciones católicas o iglesias particulares rechacen innovaciones doctrinales, se alcen en rebeldía y abandonen la catolicidad.

No se sabe qué ocurrirá. Es doloroso para nosotros los católicos que esté en cuestión la unidad de la Iglesia. La superación de los diferendos y aporías siempre debiera ser posible en una Iglesia que quiere ser “católica” (universal) y no una “secta” (de pocos pero “buenos”). Ideal sería que no hubiera cisma ni blanco ni rojo.





¿CONTEMPLACIÓN?
Escrito por  José Arregi

Estos nuestros tiempos convulsos ¿son tiempos para invitar a la contemplación? Sostengo que sí. Pero “contemplar” tiene muy poco que ver con estarse mirando algo ociosamente con la mirada vaga, y no tiene que ver más con un tranquilo monasterio que con el trajín de la ciudad, ni con la vida retirada más que con la vida en la brecha.

Las palabras tienen su historia, nuestra historia, con sus tribulaciones y búsquedas. El término latino contemplare significaba originariamente la observación del vuelo de las aves en el cielo por parte de los augures o adivinos de oficio; lo hacían desde el templum, un espacio delimitado pero abierto en el campo o en el bosque. Creían que el futuro estaba decidido por los dioses o por el Destino (Fatum, Moira) y se podía descifrar mirando, entre otras cosas, el vuelo de las aves. Luego cerraron los templos, espacios abiertos a la intemperie, con piedras, leyes y miedos. El templo se convirtió en morada de “Dios” o de los dioses, en edificio sagrado separado del mundo profano. La contemplación se separó de las tareas de la vida, se contrapuso a la acción y se convirtió en cosa de especialistas: augures, sacerdotes o monjes.

Dejemos a un lado esas derivas y devolvamos al término su plenitud de sentido. Reinventemos la contemplación. Aprendamos a mirar el cielo y la tierra, lo invisible en lo visible, lo posible en lo real. Advirtamos las amenazas y las oportunidades del mundo en que vivimos. Miremos en el presente las señales de otro futuro mejor, para hacerlo real. Abramos los ojos, no sea que merezcamos el reproche del profeta Isaías, que el profeta Jesús hizo suyo: “Por mucho que miran, no ven; por más que oyen, no comprenden”. Abramos los ojos de fuera y de dentro, hasta que veamos que no hay ni fuera ni dentro, hasta que descubramos con claridad meridiana que todos los seres compartimos la misma luz y la misma noche, hasta que el dolor de los demás transforme nuestra mirada, hasta que nuestra mirada se vuelva transformadora.

Contemplar es ver lo invisible. Desde hace pocos años sabemos que la materia-energía física observada en el universo con los aparatos más sofisticados solo constituye aproximadamente un 4% de la materia-energía existentes: el resto está compuesto por materia oscura (22 %) y energía oscura (74 %), desconocida. Si no hubiera más materia que la observada –que me perdonen los físicos este torpe lenguaje–, las estrellas y las galaxias no se atraerían como se atraen; y si, por el contrario, no hubiera más energía que la observada, las galaxias no se expandirían como se expanden. Por lo demás, la materia es en el fondo energía, que nadie sabe lo que es, ni de dónde ni por qué. Pero es. Y es como una metáfora del misterio de cuanto es. Lo esencial es invisible. Lo invisible es lo esencial. Contempla el Misterio invisible en todo lo que ves, con ojos nuevos. “Dichosos vuestros ojos porque ven”, dijo Jesús a sus discípulas y discípulos.

Contemplar es atender. Atender es mirar y vivir con atención. Atender es dejar que el Misterio de la realidad se revele plenamente en todo cuanto es: en la hoja que cae, en el vuelo del pájaro, en el clamor de los refugiados en nuestras fronteras. Atender es hacer silencio, calmar emociones, liberarse de apegos, de saberes, creencias y esquemas mentales. Atender es ver a Dios en cada ser, el Todo en cada parte, y sentirse uno con todos los seres. Atender es dejarse acoger en el Corazón bueno de todo, y acogerlo todo con buen corazón. Atender es sintonizar, simpatizar, compadecerse y cuidar al herido. Atender es mirar la realidad con lucidez y con entrañas, y así recrearla. Somos lo que vemos, y somos igualmente lo que la mirada de los otros hace que seamos. Nuestros ojos, cuando miran, son capaces de hacer que todo sea bueno, o un poco mejor. Como Dios en el Génesis: “Miró Dios y vio que todo era bueno”. Atender es crear. Atender es vivir o ser en plenitud, simplemente SER uno con Todo, con Dios, ser pura relación de consideración, miramiento, respeto de la inagotable diversidad de lo que es, más allá de toda palabra e imagen que define, limita, divide, que nos encierra, estrecha, angustia.

Y eso es contemplar. A esa contemplación se han referido todas las tradiciones místicas como culminación de todas las formas de oración y de todos los caminos de realización humana, espiritual y física inseparablemente. En la tradición monástica cristiana, a la lectio (lectura) sigue la oratio (oración vocal), a la oratio sigue la meditatio (reflexión mental y cordial), y a la meditatio sigue la contemplatio, “engolfarse en Dios”, que diría Santa Teresa, lo mismo en el coro que entre pucheros.

Una contemplación que no se traduzca en compasión y compromiso, que no sea creadora, no es verdadera contemplación. Un compromiso militante que no se inspira en la mirada contemplativa (no digo religiosa), no es libre ni liberador, no crea. Donde se da lo uno se da lo otro, y donde falta lo uno falta lo otro.

Nuestra sociedad necesita contemplativos por la misma razón por la que necesita militantes, y necesita militantes por la misma razón por la que necesita contemplativos. ¿Cuál es la razón? Que un mundo todavía invisible ha de hacerse realidad.

José Arregi
(Publicado en DEIA y en los diarios del Grupo Noticias el 20 de Septiembre de 2015)