jueves, 28 de mayo de 2015

LA CENA DEL SEÑOR - José Antonio Pagola


Santísima Trinidad - LO ESENCIAL DEL CREDO - José Antonio Pagola

A lo largo de los siglos, los teólogos cristianos han elaborado profundos estudios sobre la Trinidad. Sin embargo, bastantes cristianos de nuestros días no logran captar qué tienen que ver con su vida esas admirables doctrinas.

Al parecer, hoy necesitamos oír hablar de Dios con palabras humildes y sencillas, que toquen nuestro pobre corazón, confuso y desalentado, y reconforten nuestra fe vacilante. Necesitamos, tal vez, recuperar lo esencial de nuestro credo para aprender a vivirlo con alegría nueva.

«Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra». No estamos solos ante nuestros problemas y conflictos. No vivimos olvidados, Dios es nuestro «Padre» querido. Así lo llamaba Jesús y así lo llamamos nosotros. Él es el origen y la meta de nuestra vida. Nos ha creado a todos solo por amor, y nos espera a todos con corazón de Padre al final de nuestra peregrinación por este mundo. Su nombre es hoy olvidado y negado por muchos. Nuestros hijos se van alejando de él, y los creyentes no sabemos contagiarles nuestra fe, pero Dios nos sigue mirando a todos con amor. Aunque vivamos llenos de dudas, no hemos de perder la fe en un Dios Creador y Padre pues habríamos perdido nuestra última esperanza.

«Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor». Es el gran regalo que Dios ha hecho al mundo. Él nos ha contado cómo es el Padre. Para nosotros, Jesús nunca será un hombre más. Mirándolo a él, vemos al Padre: en sus gestos captamos su ternura y comprensión. En él podemos sentir a Dios humano, cercano, amigo. Este Jesús, el Hijo amado de Dios, nos ha animado a construir una vida más fraterna y dichosa para todos. Es lo que más quiere el Padre. Nos ha indicado, además, el camino a seguir: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo». Si olvidamos a Jesús, ¿quién ocupará su vacío?, ¿quién nos podrá ofrecer su luz y su esperanza?


«Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida». Este misterio de Dios no es algo lejano. Está presente en el fondo de cada uno de nosotros. Lo podemos captar como Espíritu que alienta nuestras vidas, como Amor que nos lleva hacia los que sufren. Este Espíritu es lo mejor que hay dentro de nosotros.


LA CENA DEL SEÑOR - José Antonio Pagola

Los estudios sociológicos lo destacan con datos contundentes: los cristianos de nuestras iglesias occidentales están abandonando la misa dominical. La celebración, tal como ha quedado configurada a lo largo de los siglos, ya no es capaz de nutrir su fe ni de vincularlos a la comunidad de Jesús.

Lo sorprendente es que estamos dejando que la misa «se pierda» sin que este hecho apenas provoque reacción alguna entre nosotros. ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana? ¿Cómo podemos permanecer pasivos, sin capacidad de tomar iniciativa alguna? ¿Por qué la jerarquía permanece tan callada e inmóvil? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación con más fuerza y dolor?

La desafección por la misa está creciendo incluso entre quienes participan en ella de manera responsable e incondicional. Es la fidelidad ejemplar de estas minorías la que está sosteniendo a las comunidades, pero ¿podrá la misa seguir viva solo a base de medidas protectoras que aseguren el cumplimiento del rito actual?

Las preguntas son inevitables: ¿No necesita la Iglesia en su centro una experiencia más viva y encarnada de la cena del Señor que la que ofrece la liturgia actual? ¿Estamos tan seguros de estar haciendo hoy bien lo que Jesús quiso que hiciéramos en memoria suya?

¿Es la liturgia que nosotros venimos repitiendo desde siglos la que mejor puede ayudar en estos tiempos a los creyentes a vivir lo que vivió Jesús en aquella cena memorable donde se concentra, se recapitula y se manifiesta cómo y para qué vivió y murió? ¿Es la que más nos puede atraer a vivir como discípulos suyos al servicio de su proyecto del reino del Padre?

Hoy todo parece oponerse a la reforma de la misa. Sin embargo, cada vez será más necesaria si la Iglesia quiere vivir del contacto vital con Jesucristo. El camino será largo. La transformación será posible cuando la Iglesia sienta con más fuerza la necesidad de recordar a Jesús y vivir de su Espíritu. Por eso también ahora lo más responsable no es ausentarse de la misa, sino contribuir a la conversión a Jesucristo.

DE MANO EN MANO...
Escrito por  Florentino Ulibarri

De mano en mano,
a través de muchos años
y generaciones de cristianos,
me ha llegado la Buena Noticia,
cubierta de polvo,
como un regalo inesperado.

Ella me anima a vivir
y a unirme a esa brisa
que ha recorrido valles y cumbres,
desiertos y praderas
a través de generaciones de apóstoles
dando vida a tantos corazones.

Hoy, para celebrarlo,
lo cuento y comparto,
extiendo mis brazos,
me siento agarrado y agarro,
sumo mis manos, y salgo
para que esta brisa
llegue a donde todavía no ha llegado.

De mano en mano...
me ha llegado la Buena Noticia,
y no la retengo en mi regazo,
sino que dejo mi refugio
y voy a las plazas, rincones y caminos,
pues anhelo que llegue y meza
nuevos campos aunque no los conozca.

Hoy me siento agraciado
y hondamente agradecido
al sentirme enviado
para ser testigo
de lo que Tú nos has dicho
y nosotros hemos visto
del Dios abierto y compartido.





PENSAR A DIOS NO SIRVE DE NADA; VIVIRLO SÍ
Escrito por  Fray Marcos
Mt 28, 16-20

Es verdad que la Biblia dice que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero, en realidad, es el hombre el que está fabricando a cada instante un Dios a su medida. Es verdad que nunca podremos llegar a un concepto adecuado de lo que es Dios, pero no es menos cierto que muchas ideas de Dios pueden y deben ser superadas. Si ha cambiado nuestro conocimiento de la realidad, y del hombre, será lógico que cambie nuestra idea de Dios. El Dios antropomórfico tiene que dejar paso a un Dios-Espíritu, cada vez menos cosificado.

Decir que la Trinidad es un dogma o un misterio, no hace más comprensible la formulación trinitaria. La verdad es que hoy no nos dice casi nada, y menos aún las explicaciones que se han dado a través de los siglos. Todas las teologías surgieron de una elaboración racional que siempre se hace desde una filosofía de la vida, determinada por un tiempo y una cultura. También la primitiva teología cristiana se desarrolló en el marco de una cultura y una filosofía, la griega. Pudo ser muy útil a través de la historia, pero no tenemos por qué atarnos a ella y negarnos a buscar otras maneras de hablar de Dios.

Cada día se nos hace más difícil la comprensión del misterio, entre otras cosas porque no sabemos qué querían decir los que elaboraron el dogma. Aplicar hoy a las tres personas de la Trinidad la clásica definición de Boecio "individua sustantia, racionalis natura", se antoja un poco ridículo. Aplicar a Dios la individualidad y la racionalidad propia del hombre es ridículo. Dios no es un individuo, ni es una sustancia ni es una naturaleza racional.

La dificultad para hablar de Dios como tres personas, la encontra­mos en el mismo concepto de persona, que lejos de ser una constante a través de la historia, ha experimentado sucesivos cambios de sentido. Desde el "prosopon" griego, que era la máscara que se ponían en el teatro para que "resonara" la voz; pasando a significar el personaje que se representaba; al final terminó significando el individuo físico. El sentido moderno de persona, es el de yo individual, conciencia subjetiva, es decir, el núcleo íntimo del ser humano.

En la raíz del significado está la limitación. Existe la persona porque existe la diferencia y la separación. Esto es imposible aplicárselo a Dios. En los últimos años se está hablando del ámbito transpersonal. Creo que va a ser uno de los temas más apasionantes de los próximos decenios. Si  el hombre está anhelando lo transpersonal, es ridículo seguir encasillando a Dios en un concepto personal, que siempre supone la limitación del propio ser.

Siempre que nos atrevemos a decir "Dios es...," estamos expresando una idea, es decir, un ídolo. Ídolo no es solamente una escultura o una pintura de dios. También es un ídolo cualquier concepto que aplicamos a dios. El ateo sincero está más cerca del verdadero Dios, que los teólogos que creen haberlo atrapado en sus intrincados conceptos. Dios no es nada que podemos nombrar. El "soy el que soy" del AT, tiene más miga de lo que parece. Dios es solo verbo, pero un verbo que no se conjuga, porque no tiene tiempos ni modos. Dios ES un inmenso presente que lo llena todo. Dios es la realidad que hace posible toda realidad.

Hoy podemos comprender que Dios no se identifica con la creación, pero tampoco es nada separado de ella. De la misma manera que no podemos imaginar la Vida como algo separado del ser que está vivo. No podemos imaginar lo divino separado de todo ser creado, que, por el mero hecho de existir, está traspasado de Dios. En los últimos tiempos muchos pensadores llaman a esa conexión inextricable, "no dualidad".Tampoco podemos decir que está donde actúa, porque tampoco puede actuar de una manera causal a semejanza de las causas segundas. La acción de Dios no podemos percibirla por los sentidos ni ser objeto de  ciencia. Dios es acto puro y lo que hace se identifica con lo que es. Lo está haciendo todo de una vez, por lo tanto no puede empezar a hacer algo o dejar de hacer lo que está haciendo.

El Dios de Jesús no es el Dios de los buenos, de los piadosos, de los religiosos ni de los sabios, es también el Dios de los excluidos y marginados, de los enfermos y tarados; incluso de los irreligiosos inmorales y ateos. El evangelio no puede ser más claro: "las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el Reino de Dios". El Dios de Jesús no nos interesa porque no aporta nada a los "buenos" que ya lo tienen todo. En cambio, llena de esperanza a los "malos" que se sienten perdidos. "No tienen necesidad de médico los sanos si no los enfermos; no he venido a llamar a los justos si no a los pecadores" El mensaje de Jesús escandalizó, porque hablaba de un Dios que se da a todos sin que tengamos que merecerlo.

Para nosotros, es sobre todo la experiencia que Jesús tuvo de su Abba, lo que nos debe orientar en nuestra búsqueda. Jesús no se propuso inventar una nueva religión ni un nuevo Dios. Lo que intentó con todas sus fuerzas, fue purificar la idea de Dios que tenía el pueblo judío en su época. Ese esfuerzo le costó la vida. Jesús en todo momento quiere dejar claro que su Dios es el mismo del AT. Eso sí, tan purificado y limpio de adherencias idolátricas, que da la impresión de ser una realidad completamente distinta.

La forma en que Jesús habla de Dios como amor-salvación para los hombres, se inspira directamente en su experiencia personal. Naturalmen­te esa vivencia no hubiera sido posible sin hacer suyo el bagaje religioso heredado de la tradición bíblica. En ella se encuentran ya claros chispazos de lo que iba ser la revelación de Jesús. La experiencia básica de Jesús fue la presencia de Dios en su propio ser. Descubrió que Dios lo era todo para él y decidió corresponder siendo él mismo todo para los demás. Tomó concien­cia de la fidelidad de Dios y respondió siendo fiel a sí mismo. Al llamar a Dios "Abba", Jesús abre un horizonte completamente nuevo en las relaciones con el absoluto.

La base de toda experiencia religiosa reside en la condición de criaturas. El hombre se descubre sustentado por la permanente acción creadora de Dios. El modo finito de ser uno mismo, demuestra que no se da a sí mismo la existencia, por lo tanto, es más de Dios que de sí mismo. Sin Dios no sería posible nuestra existencia. El reconoci­miento de nuestra limitación, es el camino para llegar a la experiencia de Dios. Él es el único verdadero y sólido fundamento sin el cual, nada existe. Jesús descubre que el centro de su vida está en Dios. Pero eso no quiere decir que tenga que salir de sí para encontrar su centro. Descubrir a Dios como fundamento, es fuente de una insospechada humanidad.

Esta idea de Dios supone un salto sobre la idea del AT. Allí Dios era el Todopoderoso que hace un pacto al modo humano, y observa desde su atalaya a los hombres para ver si cumplen o no su "Alianza", y reacciona en consecuencia. Si la cumplen, los ama y los premia, si no la cumplen, los reprueba y castiga. En Jesús Dios actúa de modo muy diferente. Él es don absoluto e incondicional. Él es agape y se da totalmente. Es el hombre el que tiene que reaccionar al descubrir lo que Dios es para él. La fidelidad de Dios es lo primero y el verdadero fundamento de una actitud humana.

Dios no puede ser un "tú" en el mismo sentido que lo es otro ser humano. Dios sería más bien la realidad que posibilita el encuentro con un tú;es decir, sería como ese tú ilimitado que se experimenta en todo encuentro humano con el otro. Pero a Dios nunca se le puede experimentar directa­mente como tal tú, sin el rodeo del encuentro con un tú humano. No se trata pues, de evitar a toda costa el vocabulario teísta (nos quedaríamos sin lenguaje sobre Dios), sino exponer con suficiente claridad el carácter analógico de todo lenguaje sobre Dios. Toda nuestra vida religiosa quedará afectada por estas ideas que acabamos de exponer, desde la oración hasta la esperanza en la vida futura.

meditación-contemplación

La mejor pista nos la da Jesús: "yo y el Padre somos uno".
Bien entendido que esto lo dijo como ser humano.
Jesús sigue siendo Jesús y Dios sigue siendo Dios,
pero toda diferencia ha desaparecido.
.......................

En su evangelio, Juan pone en boca de Jesús, uno y otra vez: "Yo soy..."
Es la definición que da Dios de sí mismo desde la zarza.
Lo que sustituye a los puntos suspensivos no tiene importancia.
Lo importante es que ha descubierto su ser.
................

Este es el único camino para conocer a Dios.
Descubrir que lo que Él es y lo que soy yo se identifica.
Sólo si llego a descubrir lo que soy,
puedo llegar, no a conocer, sino a vivir lo que es Dios.
...............



Fray Marcos





FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Escrito por  José Luís Sicre

El año litúrgico comienza con el Adviento y la Navidad, celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, que es lo que celebramos el domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad. Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. Cambiando el orden de las lecturas subrayo la relación especial de cada una de ellas con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Dios Padre (Deuteronomio 4, 32-34. 39-40)
Como es lógico, un texto del Deuteronomio, escrito varios siglos antes de Jesús, no puede hablar de la Trinidad, se limita a hablar de Dios. Su autor pretende inculcar en los israelitas tres actitudes:
1) admiración ante lo que el Señor ha hecho por ellos, revelándose en el Sinaí y liberándolos previamente de la esclavitud egipcia;

2) reconocimiento de que Yahvé es el único Dios, no hay otro; cosa que parece normal en un mundo como el nuestro, con tres grandes religiones monoteístas, pero que suponía una gran novedad en aquel tiempo;

3) fidelidad a sus preceptos, que no son una carga insoportable, sino el único modo de conseguir la felicidad.

Dios Hijo (Mateo 28, 16-20)
El texto del evangelio, el más claro de todo el Nuevo Testamento en la formulación de la Trinidad, pero al mismo tiempo pone de especial relieve la importancia de Jesús.

A lo largo de su evangelio, Mateo ha presentado a Jesús como el nuevo Moisés, muy superior a él. El contraste más fuerte se advierte comparando el final de Moisés y el de Jesús. Moisés muere solo, en lo alto del monte, y el autor del Deuteronomio entona su elogio fúnebre: no ha habido otro profeta como Moisés, «con quien el Señor trataba cara a cara, ni semejante a él en los signos y prodigios...» Pero ha muerto, y lo único que pueden hacer los israelitas es llorarlo durante treinta días.

Jesús, en cambio, precisamente después de su muerte es cuando adquiere pleno poder en cielo y tierra, y puede garantizar a los discípulos que estará con ellos hasta el fin del mundo. A diferencia de los israelitas, los discípulos no tienen que llorar a Jesús sino lanzarse a la misión para hacer nuevos discípulos de todo el mundo. ¿Cómo se lleva a cabo esta tarea? Bautizando y enseñando. Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo equivale a consagrar a esa persona a la Trinidad. Igual que al poner nuestro nombre en un libro indicamos que es nuestro, al bautizar en el nombre de la Trinidad indicamos que esa persona le pertenece por completo.

En la primera lectura, Dios exigía a los israelitas: «guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo»; en el evangelio, Jesús subraya la importancia de «guardar todo lo que os he mandado».

Dios Espíritu Santo (Romanos 8, 14-17)
La formulación no es tan clara como en el evangelio, pero Pablo menciona expresamente al Espíritu de Dios, al Padre, y a Cristo. No lo hace de forma abstracta, como la teología posterior, sino poniendo de relieve la relación de cada una de las tres personas con nosotros.

Lo que se subraya del Padre no es que sea Padre de Jesús, sino Padre de cada uno de nosotros, porque nos adopta como hijos.

Lo que se dice del Espíritu Santo no es que «procede del Padre y del Hijo por generación intelectual», sino que nos libra del miedo a Dios, de sentirnos ante él como esclavos, y nos hace gritarle con entusiasmo: «Abba» (papá).

Y del Hijo no se exalta su relación con el Padre y el Espíritu, sino su relación con nosotros: «coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados».

Reflexión final
La fiesta de la Trinidad provoca en muchos cristianos la sensación de enfrentarse a un misterio insoluble, no es la que más atrae del calendario litúrgico. Sin embargo, cuando se escuchan estas tres lecturas la perspectiva cambia mucho.

El Deuteronomio nos invita a recordar los beneficios de Dios, empezando por el más grande de todos: su revelación como único Dios. (Esto no debemos interpretarlo como una condena o infravaloración de otras religiones).

El evangelio nos recuerda el bautismo, por el que pasamos a pertenecer a Dios.

La carta a los Romanos nos ofrece una visión mucho más personal y humana de la Trinidad.

Finalmente, las tres lecturas insisten en el compromiso personal con estas verdades. La Trinidad no es sólo un misterio que se estudia en el catecismo o la Facultad de Teología. Implica observar lo que Jesús nos ha enseñado, y unirnos a él en el sufrimiento y la gloria.

José Luis Sicre



¿Qué queda de mí y de ti?
 Pedro Miguel Lamet

Estos días de primavera, al pasear entre tanta belleza me siento  aún más fugaz  que en los días de otoño o invierno. Pues también cuando todo florece se mueren los amigos y ¡dejan tan poca huella! Vuela el tiempo. ¿Qué queda de mi, de nosotros después de tanto empeño por dejar huella? Busco la respuesta en este soneto:

FUGACIDAD

Todo queda colgado en un instante
al besarme en la frente esa sonrisa
con que al pasar me rozas con tu brisa
y me dejas prendido y vacilante,

como una flor sin agua o un amante
que corre, huye,  se esfuma tan deprisa
cual la estela suave e imprecisa
que un perfume te deja suplicante.

¿Quién soy yo? ¿Cuánto duro, qué presumo
al llorar, escribir y diluirme
en este andarme a solas por el prado?

¿Acabo de llegar o estoy por irme?
¿Seré como Quevedo  solo humo?
“Polvo serán, más polvo enamorado”.

 Pedro Miguel Lamet





Monseñor Romero
Francisco de Roux, S.J.   |   Colombia

El pasado sábado fue beatificado monseñor Óscar Romero, considerado por el pueblo católico como san Romero de América. Venerado igualmente por luteranos y anglicanos, su estatua está en la catedral de Westminster, entre las de Martin Luther King y Dietrich Bonhoeffer. Su nombramiento como arzobispo de San Salvador por el papa Paulo VI fue recibido con desilusión por las comunidades católicas víctimas de la guerra porque lo consideraban un obispo lejano.

“La vida y el mensaje de monseñor Óscar Romero son muy relevantes para Colombia y sus millones de víctimas”, P. Francisco de Roux, S.J.
El asesinato de su amigo jesuita, el padre Rutilio Grande, y la convicción, en conciencia, de que como pastor debía ponerse al lado de las víctimas para desde allí orientar a toda su Iglesia lo transformaron hasta la audacia de hablar libremente contra la injusticia, la violencia y la guerra. Inevitablemente, se enfrentó a poderes políticos y militares incontenibles. A su beatificación llegaron 300.000 personas, de 57 países. Aunque los tiempos y los lugares son otros, la vida y el mensaje de Romero son muy relevantes para Colombia, que, con 6 millones de víctimas, carga un dolor humano veinte veces más grande que el de El Salvador. Por eso transcribo textualmente de la grabación apartes de sus dos últimas homilías.

El 23 de marzo de 1980, Romero dice estas palabras. “Yo quisiera hacer un llamamiento especial a los hombres del Ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la Policía, de los cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la Ley de Dios, que dice ‘no matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla... La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación”. ¿Acaso este mensaje no sigue siendo válido para guerrilleros, paramilitares y soldados, que reciben orden de matar a gente de su propio pueblo en una guerra interna absurda desde todos los lados?

Al día siguiente, en su última misa, Romero ofrece la vida por su pueblo, regala el perdón y llama a la esperanza. Así dijo: “He sido frecuentemente amenazado de muerte... Como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad: como pastor, estoy obligado por mandato divino a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aun por aquellos que vayan a asesinarme. Si llegaran a cumplirse las amenazas, desde ya ofrezco a Dios mi sangre por la redención y resurrección de El Salvador... Puede decir usted, si llegasen a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan. Ojalá sí se convenzan de que perderán su tiempo; un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá”.

Minutos más tarde, después de levantar el cáliz, dijo: “Que esta sangre, sacrificada por los hombres, nos alimente y aliente para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre ante el sufrimiento y el dolor... y para dar lugar a procesos de justicia y de paz...”. Al final de estas palabras, la grabación registra el tiro mortal que atravesó el corazón del arzobispo.

El papa Francisco lo declaró mártir porque los asesinos lo odiaron por su fe en Jesucristo. Pues, por esta fe, Romero aceptó, a todo riesgo, estar físicamente al lado de las víctimas y exigir verdad y justicia. Por esta fe, enseñó a no matar y a no obedecer las órdenes de matar. Por esta fe, se adelantó a dar el perdón a sus victimarios enceguecidos en la guerra y los bendijo: para que nadie cobrara venganza por su muerte, para que nadie respondiera a los ataques, atentados y bombas con más emboscadas, más ataques y más muertes.

Tomado de: El Tiempo



ABRIRSE AL ESPÍRITU
PATRICIA PAZ
ppaz1954@gmail.com  BUENOS AIRES (ARGENTINA).

En este mundo tan convulsionado necesitamos urgente un nuevo Pentecostés. En realidad lo que necesitamos es abrirnos a ese fuego y a ese viento del Espíritu que, a veces, parecería estar soplando en vano. ¡Es que estamos encerrados en nuestros cenáculos y no queremos abrir las puertas!

En aquél tiempo, relata el Evangelio, “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse”(Hech 2,4). ¿Qué sería para los hombres y mujeres de hoy hablar en distintas lenguas? ¿Cuál sería el lenguaje que necesitamos para que cada uno “nos oiga hablar en su propia lengua”? (Hech 2,6) ¿Cómo tendríamos que mirarnos para descubrir en cada uno, sobre todo en el diferente, en el extranjero, la presencia amorosa de Dios?

Frente al drama de tantos desplazados que buscan con desesperación un lugar para vivir, de tantos inmigrantes de diferentes culturas que se trasladan en busca de mejores oportunidades, hay más muros que se alzan y más manos que se esconden, que espacios de acogida y brazos que sostienen. Hay miedo, mucho miedo, de distinta índole, pero miedo que aísla y en muchos casos despierta la violencia.

Hay también, por supuesto, muchísimas personas que están trabajando para aliviar esta situación, pero no alcanza. Porque para que alcance necesitamos que nuestros corazones se abran a la acción del Espíritu, que se conviertan. Necesitamos animarnos “a proclamar con nuestras lenguas las maravillas de Dios”(Hech 2,11), un Dios que nos invita a descubrir el Reino entre nosotros y hacerlo crecer. Este Dios que ha puesto en nuestras manos la posibilidad de lograrlo, sólo necesita que aceptemos libremente el desafío.

Esto es vivir Pentecostés, abrirse a lo que ya está como posibilidad, dejándonos transformar, sacudiendo nuestras comodidades y nuestros miedos. “Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes”. No hemos cambiado mucho, podríamos agregar sirios, rohingyas, sumnitas, chiitas, cristianos, sudacas, chicanos, todavía necesitamos re-conocernos y descubrir un lenguaje común de amor y empatía.

La Iglesia nació del Espíritu para proclamar hasta los confines de la tierra la Buena Noticia. Desde este Pentecostés animémonos a dar un paso más. La Ruah nos invita a construir una Comunidad fraterna, que trascendiendo todas las religiones sea capaz de abrir sus puertas y derribar sus muros para que nadie quede a la deriva… (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).



Fuente, Faz y Brisa: fe trinitaria sin escolástica trinidad
Juan Masiá Clavel

La Fuente, La Faz y la Brisa: tres concreciones de la vivencia de fe (por cierto, en femenino las tres!).

Fe trinitaria, sí, pero sin misteriosa trinidad.
Me preguntaban en Japón personas de otras religiones si los cristianos somos politeístas creyentes en tres dioses. Y alguien llegó a preguntar si eran cuatro, al añadir a “Maria-Sama” (Santa María) a la lista.

Nuestras sutilezas teológicas occidentales son culpables de estos equívocos.por haber hablado de “la Trinidad” como si fuera información objetiva sobre Dios.

“Trinidad” es un nombre abstracto, que no sirve para hablar de nuestra fe en el Dios Único, ni siquiera acentuando el tratamiento reverente con el nombre de Santísima Trinidad. Al contrario, el nombre de “Trinidad”, por muy bien que se explique, acaba sugiriendo tres divinidades.

En vez del nombre abstracto “Trinidad”, es preferible el adjetivo concreto: “trinitaria”, con el que calificamos la manera de creer.

Es trinitaria la manera de encontrarnos mediante la fe con el Dios Único, El Que Vive. Es trinitaria la estructura del Credo: Creo en el Dios Unico, al que llamamos Padre y Madrre. Creo en Jesús, Rostro y Símbolo de Dios que nos lo reveló. Creo en el Espíritu, Presencia y Energía de Dios en nosotros.

También es trinitario el cuestionario bautismal, en el que respondemos así a sus tres preguntas por la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo:
1) Creo en Dios, Fuente de la Vida. Creemos en silencio, cuando contemplamos las maravillas de la Creación y de todo viviente.

2) Creo en su epifanía mediante Jesús, el Enviado/Revelador del rostro divino. Creemos al encontrarnos -en su vida, palabras y obras- con el misterio del Dios Único, manifestado en Cristo.

3) Creo en su Espíritu de Vida, presente en el interior de todo viviente. Creemos, porque su espíritu nos hace creer.

En esta manera triple o trinitaria de vivenciar la fe, nos encontramos con el Dios Único: la Fuente, la Faz y la Brisa, Vida de la vida.

No son simétricas las frases de la tercera parte del Credo: “Creo en el Espíritu, creo en la Iglesia, en el perdón, etc.”. Cuando se alinearon simétricamente en latín las frases “creo en el Espiritu, en la iglesia, en el perdón, en la resurreccion…” , se difuminó la subordinación de las afirmaciones sobre la iglesia, el perdón y la resurreción a la confesión de fe en el Espíritu, de la que forman parte.

Pero no son estas afirmaciones paralelas; creer en el Espíritu, creer en la iglesia, creer en el perdón, etc... Se trata de una única afirmación de fe en el Espíritu: “Creo en el Espíritu estando en la Iglesia, creo en el Espíritu que nos da el perdón, creo en el Espíritu que nos resucita”.

El Espíritu es el símbolo de la presencia continua en el mundo de la Fuente Creadora de la Vida. El Espíritu que animaba y empujaba a Jesús (Mc 1,12) es la clave para una cristología articulada desde el pneuma de Jesús, en vez de expresarla con las imágenes del entorno del logos.(Véase el magnífico libro de Roger Haight, Jesús símbolo de Dios, en Ed. Trotta),

El Espíritu nos hace creer, nos hace orar y poder dirigirnos a la Fuente de la Vida diciéndole: ¡Abba! Padre, Madre! (Rom 8, 15). Con razón dijo Jesús: “Os conviene que yo me vaya, porque entonces os enviaré mi Espíritu para que os acompañe siempre”. (Jn 16, 7).

“No apaguéis el Espíritu” , dice la Carta a la iglesia de Tesalónica (1 Thes 5,19), es decir, no extingáis la energía que hace creer, crear y resucitar. Cada vez que, a lo largo de la historia, las religiones apagan el fuego del Espíritu, hay que reavivar el brasero de la espiritualidad más allá de las religiones. Jesús trae fuego que no destruye, sino renueva: fuerza vivificadora y, a la vez, desenmascaradora y discernidora de los poderes de muerte que intentan sofocarlo.

Juan Masiá Clavel



ATACAR A FRANCISCO, ¿PARA QUÉ?
Escrito por  José María Castillo

Se dice en Roma, y en medio mundo, que el Papa Francisco está soportando un fuerte enfrentamiento, que, según fuentes autorizadas, tiene sus raíces y sus protagonistas en la misma ciudad, en el mismo Estado, donde el Papa vive y desde el que  Francisco gobierna a la Iglesia universal. Por supuesto, es comprensible que en la Iglesia universal haya personas o grupos que no están de acuerdo con la forma de ser y gobernar de este Papa. Como es también comprensible que haya quienes no están de acuerdo con algunas de las cosas que dice Francisco o que no le agrade a todo el mundo cómo este Papa dice algunas de las cosas que dice. Este tipo de desacuerdos ha sido siempre frecuente en la Iglesia. Y no tendría por qué llamarnos la atención. Y menos aún debería preocuparnos el desacuerdo de quienes no se identifican con el modo de ser o de hablar del actual sucesor de Pedro en la Iglesia.

Lo que sucede, en este momento, es que no se trata de que haya personas o grupos que no estén de acuerdo con el Papa. El problema está en que se trata de personas o grupos que atacan al Papa. No es lo mismo el "desacuerdo" que el "ataque". El desacuerdo se basa en la "diferencia", lo que es inevitable y, en muchos casos, enteramente lógico. El ataque, sin embargo, no se limita a expresar la diferencia. Porque el que ataca a otro, lo que en realidad pretende es que el otro cambie. Y si no cambia, que se quite de en medio, o sea, que se vaya a otra parte. Estamos, por tanto, ante una situación seria, muy seria. Yo me atrevería a decir que la Iglesia (no sólo el Papa) se enfrenta a un problema de raíces muy hondas. Y de imprevisibles consecuencias.

Así las cosas, la pregunta que a cualquiera se le ocurre es ésta: ¿Pero, qué ha hecho o qué ha dicho Francisco para que se  le ataque como de hecho se le está atacando? Como es sabido, en la historia de la eclesiología se hizo famosa la tesis, propugnada por el cardenal Humberto y recogida por Graciano (D. XL. c. 6, col. 146), según la cual "el papa no ha de ser juzgado por nadie, a no ser que se encuentre que se ha desviado de la fe" ("a nemine iudicandus, nisi deprehendatur a fide devius"). Es la famosa tesis del "papa hereje", que fue tema de ásperas discusiones durante siglos. No es cuestión de analizar ahora este asunto, que ya no ocupa lugar alguno en los tratados sobre la Iglesia. Pero vale la pena recordar este asunto. Al menos para preguntar a quienes atacan al Papa actual: ¿es que Francisco ha incurrido en alguna herejía? ¿es que se ha desviado de la fe de la Iglesia? Hablo de "la fe de la Iglesia", no de "la fe de quienes atacan a Francisco". Pero entonces, si es que no pueden demostrar que estamos ante un "papa hereje", ¿qué es lo que en realidad pretenden quienes atacan a este Papa? ¿es que quieren un Papa "a su medida"? Que lo digan claramente. Y entonces sabremos a qué atenernos.

Y para terminar, sólo una cosa. Si los problemas, que tanto preocupan a algunos, son los problemas teológicos relativos a la familia, no vendría mal que los descontentos con Francisco se pongan a estudiar a fondo el "valor dogmático" de algunos enunciados doctrinales sobre la familia, que tan nerviosos ponen a determinados teólogos, a algunos obispos e incluso a ciertos cardenales. Que estudien a fondo este asunto. Si lo hacen con la debida competencia, honradez y sinceridad, seguro que se van a encontrar con esto: no hay en la Iglesia ni una sola afirmación doctrinal sobre la familia que sea un "dogma de fe". Entonces, ¿a qué viene tanto ruido y tanto alboroto?

José M. Castillo