jueves, 20 de noviembre de 2014

UN JUICIO EXTRAÑO - José Antonio Pagola

UN JUICIO EXTRAÑO - José Antonio Pagola 

Las fuentes no admiten dudas. Jesús vive volcado hacia aquellos que ve necesitados de ayuda. Es incapaz de pasar de largo. Ningún sufrimiento le es ajeno. Se identifica con los más pequeños y desvalidos y hace por ellos todo lo que puede. Para él la compasión es lo primero. El único modo de parecernos a Dios: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo».

¿Cómo nos va a extrañar que, al hablar del Juicio final, Jesús presente la compasión como el criterio último y decisivo que juzgará nuestras vidas y nuestra identificación con él? ¿Cómo nos va a extrañar que se presente identificado con todos los pobres y desgraciados de la historia?

Según el relato de Mateo, comparecen ante el Hijo del Hombre, es decir, ante Jesús, el compasivo, «todas las naciones». No se hacen diferencias entre «pueblo elegido» y «pueblo pagano». Nada se dice de las diferentes religiones y cultos. Se habla de algo muy humano y que todos entienden: ¿Qué hemos hecho con todos los que han vivido sufriendo?

El evangelista no se detiene propiamente a describir los detalles de un juicio. Lo que destaca es un doble diálogo que arroja una luz inmensa sobre nuestro presente, y nos abre los ojos para ver que, en definitiva, hay dos maneras de reaccionar ante los que sufren: nos compadecemos y les ayudamos, o nos desentendemos y los abandonamos.

El que habla es un Juez que está identificado con todos los pobres y necesitados: «Cada vez que ayudasteis a uno de estos mis pequeños hermanos, lo hicisteis conmigo». Quienes se han acercado a ayudar a un necesitado, se han acercado a él. Por eso han de estar junto a él en el reino: «Venid, benditos de mi Padre».

Luego se dirige a quienes han vivido sin compasión: «Cada vez que no ayudasteis a uno de estos pequeños, lo dejasteis de hacer conmigo». Quienes se han apartado de los que sufren, se han apartado de Jesús. Es lógico que ahora les diga: «Apartaos de mí». Seguid vuestro camino…

Nuestra vida se está jugando ahora mismo. No hay que esperar ningún juicio. Ahora nos estamos acercando o alejando de los que sufren. Ahora nos estamos acercando o alejando de Cristo. Ahora estamos decidiendo nuestra vida.

José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net 

Red evangelizadora  BUENAS NOTICIAS
Difunde en el mundo la compasión. Pásalo
23 de noviembre de 2014
Solemnidad de Cristo Rey 
 Mateo 25, 31 – 46  

NOS MIRARÁ
Escrito por  Florentino Ulibarri

No tenemos en nuestras manos
la solución a los problemas del mundo;
pero, frente a los problemas del mundo,
tenemos nuestras manos.
Cuando el Dios de la historia venga,
nos mirará las manos.

No tenemos en nuestro corazón
ternura para calmar tantos mares de violencia;
pero, frente a esos mares de violencia,
tenemos nuestro corazón.
Cuando el Dios de la historia venga,
nos mirará el corazón.

No tenemos en nuestras entrañas
consuelo para serenar este valle de lágrimas;
pero, frente a este valle de lágrimas,
tenemos nuestras entrañas.
Cuando el Dios de la historia venga,
nos mirará las entrañas.

No tenemos en nuestra cabeza
sabiduría e inteligencia suficiente
para cambiar las cosas que no funcionan
pero, frente a la realidad nos queda la dignidad.
Cuando el Dios de la historia venga,
nos preguntará por nuestra dignidad.

No tenemos en nuestro poder
la palabra con autoridad que manda
y, obedecida, cambia situaciones y circunstancias,
pero, frente a esas situaciones, tenemos palabra.
Cuando el Dios de la historia venga,
nos preguntará por nuestras palabras.

No tenemos en nuestra cartera
dinero suficiente para alegrar a los pobres;
pero a pesar de tanta pobreza y miseria
todavía ahorramos y nos sobra.
Cuando el Dios de la historia venga,
de nada nos servirán nuestros ahorros y monedas.



BUSCAR LA GLORIA PARA MI FALSO YO, SERÍA MALOGRAR MI EXISTENCIA
Escrito por  Fray Marcos
Mt 25, 31-46

El contexto de la implantación de esta fiesta, nos puede dar una buena pista para interpretar hoy su significado. Fue establecida por Pío XI en 1925, en un momento en que la Iglesia estaba perdiendo poder, prestigio e influencia en la sociedad occidental. La jerarquía seguía oponiéndose a la modernidad y soñaba aún con una "restauración". El Papa creyó que una fiesta de Cristo Rey ayudaría a recuperar el terreno perdido.

Jesús nunca reivindicó ningún reino para sí. Todo lo contrario, dijo expresamente que, "el que quiera ser primero, sea el servidor". Afirmó de palabra y con su vida, que él "no venía a ser servido, sino a servir". Después del ayuno en el desierto, el ser dueño y señor del mundo se le presenta como una tentación. ¿No hemos ocupado el lugar del tentador, cuando, sin pedirle consentimien­to, le hemos dado todos los reinos del mundo? Jesús criticó muy duramente todo poder. Después de la multiplicación de los panes, nos dice Juan: "Viendo que querían echarle mano para proclamarle rey, se retiró a la montaña".

¿No hemos superado la burla macabra de los soldados, poniéndole una corona de oro, un manto real y un cetro cargado de brillan­tes? O no he entendido nada del evangelio o este cetro y esta corona es mucho más denigrante para Jesús, que la caña y las espinas. Cuando Pilato pone el título sobre la cruz, "Éste es el rey de los judíos", lo hace para burlarse de él y de los judíos. ¿No será también una burla llamarle rey del universo?

¿Cómo surge esta tergiversación del mensaje de Jesús? Nuestro ego narcisista está incapacitado para asumir su desaparición. Tiene una capacidad increíble para revolverse sobre la punta de una aguja y salirse con la suya. Como la propuesta de Jesús era inasumible, la presenta como una estrategia para conseguir plenitud de gloria. Así, cuando Jesús dice que la meta de su vida es el don total a los demás, el ego la interpreta como el único medio para ser glorificado por Dios. Una vez presentada así la trayectoria de Jesús, será muy fácil hacernos ver que la nuestra debe seguir el mismo camino.

El ser humano, como la vela, está hecho para dar luz, pero la vela nada más encenderla se empieza a consumir. La vela, hasta que no es encendida es un trasto que rueda por los cajones. El día que se va la luz, la buscamos y la encendemos. En ese momento empieza a ser vela. Nuestro ego nos impide aceptar esta perspectiva. Nada ni nadie le puede convencer de que su objetivo es desaparecer, menos aún, en beneficio de los demás. El colmo del desastre fue que descubrió la manera de emplear toda la parafernalia espiritual para conseguir su propio objetivo. No hay forma de que pueda cambiar de perspectiva.

Fijaros qué contradicción. Para celebrar la gloria de Jesús recordamos el momento de su vida donde mejor dejó reflejada su actitud vital, la eucaristía. Yo, como el pan, me parto y me vuelvo a partir para que me coman. Me dejo masticar, tragar, asimilar para alimentar a otros, aunque sea a costa de desaparecer. Yo entrego mi vida (mi sangre) a los demás para que la hagan suya y puedan trasformar su propia vida. La sangre solo se puede entregar a costa de la propia vida. Si la doy a los demás, me quedaré sin ella. Todo esto lo celebramos como un rito más, que para nada condiciona mi propia existencia.

Sin duda, elReino de Dios fue el centro de la predicación de Jesús. La imagen de Dios como rey de Israel se remonta a la época de la entrada en Palestina del pueblo judío. Para un nómada nada podía significar la idea de un rey; pero cuando entran en contacto con las estructuras sociales de la gente que vivía en ciudades, los israelitas piden a Dios un rey. Esto fue interpretado por los profetas, como una traición a Yahvé. Desde entonces se va enriqueciendo esa idea y termina por ser la imagen clave para la apocalíptica. El final de la historia será un Reino de Dios que termina por sobreponerse a todos los demás.

Solo en este contexto cultural podemos entender la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios. Sin embargo, el contenido que le da es muy distinto. En tiempo de Jesús, el futuro Reino de Dios se entendía como una victoria del pueblo judío sobre los gentiles y una victoria de los buenos sobre los malos. Jesús predica un Reino de Dios, del que van a quedar excluidos lo que se creían buenos y van a entrar las prostitu­tas, los pecadores, los marginados. Los gentiles están llamados y muchos judíos quedarán fuera.

La característica fundamental del Reino predicado por Jesús es que ya está aquí. No hay que esperar a un tiempo escatológico, sino que ha comenzado ya. "No se dirá está aquí o está allá, porque mirad: el reino de Dios está dentro de vosotros". Para mí, esta idea desbarata todo montaje erróneo sobre el reino de Dios. No se trata de preparar un reino para Dios, se trata de un Reino que es Dios. Se trata de hacer presente a Dios entre nosotros, con nuestra manera de actuar, pero solo después de haber descubierto la presencia de Dios en lo más hondo de nuestro corazón. No vale la programación. Es un reinado del AMOR. No es un reino de personas físicas, sino de actitudes vitales. Cuando me acerco al que me necesita preocupándome por él, hago presente el Reino de Dios.

Cuando Pilato le pregunta si es rey, contesta Jesús: "mi reino no es de este mundo". No quiere decir que vendrá después o que estará en otro lugar, sino que no tiene nada que ver con lo que él entendía por reino. Al insistir Pilato, Jesús le dice: "sí, soy rey, yo para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad." Ser testigo de la verdad, ser auténtico, ser verdad, es la única manera de ser dueño de sí mismo, y por la tanto de ser dueño de la realidad entera. Jesús es rey de sí mismo y así es Rey en absoluto.

El Reino de Dios, lo divino que hay en nosotros, es como una fuerza, un fermento, un alma, una luz que transforma la realidad concreta de mi ser y se manifiesta fuera en toda la realidad. Se manifiesta como una cualidad, pero en realidad, es la esencia de mi ser. Yo tengo que esforzarme por hacerla surgir desde lo hondo de mí mismo, aceptando que viene a absorberme. Es necesario que tras haber cooperado con todas mis fuerzas a hacerla brotar, consienta en la comunión, en la que mi propia individualidad se hundirá y acepte convertirse  en su alimento (Teilhard de Chardin).

Después de lo dicho podemos comprender que no se trata de entronizar a Jesús ni antes ni después de morir. Lo Crístico, es decir, lo que significa y encarna la figura de Jesús, es el que tiene que reinar entre nosotros. Cuando decimos: reina la armonía, reina la paz, etc. estamos hablando de una ambiente envolvente que permite su desarrollo. Hablar del reinado de Cristo significa que su mismo espíritu mueve también nuestra existencia.

En el relato que hemos leído encontramos la clave de la encarnación. Dios no se hace un hombre, sino que se hace hombre. El que juzga es el Hombre, el punto de contraste para valorar una vida humana es la semejanza con Jesús "el Hombre". No tenemos que esperar ningún juicio desde fuera. Mis actitudes van manifestando en cada momento el grado de identificación con el modelo de Hombre. En la medida que me identifique con el modelo, me salvo; en la medida que me separe de él, me voy condenando.

Hemos conseguido un cristianismo cómodo colocando a Dios en el cielo. Sería demasiado peligroso descubrir a Dios encarnado en cada uno de los seres humanos que nos rodean. Pero no hay escapatoria. Dios es encarnación y lo tenemos que descubrir en las criaturas. "Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis". La pregunta de los rechazados deja bien claro que si hubieran descubierto la presencia de Dios en el necesitado, lo hubieran socorrido. La tarea es descubrir lo que somos.

Meditación-contemplación

A la tarde, te examinarán en el amor, dice S. Juan de la Cruz.
Ama y haz lo que quieras, dice S. Agustín.
Naturalmente, se trata del amor manifestado en obras,
no con relación a Dios sino con relación al que te necesita.
.....................

El amor no es una exigencia que me venga de fuera.
No es una obligación que me impone un ser superior y extraño.
Es la exigencia primera y más profunda de mí ser.
Mi humanidad consiste en desplegar esa capacidad de amar.
....................

El amor que nos pide Jesús en el evangelio
es fruto de una experiencia de unidad absoluta.
Sin esa experiencia interior será una programación inútil.
El amor, como el agua, fluye espontáneamente de la fuente.

Fray Marcos



DOS REGALOS, CON UNA CONDICIÓN
Escrito por  José Luís Sicre

El último domingo del año litúrgico se dedica a celebrar la victoria del Señor, después de haber recordado los momentos difíciles y duros de su vida. Pero las lecturas no nos hablan de una celebración de campanas al vuelo y ceremonias deslumbrantes. Hablan de lo bien que se porta Cristo Rey con nosotros y de la respuesta que espera de nuestra parte.

Primer regalo: su preocupación por nosotros (lectura de Ezequiel)
En el Antiguo Oriente, la imagen habitual para hablar del rey era la del pastor. Simbolizaba la preocupación y el sacrificio por su pueblo, como la de un pastor por su rebaño. En la práctica, no siempre era así. El c. 34 de Ezequiel habla de los reyes judíos como malos pastores que han abusado de su pueblo y luego se han desinteresado de él y lo han abandonado cuando se produjo la caída de Jerusalén y la deportación a Babilonia.

Pero Dios no va a permanecer impasible: eliminará a esos malos reyes y ocupará su puesto haciendo dos cosas: 1) como Rey-pastor, buscará a sus ovejas, las cuidará, etc. 2) como Rey-juez, juzgará a su rebaño, defendiendo a las ovejas y salvándolas de los machos cabríos (por eso llamamos en España "cabrones" a los que se portan mal con otros).

El texto del evangelio (el Juicio Final) empalma con el segundo tema. Pero la liturgia se ha centrado en el primero, que subraya la preocupación de Dios por su pueblo. Es interesante advertir la cantidad de acciones que subrayan su amor e interés: «seguiré el rastro de mis ovejas, las libraré, apacentaré, las haré sestear, buscaré, recogeré, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas».

En el contexto de la fiesta de hoy, estas frases habría que aplicarlas a Jesús y ofrecen una imagen muy distinta de Cristo Rey: no lo caracterizan el esplendor y la gloria sino su cercanía y entrega plena a todos nosotros. Buen momento para recordar cómo se ha comportado con cada uno, buscándonos, librándonos, curando...

Segundo regalo: victoria sobre la muerte (lectura la 1ª carta a los Corintios)
Pablo, influido sin duda por las campañas romanas de su tiempo, presenta a Dios Padre como el gran emperador que termina triunfando y sometiendo todo. Pero quien guerrea en su nombre es Cristo, que debe enfrentarse a numerosos enemigos. El último de ellos, el más peligroso, es la muerte, a la que Jesús vence en el momento de resucitar. De esa victoria sobre la muerte participamos también todos nosotros. El fin del año litúrgico, que recuerda el fin de la vida, es un momento adecuado para superar la incertidumbre y la angustia ante la muerte y agradecer la esperanza de la resurrección.

Una condición (evangelio)
El evangelio no se centra en el triunfo de Cristo, cosa que da por supuesta, sino en la conducta que debemos tener para participar de su Reino. La parábola es tan famosa y clara que no precisa comentario, sino intentar vivirla. Pero indico algunos datos de interés.

1. A diferencia de otras presentaciones del Juicio Final en la Apocalíptica judía, quien lo lleva a cabo no es Dios, sino el Hijo del Hombre, Jesús. Es él quien se sienta en el trono real y el que actúa como rey, premiando y castigando.

2. Los criterios para premiar o condenar se orientan exclusivamente en la línea de preocupación por los más débiles: los que tienen hambre, sed, son extranjeros, están desnudos, enfer­mos o en la cárcel.

Estas fórmulas tienen un origen muy antiguo. En Egipto, en el capítulo 125 del Libro de los Muertos, encontramos algo pareci­do: «Yo di pan al hambriento y agua al que padecía sed; di vestido al hombre desnudo y una barca al náufrago».

Dentro del AT, la formulación más parecida es la del c.58 de Isaías: «El ayuno que yo quiero es éste: partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne.»

Lo único que Jesús tendrá en cuenta a la hora de juzgarnos será si en nuestra vida se han dado o no estas acciones capitales. Otras cosas a las que a veces damos tanta importancia (creencias, prácti­cas religiosas, vida de oración...) ni siquiera se mencionan.

3. La novedad absoluta del planteamiento de Jesús es que lo que se ha hecho con estas personas débiles se ha hecho con él. Algo tan sorprendente que extraña por igual a los condenados y a los salvados. Ninguno de ellos ha actuado o dejado de actuar pensando en Jesús; pero esto es secundario.

José Luís Sicre



FRANCISCO, UN PAPA INTELIGENTE
José María Castillo

Hace dos días, nos hemos enterado de que el cardenal Walter Kasper ha dicho en público que el papa Francisco es "un conservador inteligente". El cardenal le ha aplicado al papa  estos dos calificativos porque, sin duda, tiene sus motivos para  decir de Francisco ambas cosas. Es "conservador" en sus ideas teológicas. Porque seguramente conservadora es la teología que estudió y aprendió. Y Francisco ha sido siempre un hombre fiel  a sus principios y convicciones. Lo que ocurre es que, en este caso, las ideas conservadoras son manejadas por un hombre "inteligente". Y, precisamente por eso, porque no es un zoquete, sino un hombre con talento, por eso se da cuenta perfectamente de que, a la velocidad que está cambiando el mundo, la sociedad, la cultura, la vida y las costumbres, la Iglesia, con la teología conservadora que se ha aprendido durante tanto tiempo en los seminarios y centros de estudios teológicos, no puede conectar con la gente de ahora, sobre todo con la gente joven. Y así, si la Iglesia no intenta actualizarse, se irá quedando cada día más y más atrasada.

Pero un papa inteligente no puede permitir eso. Y si lo permite, será responsable, ante Dios, ante la humanidad y ante la historia, de la marginación casi total de la Iglesia en la cultura y en el mundo actual, sobre todo en el mundo que se avecina. ¿Qué hacer, en una situación como ésta?

El problema es complicado. Porque un hombre, que se ve en la situación en que está Francisco, me figuro que se tendrá que ver forzado a mantener dos fidelidades, que no son fáciles de armonizar. Por una parte, la fidelidad a sus ideas teológicas tradicionales. Por otra, a la demanda apremiante de tantas gentes que, utilizando las palabras del Evangelio, "andan como ovejas descarriadas, que no tienen pastor". Y aquí,   es de suma importancia caer en la cuenta de que no se trata simplemente de un conflicto interior, que el obispo de Roma, tiene que vivir en su intimidad. Eso, por supuesto. Pero, además de eso, Francisco no está condicionado solamente por la teología de antaño (que eso es un asunto que se queda en el mundo interior de las creencias personales), sino que, sobre todo, el papa se ve condicionado por la Curia vaticana y por un número importante de obispos, además de los movimientos conservadores (cuyos nombres están en la cabeza de todos), que pueden tener la tentación de ser fieles al papa mientras el papa es fiel a los intereses que ellos posiblemente defienden.

Y es que ahora nos damos cuenta de que, lo mismo en la Curia que en los movimientos integristas, abundan quienes son literalmente más papistas que el papa. Me refiero a los que están con el papa mientras el papa dice y hace lo que a ellos les conviene.

Es verdad que, según las leyes de la Iglesia (canon 331), la potestad del papa es "suprema, plena, inmediata y universal". Pero ¿quiere esto decir que el papa puede hacer, quitar y poner, lo que a él le parece o lo que ve más conveniente o necesario en cada momento? La respuesta aquí es más complicada de lo que imaginamos. Porque, según quedó definido en el concilio Vaticano I (1870), en la Constitución "Pastor aeternus" (cap. 3º. DH 3060), la razón de ser de por qué en la Iglesia tiene que haber una autoridad suprema, la del papa, es para mantener en la Iglesia universal "la comunión en la unidad de la misma fe".

Por tanto, Francisco se tiene que ver en la difícil y delicada situación de poner la Iglesia al día, pero haciendo eso de forma que no se rompa la unidad y la comunión de tantos católicos, que piensan en sus creencias desde criterios de interpretación, no sólo distintos, sino incluso contradictorios, en asuntos que son de enorme importancia para la vida y la convivencia de la gente. De ahí que la potestad del papa está condicionada por lo que es su razón de ser y su finalidad: mantener a la Iglesia unida en la comunión de la fe. Sabiendo que tiene que hacer eso en la Iglesia actual y para la Iglesia actual, tan fragmentada, tan dividida (a veces) y hasta tan enfrentada en determinados casos.

Así las cosas, sabemos que, en el sínodo del pasado octubre, cinco cardenales intentaron plantarle cara a Francisco. Y hasta intentaron ganarse como aliado al ex-papa Benedicto XVI. Menos mal que Ratzinger se negó a colaborar en semejante estratagema. Por eso - según yo veo las cosas - Francisco, ha echado por el camino que, de momento al menos, se tendría que ver como algo indiscutible. Se trata del  camino que consiste en humanizar el papado y acercalo, en cuanto eso es posible, a los problemas que más preocupan a la gente en este momento. Actuando así, Francisco no atenta contra la unidad y la comunión en la fe de la Iglesia. Por eso, lo que hay que preguntarse es que quienes no están dispuestos a que el papa siga por este camino, entonces, ¿qué pretenden? Y  sobre todo, ¿qué es lo que los opositores "curiales" del papa quieren defender? ¿Lo que les preocupa es la comunión en la fe? ¿o lo que les quita el sueño es el protagonismo y el poder que temen perder? Que se aclaren, de una vez. Que es muy grave lo que nos estamos jugando.

José María Castillo