jueves, 6 de noviembre de 2014

¿CÓMO ES NUESTRA RELIGIÓN? - José Antonio Pagola


¿CÓMO ES NUESTRA RELIGIÓN? - José Antonio Pagola

El episodio de la intervención de Jesús en el templo de Jerusalén ha sido recogido por los cuatro evangelios. Es Juan quien describe su reacción de manera más gráfica: con un látigo Jesús expulsa del recinto sagrado a los animales que se están vendiendo para ser sacrificados, vuelca las mesas de los cambistas y echa por tierra sus monedas. De sus labios sale un grito: “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”.

Este gesto fue el que desencadenó su detención y rápida ejecución. Atacar el templo era atacar el corazón del pueblo judío: el centro de su vida religiosa, social y económica. El templo era intocable. Allí habitaba el Dios de Israel. Jesús, sin embargo, se siente un extraño en aquel lugar: aquel templo no es la casa de su Padre sino un mercado.

A veces, se ha visto en esta intervención de Jesús su esfuerzo por “purificar” una religión demasiado primitiva, para sustituirla por un culto más digno y unos ritos menos sangrientos. Sin embargo, su gesto profético tiene un contenido más radical: Dios no puede ser el encubridor de una religión en la que cada uno busca su propio interés. Jesús no puede ver allí esa “familia de Dios” que ha comenzado a formar con sus primeros discípulos y discípulas.

En aquel templo, nadie se acuerda de los campesinos pobres y desnutridos que ha dejado en las aldeas de Galilea. El Padre de los pobres no puede reinar desde este templo. Con su gesto profético, Jesús está denunciando de raíz un sistema religioso, político y económico que se olvida de los últimos, los preferidos de Dios.

La actuación de Jesús nos ha de poner en guardia a sus seguidores para preguntarnos qué religión estamos cultivando en nuestros templos. Si no está inspirada por Jesús, se puede convertir en una manera “santa” de cerrarnos al proyecto de Dios que él quería impulsar en el mundo. La religión de los que siguen a Jesús ha de estar siempre al servicio del reino de Dios y su justicia.

Por otra parte, hemos de revisar si nuestras comunidades son un espacio donde todos nos podemos sentir en “la casa del Padre”. Una comunidad acogedora donde a nadie se le cierran las puertas y donde a nadie se excluye ni discrimina. Una casa donde aprendemos a escuchar el sufrimiento de los más desvalidos y no solo nuestro propio interés. 

No olvidemos que el cristianismo es una religión profética nacida del Espíritu de Jesús para abrir caminos al reino de Dios construyendo un mundo más humano y fraterno, encaminado así hacia su salvación definitiva en Dios. 

José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net 

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Promueve la religión de Jesús.  Pásalo.
9 de noviembre de 2014
Dedicación de la Iglesia de Letrán 
Juan 2, 13-22
LA SORPRESA
Escrito por  Florentino Ulibarri

Llega de día, llega de noche.
Se le espera por la puerta, llega por la ventana.
Le buscamos con alegría, llega con su cruz.
Estamos de guardia, nos llama desde dentro.
Rastreamos huellas, llega por senderos nuevos.

Llega en la abundancia
y más todavía en la pobreza.
Llega cuando triunfamos
y nos acompaña en los fracasos.
Llega cuando es deseado
y se presenta cuando no se le espera.

Llega en el silencio y en el áspero y abrasador viento.
Llega también en la multitud y el ruido.
Llega para dormirnos y para despertarnos.
Llega a través de todas las caras que encontramos
a lo largo del día en nuestro camino.

Llega en el desierto de manantiales inciertos,
en las estepas de desconocidos pozos,
en los bosques frondosos en que nos perdemos,
en las altas cumbres que hollamos,
y en los valles que nos dan vértigo.

Llega a cada instante.
Llega en cada lugar.
Allí donde estamos, está.

Fiel a tu palabra
ya estás esperándonos.

Florentino Ulibarri



EL ACEITE QUE DA LUZ NI SE COMPRA NI SE VENDE, ERES TÚ MISMO
Escrito por  Fray Marcos
Mt 25, 1-13

En los tres domingos que quedan vamos a leer todo el capítulo 25 de Mateo (el último, antes del relato de la pasión). Los tres episodios que en él se narran (diez doncellas, los talentos y juicio definitivo) siguen siendo advertencias a su comunidad, con el fin de poner en guardia a los cristianos de las consecuencias esenciales de sus actitudes vitales. Ni Dios ni Jesús tienen que hacer ya nada. La pelota está en nuestro tejado y depende de nosotros que la juguemos bien o mal. En cualquier caso, pitarán el final del partido.

Los textos de estos últimos domingos del año litúrgico nos invitan a velar, a estar preparados. Por fortuna, ya no pensamos en ese Dios vengativo que está al acecho para ver cómo puede cogernos en un renuncio y condenarnos. De ahí la tremenda frase: "Dios te coja confesado", que es un insulto a Dios y a todo el mensaje de Jesús.  Dios no nos espera al final del camino para someternos a un juicio. No, Dios está en nosotros todos los instantes de nuestra vida para que podamos llevarla a plenitud.

No tiene sentido meter miedo a la gente con este lenguaje: No sabéis el día ni la hora de vuestra muerte. ¡Temblad! Y eso que, en este ciclo (A) nos libramos de los textos apocalípticos, que son todavía mucho más terroríficos. No es la muerte la que tiene que dar sentido a nuestra vida, sino al revés, solo aprendiendo a vivir se aprende a morir. Aunque solamente os quedara un segundo de vida, haríais muy mal en pensar en la muerte. Sería mucho más positivo el vivir plenamente ese segundo. La muerte no arregla nada; si hay problemas, debemos arreglarlos mientras estamos de pie.

La tendencia de la primera comunidad a alegorizar la parábola, nos ha privado de su sentido más profundo. El punto de inflexión de la parábola está en la falta de aceite para que las lámparas puedan estar encendidas. Comparar a Cristo con el esposo y a la Iglesia con la esposa, que ni siquiera se menciona, no tiene apoyo ninguno exegético.

Después de un año o más de desposorios, se celebraba la boda, que consistía en conducir a la novia a la casa del novio, donde se celebraba el banquete. Esta ceremonia no tenía ningún carácter religioso. El novio, acompañado de sus amigos y parientes iba a casa de la novia para conducirla a su propia casa. En la casa de la novia le esperaban sus amigas, que la acompañarían en el trayecto. Todos estos rituales empezaban a la puesta del sol y tenían lugar de noche, de ahí la necesidad de las lámparas.

La importancia del relato no la tiene el novio ni la novia, ni siquiera los acompañantes. Lo que el relato destaca es la luz. La luz es más importante que las mismas muchachas, porque lo que determina que entren o no entren en el banquete es que tengan o no tengan el candil encendido. Una acompañante sin luz no pintaba nada en el cortejo. Ahora bien, para que dé luz una lámpara, tiene que tener aceite. Aquí está la madre del cordero. Lo importante es la luz, pero lo que hay que procurar es el aceite.

Jesús había dicho: Yo soy la luz del mundo. Y también: vosotros sois la luz del mundo. El ser humano es luz cuando ha desplegado su verdadero ser; es decir, cuando trasciende y va más allá de lo que le pide su simple animalidad. No es que nuestra condición de animales sea algo malo, al contrario, es la base para alcanzar nuestra plenitud, pero si no vamos más allá cercenamos nuestras posibilidades de humanidad.

La primera lectura nos puede ayudar a encontrar el sentido de la parábola. La verdadera Sabiduría es encontrar el sentido de la vida. Dar sentido a la vida es más importante que la vida misma. Ese sentido no viene dado, tenemos que buscarlo. Esa es la tarea más específicamente humana. Nuestra vida puede quedar malograda como tal vida humana. Esa es la advertencia de la parábola. Hay que estar alerta, porque el tiempo pasa. Si estamos dormidos, hay que despertar, porque de lo contrario, perderé la oportunidad de descubrir esa Sabiduría.

¿Cuál es el aceite que arde en la lámpara? Si acertamos con la respuesta a esta pregunta, tenemos resuelto el significado de la parábola. En Mt 7,24-27 se dice: Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra, se parece al hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Y todo aquel que no las pone por obra, se parece al necio... La luz que tiene que arder son las obras. El aceite que alimenta la llama, es el amor. El ser sensato no depende de un conocimiento mayor sino de la plenitud de Vida.

Así se entiende que las sensatas no compartan el aceite con las necias. No se trata de egoísmo: es que resulta imposible amar en nombre de otro. Nuestra lámpara no puede arder con aceite prestado. La llama no puede ser encendida con aceite comprado. El sentido a toda una vida no se puede improvisar en un instante. Solo con lo que hay de Dios en mí, descubierto, reconocido, desplegado, puede considerarse encendido nuestro ser. Ese despliegue constituye la Sabiduría de la que nos hablaba la primera lectura. Sin esa llama, seremos irreconocibles incluso para el mismo Dios.

Interpretar la parábola en el sentido de que debemos estar preparados para el día de la muerte, es tergiversar el evangelio. El esperar una venida futura de Jesús, es pura mitología que nos lleva a un callejón sin salida. La parábola no hace especial hincapié en el fin, sino en la inutilidad de una espera que no va acompañada de una actitud de amor y de servicio. Las lámparas deben estar encendidas siempre; si esperamos a prepararlas en el último momento, toda la vida transcurrirá carente de sentido.

Obsesionados por la "salvación eterna", hemos interpretado esta parábola como una advertencia de preparación para la muerte, o peor aún, para el juicio. Nada más lejos del sentido del relato. Si el aceite es el amor, que hace funcionar la vida cristiana, no podemos pensar en el último día para que tenga sentido. Hay que buscar una interpretación más acorde con el mensaje de Jesús.

La venida de Jesús al final de los tiempos, es una imagen escatológica que no podemos tomar al pie de la letra; tiene un significado mucho más profundo. Jesús, con su muerte en la cruz, consumió todo su aceite en una llamarada que sigue iluminándonos. El don total de sí mismo trasformó todo lo humano en divino. Allí culminó su "historia" porque solo permanecerá identificado con Dios, y Dios está fuera del tiempo y del espacio.

Los cristianos cayeron en la trampa de entender la segunda venida de Jesús de una manera temporal. Nosotros seguimos esperando esa segunda venida en la que no se hablará de cruz, sino de gloria para todos. No nos gusta cómo terminó Jesús su paso por la tierra. Esta es la causa por la que hemos inventado un futuro a nuestro gusto para él y para nosotros. Nos sentiríamos muy a gusto si volviera lleno de gloria y nos comunicara a los "buenos" esa misma gloria. Esta visión raquítica, la hacemos desde nuestro falso yo, que nunca aceptará el desaparecer, mucho menos consumirse en beneficio de los demás.

Si de verdad queremos dejar de ser necios y empezar a ser sensatos, tenemos que desplegar nuestra vida desde otra perspectiva. Tenemos que abandonar todo proyecto de glorificación, sea en este mundo o sea en el otro, y entrar por el camino del servicio a los demás hasta la entrega total. El aceite solo da luz a costa de consumirse. Si aceptamos el programa del evangelio solo porque nos han prometido una "gloria", la cosa no puede funcionar. Estamos completamente equivocados.

Meditación-contemplación

"Yo soy la luz del mundo".
Esto no lo decía Jesús como Dios, sino como ser humano.
Su experiencia de Dios, fue su lámpara encendida.
Esa misma luz está también en cada uno de nosotros.
..................

Dentro de ti debes descubrir el aceite.
Si prende, dará luz que alumbrará tus pasos.
Esa llama, si es auténtica, no se puede ocultar,
sino que alumbrará también a todos los demás.
..................

Tú eres la lámpara, el aceite y la luz.
Nadie te lo puede prestar, porque es su propia vida.
Toda vida se mueve desde dentro.
Si se mueve desde fuera, será solo un mecanismo muerto.
.......................

Fray Marcos



PREPARANDO EL FIN DE CURSO
Escrito por  José Luís Sicre

Se acerca el fin de curso
Nos acercamos al final del año litúrgico, que terminará el día 30 de noviembre. Como si nos aproximáramos al final de curso y tuviéramos que hacer un examen, la Iglesia quiere que nos preparemos a fondo y con tiempo. Para ello, en estos tres últimos domingos del año (32-34º), se leen tres parábolas que se complementan: las diez muchachas, los talentos, el Juicio Final. Estas parábolas sólo se encuentran en el evangelio de Mateo, que las añade con un fin muy concreto. El evangelio de Marcos termina la enseñanza de Jesús con el discurso sobre el fin del mundo. Quizá a Mateo le pareció un final demasiado sensacionalista; y añadió estas tres parábolas, que animan a tomarse la vida muy en serio.

Las diez muchachas
En tiempos de Jesús, cuando se celebraba una boda, un grupo de muchachas acompa­ñaba al novio a recoger a la novia para acompañarlo a la ceremonia. A partir de este hecho tan trivial crea Jesús la parábola. Nos encon­tramos ante diez muchachas divididas en dos grupos de cinco: unas necias, que se olvidan del aceite para los candiles; otras sensatas, que llevan aceite de repues­to. Hasta aquí todo es posible. Pero la parábola adquiere de repente un tono irreal, porque quien da el plantón no es la novia, sino el novio, que se retrasa hasta la medianoche.

Mientras, las diez se han quedado dormidas. Y los candiles siguen consumiendo aceite. Al llegar el novio, unas pueden reponerlo fácilmente, los otros están casi agotados. Las sensatas no quieren darles aceite, y el novio se niega a admitirlas después de cerrada la puerta.

La conclusión de la parábola es desconcertante: "Por tanto, estad en vela, porque no sabéis el día ni la hora". Es desconcer­tante, porque ninguna de la diez ha velado, todas se quedaron dormidas. Lo cual significa que la vigilancia, en este caso, equivale a la sensatez de llevarse la provisión de aceite. Pero, ¿qué significa esto en la práctica?

Dos interpretaciones posibles
La parábola se ha interpretado en dos líneas principales.
Una concede especial importancia al aceite, viéndolo como imagen de la fe, del fervor, de las buenas obras. Lo que hace falta es estar preparados espiritualmente.

Otra línea no concede una importancia capital al simbolismo del aceite; lo que quiere decir la parábola es que hay que prepararse con antelación, porque entonces será demasiado tarde. Esta segunda línea parece la más exacta, como lo demuestra su traducción al lenguaje moderno. Diez universitarios se acercan al fin de curso. Cinco han estudiado durante todo el año, asistido a las prácticas, tomado apuntes; otros cinco han empalmado movida con movida. En el momento de entrar al examen piden a los primeros que les pasen las respuestas. Cosa a la que los otros se niegan, como es lógico. El examen se prepara con tiempo, no se improvisa ni se copia.

La clave de la primera lectura
La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, ofrece una perspectiva muy interesante. Se ha elegido porque su tema empalma con el de la sensatez de la cinco muchachas. En esta lectura, la sabiduría no es algo intelectual, un conjunto de conocimientos, sino una persona a la que se ama, se busca y se encuentra, o que se encuentra sentada a nuestra puerta esperándonos. Los primeros cristianos aplicaron esta imagen personalizada de la sabiduría a Jesús, que es la Sabiduría de Dios.

Con esto, la parábola adquiere un sentido nuevo. ¿Cómo podemos estar preparados? ¿En qué consiste la vigilancia? En tener ese contacto con Jesús, pensar en Él, hablar con Él, dejarnos encontrar por Él. Para que no nos ocurra lo que dice el novio a las cinco muchachas insensatas: "No os conozco". La amistad con Jesús, la capacidad de diálogo con Él, no se improvisan. Hay que ejercitarlas todos los días para poder disfrutar luego del banquete de bodas.

José Luís Sicre





EN HONOR DE LOS MUERTOS
Escrito por  José Arregi

Al principio de noviembre, desde el siglo VIII, honramos a todos los santos y difuntos. Antes era y sigue siendo la fiesta celta de Samhain, el fin de la época luminosa, cálida, y el comienzo de la época fría, oscura, en estas latitudes europeas.

El sol inclina su curso, los días se acortan, las sombras se alargan, el bosque se desnuda, la vida se recoge. Como se va la luz se fueron nuestros seres queridos. ¿A dónde se fueron, dejándonos tan solos? Los ojos se nublan, el corazón vacila. Pero, en cada latido, el corazón se expande hasta el umbral de la Presencia en la que todo vive, sobre todo los muertos. Y con flores de gratitud y de pena los recordamos junto a un panteón de mármol o una tumba de tierra o un nicho en el aire, una lápida y un nombre, una pequeña urna de cenizas preciosas, o una simple cruz, la de Jesús el Viviente, la de todos los vivientes. Recordándolos, los acompañamos. Acompañándolos, nos acompañan. Presencia.

Somos vivientes mortales y honramos a nuestros muertos, aquellos cuyo recuerdo aún nos hiere. Pero todos los muertos, grandes y pequeños, santos y criminales, son nuestros, somos de todos ellos, pues la misma vida nos une en la muerte, y la misma muerte en la vida. Lo que fueron forma parte de lo que somos, y nuestra vida ha de restaurar y completar lo que ellos no alcanzaron a vivir. En eso consiste honrar a los muertos: en dar culto a la vida, en cultivarla, cuidarla, curarla en ellos y en nosotros.

Así ha sido desde muy antiguo: al cuidar a los muertos, nos hemos sentido cuidados por ellos. No es casual que las huellas culturales más antiguas de nuestra especie humana Sapiens, y también del Neandertal, tengan que ver con enterramientos rituales. De alguna forma, difícil de precisar, intuían que la vida sigue en la otra orilla. Hace 90.000 años, en Qafzeh (Palestina), sepultaban a sus muertos con conchas marinas perforadas. Hace 50.000 años, en Sahnidar (Irak), los depositaban sobre un lecho de flores amarillas y azules. O los enterraban colocados en posición fetal, como si fueran a descansar o a nacer, o recubiertos de ocre rojo, el color de la sangre o de la vida. Tal vez se preguntaban ya: ¿muere la hoja que cae? ¿Muere la flor que se hace semilla? ¿Muere el feto al nacer?

No es verdad que las religiones surgieran para dar respuesta a la angustia de la muerte, pero es verdad que muchas religiones han consolado la pena de los vivos por la muerte de los seres queridos. También es verdad, sin embargo, que a menudo han aumentado el miedo a morir, no tanto por la muerte como tal, sino por el temor de los castigos divinos en el más allá. Consolar penas, aliviar dolores, calmar angustias es una función esencial de las religiones, una función muy humana. ¡Ojalá la realizaran siempre lo máximo posible con todos sus rituales y relatos! Solo la realizarán de verdad en la medida en que a la vez contribuyan a transformar las estructuras –políticas, económicas, religiosas– que dañan la vida.

En cuanto a las creencias y respuestas que las religiones ofrecen a las preguntas sobre "el más allá", ¿valen de algo? Ciertamente han valido, y para muchos siguen valiendo: saber que yo mismo volveré a vivir con mis seres queridos, cada uno con su rostro único, puede ser un ancla de esperanza. Son imágenes antiguas y bellas, han sostenido la vida, y merecen por ello un inmenso respeto. Pero no dejan de ser imágenes y metáforas de un Misterio –la Realidad o la Vida– que trasciende absolutamente nuestras ideas y pensamientos. Todas esas imágenes y pensamientos – cielo o infierno, purgatorio o reencarnación, resurrección o inmortalidad, liberación o nirvana– no dejan de ser enteramente productos culturales de la mente humana, ligados a un tiempo y a una cosmovisión, a un determinado marco o modelo de comprensión de la realidad en su conjunto. Esas imágenes y categorías ya no valen hoy para la inmensa mayoría de la gente en nuestra sociedad occidental. Tampoco valen para muchos creyentes que tienen una visión del mundo muy distinta de aquella en que nacieron las grandes religiones con su imaginario tradicional sobre el "más allá", para muchos creyentes que tratan de cuidar la confianza en la vida y de expresarla de otra forma distinta, más coherente y plausible para hoy. También estos creyentes –¿es preciso decirlo?– merecen sumo respeto. Ninguna creencia es creíble si no fomenta el respeto.

Y las ciencias ¿qué dicen? Ya no las podemos ignorar. A ellas no les compete, al menos en principio, ni afirmar ni negar nada sobre la dimensión teológica, que no es "otra realidad" distinta y separada, sino la realidad en cuanto Todo misterioso y bueno, en cuanto eterno Origen presente. Pero, en sus investigaciones sobre las partes, las ciencias confinan de continuo con esa dimensión de Totalidad y de Misterio bueno –o "Dios"–, y no se les puede negar la palabra tampoco en estas cuestiones, sobre todo cuando juzgan acerca de la plausibilidad o coherencia necesaria de las afirmaciones religiosas.

Hay científicos, incluso agnósticos, que pretenden que la física o las neurociencias confirman la creencia religiosa tradicional en la inmortalidad del "alma". Algunos creen demostrar la existencia de una Mente o Conciencia transpersonal, "anterior" a este cosmos y englobante de todas las conciencia individuales, que en la muerte volverían a ser uno con la Conciencia infinita, eterna, universal (Rosemblum, Kuttner, Bohm, Alexander). Un horizonte apasionante. Pero "Conciencia infinita" no deja de ser una imagen poética, y tal vez sea incluso demasiado antropomórfica.

Otros sostienen que la conciencia humana no es producto del cerebro y que sobrevive después de la muerte (Vam Lommel,Charbonier). No lo desdeño, pero no dejan de ser construcciones mentales, fundadas a menudo en "experiencias cercanas a la muerte" más que discutibles.

En cualquier caso, lo cierto es que las ciencias, cuanto más avanzan, más ponen de manifiesto que la Realidad, y esto que llamamos vida, es más misteriosa que todo lo imaginable, y transciende nuestras pobres categorías de espacio y tiempo, finito e infinito, materia y espíritu.

La misión última de las religiones y de las filosofías, e incluso de las ciencias, es ayudarnos a caminar en la incertidumbre, a vivir en dignidad y bondad, en libertad y sin miedos, en confianza en la Vida a pesar de todo. Una vida así vivida ¿no transciende las fronteras del tiempo y del yo? ¿No es una vida eterna ya en la vida, en cada instante?

¿Y la muerte? La muerte ¿no será entonces justamente un tránsito o una pascua, condición indispensable de la gran transformación en la gran Comunión? Somos en comunión con Todo. Y esto que llamamos "yo" ¿no será una forma pasajera de nuestro ser verdadero en el Todo eterno o en la Vida plena?

No te inquietes, pues, por tu pequeño yo. Déjate ir como la hoja del árbol, como la luz de la tarde. Honra a los muertos y cuida la vida, hasta que la muerte nos una a todos en la Vida o en Dios.

José Arregi


Los textos a continuación aparecieron en el periódico Reforma (México)

El rencor vivo
Juan Villoro

La tragedia de Ayotzinapa ha unido al país en la empatía y el sentimiento: queremos otro México. El problema es que para llegar ahí debemos pasar por la política.

El 26 de septiembre me encontraba en Acapulco con Rogelio Ortega, actual gobernador interino de Guerrero. Fui a dar una conferencia sobre José Revueltas. En su calidad de secretario general de la Universidad Autónoma de Guerrero, Ortega era nuestro anfitrión. Recibimos con estupor las noticias de Ayotzinapa. Indignado por los hechos, me contó de su largo camino en la izquierda. Participó en la Asociación Cívica fundada por un normalista que luego optaría por las armas: Genaro Vázquez. También conoció a otro maestro guerrillero, Lucio Cabañas, con quien subió a la sierra, aunque sólo para recibir la orden de volver a la ciudad, donde podría expresar su rebeldía a través de la enseñanza. Con un posgrado en la Universidad Complutense de Madrid y conocimiento de los movimientos sociales de Guerrero, Ortega fue un elocuente interlocutor en los días posteriores al drama. Ni él ni sus acompañantes imaginábamos que sería gobernador.

Su designación ha despertado las simpatías de quienes consideran que vale la pena darle una oportunidad a un universitario comprometido con las luchas de su estado, pero también ha revelado la crispación del medio político y de la prensa. "El izquierdismo: enfermedad infantil del comunismo", escribió Lenin. Quienes padecen ese síntoma han acusado a Ortega de ser acomodaticio ante el poder y no declarar una amnistía para presos políticos el mismo día de su toma de posesión. Esta postura impaciente contrasta con la de quienes lo acusan de terrorista por su supuesta intervención en un secuestro orquestado por las FARC en Guerrero. Antes de cumplir una semana en el cargo, el gobernador ha sido sentenciado.

La polarización de los discursos es tan extrema que la auténtica radicalidad parece quedar en el centro (lo difícil es saber dónde ubicarlo). Ortega tendrá un año escaso para hacer algo. No aspiraba al puesto; carecía de programa de gobierno y equipo de trabajo. Conoce el territorio pero deberá enfrentar el dilema de desmontar "tenebras" sin pertenecer a ellas. Lo mejor que podría pasar es que le fuera bien. Para ello requiere, si no de respaldo, por lo menos del beneficio de la duda. Pero en México, como en las novelas de Kafka, la condena antecede al juicio.

Si ha faltado tolerancia para valorar al gobernador interino, al PRD le ha sobrado indulgencia para valorarse a sí mismo. Aunque importantes miembros de ese partido (Cuauhtémoc Cárdenas, Alejandro Encinas, Miguel Barbosa) criticaron a Aguirre, la cúpula tardó en hacerlo. Es la peor pifia de una organización que no ha vacilado en postular candidatos ajenos a sus convicciones. ¿Tiene sentido que la izquierda sea la zona de repechaje del PRI? Se puede argumentar que Arturo Núñez es mejor para Tabasco que Andrés Granier, pero eso no significa que ofrezca una alternativa real. Lo mismo puede decirse de Juan Sabines en Chiapas, Gabino Cué en Oaxaca y Ángel Aguirre en Guerrero.

En vez de ejercer la autocrítica y acabar de una vez por todas con el resultadismo que lleva a vestir priistas de amarillo, el PRD repite que se trata de un "crimen de Estado". Aunque esto es cierto (la guerra sucia, la connivencia de décadas con el crimen organizado y la violencia impune de la policía y el Ejército son cosas probadas), no exime de responsabilidad a los poderes en manos del PRD.

Nadie acepta culpas y todos buscan culpables. López Obrador ha sido señalado como "cómplice" de José Luis Abarca, el infausto alcalde de Iguala. Las "pruebas" son unas fotos en actos de campaña (en una época en que un candidato se retrata con millones de personas) y una presunta simpatía por Abarca. Sin ser concluyente, esto se aprovecha para denostar al líder de la "otra" izquierda. A río revuelto, ganancia de difamadores. Se diría que por cada estudiante desaparecido, los políticos quieren cobrar una víctima en el campo rival.

La gente enciende velas, reza, guarda minutos de silencio, busca razones para convertir el miedo en esperanza. ¿Es posible construir un futuro a partir de esos signos solidarios? No mientras la política sea campo de la opinión airada, la falta de sentido de las obligaciones, la intolerancia, la búsqueda de fines sin reparar en los medios. En ese ámbito, otorgar el beneficio de la duda o escuchar una idea ajena son gestos disidentes.

Habitamos el país de Pedro Páramo, donde los muertos dicen la verdad y donde campea el "rencor vivo".



“Yo sé leer”: vida y muerte en Guerrero
Juan Villoro

El pasado 17 de octubre el cadáver de Margarita Santizo fue velado en la calle Bucareli de la Ciudad de México, frente a la Secretaría de Gobernación. Así se cumplía la última voluntad de la difunta, que había buscado sin éxito a su hijo desaparecido. La escena sirve de alegoría para un país donde la política amenaza con transformarse en un rito funerario.
La espiral de violencia alcanzó un grado superior el 26 de septiembre con el asesinato de seis jóvenes y el secuestro posterior de 43 estudiantes normalistas en Ayotzinapa. Ese día me encontraba en la Universidad Autónoma Guerrero para dar una conferencia sobre José Revueltas. Mi anfitrión era un alto funcionario de la Universidad que en su juventud perteneció a la guerrilla de Lucio Cabañas. Hablamos del escritor comunista tantas veces encarcelado por sus ideas. Esto permitió que el académico repasara su propia trayectoria: “Lucio Cabañas me salvó la vida”, comentó con una peculiar mezcla de admiración y tristeza: “Me obligó a bajar de la sierra antes de que mataran a su gente: ‘No tienes aspecto de campesino’, me dijo: ‘Si te encuentran acá, no podrás decir que andabas sembrando; tienes que continuar la lucha donde vales más: el salón de clases”.

La exigencia del guerrillero significó la pérdida de una ilusión. Al mismo tiempo, el solitario camino de regreso a la vida civil permitió que un luchador social siguiera con vida.

La gran paradoja del Estado de Guerrero es que ser maestro también es un oficio de alto riesgo. Cabañas nació en un pueblo que refutaba su nombre (El Porvenir) y se dedicó a la enseñanza primaria. Muy pronto descubrió que era imposible educar a niños que no podían comer. Al igual que otro maestro, Genaro Vázquez, creó un movimiento para mejorar la vida de sus alumnos y se topó con la cerrazón oficial. Con el tiempo, quienes enseñaban a leer radicalizaron sus métodos de lucha.
La cultura de la letra ha sido un desafío en una zona que dirime discrepancias a balazos. En los años sesenta del siglo XX, dos terceras partes de los pobladores de Guerrero eran analfabetas. La Normal de Ayotzinapa surgió para mitigar ese rezago, pero no pudo ser ajena a males mayores: la desigualdad social, el poder de los caciques, la corrupción del gobierno local, la represión como única respuesta al descontento, la impunidad policiaca y la creciente injerencia del narcotráfico. Esas lacras no son ajenas a otras partes del país. La peculiaridad de Guerrero es que el oprobio ha sido continuamente impugnado por movimientos populares.

En México armado, libro fundamental para entender este conflicto, Laura Castellanos narra el tránsito de los maestros a la guerrilla. Genaro Vázquez fundó una Asociación Cívica que recibió el repudio de las autoridades y el mote despectivo de “Civicolocos”. Por su parte, Lucio Cabañas creó el Partido de los Pobres, pero no logró incidir en la política local. El Gobierno ofreció a los cabecillas dinero y puestos políticos (en Guerrero, suelen ser sinónimos). Los líderes rechazaron esa salida "negociada" y optaron por un camino sin retorno en la montaña.

La salvaje represión de la guerrilla se conoció con el redundante eufemismo de “guerra sucia”. Después de la muerte de Cabañas, hubo 173 desapareciedos. Castellanos cuenta la historia de la base aérea en Pie de la Cuesta, Acapulco, donde los aviones despegaban para arrojar disidentes al océano, inclemente recurso que también usarían las dictaduras de Chile y Argentina. En los años setenta, durante la presidencia de Luis Echeverría, México fue el país esquizoide que daba asilo a perseguidos políticos de Sudamérica y sepultaba a sus inconformes en altamar.

Hablábamos en Acapulco de José Revueltas y Lucio Cabañas cuando supimos que seis jóvenes habían sido asesinados en el municipio de Iguala. Esta noticia del infierno venía agravada por una certeza: el horror no era nuevo; llegaba de muy lejos. En Guerrero, la violencia ha sido sistemáticamente alimentada por las masacres cometidas por el ejército y grupos paramilitares. Luis Hernández Navarro, autor de un libro crucial sobre el tema (Hermanos en armas), señala que todos los movimientos insurgentes de la región han surgido después de matanzas (la de Iguala, en 1962, produjo el levantamiento de Genaro Vázquez; la de Atoyac en 1967, el de Lucio Cabañas; la de Aguas Blancas en 1995, el del Ejército Popular Revolucionario).

¿Cuál será el saldo de 2014? El narcotráfico ha ganado fuerza en la región con la presencia rotativa de los cárteles de La Familia, Nueva Generación, los Beltrán Leyva y Guerreros Unidos. Pero no es la principal causa del deterioro. En ese territorio bipolar, el carnaval coexiste con el apocalipsis. El emporio turístico de Acapulco y la riqueza de los caciques contrasta con la pobreza extrema de la mayoría de la población. La indignante desigualdad social justifica el descontento y explica que muchos no encuentren mejor destino que sembrar marihuana o matar a sueldo.
En 2011, el Partido de la Revolución Democrática llevó a la gubernatura a Ángel Aguirre, que había pertenecido al PRI y fungido como gobernador interino en 1999, sustituyendo a su jefe, Rubén Figueroa, responsable de la matanza de Aguas Blancas. Su elección fue un giro oportunista para sumar intereses políticos con el engañoso mensaje de una alternancia en el poder. Como los barcos que utilizan la insignia de Panamá, el PRD se ha convertido en una entidad que alquila su bandera. En la búsqueda del poder por el poder mismo, apoyó a un personaje que jamás combatiría la corrupción ni la injusticia. Al amparo de esa gestión, surgieron figuras dignas de Los Soprano, como el alcalde de Iguala, José Luis Abarca, también del PRD y hoy fugitivo. De manera inverosímil, la cúpula partidista respaldó a Aguirre después de la desaparción de los estudiantes. Sólo la presión social llevó a su renuncia, que en modo alguno mitiga el eclipse del “Partido del Sol”.

En la búsqueda de los normalistas desaparecidos se han encontrado fosas con otros muertos. De 2005 a la fecha han aparecido 38 criptas de ese tipo. Excavar la tierra en Guerrero es un inevitable acto forense.
Durante medio siglo, los abusos de las autoridades han sido repudiados por una población pobre pero politizada. La Escuela Normal representa un centro neurálgico de la discrepancia. Conviene recordar que en los años sesenta uno de sus activistas se llamaba Lucio Cabañas.

El 26 de septiembre hubo cuatro balaceras distintas y un solo blanco: los jóvenes. Con el apoyo del crimen organizado, el alcalde Abarca sembró el terror para amedrentar a los normalistas que se movilizaban para recordar a las víctimas de la matanza de Tlatelolco. Una vez desatado el mecanismo represivo, también fue acribillado un equipo de fútbol. ¿Su delito? Ser jóvenes; es decir, posibles rebeldes.

“Hay una tensión entre leer y la acción política”, escribe Ricardo Piglia. Interpretar el mundo puede llevar al deseo de transformarlo. En ocasiones, la letra, y la ortografía misma, son un gesto político que desafía un orden bárbaro: “Podríamos hablar de una lectura en situación de peligro. Son siempre situaciones de lectura extrema, fuera de lugar, en circunstancias de extravío, o donde acosa la amenaza de una destrucción. La lectura se opone a una vida hostil”, argumenta Piglia en El último lector.

El Che Guevara pasó su última noche en una escuela rural. Ya herido, contempló una frase en la pizarra y dijo a la maestra: “Le falta el acento”. La frase era “Yo sé leer”. Ya derrrotado, el guerrillero volvía a otra forma de corregir la realidad.

Hace años, maestros acorralados por el Gobierno decidieron tomar las armas en Guerrero. Lucio Cabañas decidió salvar a uno de los suyos para que volviera a la enseñanza, instrumento de lucha en un país sin ley.
43 futuros maestros han desaparecido. La dimensión del drama se cifra en una frase que se opone a la impunidad, el oprobio y la injusticia: “Yo sé leer”. El México de las armas teme a quienes enseñan a leer.
A ese país le falta el acento. Llegará el momento de ponérselo.

Juan Villoro es escritor. Acaba de publicar ¿Hay vida en la Tierra? (Anagrama).
Publicado en el diario El País, de España.



Yo no soy tú
Publicado el octubre 27, 2014: Jorge Volpi / Reforma

mordaza¿Cómo es posible que una persona sea capaz de asesinar a otra a sangre fría? ¿De amedrentarla, secuestrarla o torturarla? ¿Qué tiene que ocurrir en un individuo -y en una sociedad- para que estas prácticas se vuelvan ya no sólo posibles sino cotidianas? ¿Y cuál es la razón de que tantos de nosotros cerremos los ojos ante estos hechos, de que los minimicemos o nos neguemos a colocarnos en la posición de las víctimas y sus familias?

Estas cuestiones no han dejado de martillearnos en las ríspidas semanas posteriores a los sucesos de Iguala acaso porque, más allá de sus implicaciones metafísicas, condensan el horror que hemos experimentado en México desde que hace ya más de un lustro la violencia explotase de manera inusitada entre nosotros en una racha como no se había visto desde tiempos revolucionarios. ¿Acaso hemos perdido, no tanto la capacidad de sorprendernos ante las peores tragedias, sino la empatía necesaria para convertirnos, por un instante, en los otros?

En un primer nivel, la empatía es un proceso natural, involuntario, derivado del funcionamiento de las neuronas espejo. Como intenté explicar en Leer la mente, esas neuronas motoras que se activan con el movimiento de cualquier agente parecido a nosotros permiten que nos identifiquemos con los demás y en buena medida constituyen los cimientos de nuestra naturaleza social. Gracias a ellas, nuestro cerebro trata de adivinar el comportamiento de los demás y nos obliga a colocarnos en su sitio. Si lloramos en las películas -o en las novelas-, se debe a que el dolor de los personajes se transforma en nuestro dolor.

No obstante, esta identificación puede ser bloqueada por la razón o, más bien, por ciertas ideas o mecanismos derivados de la cultura en que nos desarrollamos. Como afirma Fritz Breithaupt en Culturas de la empatía (2009), experimentos recientes señalan que la identificación provocada por las neuronas espejo es sólo el estadio más elemental del proceso y que una empatía más profunda ocurre cuando nos situamos como observadores frente a un conflicto.

Según Breithaupt, en esta “empatía a tres” se funda nuestro sistema moral y el orden que anima la convivencia humana. Lo extraño es que, al parecer, la empatía con una de las partes sumidas en un conflicto ocurre de manera inmediata, casi irracional, y sólo después, a posteriori, nos dedicamos a justificarla. Si yo observo una pelea, tiendo a identificarme de inmediato con uno de los contrincantes -por lo general, aunque no siempre, con el más débil-, y a continuación elaboro una historia para razonar mi elección. La empatía se torna así esencialmente narrativa: deriva de esa capacidad de contar -y de contarnos- las vidas de nuestros semejantes. Y, si bien en la toma de partido puede prevalecer nuestro propio interés -me identifico con A porque su victoria podría ayudarme- o un auténtico juicio de valor -al reflexionar me doy cuenta de que B tiene la razón-, lo más natural es que ésta ocurra sólo después de haber elegido a uno de los contrincantes.

Sin pretender una explicación absoluta de lo que ocurre hoy en México, quizás sea cierto que, de unos años para acá, la cultura de la empatía que prevalece en nuestro país se ha erosionado a grados que rozan la psicopatía. Una psicopatía social que provoca que una gran cantidad de ciudadanos se haya vuelto incapaz de asimilar los crímenes que se reportan a diario. Uno de los resultados más desasosegantes de la guerra contra el narco ha sido que, en el impulso por dividir a los buenos -nosotros- de los malos -ellos-, como si la realidad fuera una película o una novela, el país se ha deslizado en una suerte de autismo generalizado en donde el otro siempre puede ser el enemigo y, por tanto, alguien cuya vida no tiene demasiado valor.

Así, mientras de un lado auténticos psicópatas asesinan a mansalva, del otro abundan quienes ya no logran sentir la menor simpatía hacia las víctimas, las cuales de pronto parecen tan peligrosas o amenazantes como sus verdugos. La espiral del horror se cierra de forma macabra: sólo importo yo y, ante la magnitud de los conflictos que me rodean, me encierro en mí mismo. De allí la importancia de manifestaciones pacíficas como las del pasado miércoles. Lo más grave que podría ocurrirnos sería prolongar nuestro pasmo moral: aletargados y preocupados sólo por nosotros mismos en un entorno de violencia extrema, callar o voltear la cara. Aunque hayas sido secuestrado o brutalmente asesinado, yo no soy tú.





Yo no soy tú
Jorge Volpi
Publicado el octubre 27, 2014. Reforma

mordaza¿Cómo es posible que una persona sea capaz de asesinar a otra a sangre fría? ¿De amedrentarla, secuestrarla o torturarla? ¿Qué tiene que ocurrir en un individuo -y en una sociedad- para que estas prácticas se vuelvan ya no sólo posibles sino cotidianas? ¿Y cuál es la razón de que tantos de nosotros cerremos los ojos ante estos hechos, de que los minimicemos o nos neguemos a colocarnos en la posición de las víctimas y sus familias?

Estas cuestiones no han dejado de martillearnos en las ríspidas semanas posteriores a los sucesos de Iguala acaso porque, más allá de sus implicaciones metafísicas, condensan el horror que hemos experimentado en México desde que hace ya más de un lustro la violencia explotase de manera inusitada entre nosotros en una racha como no se había visto desde tiempos revolucionarios. ¿Acaso hemos perdido, no tanto la capacidad de sorprendernos ante las peores tragedias, sino la empatía necesaria para convertirnos, por un instante, en los otros?

En un primer nivel, la empatía es un proceso natural, involuntario, derivado del funcionamiento de las neuronas espejo. Como intenté explicar en Leer la mente, esas neuronas motoras que se activan con el movimiento de cualquier agente parecido a nosotros permiten que nos identifiquemos con los demás y en buena medida constituyen los cimientos de nuestra naturaleza social. Gracias a ellas, nuestro cerebro trata de adivinar el comportamiento de los demás y nos obliga a colocarnos en su sitio. Si lloramos en las películas -o en las novelas-, se debe a que el dolor de los personajes se transforma en nuestro dolor.

No obstante, esta identificación puede ser bloqueada por la razón o, más bien, por ciertas ideas o mecanismos derivados de la cultura en que nos desarrollamos. Como afirma Fritz Breithaupt en Culturas de la empatía (2009), experimentos recientes señalan que la identificación provocada por las neuronas espejo es sólo el estadio más elemental del proceso y que una empatía más profunda ocurre cuando nos situamos como observadores frente a un conflicto.

Según Breithaupt, en esta “empatía a tres” se funda nuestro sistema moral y el orden que anima la convivencia humana. Lo extraño es que, al parecer, la empatía con una de las partes sumidas en un conflicto ocurre de manera inmediata, casi irracional, y sólo después, a posteriori, nos dedicamos a justificarla. Si yo observo una pelea, tiendo a identificarme de inmediato con uno de los contrincantes -por lo general, aunque no siempre, con el más débil-, y a continuación elaboro una historia para razonar mi elección. La empatía se torna así esencialmente narrativa: deriva de esa capacidad de contar -y de contarnos- las vidas de nuestros semejantes. Y, si bien en la toma de partido puede prevalecer nuestro propio interés -me identifico con A porque su victoria podría ayudarme- o un auténtico juicio de valor -al reflexionar me doy cuenta de que B tiene la razón-, lo más natural es que ésta ocurra sólo después de haber elegido a uno de los contrincantes.

Sin pretender una explicación absoluta de lo que ocurre hoy en México, quizás sea cierto que, de unos años para acá, la cultura de la empatía que prevalece en nuestro país se ha erosionado a grados que rozan la psicopatía. Una psicopatía social que provoca que una gran cantidad de ciudadanos se haya vuelto incapaz de asimilar los crímenes que se reportan a diario. Uno de los resultados más desasosegantes de la guerra contra el narco ha sido que, en el impulso por dividir a los buenos -nosotros- de los malos -ellos-, como si la realidad fuera una película o una novela, el país se ha deslizado en una suerte de autismo generalizado en donde el otro siempre puede ser el enemigo y, por tanto, alguien cuya vida no tiene demasiado valor.

Así, mientras de un lado auténticos psicópatas asesinan a mansalva, del otro abundan quienes ya no logran sentir la menor simpatía hacia las víctimas, las cuales de pronto parecen tan peligrosas o amenazantes como sus verdugos. La espiral del horror se cierra de forma macabra: sólo importo yo y, ante la magnitud de los conflictos que me rodean, me encierro en mí mismo. De allí la importancia de manifestaciones pacíficas como las del pasado miércoles. Lo más grave que podría ocurrirnos sería prolongar nuestro pasmo moral: aletargados y preocupados sólo por nosotros mismos en un entorno de violencia extrema, callar o voltear la cara. Aunque hayas sido secuestrado o brutalmente asesinado, yo no soy tú.

@jvolpi



 BLOG DE JORGE VOLPI
¿Por qué?

¿Por qué cuarenta y tres jóvenes han desaparecido?

¿Por qué cuarenta y tres jóvenes han sido secuestrados o acaso asesinados?

¿Por qué nada sabemos de cuarenta y tres jóvenes de entre 18 y 33 años desde hace tres semanas?

¿Por qué nada sabemos de cuarenta y tres ciudadanos mexicanos desde hace tantos, tantos días?

¿Por qué tres de esos jóvenes fueron abatidos por la policía en un enfrentamiento en apariencia banal?

¿Por qué tres jóvenes fueron asesinados por quienes deberían protegerlos?

¿Por qué uno de esos jóvenes fue desollado?

¿Por qué a uno de esos jóvenes le arrancaron los ojos de la cuencas?

¿Por qué los policías municipales de Iguala -según el testimonio de los primeros detenidos- entregaron a diecisiete de esos jóvenes a un grupo criminal conocido como Guerreros Unidos?

¿Por qué nada sabemos de los otros treinta jóvenes?

¿Por qué se encontraron varias fosad con veintiocho cadáveres justo en estos días?

¿Por qué se encontraron luego más y más fosas?

¿Por qué esta macabra acumulación de fosas?

¿Por qué seguimos sin saber cuántas fosas y cuántos cadáveres había en cada una de ellas?

¿Por qué un hombre señalado como probable homicida pudo convertirse en candidato a la alcaldía de Iguala?

¿Por qué un hombre casado con una mujer cuya familia tenía lazos evidentes con el crimen organizado pudo convertirse en alcalde de Iguala?

¿Por qué nadie denunció penalmente al alcalde de Iguala?

¿Por qué nadie vio o quiso ver quién era el alcalde de Iguala?

¿Por qué la policía de Iguala pudo entreverarse a tal modo con el crimen organizado al grado de ya no diferenciarse?

¿Por qué nadie vio o quiso ver que el poder político y el crimen organizado se habían vuelto la misma cosa en Iguala?

¿Por qué el alcalde de Iguala y su jefe de seguridad pública se jactaron de la represión contra los jóvenes?

¿Por qué el alcalde de Iguala pudo burlarse públicamente de las primeras muertes diciendo que nada sabía de ellas porque estaba bailando?

¿Por qué la carga de la policía contra los estudiantes coincidió con el informe de labores de la esposa del alcalde?

¿Por qué a las pocas horas el alcalde y su esposa huyeron de Iguala?

¿Por qué el jefe de seguridad pública de Iguala huyó a continuación?

¿Por qué seguimos sin saber dónde se ocultan el alcalde, su esposa y el jefe de seguridad pública de Iguala?

¿Por qué el ADN de los cadáveres hallados en la primera fosa no corresponde con el de los jóvenes desaparecidos?

¿Por qué no sabemos de quién son esos cuerpos?

¿Por qué hay otros diecisiete ciudadanos mexicanos asesinados y nada sabemos de ellos, sus nombres, sus rostros, sus vidas?

¿Por qué no repetimos a diario los nombres de estos cuarenta y tres jóvenes mexicanos?

¿Por qué no pronunciamos a diario, en voz alta, los nombres de Jhosivani, Luis Ángel, Marco Antonio, Saúl Bruno, Jorge Antonio, Abel, Carlos Lorenzo, Adán Abraján, Felipe Arnulfo, Emiliano Alen, César Manuel, Jorge, José Eduardo, Israel, Antonio, Christian Tomás, Luis Ángel, Miguel Ángel, Benjamín, Alexander, Leonel, Everardo, Doriam, Jorge Luis, Marcial, Jorge Aníbal, Abelardo, Cutberto, Bernardo, Jesús Jovany, Mauricio, Martín Getsemany, Magdaleno Rubén, Giovanni, José Luis, Julio César, Jonás, Miguel Ángel, Christian Alfonso, José Ángel, Carlos Iván, José Ángel e Israel?

¿Por qué hay quienes no se identifican con el dolor de los padres de estos jóvenes?

¿Por qué hay quienes no buscan entender la ira de sus compañeros?

¿Por qué hay quienes se empeñan en tachar a los jóvenes de Ayotzinapa de agitadores en vez de mirarlos como víctimas?

¿Por qué hay quienes se ceban en el radicalismo político de las normales rurales cuando lo único que importa son las vidas de estos jóvenes?

¿Por qué hay quienes osan sugerir que las protestas de los jóvenes son equiparables con los crímenes cometidos contra ellos?

¿Por qué hay quienes condenan las marchas y los destrozos pero no los asesinatos y las desapariciones?

¿Por qué hay quienes lamentan las marchas y los destrozos en vez de hacerse todas estas preguntas?

¿Por qué hay quienes no se dan cuenta de que esta tragedia nos implica a todos?

¿Por qué hay quienes, en los medios y las redes sociales, buscan restarle importancia a la tragedia?

¿Por qué alguien ordenó secuestrar o asesinar a estos jóvenes?


Jorge Volpi