jueves, 2 de octubre de 2014

CRISIS RELIGIOSA - José Antonio Pagola


CRISIS RELIGIOSA - José Antonio Pagola

La parábola de los “viñadores homicidas” es un relato en el que Jesús va descubriendo con acentos alegóricos la historia de Dios con su pueblo elegido. Es una historia triste. Dios lo había cuidado desde el comienzo con todo cariño. Era su “viña preferida”. Esperaba hacer de ellos un pueblo ejemplar por su justicia y su fidelidad. Serían una “gran luz” para todos los pueblos.

Sin embargo aquel pueblo fue rechazando y matando uno tras otro a los profetas que Dios les iba enviando para recoger los frutos de una vida más justa. Por último, en un gesto increíble de amor, les envío a su propio Hijo. Pero los dirigentes de aquel pueblo terminaron con él. ¿Qué puede hacer Dios con un pueblo que defrauda de manera tan ciega y obstinada sus expectativas?

Los dirigentes religiosos que están escuchando atentamente el relato responden espontáneamente en los mismos términos de la parábola: el señor de la viña no puede hacer otra cosa que dar muerte a aquellos labradores y poner su viña en manos de otros. Jesús saca rápidamente una conclusión que no esperan: “Por eso yo os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca frutos”.

Comentaristas y predicadores han interpretado con frecuencia la parábola de Jesús como la reafirmación de la Iglesia cristiana como “el nuevo Israel” después del pueblo judío que, después de la destrucción de Jerusalén el año setenta, se ha dispersado por todo el mundo.

Sin embargo, la parábola está hablando también de nosotros. Una lectura honesta del texto nos obliga a hacernos graves preguntas: ¿Estamos produciendo en nuestros tiempos “los frutos” que Dios espera de su pueblo: justicia para los excluidos, solidaridad, compasión hacia el que sufre, perdón...?

Dios no tiene por qué bendecir un cristianismo estéril del que no recibe los frutos que espera. No tiene por qué identificarse con nuestra mediocridad, nuestras incoherencias, desviaciones y poca fidelidad. Si no respondemos a sus expectativas, Dios seguirá abriendo caminos nuevos a su proyecto de salvación con otras gentes que produzcan frutos de justicia. 

Nosotros hablamos de “crisis religiosa”, “descristianización”, “abandono de la práctica religiosa”... ¿No estará Dios preparando el camino que haga posible el nacimiento de una Iglesia más fiel al proyecto del reino de Dios? ¿No es necesaria esta crisis para que nazca una Iglesia menos poderosa pero más evangélica, menos numerosa pero más entregada a hacer un mundo más humano? ¿No vendrán nuevas generaciones más fieles a Dios?


José Antonio Pagola
vgentza@euskalnet.net 

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Trabaja por una Iglesia más fiel a Dios. Pásalo.
5 de octubre de 2014
27 Tiempo ordinario (A)
Mateo 21, 33-43




LA VIÑA DE MI AMIGO
Escrito por  Florentino Ulibarri

Mi amigo tenía una viña en fértil collado.
Como hábil labrador la entrecavó, la despedró,
y plantó buenas cepas;
la rodeó con una cerca,
construyó en medio una atalaya
y un lagar para recoger el fruto de la cosecha.

Mi amigo amaba su viña
tanto como su casa solariega,
pero tuvo que ausentarse por sus múltiples tareas.
Antes de irse nos eligió e hizo de su cuadrilla
y nos dejó al frente de su viña;
nos marcó nuestro trabajo,
llenó nuestra existencia de tiempo y riqueza,
y nos regaló sus propias herramientas.

Él, que tan bien nos conoce,
creía que estando solos,
sin dioses que nos miren y controlen,
trabajaríamos mejor.

Pasaron años y cosechas,
pero mi amigo no olvidaba su viña
y quiso probar los frutos de su heredad predilecta.

Envió a sabios criados que no lograron nada;
envió a criados dialogantes que volvieron al instante;
envió a criados fuertes que volvieron con las espaldas marcadas;
envió a profetas que nadie escuchaba;
envió a su hijo, el que había sido camarada
y elegido a los labradores...

Pero éstos lo mataron con saña,
se creyeron dueños de la viña
y se dieron a la buena vida.
Olvidaron su tarea,
y la viña, en vez de olorosa uva,
empezó a dar agrazones en toda circunstancia.

¿Qué hará mi amigo ahora con su viña y los labradores?

¡Pues contarles, una y otra vez, la historia,
para ver si la entienden y se convierten,
y logra un final feliz, que es lo que él quiere!

Señor, estén mis oídos atentos
a escuchar tu palabra.

Florentino Ulibarri



UTILIZAR A DIOS PARA SOMETER A LOS DEMÁS, ES IDOLATRÍA
Escrito por  Fray Marcos

Continuación del domingo pasado: de las tres parábolas con que responde Jesús a loS jefes religiosos, la de hoy es la más provocadora. Al rechazo de los jefes responde Jesús con suma crudeza. Esta parábola se narra ya en el evangelio de Marcos, del que copian Mateo y Lucas. Cuando se escriben estos evangelios, hacia el año 80, ya se había producido la destrucción de Jerusalén y la total separación de los cristianos de la religión judía. Era muy fácil ‘anunciar’ lo que había sucedido ya. También se había producido e interpretado la muerte de Jesús, que es uno de los elementos sustanciales del relato.

Aunque el relato puede verse como parábola, el mismo Mateo nos la presenta como una alegoría, donde, a cada elemento del relato, corresponde un elemento metafórico. El propietario es Dios. La viña es el pueblo elegido. Los labradores son los jefes religiosos. Los enviados una y otra vez, son los profetas.  El hijo es el mismo Jesús. Los frutos que Dios espera son derecho y justicia. El nuevo pueblo, donde los dirigentes tienen que entregar frutos, es la comunidad cristiana.  

El relato del evangelio es copia, casi literal, del texto de Isaías. Pero si nos fijamos bien, descubriremos matices que cambian sustancialmente el mensaje. En Isaías el protagonista es el pueblo (viña), que no ha respondido a las expectativas de Dios; en vez de dar uvas, dio agrazones. En Mateo los protagonistas son los jefes religiosos (viñadores), que quieren apropiarse de los frutos e incluso de la misma viña. No quieren reconocer los derechos del propietario. Pero, curiosamente, al final se retoma la perspectiva de Isaías y se dice que la viña será entregada a otro pueblo, cosa que ni a Isaías ni a Jesús se les podía ocurrir.

Como los domingos anteriores, se nos habla de la viña. Una de las imágenes más utilizadas en el AT para referirse al pueblo elegido. Seguramente, Jesús recordó muchas veces, el canto de Isaías a la viña; sin embargo, no es probable que la relatara tal como la encontramos en los evangelios. No solo porque en él se da por supuesto la muerte de Jesús y el total rechazo del pueblo de Israel, sino también porque a ningún judío le podía pasar por la cabeza que Dios les rechazara para elegir a otro pueblo. Por lo tanto, está reflejando una reflexión muy posterior, de la primera comunidad cristiana.

Se os quitará la viña y se dará a otro pueblo que produzca sus frutos. Una manera muy bíblica de justificar que los cristianos se consideraran ahora el pueblo elegido. Esto era inaceptable y un gran escándalo para los judíos que consideraban la Ley y el templo como la obra definitiva de Dios, y ellos, sus destinatarios exclusivos. El relato no sólo justifica la separación, sino que también advierte a las autoridades de la comunidad que pueden caer en la misma trampa y ser rechazados por no reconocer los derechos de Dios.

Recordemos que entre la Torá (Ley) y el mensaje del Jesús, existe un peldaño intermedio que a veces olvidamos, y que seguramente hizo posible que la predicación de Jesús prendiera, al menos en unos pocos. Recordad las veces que se dice en el evangelio: “para que se cumplieran las escrituras”. Ese escalón intermedio fueron los profetas, que dieron chispazos increíbles en la dirección correcta; aunque no fueron escuchados. Muchas de las enseñanzas de Jesús, y precisamente las más polémicas, ya las encontramos en ellos.

La piedra desechada por los arquitectos es ahora la piedra angular, da por supuesto la apreciación cristiana de la figura de Jesús. Jesús no pudo contemplar el rechazo del pueblo judío como la causa de su propia muerte. Jesús nunca pretendió crear una nueva religión, ni inventarse un nuevo Dios. Jesús fue un judío por los cuatro costados, y nunca dejó de serlo. Si su predicación dio lugar al nacimiento del cristianismo, fue muy a su pesar. El traspaso de la viña a otros sobrepasa con mucho el pensamiento bíblico. En el AT el pueblo de Israel es castigado, pero permanece como pueblo elegido.

Tendremos verdadera dificultad en aplicarnos la parábola si partimos de la idea de que aquellos jefes religiosos eran malvados y tenían mala voluntad. Nada más lejos de la realidad. Su preocupación por el culto, por la Ley, por defender la institución, por el respeto a su Dios era sincera. Lo que les perdió fue la falta de autocrítica y confundir los derechos de Dios con sus propios intereses. De esta manera llegaron a identificar la voluntad de Dios con la suya propia y creerse dueños y señores del pueblo. Si la viña no es propiedad de los arrendatarios, tampoco pueden serlo los frutos. No se pone en duda que la viña dé frutos. Se trata de criticar a los que se aprovechan de los frutos que corresponden al Dueño.

Claro que podemos hacer una crítica de nuestra religión. A Jesús le mataron por criticar su propia religión. Atacó radicalmente los dos pilares sobre los que se sustentaba: el culto del templo y la Ley. Tenemos que recordar a nuestros dirigentes, que no son dueños, sino administradores de la viña. La tentación de aprovechar la viña en beneficio propio es hoy la misma que en tiempo de Jesús. No tenemos que escandalizarnos de que en ocasiones, nuestros jerarcas no respondan a lo que el evangelio exige. Por lo menos, los sumos sacerdotes y los fariseos se dieron cuenta de que iba por ellos. No estoy tan seguro de que hoy los dirigentes se apliquen el cuento.

La historia nos demuestra que es muy fácil caer en la trampa de identificar los intereses propios o de grupo, con la voluntad de Dios. Esta tentación es mayor, cuanto más religiosa sea la comunidad. Esa posibilidad no ha disminuido un ápice en nuestro tiempo. El primer paso para llegar a esta actitud es separar el interés de Dios del interés del hombre. El segundo es oponerlos. Dado este paso ya tenemos todo preparado para machacar al hombre en nombre de Dios. Que es lo que hacían aquellos jefes religiosos.

¿Qué espera Dios de mí? Dios no puede esperar nada de mí porque nada puedo darle. Él es el que se nos da totalmente. Lo que Dios espera de nosotros no es para Él, sino para nosotros. Lo que Dios quiere es que todas y cada una de sus criaturas alcance el máximo de ser. Como seres humanos, tenemos que alcanzar nuestra plenitud precisamente por nuestra humanidad. Dios espera que seamos plenamente humanos. ¿Pero no somos ya seres humanos? No. Somos un proyecto, una posibilidad. Desde que nacemos tenemos que estar en constante evolución. Jesús alcanzó esa plenitud y nos marcó el camino para que todos podamos llegar a ella. Según él, ser más humano es ser capaz de amar más.

Si se adjudica la viña a otro pueblo, es para que produzca sus frutos. Es la conclusión que podríamos sacar de todo el relato. Ahora bien, ¿de qué frutos nos habla el evangelio? Los fariseos eran los cumplidores estrictos de la Ley.  El relato de Isaías nos dice: “esperó de ellos derecho y ahí tenéis asesinatos; esperó justicia y ahí tenéis lamentos. En cualquier texto de la Torá hubiera dicho: esperó sacrificios, esperó un culto digno, esperó oración, esperó ayuno, esperó el cumplimiento de la Ley.  Pedir derecho y justicia es la prueba de que el bien del hombre es lo más importante. Jesús da un paso más. No habla ya de “derecho y justicia”, que ya era mucho, sino de amor, que es la norma suprema.

La denuncia nos afecta a todos, porque todos tenemos algún grado de autoridad y todos la utilizamos buscando muestro propio beneficio en lugar de buscar el bien de los demás. No sólo el superior autoritario que abusa de sus súbditos como esclavos a su servicio, sino también la abuela que dice al niño: si no haces esto, o dejas de hacer aquello, Jesús no te quiere. Siempre que utilizamos nuestra superioridad para aprovecharnos de los demás, estamos apropiándonos de los frutos que no son nuestros. El evangelio nos da la única alternativa posible al desastre de la historia: hacer del amor la piedra angular.

Meditación-contemplación

¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho?
Si en nuestro interior descubrimos alguna queja contra Dios,
no hemos entendido nada de lo que Dios es para nosotros
y nuestra relación con Dios será inadecuada.
…………………

El primer paso seguro hacia Dios
es descubrir que Él ya ha dado todos los pasos hacia mí.
Toda nuestra vida espiritual consiste en responder a ese don total.
Cualquier otra actitud es engañosa.
……………

Para nosotros, Jesús es el ejemplo supremo.
Su punto de partida fue descubrir que Dios era “abba”.
Que quiere decir: padre, madre, principio, origen, meta…
Sentirnos fundamentados en Él será el salto definitivo.
…………

Fray Marcos



DE CANCIÓN DE AMOR A CANCIÓN DE MUERTE
Escrito por  José Luís Sicre

Acto I: Explanada del templo de Jerusalén. Hacia 735 a.C.
El murmullo se apaga lentamente. Cuando se hace silencio, Isaías se dirige a la gente congregada: «Voy a cantar una canción de amor. Del amor de mi amigo a su viña». El público sonríe incrédulo. No imagina al profeta cantando una canción de amor. Lo más frecuente en él son denuncias y elegías.

La canción habla del trabajo entusiasta que dedica su amigo a una hermosa viña: entrecava el terreno, lo descanta, plata buenas cepas, construye una atalaya y, esperando una magnífica cosecha, cava un lagar. Pero, al cabo del tiempo, la viña, en vez de dar uvas hermosas y dulces, da ácidos agrazones.

Isaías aparta la cítara y mira fijamente al público: «Ahora os toca a vosotros hacer de jueces entre mi amigo y su viña. ¿Podía hacer por ella más de lo que hizo?».

La gente guarda silencio e Isaías continúa: «Voy a deciros lo que hará mi amigo: derribará su valla para que sirva de pasto a ovejas y cabras, para que la pisoteen mulos y toros; la arrasará para que crezcan en ella zarzas y cardos, y prohibirá a las nubes que lluevan sobre ella».

El profeta se interrumpe y pregunta de nuevo: «¿Quién es mi amigo y cuál es su viña?» Pero no da tiempo a que nadie intervenga: «La viña del Señor sois vosotros, los hombres de Israel y de Judá. Dios ha hecho mucho por vosotros, y esperó a cambio que practicarais el derecho y la justicia, que os portarais bien con el prójimo. Pero sólo habéis producido asesinatos y provocado lamentos».

Acto II: Explanada del templo de Jerusalén. Hacia año 29 de nuestra era.
Jesús acaba de contar a los sacerdotes y senadores la parábola de los dos hermanos, advirtiéndoles que las prostitutas y los publicanos les llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Inmediatamente, sin darles tiempo a reaccionar ni responder, les dice:

― Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar…

― Esa ya la sabemos, comenta uno en voz alta. Esa no es tuya, es de Isaías.

Jesús no se inmuta. Y la parábola toma de repente un rumbo imprevisible. A diferencia de la viña de Isaías, ésta sí da fruto. El problema no radica en la viña, sino en los viñadores, que se niegan a entregar los frutos a su legítimo propietario.

El drama se desarrolla en tres etapas. En las dos primeras, el dueño envía unos criados, y los viñadores los apalean, matan o apedrean. En la tercera, envía a su propio hijo. Cuando lo matan, Jesús, igual que Isaías, se encara con los oyentes, pidiéndoles su opinión: «¿Qué hará con aquellos labrado­res?»

A diferencia de lo que ocurre en Isaías, los oyentes intervienen, emitiendo una sentencia tremendamente dura: los viñadores merecen la muerte y la viña será entregada a otros más honrados.

Tres grandes enseñanzas
1. La canción de la viña de Isaías insiste en una idea que a muchos cristianos todavía les resulta extraña: el amor de Dios se paga con amor al prójimo. Dios ha hecho mucho por los israelitas, pero lo que pide de ellos no son actos de culto sino la práctica de la justicia y el derecho. Jesús dirá que el segundo mandamiento (amar al prójimo) es tan importante como el primero (amar a Dios). Y la 1ª carta de Juan afirma: «Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amar... a nuestros hermanos».

2. Para Jesús, a diferencia de Isaías, el pueblo no es una viña mala e improductiva. Al contra­rio, da frutos a su tiempo. El mal radica en las autoridades religiosas, que consideran la viña propiedad privada y no recono­cen a su auténtico propietario. Por eso Mateo termina con un comentario incomprensiblemente suprimido por la liturgia: «Al oír sus parábolas, los sumos sacerdotes y los fariseos se dieron cuenta de que iban por ellos» (v.45). Sería completamente equivocado utilizar la homilía de este domingo para atacar al público presente, que bastante hace con soportarnos. Quienes debemos sentirnos especialmente interpelados somos los que tenemos una responsabilidad dentro de la comunidad cristiana.

3. En su versión final (véase "Una cuestión discutida"), la parábola subraya la importancia y triunfo de Jesús. Después de todos los profetas (los criados), él es "el hijo", lo más valioso que Dios puede mandar. Y aunque las autoridades religiosas lo infravaloren y desprecien, él termina convertido en la piedra angular del nuevo edificio de la Iglesia.

Una cuestión discutida
Se discute si la contó realmente Jesús o es creación de los evangelistas. Cabe una tercera postura: la parábola la contó Jesús, pero fue adaptada más tarde por los evangelistas.

En esta última hipótesis, la parábola primitiva hablaría sólo del envío de los criados, los profetas, a los que los viñadores apalean, matan o apedrean. Y terminaría con las palabras: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Cuando mataron a Jesús, los primeros cristianos pensaron que este era el mayor crimen, y el evangelista habría añadido las palabras referentes al envío y la muerte del hijo. En la misma línea de subrayar la importancia de Jesús habría añadido las palabras del Salmo 118,22: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente». 

Es un cambio fuerte de metáfora. Los viñadores se convierten en arquitectos, y el hijo en una piedra. Los constructo­res la desechan, porque no la consideran válida como piedra angular, la que soporta el peso de todo el arco. Sin embargo, Dios la coloca en un puesto de privilegio. Con este añadido, la parábola pierde en clari­dad, pero advierte a las autoridades religiosas que su crimen no ha servido de nada, y alegra a los cristianos con la certeza del triunfo de Jesús.

José Luís Sicre



Palabras del Papa a los jesuitas con motivo de los 200 años de restauración de la Compañía de Jesús.

(RADIO VATICANA) La Compañía distinguida con el nombre de Jesús ha vivido tiempos difíciles, de persecución. Durante el generalato del p. Lorenzo Ricci "los enemigos de la Iglesia llegaron a obtener la supresión de la Compañía" (Juan Pablo II, Mensaje al p. Kolvenbach, 31 de julio de 1990) por parte de mi predecesor Clemente XIV. Hoy, recordando su reconstitución, estamos llamados a recuperar nuestra memoria, recordando los beneficios recibidos y los dones particulares (cf Ejercicios Espirituales, 234). Hoy quiero hacerlo aquí con ustedes.

En tiempos de tribulaciones y turbación se levanta siempre una polvareda de dudas y de sufrimientos, y no es fácil seguir adelante, proseguir el camino. Sobre todo en los tiempos difíciles y de crisis llegan tantas tentaciones: detenerse a discutir las ideas, a dejarse llevar por la desolación, concentrarse en el hecho de ser perseguidos y no ver nada más.

Leyendo las cartas del p. Ricci me impactó una cosa: su capacidad para no dejarse sujetar por estas tentaciones y de proponer a los jesuitas, en el tiempo de la tribulación, una visión de las cosas que los arraigaba aún más a la espiritualidad de la Compañía.

El p. General Ricci, que escribía a los jesuitas de entonces, viendo las nubes que se espesaban en el horizonte, los fortalecía en su pertenencia al cuerpo de la Compañía y a su misión. He aquí: en un tiempo de confusión y turbación hizo discernimiento. No perdió el tiempo para discutir ideas y quejarse, sino que se hizo cargo de la vocación de la Compañía.

Y esta actitud ha llevado a los jesuitas a experimentar la muerte y resurrección del Señor. Antes de la pérdida de todo, incluso de su identidad pública, no opusieron resistencia a la voluntad de Dios, no opusieron resistencia al conflicto, tratando de salvarse a sí mismos. La Compañía -y esto es hermoso- vivió el conflicto hasta el final, sin reducirlo: vivió la humillación con Cristo humillado, obedeció. Nunca se salva uno del conflicto con la astucia y con estratagemas para resistir. En la confusión y ante la humillación, la Compañía prefirió vivir el discernimiento de la voluntad de Dios, sin buscar una salida al conflicto de modo aparentemente tranquilo.

No es jamás la aparente tranquilidad la que satisface nuestros corazones, sino la verdadera paz que es un don de Dios. Nunca se debe buscar la "negociación de compromiso" fácil, ni se deben practicar fáciles "irenismos". Sólo el discernimiento nos salva del verdadero desarraigo, de la verdadera "supresión" del corazón, que es el egoísmo, la mundanidad, la pérdida de nuestro horizonte, de nuestra esperanza, que es Jesús, que es sólo Jesús. Y así el p. Ricci y la Compañía en fase de supresión privilegió la historia, en lugar de una posible "historieta" gris, sabiendo que es el amor el que juzga la historia y que la esperanza - aun en la oscuridad - es más grande que nuestras expectativas.

El discernimiento debe hacerse con intención recta, con ojo simple. Por esta razón, el p. Ricci llega, precisamente en esta ocasión de confusión y desconcierto, a hablar de los pecados de los jesuitas. No se defiende sintiéndose una víctima de la historia, sino que se reconoce pecador. Mirarse a sí mismos reconociéndose pecadores evita ponerse en condiciones de considerarse víctimas ante un verdugo. Reconocerse como pecadores; reconocerse realmente pecadores significa ponerse en la actitud justa para recibir consuelo.

Podemos volver a recorrer brevemente este camino de discernimiento y de servicio que el padre General señaló a la Compañía. Cuando en 1759 los decretos de Pombal destruyeron las provincias portuguesas de la Compañía, el P. Ricci vivió el conflicto sin lamentarse y sin dejarse llevar a la desolación, sino invitando a la oración para pedir el espíritu bueno, el verdadero espíritu sobrenatural de la vocación, la perfecta docilidad a la gracia de Dios. Cuando en 1761 la tormenta avanzaba en Francia, el padre General pidió poner toda la confianza en Dios. Quería que se aprovecharan las pruebas sufridas para una mayor purificación interior: éstas nos conducen a Dios y pueden servir para su mayor gloria; a continuación, recomienda la oración, la santidad de la vida, la humildad y el espíritu de obediencia. En 1760, después de la expulsión de los jesuitas españoles, sigue llamando a la oración. Y, por último, el 21 de febrero de 1773, apenas seis meses antes de la firma del Breve Dominus ac Redemptor, ante la absoluta falta de ayuda humana, ve la mano de la misericordia de Dios, que invita a los que somete a la prueba a no confiar en otro que no sea sólo Él. La confianza debe crecer precisamente cuando las circunstancias nos derrumban. Lo importante para el padre Ricci es que la Compañía sea fiel hasta el último al espíritu de su vocación, que es la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas.

La Compañía, incluso ante su propio final, se mantuvo fiel a la finalidad para la que fue fundada. Por ello, Ricci concluye con una exhortación a mantener vivo el espíritu de caridad, de unión, de obediencia, de paciencia, de sencillez evangélica, de verdadera amistad con Dios. Todo lo demás es mundanidad. Que la llama de la mayor gloria de Dios nos atraviese también hoy, quemando toda complacencia y envolviéndonos en una llama que llevamos dentro, que nos concentra y nos expande, nos engrandece y nos hace pequeños.

Así la Compañía vivió la prueba suprema del sacrificio que injustamente se le pedía, haciendo propio el ruego de Tobit, que con el alma llena de aflicción, suspira, llora y luego reza: "Tú eres justo, Señor, y todas tus obras son justas. Todos tus caminos son fidelidad y verdad, y eres tú el que juzgas al mundo. Y ahora, Señor, acuérdate de mí y mírame; no me castigues por mis pecados y mis errores, ni por los que mis padres cometieron delante de ti. Ellos desoyeron tus mandamientos y tú nos entregaste al saqueo, al cautiverio y a la muerte, exponiéndonos a las burlas, a las habladurías y al escarnio de las naciones donde nos has dispersado". Y concluye con el ruego más importante: "No apartes de mí tu rostro, Señor". (Tb 3,1-4.6d).

Y el Señor respondió enviando a Rafael para quitar las manchas blancas de los ojos de Tobit, para que volviera a ver la luz de Dios. Dios es misericordioso, Dios corona de misericordia. Dios nos ama y nos salva. A veces el camino que lleva a la vida es estrecho y angosto, pero la tribulación, si se vive a la luz de la misericordia, nos purifica como el fuego, nos da tanto consolación e inflama nuestro corazón aficionándolo a la oración. Nuestros hermanos jesuitas en la supresión fueron fervientes en el espíritu y en el servicio del Señor, gozosos en la esperanza, constantes en la tribulación, perseverantes en la oración (cf. Rom 12:13). Y ello dio honor a la Compañía, no ciertamente los encomios de sus méritos. Así será siempre.

Recordemos nuestra historia: a la Compañía "se le dio la gracia no sólo de creer en el Señor, sino también sufrir por Él" (Filipenses 1,29). Nos hace bien recordar esto.

La nave de la Compañía fue zarandeada por las olas y ello no debe sorprender. También la barca de Pedro lo puede ser hoy. La noche y el poder de las tinieblas están siempre cerca. Es fatigoso remar. Los jesuitas deben ser "expertos y valerosos remeros" (Pío VII, Sollecitudo omnium Ecclesiarum): ¡remen entonces! ¡Remen, sean fuertes, incluso con el viento en contra! ¡Rememos al servicio de la Iglesia! ¡Rememos juntos! Pero mientras remamos - todos remamos, también el Papa rema en la barca de Pedro - debemos orar tanto: "¡Señor, sálvanos!", "¡Señor salva a tu pueblo ". El Señor, aun si somos hombres de poca fe nos salvará. ¡Esperemos siempre en el Señor! ¡Esperemos siempre en el Señor!

La Compañía reconstituida por mi predecesor Pío VII estaba integrada por hombres valientes y humildes en su testimonio de esperanza, de amor y de creatividad apostólica, la del Espíritu. Pío VII escribió que quería reconstituir la compañía para "socorrer oportunamente las necesidades espirituales del mundo cristiano sin distinción de pueblos y de naciones" (ibid). Por ello dio la autorización a los jesuitas, que todavía existían aquí y allí, gracias a un soberano luterano y a una soberana ortodoxa, a "permanecer unidos en un solo cuerpo." ¡Que la Compañía permanezca unida en un solo cuerpo!

Y la Compañía fue enseguida misionera y se puso a disposición de la Sede Apostólica, comprometiéndose generosamente "bajo el estandarte de la cruz por el Señor y su Vicario en la tierra" (Fórmula Instituti, 1). La Compañía reanudó su actividad apostólica con la predicación y la enseñanza, los ministerios espirituales, la investigación científica y la acción social, las misiones y la atención a los pobres, a los que sufren y los marginados.

Hoy la Compañía afronta con inteligencia y laboriosidad también el trágico problema de los refugiados y de los prófugos; y se esfuerza con discernimiento en integrar el servicio de la fe y la promoción de la justicia, en conformidad con el Evangelio. Confirmo hoy lo que Pablo VI nos dijo en nuestra trigésimo segunda Congregación General y que yo mismo escuché con mis propios oídos: "Por doquier en la Iglesia, incluso en los campos más difíciles y extremos, en las encrucijadas de las ideologías, en las trincheras sociales, ha habido y hay confrontación entre las exigencias ardientes del hombre y el mensaje perenne del Evangelio, allí han estado y están los jesuitas ".

En 1814, en el momento de la reconstitución, los jesuitas eran un pequeño rebaño, una "mínima Compañía", que sin embargo se sentía investido, después de la prueba de la cruz, con la gran misión de llevar la luz del Evangelio hasta los confines de la tierra. Así debemos sentirnos nosotros hoy, por lo tanto: en salida, en misión. La identidad jesuita es la de un hombre que adora sólo a Dios y ama y sirve a sus hermanos, mostrando con el ejemplo, no sólo en qué cree, sino también en qué espera y quién es Aquel en quien ha puesto su confianza (cf. 2 Tim 1, 12). El jesuita quiere ser un compañero de Jesús, uno que tiene los mismos sentimientos de Jesús. 

La Bula de Pío VII que reconstituyó la Compañía fue firmada el 7 de agosto de 1814 en la Basílica de Santa María la Mayor, donde nuestro santo padre Ignacio celebró su primera Eucaristía, en la Nochebuena de 1538. María, Nuestra Señora, Madre de la Compañía, estará conmovida por nuestros esfuerzos por estar al servicio de su Hijo. Ella nos custodie y nos proteja siempre. 

Traducción: Cecilia Avolio; jesuita Guillermo Ortiz RADIO VATICANA



Ser otoño
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Cuando suena el móvil es como si el mundo se detuviera y perdiéramos el yo absorto, prendido de la conversación lejana.

Incluso subimos la voz, como si estuviéramos solos en el mundo los dos, mi móvil y yo, sin advertir si hacemos ruido, molestamos a otros o estamos pregonando al aire historias que afectan sólo a nuestra intimidad.

Hasta se esfuma el paisaje a nuestro derredor, esta explosión de rojos, ocres, amarillos del melancólico otoño con que las hojas se despiden de su ya viejo verdor de primavera y nos evocan el leve suspiro que somos, distendidos en el tiempo, entre el verano y el invierno.

Párate, desconecta y escucha en directo el rumor de los árboles; aspira los olores del otoño y quémate con el fuego de sus colores, antes de que sea tarde y las ramas se tornen desnudas y ateridas, como tu alma. Que el ruido-ambiente no te prive de sentirte vivo y exclamar con el poeta: “Soy otoño, menos cuando me besas”.

Pedro Miguel Lamet, SJ.



Los jesuitas
Celebramos 200 años de la reconstitución de la Compañía de Jesús.

¿Qué es un jesuita? Un hombre que sabe lo que quiere y hace lo que quiere. Parecerá pretenciosa esta afirmación, arrogante, propia de un soberbio. Lo digo en otro sentido.

Los ejercicios espirituales de San Ignacio, la fábrica de jesuitas, los ha capacitado para descubrir lo que Dios quiere de ellos, al liberarlos de sus  pecados, de los miedos que hacen que las personas tomen malas decisiones, y los ha llenado de coraje para lanzarse con todo a compartir la misión de Jesús.

San Ignacio llegó a la conclusión de que el hombre alcanza su plenitud cuando quiere lo que Dios quiere de él, y lo hace. El problema es que normalmente no sabemos lo que queremos sino que nos hallamos perdidos en un bosque de deseos diversos. Podemos desear una infinidad de cosas distintas sin renunciar a ninguna de ellas. Deseamos desordenadamente. Así no atinamos con la felicidad sino que vamos por la vida desparramando. Así no hacemos la voluntad de Dios que nos lleva a la felicidad.

Los jesuitas, por su parte, alcanzamos la felicidad cuando Cristo logra ponernos en orden, nos rehace por dentro y nos hace partícipes de su misma misión, compañeros que se entregan sin respiro a la causa del Reino.

Jorge Costadoat, SJ.



Los “No” del papa Francisco
Víctor Codina SJ

BOLIVIA – La constante sonrisa del Papa, sus gestos de ternura con niños y enfermos, sus homilías sobre la misericordia, sus escritos sobre la alegría del evangelio… podrían ofrecernos una falsa imagen del Obispo de Roma si estos aspectos tan positivos no se complementan con algunas de sus denuncias proféticas, con sus numerosos “No”.

También el mensaje y vida de Jesús de Nazaret quedarían incompletos o incluso falsificados silas bienaventuranzas y su predilección por los pobres y pequeños no se completasen con sus críticas a escribas y fariseos, con sus “ay de los ricos”, con la expulsión de los mercaderes del templo que fue el detonante de su pasión y muerte en cruz: “No se puede servir a Dios y al dinero”.

Francisco denuncia proféticamente los aspectos de nuestra sociedad contrarios al evangelio del Reino: No a una economía de la exclusión y la inequidad, no a una economía que mata, una economía sin rostro humano, no a un sistema social y económico injusto que cristaliza en estructuras sociales injustas, no a una globalización de la indiferencia, no a la idolatría del dinero, no a un dinero que gobierna en lugar de servir, no a una inequidad que engendra violencia; que nadie se escude en Dios para justificar la violencia. No a la insensibilidad social que nos anestesia ante el sufrimiento ajeno, no al armamentismo y a la industria de la guerra, no a la trata de personas, no a cualquier forma de muerte provocada… En el fondo, Francisco actualiza el mandamiento de no matar y defender el valor de la vida humana, desde el comienzo hasta el final. Francisco actualiza la pregunta de Yahvé a Caín: “¿Dónde está tu hermano?”.

Pero junto a esta denuncia profética de nuestra sociedad, Francisco critica también actitudes de los cristianos y de la Iglesia contrarias al evangelio: No a la mundanidad espiritual, no a la acedia (o apatía) pastoral, no al pesimismo estéril, no a los profetas de calamidades, no a los desencantados con cara de vinagre, no a los cristianos tristes con cara de funeral o de cuaresma sin Pascua, no a la guerra entre nosotros, no nos dejemos robar la comunidad, ni el evangelio, ni el ideal del amor fraterno, ni la fuerza misionera; no a los que creen que nada puede cambiar, no a una Iglesia encerrada en sí misma y autorreferencial, no a una obsesión moralista que olvida el anuncio gozoso del evangelio; no a los pastores que se creen príncipes de la Iglesia y están siempre en los aeropuertos, no al clericalismo, no a los que desean volver al pasado anterior al Concilio, no a la falsa alegría y sonrisas de azafata, no a los que convierten los sacramentos en aduanas y la confesión en una sala de tormento. No coartar la fuerza misionera de la religiosidad popular que es fruto del Espíritu, no convertirnos en expertos de diagnósticos apocalípticos, no reducir el evangelio a una relación personal con Dios y a una caridad a la carta, no a una religión reducida al ámbito privado y a preparar almas para el cielo, no es suficiente no caer en errores doctrinales si somos pasivos o cómplices de la injusticia y de los gobiernos que las mantienen…

Detrás de estos “No” de Francisco se dibuja una imagen realmente evangélica de la Iglesia y el deseo de un mundo mejor, más justo e igualitario, más cercano al Reino de Dios. La alegría de Francisco no es una alegría mundana ni fruto de un temperamento optimista, sino que es la alegría que brota del evangelio de Jesús muerto y resucitado, y de la fuerza vivificadora de su Espíritu: “No nos dejemos robar la esperanza”.
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Víctor Codina SJ.
Sacerdote jesuita. 



Renovando la esperanza y el compromiso
Discurso del Mtro. Alberto Irezabal Vilaclara
Orador Invitado a la Ceremonia de Egresados, Sábado 27 de septiembre, UIA, DF.

Estimado Padre Rector, miembros del presidium, familiares y egresados que hoy reciben su título. Es un gran honor haber recibido la invitación para acompañarlos en esta ceremonia de celebración.

Como acaban de mencionarlo en mi semblanza,  yo paso gran parte del tiempo  en  Chiapas,  trabajando  junto  a  amigos  y  hermanos  indígenas tseltales, de quienes entre las muchas cosas que he aprendido de su cultura y modo de vida, está el sentido que tiene la fiesta o la celebración, la cual no sólo es un momento social de festejo sino que tiene un profundo sentido de agradecimiento,  compromiso  y corresponsabilidad  entre  los asistentes, la comunidad, su cultura…

Justamente  hoy,  en  esta  ceremonia,  estamos  celebrando…     Hoy  nos reunimos alumnos, padres de familia, amigos, académicos y personal de la universidad para reconocer el esfuerzo de los egresados que hoy reciben su título, que pasaron años estudiando para exámenes, trabajando en equipo y haciendo entregas (les aseguro a todos los padres de familia que no todo fue fiesta,  sólo  lo  mínimo  indispensable). Pero  también  los  reconocemos  y agradecemos a ustedes, a las familias, quienes con su esfuerzo y apoyo hoy posibilitan este espacio para poder recibir su título.

A  través  de  los  años  de  trabajo  en  Chiapas  he  sido  testigo   de  la desesperanzadora  realidad en la que vivimos. Una realidad en la que a pesar de que nunca en nuestra historia como seres humanos hemos tenido  tanta capacidad  de  innovación  y que  hemos generado  tanta  riqueza como  lo hacemos hoy  en  día,  no  hemos  logrado  crear un  sistema que  asegure distribuirla de manera justa y equitativa y menos aún, generarla sin esquemas de exclusión y opresión de las personas o destrucción de la naturaleza. Esto ha generado que, según datos oficiales de nuestro país, la mitad de nuestra población  viva en condiciones de pobreza y aproximadamente el 10% en pobreza extrema. ¿Y eso qué significa? No cabe más que decirles que donde yo trabajo, un municipios de la selva norte de Chiapas, la esperanza de vida es de aproximadamente 20 años, debido a la alta mortalidad infantil.  Es más no hace falta más que desplazarnos a 5 minutos en coche al Pueblo de Santa Fe para ver esta parte de la realidad de nuestro país.

No es fácil ser empático con esa realidad, parece distante cuando uno se encuentra inmerso en esta burbuja. Tuve la suerte de conocer el proyecto de economía solidaria impulsado por tseltales y jesuitas en Chiapas gracias a la Ibero. Fue en una clase de Ingeniería Industrial, en la que nos ofrecieron ir a hacer una consultoría técnica sobre el café. Decidí asistir al viaje sólo para conocer la selva, pero nunca me imaginé que salir brevemente de mi zona de confort, de mi burbuja, me llevaría a cambiar mi vida para siempre.

En Chiapas no sólo conocí la selva, sino que descubrí la lucha de muchas personas que todos los días enfrentan contextos de gran adversidad y que así lo llevan haciendo durante muchos años.  La vocación humanista de mi formación  junto  al  trabajo  con  todos  ellos  me  enseñó  el  sentido  del compromiso social, que no es algo que se hace en el tiempo libre, no es una actividad  secundaria a la vida  cotidiana,  si no  que  a pesar de  cualquier dificultad, puede ser el hilo conductor de toda una vida.

Justamente en una ceremonia tseltal en Chiapas, en mis primeros años de voluntario, fue que empecé a entender esto.

Era la primera vez que asistía a una asamblea de la cooperativa de café. En medio de la selva, nos reunimos los productores para discutir puntos como el precio, volumen de café, acuerdos internos. A mí como voluntario, me tocó ayudar  a  armar  el  orden  del  día  y  definir  los  tiempos  de  discusión. Empezamos temprano, como a las 6 de la mañana porque sabíamos que a las 2 de la tarde salían todos los colectivos hacia las comunidades y era la última   oportunidad   para  los  productores   para  regresar  a  sus  casas. Empezamos construyendo un altar maya y empezamos con la oración a las cuatro esquinas del mundo, que son los cuatro puntos cardinales para dar gracias y pedir perdón a la Madre Tierra. Pero la ceremonia se extendía, y ya llevábamos 2 horas de oración y todavía no habíamos empezado a hablar de ninguno de los puntos preparados. Yo me empecé a poner muy nervioso y fue cuando uno de los principales de la comunidad se acercó y me dijo:

“Tranquilo,  Alberto,  tienes que entender que si nosotros no hacemos esta oración, no tendremos el corazón preparado para hablar de los puntos que tenemos que atender”
Yo me quedé, helado, me senté, deje de preocuparme…

¿Tener el corazón preparado para hablar de esos puntos?
Yo pensé que ése ya venía listo para tomar decisiones, pero no… Así como hemos ido preparando la cabeza a través de todos estos años de formación, también el corazón es un músculo que tenemos que entrenar. Por ejemplo, sentir miedo o sentir amor no se definen en la cabeza, sino en el corazón, y estos dos sentimientos son fundamentales en nuestra toma de decisiones.

El sistema en el que vivimos nos inculca el miedo a no ser exitosos, es un sentimiento que se genera en el corazón y que muchas veces nos impulsa hacia un tipo de vida en donde el éxito se mide en términos materiales o de dinero,    basados   en   un   sistema   consumista.   Es   fundamental    que preparemos nuestro corazón para dejar de tener miedo y empezar a tomar decisiones por  amor, decisiones que les aseguro, en el largo plazo serán mucho más satisfactorias.

Fue  hace  poco,  también  en  una  ceremonia  tseltal,  que  por  fin  logré entenderlo.   Estábamos  haciendo   planeación   estratégica  dentro   de   la cosmovisión tseltal. Se trataba de un ayuno de 24 horas sin comer ni dormir, en donde  cada 4 horas encenderíamos nuestras candelas para hacer una oración y discutir cada uno de los acuerdos de la cooperativa. Honestamente yo no entendía como en esas condiciones, 300 personas íbamos a tener la claridad para definir nuestro camino y nuestro sueño.

Ninguna de las respuestas que esperaba que llegaran, llegaron, pero a las 3 de  la  mañana, después de  más de  20  horas de  ceremonia  lo  entendí. Estábamos todos  sufriendo el hambre y sueño pero estábamos juntos, no había mestizos o  tseltales, hombres o  mujeres, ricos o  pobres,  viejos o jóvenes, nos habíamos convertido en un grupo de personas que decidíamos estar ahí para construir un sueño, una alternativa. Por fin había entendido el sentido de esa ceremonia y el compromiso que nos otorgaba, la magia de la solidaridad y la fuerza que tiene la esperanza.      

Preparar al corazón y construir respuestas juntos….
¿Qué significa esta ceremonia para nosotros? Representamos menos del 1% de los jóvenes de este país que tiene la oportunidad  de una educación de esta calidad, tanto en lo técnico como en lo humano, tanto para la cabeza como para el corazón.
Ignacio Ellacuría SJ, rector de la Universidad Centroamericana, lo dijo hace más de 20 años en el último discurso que dio antes de su asesinato:

“Lo que queda por hacer es mucho. Sólo utópica o esperanzadamente uno puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”.

Como egresados de la Ibero, tenemos que dar el ejemplo.
Tenemos que crear donde no hay, proponer e innovar con nuevos modelos económicos y políticos que estén basados en la sustentabilidad.

Tenemos  que  ser  empáticos  y  construir  relaciones  solidarias  entre  las personas y pueblos. Aprender a confiar, ya que si nuestra confianza es débil, nuestra esperanza será frágil.

Tenemos  que  darle  prioridad  a  la  persona,  no  permitir  que  ésta  esté subordinada al capital, si no que el capital esté al servicio de la persona.
Tenemos que ser puentes entre las diferentes realidades, diferentes sectores de la población y derrumbar paradigmas al posicionarnos a favor de aquellos más vulnerables y excluidos.

Hay que reconocer el privilegio de estudiar en la Ibero… Somos afortunados y tenemos que ser agradecidos por eso, pero entender que conlleva una gran responsabilidad.

Yo creo profundamente que nosotros los jóvenes tenemos que convertirnos en la esperanza para esta época de desesperanza. Agradecer la alegría que hay en esta celebración y asumir el compromiso que ésta misma nos otorga.

Hoy que reciben el título, queda en nuestras manos ser el ejemplo. Ya no somos el futuro, somos el presente que necesita este país para un futuro más justo, más equitativo,  más sustentable. Como jóvenes, en el momento que nos la creamos, que asumamos este compromiso no sólo podremos transformar nuestra realidad sino que podremos inspirar a los demás para hacerlo. Como lo dice parte de la filosofía de nuestra universidad, “ser un fuego que encienda otros fuegos”.

El Padre Arizmendiarrieta, inspirador del Grupo Cooperativo Mondragón, lo dijo  así: “El  mundo  no  se  nos  ha  dado  para  contemplarlo,  sino  para transformarlo”.
¿Y cómo lo hacemos? Es fácil decirlo, pero, ¿cómo empezamos?

No  es  necesario  irse  a  al  selva  para  empezar.  Es  más,  me  gustaría preguntarles a todos los egresados que hoy reciben su título si creen que con su esfuerzo, conocimiento,  compromiso  y corazón pueden crear empresas sociales y  sustentables,  promover  diseños  interculturales,  fomentar  una comunicación  transparente  y  democrática,  diseñar  procesos  limpios   y eficientes, proponer estructuras sustentables y sistemas políticos y educativos más justos. Si lo creen así y quieren sumarse al cambio, por favor pónganse de pie.

También  les  quiero  pedir  a  todos  los  miembros  de  esta  universidad, académicos, profesores, trabajadores que ya nos han acompañado en este camino  y  que  creen  en  la  formación  de  personas más integrales  para enfrentar este contexto de adversidad, que nos acompañen una vez más y que se paren, por favor…

Y a las familias y amigos, que también son parte de este desafío y de quienes necesitaremos tanto su apoyo y como su entrega para lograr este cambio, que se pongan de pie por favor…

Reconocer  quién   está   al   lado   nuestro,   tanto   algún   familiar   como desconocido, sabemos que no estamos solos, sino que somos más quienes queremos un mundo mejor, un mundo más justo y que estamos dispuestos a asumir el compromiso que tenemos como comunidad Ibero.

Este es el camino de la esperanza, el camino que construimos todos juntos.
Me gustaría cerrar con las palabras del Padre Pedro Arrupe, antiguo Superior general de la Compañía de Jesús: “No  me resigno a que, cuando yo muera, siga el mundo como si no hubiera vivido”.

Les pido un fuerte aplauso para todos nosotros que como comunidad Ibero hoy asumimos y renovamos ese compromiso y representar la esperanza que necesitamos.