viernes, 26 de mayo de 2017

José Antonio Pagola - ABRIR EL HORIZONTE


José Antonio Pagola - ABRIR EL HORIZONTE

Ocupados solo en el logro inmediato de un mayor bienestar y atraídos por pequeñas aspiraciones y esperanzas, corremos el riesgo de empobrecer el horizonte de nuestra existencia perdiendo el anhelo de eternidad. ¿Es un progreso? ¿Es un error?

Hay dos hechos que no es difícil comprobar en este nuevo milenio en el que vivimos desde hace unos años. Por una parte está creciendo en la comunidad humana la expectativa y el deseo de un mundo mejor. No nos contentamos con cualquier cosa: necesitamos progresar hacia un mundo más digno, más humano y dichoso.

Por otra está creciendo al mismo tiempo el desencanto, el escepticismo y la incertidumbre ante el futuro. Hay tanto sufrimiento absurdo en la vida de las personas y de los pueblos, tantos conflictos envenenados, tales abusos contra el planeta, que no es fácil mantener la fe en el ser humano.

Es cierto que el desarrollo de la ciencia y la tecnología están logrando resolver muchos males y sufrimientos. En el futuro se lograrán, sin duda, éxitos todavía más espectaculares. Aún no somos capaces de intuir la capacidad que se encierra en el ser humano para desarrollar un bienestar físico, psíquico y social.

Pero no sería honesto olvidar que este desarrollo prodigioso nos va «salvando» solo de algunos males y solo de manera limitada. Ahora precisamente que disfrutamos cada vez más del progreso humano empezamos a percibir mejor que el ser humano no puede darse a sí mismo todo lo que anhela y busca.

¿Quién nos salvará del envejecimiento, de la muerte inevitable o del poder extraño del mal? No nos ha de sorprender que muchos comiencen a sentir la necesidad de algo que no es ni técnica ni ciencia, tampoco ideología o doctrina religiosa. El ser humano se resiste a vivir encerrado para siempre en esta condición caduca y mortal. Busca un horizonte, necesita una esperanza más definitiva.

No pocos cristianos viven hoy mirando exclusivamente a la tierra. Al parecer no nos atrevemos a levantar la mirada más allá de lo inmediato de cada día. En esta fiesta cristiana de la Ascensión del Señor quiero recordar unas palabras de aquel gran científico y místico que fue P. Teilhard de Chardin: «Cristianos a solo veinte siglos de la Ascensión. ¿Qué habéis hecho de la esperanza cristiana?».

En medio de interrogantes e incertidumbres, los seguidores de Jesús seguimos caminando por la vida trabajados por una confianza y una convicción. Cuando parece que la vida se cierra o se extingue, Dios permanece. El misterio último de la realidad es un misterio de amor salvador. Dios es una puerta abierta a la vida eterna. Nadie la puede cerrar.

Ascensión del Señor - A
(Mateo 28,16-20)
28 de mayo 2017

José Antonio Pagola 




HACED DISCÍPULOS
Escrito por  Florentino Ulibarri

Haced discípulos míos, no maestros;
haced personas, no esclavos;
haced caminantes, no gente asentada;
haced servidores, no jefes.
Haced hermanos.

Haced creyentes, no gente creída;
haced buscadores de verdad, no amos de certezas;
haced creadores, no plagistas;
haced ciudadanos, no extranjeros.
Haced hermanos.

Haced poetas, no pragmáticos;
haced gente de sueños y memoria,
no de títulos, arcas y mapas;
haced personas arriesgadas, no espectadores.
Haced hermanos.

Haced profetas, no cortesanos;
haced gente inquieta, no satisfecha;
haced personas libres, no leguleyas;
haced gente evangélica, no agorera.
Haced hermanos.

Haced sembradores, no coleccionistas;
haced artistas, no soldados;
haced testigos, no inquisidores;
haced amigos de camino, no enemigos.
Haced hermanos.

Haced personas de encuentro,
con entrañas y ternura,
con promesas y esperanzas,
con presencia y paciencia,
con misión y envío.
Haced hermanos.

Haced discípulos míos;
dadles todo lo que os he dado;
descargad vuestras espaldas
y sentíos hermanos.

Florentino Ulibarri




MUERTO JESÚS, ESTÁ FUERA DE TIEMPO Y ESPACIO
Escrito por  Fray Marcos
Mt 28, 16-20

Si hemos vislumbrado en alguna medida lo que nos decía Jn los dos domingos pasados, se nos hará muy cuesta arriba entender la fiesta de hoy y la de los tres domingos siguientes. La subida de Jesús al cielo, la venida del Espíritu, la Trinidad, la Eucaristía están presentadas por los textos litúrgicos como realidades externas que se dieron en otro tiempo. Entendiendo mal los textos, desenfocamos el verdadero sentido.

No podemos seguir utilizando un lenguaje que responde a una visión mítica de la realidad. Cuando se creía que Dios estaba en lo más alto, que el hombre estaba en el medio y que el demonio estaba en lo más bajo, el lenguaje utilizado se entendía perfectamente. De Jesús se dice expresamente: Bajó del cielo, se hizo hombre, descendió a los infiernos y volvió a subir. Nuestra manera de entender la realidad ha cambiado. Hoy no nos dice nada un cielo o un infierno como lugares de referencia.

Debemos entender la ascensión como parte del misterio pascual que es una única realidad. Ni la resurrección, ni la ascensión, ni el sentarse a la derecha del Padre, ni la glorificación, ni la venida del Espíritu, son hechos separados. Se trata de una realidad única que está sucediendo en este mismo instante, porque está fuera del tiempo y del espacio. Decir de Jesús después de muerto: a los tres días, a los ocho días, a los cuarenta días, a los cincuenta días, no tiene sentido ninguno. Hablar de Galilea o de Jerusalén, o decir que está sentado a la derecha de Dios, es absurdo literalmente.

Esto no quiere decir que sea una realidad inventada. Todo lo contrario, esa es la ÚNICA REALIDAD. Es lo que está sujeto al tiempo y al espacio la que no tiene consistencia. Esa realidad intangible ha tenido una repercusión real en la vida de los cristianos, y eso sí se puede descubrir a través de los sentidos. Esa realidad no temporal, es la que hay que descubrir para que tenga también en nosotros la misma eficacia transformadora. Si seguimos creyendo que es un acontecimiento que sucedió hace veinte siglos en un lugar y un tiempo determi­nado, ¿Qué puede significar para nosotros hoy?

Las realidades espirituales, por ser atemporales, pertenecen al hoy como al ayer, son tan nuestras como de Pedro o Juan. No han sucedido en el pasado, sino que están sucediendo en este instante. Son realidades que están afectando a nuestra propia vida. Puedo vivirlas yo como las vivieron los apóstoles. Es más, el único objetivo del mensaje evangélico, es que todos lleguemos a vivirlas como las vivieron ellos.

La ascensión empezó en el pesebre y terminó en la cruz: Todo está cumplido. Ahí terminó la trayectoria humana de Jesús y sus posibilidades de crecer como criatura. Después de ese paso no existe el tiempo, por lo tanto, no puede suceder nada en él. Es todo como un chispazo que dura toda la eternidad. Él había llegado a la plenitud total en Dios. Por haberse despegado de todo lo que en él era transitorio y terreno, solo permaneció de él lo que había de Dios, y con Él se identificó absolutamente.

¿De verdad queremos ser cristianos? ¿Tenemos la intención de recorrer la misma senda, de alcanzar la misma plenitud, la misma meta? ¿Estamos dispuestos a dejarnos aniquilar en esa empresa, a aceptar que no quedará nada de lo que creo ser? Es duro, pero no puede haber otro camino. Si renuncio al don total de mí mismo, renuncio a alcanzar la meta. Como en Jesús, ese don total solo será posible cuando descubra que Dios Espíritu se me ha dado totalmente, y está en mí para llevar a cabo esa obra de amor.

Tal vez nos conformemos con quedarnos pasmados mirando al cielo y esperando que él vuelva. Esa es la mejor manera de hacer polvo todo el quehacer de Jesús en esta tierra. La idea de que Dios o Jesús o el Espíritu pueden hacer, en un momento determinado, algo por mí, ha desvirtuado la religiosidad cristiana. Dios, Jesús y el Espíritu lo están haciendo todo por mí en todo instante. Yo soy el que tengo que hacer algo en un momento determinado para descubrir esa realidad y hacerla mía viviéndola.

El relato de Mt que acabamos de leer, es un prodigio de síntesis teológica. No hay en él ninguna alusión a la subida al cielo, ni a dejar de verlo. Consta simplemente, de una localización dada, una proclamación de poder y tres ideas básicas. Situar la escena en un monte, es una indicación suficiente de que lo que le interesa no es el lugar, sino el simbolismo. El monte significa el ámbito de lo divino, donde está Dios y donde quiere situar también a Jesús. Que lo sitúe en Galilea, tiene un significado muy importante. Judea había rechazado a Jesús y no era ya el lugar donde encontrarse con Dios.

Jesús no pudo decir que se le ha dado todo poder, porque después del bautismo rechazó el poder como una tentación. Este doble lenguaje nos ha despistado. No hay un poder bueno y otro malo. Todos son perversos. Se trata de expresar que ha alcanzado la plenitud absoluta por haberse identificado con Dios en el don total de sí mismo. Debemos tener en cuenta que la primera interpretación del misterio pascual, está formulada en términos de glorificación; antes incluso de hablar de resurrección.

El envío a predicar. También tiene un carácter absoluto “todos los pueblos”. El tema de la misión es crucial en todos los relatos pascuales. La primera comunidad intenta justificar lo que era ya práctica generalizada de los cristianos. El predicar el “Reino de Dios” no es un capricho de unos iluminados sino mandato expreso de Jesús. Todo cristiano tiene, como primera obligación, llevar a los demás el mensaje de su Maestro.

Es muy importante la particularidad de la enseñanza. No se trata de enseñar doctrinas ni ritos ni normas morales sino de instar a una manera de proceder. Esto está muy de acuerdo con la insistencia de los evangelios en las obras como manifestación de la presencia de Dios en Jesús, y como consecuencia de la adhesión a Jesús. Si tenemos en cuenta que el núcleo del evangelio es el amor, comprenderemos que en la práctica, el amor es lo primero que tiene que manifestarse en un cristiano.

Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Fue el tema del evangelio de los dos domingos pasados. Ya habían dejado claro que todo lo que hizo Jesús era obra del Padre o que era el Espíritu el que actuaba en él. Ahora sigue siendo Dios en sus tres dimensiones el que va a continuar la obra de salvación a través de sus seguidores. Recordar que Jesús habla de enviar al Espíritu, de quedarse él con nosotros, de que el Padre vendrá a cada uno. Esta manera de hablar puede hundirnos. Los tres “vendrán” a mi conciencia cuando me dé cuenta de que están ahí ya.

Meditación-contemplación

Celebramos la Ascensión, pero estará con nosotros siempre.
En esta contradicción (coan) está el secreto.
Ni se va ni se queda. Para Jesús resucitado no hay lugar ni tiempo.
En Dios, estoy fuera del tiempo y del espacio.

No puede haber Vida si no trascendemos el tiempo y el espacio.
Nuestra Vida “divina” es la misma ahora y siempre.
Contemplar, es salir del tiempo y del espacio.
Es identificarse con Dios que es eternidad.

Fray Marcos




LA MISIÓN DE JESÚS QUEDA EN NUESTRAS MANOS
Escrito por  José Enrique Galarreta, SJ. (QEPD)
Mt 28, 16-20

Repasemos el conjunto de los relatos y textos de la ascensión,
para poder comprenderlos mejor.

MATEO
(Lo leemos hoy como evangelio del día)

La "despedida de Jesús" se produce en Galilea, en un monte. No se señala cuándo. El final es:
"Se me ha concedido pleno poder en el cielo y en la tierra. Por tanto, id a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautizadlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enseñadles a cumplir cuanto os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo."

Y no se hace ninguna mención de la Ascensión.

MARCOS
La despedida se hace en el Cenáculo, en Jerusalén, el mismo domingo de resurrección. Jesús les da un mensaje de misión semejante el de Mateo. El texto termina así:
"El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba el mensaje con las señales que les acompañaban."

LUCAS
(Evangelio)
La despedida se hace en el camino de Betania, el domingo de Resurrección. El último párrafo es:
"Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos. Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios"

HECHOS
(La primera lectura de hoy)
La despedida se hace desde el Monte de los olivos, cuarenta días después de la resurrección. Hay un sermón de misión y una descripción de la subida de Jesús al cielo, por los aires, con la promesa de que volverá.

JUAN
(Primera conclusión de su evangelio)
La despedida se hace en el cenáculo, ocho días después del Domingo de Resurrección. El "discurso de despedida" se ha puesto ocho días antes, en la aparición sin Tomás. Dice:

"Paz a vosotros, como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros." Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a los que se los retengáis, les quedan retenidos."

En la aparición con Tomás no hay discurso de misión. No se hace mención alguna a la "partida" de Jesús.

En el añadido del cap. 21, no hay ninguna mención de la Ascensión.

Resumiendo las semejanzas y las diferencias:

· Marcos, Lucas y Hechos sitúan la acción en Jerusalén y sus alrededores, mientras que Mateo y Juan (2ª conclusión) recogen la tradición de Galilea.

· Marcos, Lucas y Juan (1ª conclusión) terminan el mismo domingo de la resurrección, mientras que Mateo y Juan (2ª conclusión) suponen un tiempo intermedio indefinido, y Hechos habla expresamente de cuarenta días.

· Los cuatro evangelios y los Hechos constatan un sermón de Misión como final del mensaje de Jesús.

· HECHOS describe la partida como un despegar hacia las nubes.

· Marcos y Lucas no describen la partida.

"El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

"Y, mientras los bendecía, se separó de ellos."

· Mateo y Juan no mencionan la "partida" de Jesús.

Estas diferencias, tan notables, nos hacen reflexionar. No es creíble que un mismo autor cuente un suceso de dos formas que, aunque coinciden en lo esencial, presentan fuertes diferencias.

Ampliando esta idea, es sorprendente que los otros testigos lo cuenten de forma tan distinta, y que Juan no lo cuente.

Evidentemente, por todo ello, no nos encontramos ante la simple narración de un suceso, sino de algo más, del significado del suceso, de la fe en lo que sucede en el fondo de lo que se ve.

En este sentido, no debemos olvidar algunas conclusiones claras:

· No es posible la reconstrucción de una "cronología de la resurrección y ascensión del Señor". No lo dan los textos.

· No es posible ignorar el carácter de "relatos de los sucesos de aquel fin de semana" que tienen los primeros textos de la Resurrección (las mujeres en el sepulcro), y el carácter de "profesión de fe" que van adquiriendo los relatos siguientes.

· Los textos de la Ascensión son de género literario "Teofanía" y "profesión de fe", están escritos desde la intención de manifestar la Fe en Jesús Señor.

· En ellos encontramos elementos simbólicos frecuentes en el Antiguo Testamento, y usados por los evangelistas:

ARRIBA
SENTADO A LA DERECHA
LA NUBE
LAS VESTIDURAS BLANCAS
LA VOZ DEL CIELO.

(Relatos de este género, con símbolos semejantes son, entre otros, el Bautismo en el Jordán, la Transfiguración y algunos de los relatos de la infancia y nacimiento)

· El hecho de que Juan los omita - en paralelismo a la omisión del mismo Juan del pasaje de la institución de la Eucaristía - nos muestra a las claras que hay en los evangelistas varias maneras de proclamar la Fe en Jesús Resucitado Señor.

En conclusión. Nos encontramos en la transición del relato de historia - la muerte de Jesús en la cruz - a la proclamación de la Fe en Jesús Señor exaltado por Dios. Y todo ello, en la perspectiva de la Misión, y con la promesa del Espíritu.

Mientras que en los relatos de la Pasión lo central era el suceso, lo que vieron los ojos, en estos relatos lo central es lo que no ven los ojos, el triunfo definitivo de Jesús.

Así pues, las tres lecturas de hoy se mueven entre el simbolismo y el mensaje, y, juntos, nos ayudan a comprender la Ascensión del Señor. Demasiadas veces trivializamos la Ascensión como si fuera un episodio de la vida de Jesús, un "viaje final".

El nacimiento y la muerte en cruz son sucesos: hubo testigos, creyentes o no, que podrían atestiguarlos. La Encarnación, la Resurrección y la Ascensión no son sucesos que los ojos vieron. Son "sucesos de la fe". Y sus relatos no cuentan lo que vieron los ojos, sino lo que la fe creyó.

Nuestra mentalidad tiende inmediatamente a preguntarse ¿qué sucedió? Queremos ante todo saber dónde tuvo lugar este suceso, cuándo sucedió, y qué sucedió exactamente. Y esto es una mala postura previa para la lectura de cualquier texto. La pregunta correcta es, con este relato "¿qué nos quiere decir el autor?".

El mensaje único de todos los textos es simple: Jesús exaltado como Señor encomienda a los discípulos su misión.

Mirándolos desde este punto de vista, los textos son fuertemente coincidentes, mientras que desde nuestra curiosidad por el mero suceso parecen fuertemente divergentes.

TEMA PRIMERO: LA EXALTACIÓN.
Es el tema en que culmina el mensaje de la Resurrección. La Resurrección es presentada siempre como el triunfo sobre la muerte, la liberación del poder del mal. La Ascensión representa la exaltación definitiva, la consagración como Señor. Corresponde, por oposición, a la humillación que representa "despojarse de su condición divina", "hacerse pecado", "humillarse hasta la muerte y muerte de cruz".

Es el triunfo último, la proclamación de Jesús Primogénito en quien se revela todo el designio de Dios: su entrega total a su misión, que pasa por la humillación para llegar a la plenitud.

La humillación es presentada con la simbología básica del "descenso": "bajó del cielo", "descendió a los infiernos".... Paralelamente, la exaltación es presentada con la simbología básica del ascenso: "subió a los cielos". Pero esta exaltación no es simplemente la de un hombre. Es la manifestación definitiva del Hijo, y por tanto, es acompañada con los signos acostumbrados de las teofanías: la nube, la voz, los hombres de vestidos resplandecientes, la "situación definitiva", "sentado a la diestra de Dios".

Encontramos por lo tanto en estos relatos el último acto de fe de los testigos en Jesús, el hombre lleno del Espíritu, que ha aceptado su misión hasta la muerte y muerte de cruz, que ahora ocupa "su lugar", el que le corresponde por naturaleza.

La Ascensión es "colocar a Jesús donde debe estar", y es un acontecimiento profético, el anuncio de nuestra colocación en nuestro sitio, exaltados a la diestra de Dios, porque "aún no se ha manifestado lo que seremos; pero, cuando se manifieste, veremos a Dios cara a cara".

Es importante que nos acostumbremos a la lectura de los Evangelios superando nuestra propensión a quedarnos en los hechos físicos sensibles. Lo que importa siempre es el significado de los hechos, y eso es lo que constituye el interés fundamental del Evangelista. En los relatos de la Ascensión nos preocupa mucho desde dónde despegó Jesús hacia los cielos, pero lo que importa es que mi destino es Dios y Jesús revela la grandeza del ser humano capaz de alcanzar la divinidad.

TEMA SEGUNDO: LA MISIÓN.
Todos los evangelistas terminan su obra con la misión. Terminada su misión, Jesús "se va", y su misma misión queda en manos de los discípulos, de la Iglesia.

La aceptación de Jesús es la aceptación de la misión. Para eso se nos manifiesta Jesús. El sentido de la vida de los cristianos es muy preciso: han sido elegidos para la misión, para dar a conocer a todos lo que han recibido.

Se puede no aceptar la misión. Se puede no ser cristiano. El que acepta, es para convertirse en mensajero de Jesús.

CONCLUSIONES
La Ascensión no es un hecho físico. "Arriba" está la estratosfera, no la residencia de los dioses. Los astronautas no están más cerca de Dios. "Abajo", pero ¿en qué dirección? ¿A partir del polo Norte o del Polo Sur?

"Descendió a los infiernos" significa lo mismo que "subió a los cielos", es decir, que es Señor de la vida y de la muerte, del pasado y del presente. Es buena la simbología, porque nos ayuda a imaginar, cosa que nuestro conocimiento necesita. Pero no es bueno permanecer en la situación mental de los niños que confunden los símbolos con la realidad. Y es bueno recordar que el Cielo no es un lugar sino el encuentro con una Persona.

A nosotros no nos gusta este modo de expresarse. Pero no se trata de que nos guste. Se trata de que la Palabra está siempre encarnada, y de que ésta es la manera de expresarse de aquellos hombres que fueron los que nos expresaron la Palabra.

Los relatos de la Ascensión son profesiones de fe. Se responde a la pregunta fundamental acerca de Jesús: ¿quién este hombre? Y se responde: es el hombre lleno del Espíritu, que le hace Hijo, que fue crucificado pero está Vivo por la fuerza de ese Espíritu, y ha sido "exaltado por Dios a su derecha". Se nos invita hoy a hacer nuestra esta fe. Es el día en que debemos reafirmar, de todo corazón, nuestra fe en Jesús.

La Ascensión es una invitación no sólo a reconocerle sino a seguirle; se nos invita a la misma misión de Jesús. Es también el día en que la tenemos que aceptar. Nuestra celebración de la Ascensión no puede terminar sin más en el gozo por el triunfo de Cristo. Es el día en que decimos a Jesús: "Te puedes marchar tranquilo; tu misión queda en nuestras manos; cuenta con nosotros."

En resumen:

Creo en Jesús, el Señor,
revelación de Dios y del sentido de la vida:
acepto la vida como misión recibida de El,
para que todos los hombres le conozcan y salven su vida.
Espero mi plenitud, y la de todas las cosas, en El.

O R A C I O N

Bendito sea Dios,
el Padre de Jesús, nuestro Padre,
que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones,
que nos ha mostrado en Jesús, su rostro, su corazón
y nos ha elegido para la misión más bella,
que toda la humanidad conozca la Buena Noticia de Jesús.
Bendito sea Jesús, el hombre lleno del Viento de Dios,
que ha hecho de nuestra vida algo nuevo, distinto,
nos ha devuelto la dignidad y la esperanza,
nos ha dado motivos para vivir y para creer.
Bendito sea el Viento de Dios,
el que animaba y arrastraba a Jesús,
al que sentimos presente en nuestra vida.
Bendito seas, Jesús,
que pasaste haciendo el bien
y curando a todos los oprimidos por el mal,
porque el Viento de Dios estaba contigo.,
Bendito seas, Jesús, nuestro Señor.

José Enrique Galarreta




TRIUNFO Y MISIÓN
Escrito por  José Luis Sicre

Subir al cielo como imagen del triunfo
Jesús subiendo al cielo es una imagen bastante representada por los artistas, y la tenemos incorporada desde niños, además de formar parte de nuestra profesión de fe. Alguno podría imaginar que esta escena se encuentra en los cuatro evangelios. Sin embargo, el único que la cuenta es Lucas, y por dos veces: al final de su evangelio y al comienzo del libro de los Hechos. Pero lo hace con notables diferencias.

· En el Evangelio, Jesús bendice antes de subir al cielo (en Hch, no).
· En Hechos, una nube oculta a Jesús (en el evangelio no se menciona la nube).
· En el evangelio, los discípulos se postran (en Hch. se quedan mirando al cielo).
· En el evangelio vuelven a Jerusalén; en Hch. se les aparecen dos personajes vestidos de blanco.

Si el mismo autor, Lucas, cuenta el mismo hecho de formas tan distintas, significa que no podemos quedarnos en lo externo, en el detalle, sino que debemos buscar el mensaje profundo.

La idea de la ascensión resulta chocante al lector moderno por dos motivos muy distintos: 1) no es un hecho que hayamos visto; 2) se basa en una concepción espacial puramente psicológica (arriba lo bueno, abajo lo malo), que choca con una idea más perfecta de Dios.

Precisamente por esta línea psicológica podemos buscar la explicación. Desde las primeras páginas de la Biblia encontramos la idea de que una persona de vida intachable no muere, es arrebatada al cielo, donde se supone que Dios habita. Así ocurre en el Génesis con el patriarca Henoc, y lo mismo se cuenta más tarde a propósito del profeta Elías, que es arrebatado al cielo en un carro de fuego. Interpretar esto en sentido histórico (como si un platillo volante hubiese recogido al profeta) significa no conocer la capacidad simbólica de los antiguos.

Sin embargo, existe una diferencia radical entre estos relatos del Antiguo Testamento y el de la ascensión de Jesús. Henoc y Elías no mueren. Jesús sí ha muerto. Por eso, no puede equipararse sin más el relato de la ascensión con el del rapto al cielo.

Es preferible buscar la explicación en la línea de la cultura clásica greco-romana. Aquí sí tenemos casos de personajes que son glorificados de forma parecida tras su muerte. Los ejemplos que suelen citarse son los de Hércules, Augusto, Drusila, Claudio, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Los incluyo al final para los interesados.

Estos ejemplos confirman que el relato tan escueto de Lucas no debemos interpretarlo al pie de la letra, como han hecho tantos pintores, sino como una forma de expresar la glorificación de Jesús.

La segunda lectura de hoy, tomada de la carta a los Efesios, es muy interesante en este sentido. No habla de la ascensión de Jesús al cielo, pero se explaya hablando de su triunfo con una imagen distinta: está sentado a la derecha de Dios, por encima todo y de todos.

Misión
La primera lectura (Hechos) y el evangelio (Mateo) coinciden en ofrecernos unas palabras de despedida de Jesús a sus discípulos. También aquí encontramos notables diferencias:

― Lucas sitúa la despedida en Jerusalén, los discípulos muestran una vez más su preocupación política por la restauración del reino de Israel, y Jesús desvía la atención hacia la próxima venida del Espíritu Santo.

― Mateo la sitúa en Galilea, los discípulos no dicen nada, Jesús los envía de inmediato al mundo entero y lo que promete no es la venida del Espíritu sino su compañía continua: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”.

A pesar de estas grandes diferencias, los dos textos coinciden en la importancia de la misión.

Hechos: Recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.

Mateo: Id y haced discípulos de todos los pueblos.

Por eso, la Ascensión o triunfo de Jesús no es motivo para quedarse mirando al cielo. Hay que mirar a la tierra, al mundo entero, en el que los discípulos de Jesús debemos continuar su misma obra, contando con la fuerza del Espíritu y la compañía continua del Señor.

Los cuarenta días
El evangelio no dice nada de este período de 40 días entre la resurrección y la ascensión. ¿Qué significa, y por qué lo introduce Lucas? El número 40 se usa en la Biblia para indicar plenitud, sobre todo cuando se refiere a un período de tiempo. El diluvio dura 40 días y 40 noches; la marcha de los israelitas por el desierto, 40 años; el ayuno de Jesús, 40 días… Se podrían citar otros muchos ejemplos. En este caso, lo que pretende decir Lucas es que los discípulos necesitaron más de un día para convencerse de la resurrección de Jesús, y que Jesús se les hizo especialmente presente durante el tiempo que consideró necesario.

Textos clásicos sobre la subida al cielo de un gran personaje
A propósito de Hércules escribe Apolodoro en su Biblioteca Mitológica: “Hércules... se fue al monte Eta, que pertenece a los traquinios, y allí, luego de hacer una pira, subió y ordenó que la encendiesen (...) Mientras se consumía la pira cuenta que una nube se puso debajo, y tronando lo llevó al cielo. Desde entonces alcanzó la inmortalidad...” (II, 159-160).

Suetonio cuenta sobre Augusto: “No faltó tampoco en esta ocasión un antiguo pretor que declaró bajo juramento que había visto que la sombra de Augusto, después de la incineración, subía a los cielos” (Vida de los Doce Césares, Augusto, 100).

Drusila, hermana de Calígula, pero tomada por éste como esposa, murió hacia el año 40. Entonces Calígula consagró a su memoria una estatua de oro en el Foro; mandó que la adorasen con el nombre de Pantea y le tributasen los mismos honores que a Venus. El senador Livio Geminio, que afirmó haber presenciado la subida de Drusila al cielo, recibió en premio un millón de sestercios.

De Alejandro Magno escribe el Pseudo Calístenes: “Mientras decía estas y otras muchas cosas Alejandro, se extendió por el aire la tiniebla y apareció una gran estrella descendente del cielo hasta el mar, acompañada por un águila, y la estatua de Babilonia, que llaman de Zeus, se movió. La estrella ascendió de nuevo al cielo y la acompañó el águila. Y al ocultarse la estrella en el cielo, en ese momento se durmió Alejandro en un sueño eterno" (Libro III, 33).

Con respecto a Apolonio de Tiana, cuenta Filóstrato que, según una tradición, fue encadenado en un templo por los guardianes. “Pero él, a medianoche se desató y, tras llamar a quienes lo habían atado, para que no quedara sin testigos su acción, echó a correr hacia las puertas del templo y éstas se abrieron y, al entrar él, las puertas volvieron a su sitio, como si las hubiesen cerrado, y que se oyó un griterío de muchachas que cantaban, y su canto era: Marcha de la tierra, marcha al cielo, marcha” (Vida de Apolonio de Tiana VIII, 30).

Sobre la nube véase también Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma I,77,2: “Y después de decirle esto, [el dios] se envolvió en una nube y, elevándose de la tierra, fue transportado hacia arriba por el aire”.

José Luis Sicre

miércoles, 17 de mayo de 2017

José Antonio Pagola - EL ESPÍRITU DE LA VERDAD


José Antonio Pagola - EL ESPÍRITU DE LA VERDAD

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y abatidos. Pronto no le tendrán a él. ¿Quién podrá llenar su vacío? Hasta ahora ha sido él quien ha cuidado de ellos, los ha defendido de los escribas y fariseos, ha sostenido su fe débil y vacilante, les ha ido descubriendo la verdad de Dios y los ha iniciado en su proyecto humanizador.

Jesús les habla apasionadamente del Espíritu. No los quiere dejar huérfanos. Él mismo pedirá al Padre que no los abandone, que les dé «otro Defensor» para que «esté siempre con ellos». Jesús lo llama «el Espíritu de la verdad». ¿Qué se esconde en estas palabras de Jesús?

Este «Espíritu de la verdad» no ha de ser confundido con una doctrina. Esta verdad no hay que buscarla en los libros de los teólogos ni en los documentos de la jerarquía. Es algo mucho más profundo. Jesús dice que «vive con nosotros y está en nosotros». Es aliento, fuerza, luz, amor... que nos llega del misterio último de Dios. Lo hemos de acoger con corazón sencillo y confiado.

Este «Espíritu de la verdad» no nos convierte en «propietarios» de la verdad. No viene para que impongamos a otros nuestra fe ni para que controlemos su ortodoxia. Viene para no dejarnos huérfanos de Jesús, y nos invita a abrirnos a su verdad escuchando, acogiendo y viviendo su Evangelio.

Este «Espíritu de la verdad» no nos hace tampoco «guardianes» de la verdad, sino testigos. Nuestro quehacer no es disputar, combatir ni derrotar adversarios, sino vivir la verdad del Evangelio y «amar a Jesús guardando sus preceptos».

Este «Espíritu de la verdad» está en el interior de cada uno de nosotros defendiéndonos de todo lo que nos pueda apartar de Jesús. Nos invita a abrirnos con sencillez al misterio de un Dios Amigo de la vida. Quien busca a este Dios con honradez y verdad no está lejos de él. Jesús dijo en cierta ocasión: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz». Es cierto.

Este «Espíritu de la verdad» nos invita a vivir en la verdad de Jesús en medio de una sociedad donde con frecuencia a la mentira se la llama estrategia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad...

¿Qué sentido puede tener la Iglesia de Jesús si dejamos que se pierda en nuestras comunidades el «Espíritu de la verdad»?

¿Quién podrá salvarla del autoengaño, las desviaciones y la mediocridad generalizada?

¿Quién anunciará la Buena Noticia de Jesús en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?

6 Pascua - A
(Juan 14,15-21)
21 de mayo 2017

José Antonio Pagola 




CON LA FUERZA DEL ESPÍRITU
Escrito por  Florentino Ulibarri

Donde menos lo imaginas,
cuando menos lo esperas,
donde todo es gris de tristeza,
cuando la pesadumbre pesa,
donde nadie imagina ni sueña,
cuando el horizonte se nubla...
¡es posible la vida
con la fuerza del Espíritu!

En la tierra callada,
en el surco abierto,
en el bosque perdido,
en el barro del camino,
en las montañas áridas,
en los valles secretos...
¡es posible la vida
con la fuerza del Espíritu!

En los ojos que miran,
en las manos que aprietan,
en las palabras no dichas,
en las entrañas que gimen,
en los regazos que acunan,
en tu corazón cambiante...
¡es posible la vida
con la fuerza del Espíritu!

Florentino Ulibarri





EL ÚNICO AMOR ES EL QUE SE MANIFIESTA EN OBRAS
Escrito por  Fray Marcos
Jn 14, 15-21

Se habla de la presencia de Dios de Jesús y del Espíritu en la primera comunidad. Se trata de hacer ver a los cristianos de finales del s. I, que no estaban en inferioridad de condiciones con relación a los que habían conocido a Jesús; por eso es tan importante este tema, también para nosotros hoy. Nos pone ante la realidad de Jesús vivo, que nos hace vivir a nosotros con la misma Vida que él tenía antes y después de su muerte; y que ahora se manifiesta de una manera nueva. Se trata de la misma Vida de Dios (Zoe). Esto explica que entre en juego un nuevo protagonista: el Espíritu.

No debemos dejarnos confundir por la manera de formular estas ideas sobre la relación de Jesús, Dios y el Espíritu por aquellos cristianos de finales del s. I. No se trata de una relación con alguna entidad exterior al ser humano. Tampoco se está hablando de tres realidades separadas. Si uno se fija bien en el lenguaje, descubrirá que se habla de la misma realidad con nombres distintos. Una y otra vez insisten los textos en la identidad de los tres. Después de morir, el Jesús que vivió en Galilea, se identificó absolutamente con Dios que es Espíritu. Ahora los tres son indistinguibles.

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Mandamientos que en el capítulo anterior quedaron reducidos a uno solo: amar. Quien no ama a los demás no puede amar a Jesús, ni a Dios. Los mandamientos son exigencia del amor. Las “exigencias” no son obligaciones impuestas desde fuera, sino la exigencia de amar, que viene del interior y que se debe manifestar en cada circunstancia concreta. Para Jn, “el pecado del mundo” era la opresión, que se manifiesta en toda clase de injusticias. El “amor” es también único, que se despliega en toda clase de solidaridad y entrega a los demás.

Yo pediré al Padre que os mande otro defensor que esté con vosotros siempre.Cuando Jesús dice que el Padre mandará otro defensor, no está hablando de una realidad distinta de lo que él es o de lo que es Dios. Está hablando de una nueva manera de experimentar el amor, que será mucho más cercana y efectiva que su presencia física durante la vida terrena. Primero dice que mandará al Espíritu, después que él volverá para estar con ellos, y por fin que el Padre y él vendrán y se quedarán. Esto significa que se trata de una realidad múltiple y a la vez única, Dios.

“Defensor” (paraklêtos) = el que ayuda en cualquier circunstancia; abogado, defensor cuando se trata de un juicio. Se trata de una expresión metafórica. La defensa a la que se refiere, no va a venir de otra entidad, sino que será la fuerza de Dios-Espíritu que actuará desde dentro de cada uno. Tiene un doble papel: interpretar el mensaje de Jesús y dar seguridad y guiar a los discípulos. El Espíritu será otrovaledor. Mientras estaba con ellos, era el mismo Jesús quien les defendía. Cuando él se vaya, será el Espíritu el único defensor, pero será mucho más eficaz, porque defenderá desde dentro.

“El Espíritu de la verdad”.La ambivalencia del término griego (alêtheia) = verdad y lealtad, pone la verdad en conexión con la fidelidad, es decir con el amor. “De la verdad” es genitivo epexegético; quiere decir, El Espíritu que es la verdad. Jesús acaba de decir que él era la verdad. “El mundo” es aquí el orden injusto que profesa la mentira, la falsedad. El mundo propone como valor lo que merma o suprime la Vida del hombre. Lo contrario de Dios. Los discípulos tienen ya experiencia del Espíritu, pero será mucho mayor cuando esté en ellos como único principio dinámico interno.

No os voy a dejar desamparados. En griego órfanoús = huérfanos se usa muchas veces en sentido figurado. En 13,33 había dicho Jesús: hijitos míos. En el AT el huérfano era prototipo de aquel con quien se pueden cometer impunemente toda clase de injusticias. Jesús no va a dejar a los suyos indefensos ante el poder del mal. Pero esa fuerza no se manifestará eliminando al enemigo sino fortaleciendo al que sufre la agresión, de tal forma que la supere sin que le afecte lo más mínimo.

El mundo dejará de verme; vosotros, en cambio, me veréis, porque yo tengo vida y también vosotros la tendréis. La profundidad del mensaje puede dejarnos en lo superficial de la letra. “Dejará de verme” y “me veréis”, no hace referencia a la visión física. No se trata de verlo resucitado, sino de descubrir que sigue dándoles Vida. Esta idea es clave para entender bien la resurrección. El mundo dejará de verlo, porque solo es capaz de verlo corporalmente. Ellos, que durante la vida terrena lo habían visto como el mundo, externamente, ahora serán capaces de verlo de una manera nueva.

Aquel día experimentaréis que yo estoy identificado con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. Al participar de la misma Vida de Dios, de la que el mismo Jesús participa, experimentarán la unidad con Jesús y con Dios. Es una experiencia de unidad e identificación tan viva que nadie podrá arrancársela. Es una comunión de ser absoluta entre Dios y el hombre. Por eso, al amar ellos, es el mismo Dios quien ama. El amor-Dios se manifiesta en ellos como se manifestó en Jesús.

“El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; a quien me ama le amará mi Padre y le amaré yo y yo mismo me manifestaré a él”. Su mensaje es el del amor al hombre y no el del sometimiento. La presencia de Jesús y Dios se experimenta como una cercanía interior, no externa. En (14,2) Jesús iba a preparar sitio a los suyos en el “hogar”, familia del Padre. Aquí son el Padre y Jesús los que vienen a vivir con el discípulo. En el AT la presencia de Dios se localizaba en un lugar, la tienda del encuentro o el templo, ahora cada miembro de la comunidad será morada de Dios. No será sólo una experiencia interior; el amor manifestado hará visible esa presencia.

Un versículo después de lo que hemos leído dice: el que me ama cumplirá mi mensaje y mi Padre le demostrará su amor: vendremos a él y permaneceremos con él. Los discípulos tienen garantizada la presencia del Padre y la de Jesus. Esa presencia no será puntual, sino continuada. Una vez más se utiliza el verbo “permanecer” que expresa una actitud decidida de Dios con el hombre. También queda una vez más confirmada la identidad del Jesús con Dios, una vez que ha terminado su trayectoria terrena.

Jesús vivió una identificación con Dios que no podemos expresar con palabras. “Yo y el Padre somos uno.” A esa misma identificación estamos llamados nosotros. Hacernos una cosa con Dios, que es espíritu y que no está en nosotros como parte alícuota de un todo que soy yo, sino como fundamento de mi ser, sin el cual nada puede haber de mí. Esa presencia de Dios en mí no altera para nada mi individualidad. Yo soy totalmente humano y totalmente divino. El vivir esta realidad es lo que constituye la plenitud del hombre.

Meditación

Nos empeñamos en meter en conceptos lo indecible.
Solo la vivencia puede saciar el ansia de conocer y amar.
Lo que te empeñas en buscar fuera, no existe más que dentro.
El ojo ya no existe, ni hay nada que mirar.

Vete al centro de ti y descubre tu esencia.
Ese descubrimiento colmará tus anhelos.
Descubre que la Vida, desde el centro de ti,
ha transformado todo tu ser en Luz.

Fray Marcos





EL ESPÍRITU DE JESÚS
Escrito por  José Enrique Galarreta, SJ. (qepd)
Jn 14, 15-26

¿Cuál es el Espíritu de Jesús? El Espíritu le hace Hijo. Lo primero del Espíritu es reconocer a Dios, creer en Abbá de una vez y abandonar definitivamente a los dioses/jueces que necesitan sangre para perdonar.

El Espíritu de Jesús exige en nosotros la liberación. Sentimos el Espíritu de Jesús cuando aborrecemos nuestras cadenas, nuestras enfermedades, nuestro pecado, cuando sentimos el irresistible deseo de ser Hijos, cuando sentimos como un sueño irrenunciable la exigencia de "Ser perfectos como es perfecto vuestro Padre". Tenemos el Espíritu de Jesús si somos caminantes, si estamos saliendo de la agradable esclavitud del pecado a la exigente libertad de los Hijos.

El Espíritu le hace Salvador, el que entrega la vida para la liberación y la salud de todos. El Espíritu de Jesús nos compromete en la Misión de Jesús: liberar a todo ser humano del pecado y de sus consecuencias. Sentimos que nos anima el Espíritu de Jesús cuando experimentamos en nosotros la tendencia a ayudar, a salvar, a perdonar, a fijarnos en lo bueno, a comprometernos en los problemas ajenos, cuando sentimos que toda injusticia, enfermedad... todo mal de cualquiera nos afecta como nuestro.

El Espíritu hace a Jesús pobre, desinteresado, desprendido. El Espíritu de Jesús nos lleva a usar de todo lo que tenemos para el Reino, porque no queremos tirar la vida, no consentimos en desperdiciar nada, ni la salud ni el dinero, ni la inteligencia, ni la habilidad, ni el tiempo ni nada... porque todo esto puede ser precioso para siempre y no nos conformamos con que sea sólo agradable para unos años.

Reconocemos que actúa en nosotros el Espíritu de Jesús cuando sentimos cierto recelo ante la comodidad, ante el placer, ante la seguridad, ante la felicidad que producen las cosas de fuera a dentro, cuando nos sentimos inquietos si nos aprecia todo el mundo, cuando sentimos satisfacción interior en el esfuerzo, en la austeridad, en la ayuda desinteresada y anónima, cuando tenemos que sufrir por la verdad, por el perdón, por la honradez.

Y nos damos cuenta de que todo eso no nace simplemente de nosotros sino que es el Espíritu de Jesús el que lo produce, y estamos agradecidos de que se nos exija, porque así salvamos esta vida de la mediocridad, y de la muerte.

Reconocemos el Espíritu de Jesús cuando "sentimos a Dios", dentro de nosotros y en todas las cosas, cuando percibimos que está ahí, hablando constantemente, exigiendo y perdonando y alentando la vida y liberando, y experimentamos que podemos conectar con Él en lo más íntimo, y que no llamamos FE a una serie de dogmas, sino a experimentar su Presencia Liberadora que cambia la vida y la hace válida. Y sentimos que todo esto no nos lo inventamos sino que lo recibimos de Él, y sentimos que la vida es más, que hay un sentido y un plan y una presencia y un futuro.

Reconocemos que el Espíritu de Jesús está en nosotros cuando lo vemos actuar en el mundo y en la Iglesia, y vemos bondad y esfuerzo, y honradez y solidaridad y cuidado de la naturaleza, y dedicación a los débiles.

Con los ojos del Espíritu comprobamos con gozo la presencia del mismo Espíritu en tanto bien, tanta capacidad de sacrificio, tanta compasión como existen en las personas, a pesar de tantos poderes opresores, de tanta frivolidad deshumanizadora, tantas desgracias y abusos, y advertimos que sabemos "leer" su presencia en la vida de las personas para bien, y también el rechazo de muchos a esa presencia, para mal.

Pero sobre todo nos hace capaces de ver a los hombres como Hijos, y quererles (querernos) a pesar de sus (de nuestros) pecados.

Nosotros no amamos a los demás porque nos caen bien, sino porque el Espíritu que está en nosotros nos hace amar primero y mirar después. Y somos capaces de reconocer el Espíritu de Dios actuando en el mundo, en la bondad, en el sacrificio, en la imaginación, en la... en todo lo positivo que hacen los hombres. "Sabemos" que es la acción de Dios.

El Espíritu, alma de la Iglesia, hace de la Iglesia un Pueblo libre dedicado a liberar. El Espíritu no deja tranquila a la Iglesia: la compromete. Ser la Iglesia es muy comprometido; sabemos que muchas personas verán al Espíritu o no verán al Espíritu si lo ven, o no lo ven, en nosotros.

Somos la iglesia en la medida en que el Espíritu de Jesús inspira nuestra vida. Si no hay Espíritu de Jesús en nuestra vida, pertenecemos al "Cuerpo" físico, social, externo de la Iglesia, pero nada más... y el Espíritu de Jesús no será visible.

Es de la Iglesia el que tiene el Espíritu de Jesús. Por sus frutos los conoceréis. "Porque tuve hambre y me disteis de comer"

Y así sentimos que Jesús es la Vid, y el Padre el Labrador. Nos sentimos injertados en buena planta, sentimos que crecemos, que la savia de Dios corre por nosotros, que podemos cambiar nuestro mundo, que la planta de los hombres puede florecer.

Todo eso es el Espíritu, el Espíritu que se mostraba plenamente en Jesús, el Espíritu que se mostraba en aquella comunidad.

Y eso es lo que sucedió en aquella primera comunidad, y lo que sucede ahora: que el Espíritu de Dios, que hizo de Jesús el Hijo Vivo-Para-Siempre, sigue soplando en el mundo para hacernos a todos Hijos Vivos-Para-Siempre.

Podemos pedir a Dios "¡Oh Señor, envía tu Espíritu!", pero debemos buscarlo, alimentarlo. Para esto es nuestra oración, la lectura frecuente del Evangelio, la participación activa en la Eucaristía... y el compromiso en servicios concretos que mantengan vivo nuestro espíritu de servicio.

Examinar ante Dios si cultivo esa planta o espero que crezca sola, o me conformo con que no crezca...

ORACIÓN

Ven, Viento Creador,
visita el corazón de tus hijos.
Llénalos de tu fuerza,
tú que los has creado,
tú que eres el Salvador,
regalo del mismo Dios,
fuente viva, fuego, amor,
dulzura y fuerza de Dios.

Da luz a nuestros sentidos,
pon amor en los espíritus,
llena de tu fortaleza
la debilidad de nuestras vidas.

Aleja nuestros temores,
concédenos la paz,
haz que, guiados por Ti,
nos liberemos del mal.

Haz que conozcamos al Padre,
que comprendamos a Jesús,
y que siempre creamos
en Ti, Viento de la vida.

Demos gracias a Dios Padre y al Hijo, Jesús resucitado,
y al Viento vivificador, por los siglos de los siglos.

José Enrique Galarreta




ALEGRÍA, ESPERANZA, AMOR
Escrito por  José Luis Sicre

Las lecturas continúan las tres situaciones de la iglesia que comenté el domingo pasado.
Iglesia naciente: modelo de una nueva comunidad

Tras la institución de los diáconos, Lucas nos cuenta la actividad de uno de ellos, Felipe, en la fundación de la comunidad de Samaria. Esto le sirve para indicar las características que debería tener cualquier nueva comunidad.
1) No debe excluir a nadie. Felipe se dirige a Samaria, la región más despreciada y odiada por un judío.
2) Felipe predica a Cristo. Los misioneros no proponen una filosofía moral ni una ética; su intención primordial no es reformar las costumbres sino dar a conocer a Jesús.
3) La palabra va acompañada de la acción. Lucas la concreta en signos y prodigios semejantes a los que realizaron Jesús y los apóstoles: curación de todo tipo de enfermos.
4) El fruto de esta actividad es que «la ciudad se llenó de alegría». El evangelio no es un mensaje triste.
5) Sólo falta algo que el diácono Felipe no puede dar: el Espíritu Santo. Eso lo concede la oración de los apóstoles Pedro y Juan, que simbolizan al mismo tiempo con su presencia la unión entre la nueva comunidad y la iglesia madre de Jerusalén.

Iglesia sufriente: calumnias y esperanza
La carta de Pedro menciona el tema de las calumnias que sufrían los primeros cristianos. Recuerdo dos de ellas, tomadas de textos de Tertuliano y Minucio Félix.
Se decía que cuando uno iba a incorporarse a la comunidad e iniciarse en los misterios, se tomaba a un niño muy pequeño, se lo recubría por completo de harina y se lo colocaba sobre una mesa. Cuando el neófito entraba en la sala, le ordenaban golpear con fuerza aquella masa. Él lo hacía, pensando que no se trataba de nada grave. Y golpeaba una y otra vez hasta matar al niño. Entonces, todos se lanzaban sobre el niño muerto para lamer su sangre y repartirse sus miembros, sellando de ese modo la alianza con Dios.
Otra acusación era la del incesto. Según ella, los cristianos se reúnen en sus días de fiesta para celebrar un gran banquete. Acuden con sus hijos, hermanas, madres, personas de todo sexo y edad. La sala está iluminada sólo por un candelabro, al que se encuentra atado un perro. Cuando han comido y bebido abundantemente, ya medio borrachos, excitan al perro tirándole trozos de carne a un sitio al que no puede llegar, hasta que el perro tira el candelabro, se apaga la luz, y todos se abrazan al azar y se entregan a la mayor orgía entre hermanos y hermanas.
En este contexto, la carta de Pedro recomienda:
1) Saber dar razón de nuestra esperanza con mansedumbre y respeto. Es decir, saber explicar qué creemos y esperamos, pero sin usar condenas y descalificaciones.
2) Es mejor padecer haciendo el bien que padecer haciendo el mal.
Esta conducta, humanamente tan difícil, sólo se puede conseguir recordando el ejemplo de Jesús que, siendo inocente, murió por los culpables. E igual que él resucitó, también nosotros recibiremos el premio de nuestra paciencia.

Iglesia creyente: «obras son amores»
El evangelio, en pocas palabras, reúne temas tan distintos que resulta difícil encontrar un elemento común. No se puede pedir un discurso lógico y ordenado a una persona que se despide de sus seres más queridos poco antes de morir. Destaco tres temas.
1) Este breve fragmento comienza y termina con palabras muy parecidas: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.» «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama». Como dice el refrán: «Obras son amores, y no buenas razones».
La relación entre el amor y la observancia de los mandamientos es muy antigua en Israel: se remonta al Deuteronomio, donde amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser, se concreta en la observancia de sus leyes, mandatos y decretos. En el caso de Jesús hay una gran diferencia, sus mandamientos se resumen en uno solo: «Esto os mando: que os améis los unos a los otros como yo os he amado».
2) Teniendo en cuenta la proximidad de la fiesta de Pentecostés, son importantes las palabras: «Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.» Parece una contradicción manifiesta pedir al Padre que nos dé algo que ya vive en nosotros. Son los dos tiempos en los que se mueven a menudo estos discursos: el de Jesús, que mira al futuro y pide al Padre que nos dé un defensor; y el nuestro, que ya hemos recibido el Espíritu y vive en nosotros.
3) La unión plena del cristiano con el Padre y con Jesús. «No os dejaré huérfanos, volveré». «Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros».

José Luis Sicre





La soledad que no duele
-Material para orar y reflexionar -

A veces es en soledad donde se produce el encuentro. A veces tenemos que ser islas, y refugiarnos en el silencio. Pensar, para que la vida no vaya demasiado rápido. Rezar, aunque no siempre haya respuesta. Enmudecer, para que suenen dentro de nosotros voces que, de otro modo, permanecen calladas. Es en la soledad del trabajo,  de la prisa, de la limitación, del cansancio, donde también podemos encontrar a Dios y, paradójicamente, aprender a relacionarnos con los otros. 

La desnudez que nos hace fuertes
No hay que ser perfectos, ni dioses, ni máquinas. No importa equivocarnos, ¿quién no se equivoca nunca? El reto es aceptar la limitación como semilla de plenitud, como espacio en el que nos encontramos unos con otros. De hecho es nuestra fragilidad el puente que nos permite abrirnos a los demás desde la confianza y la aceptación. Muchas veces el primer lugar donde tenemos que abrazar esa pequeñez es cuando estamos solos, con Dios como único testigo, sin querer demostrar nada  a nadie. Y, entonces, aprendemos que la fuerza se realiza en la debilidad.

¿Dónde te ves más desnudo, más frágil?
¿Descubres ahí atisbos de una fortaleza diferente?

Yo te fui desnudando
Yo te fui desnudando de ti mismo,
de los «tus» superpuestos que la vida
te había ceñido...
Te arranqué la corteza -entera y dura-
que se creía fruta, que tenía
la forma de la fruta.
Y ante el asombro vago de tus ojos
surgiste con tus ojos aún velados
de tinieblas y asombros...
Surgiste de ti mismo; de tu misma
sombra fecunda, intacto y desgarrado
en alma viva...

Dulce María Loynaz

«Bueno es Yahveh para quien en él espera, para el alma que le busca. 
Bueno es esperar en silencio la salvación de Yahvéh»(Lam 3)

El silencio que nos abre horizontes
Vivimos muy deprisa. Tan rodeados de estímulos, ruidos, ritmos, voces… y sin embargo un poco a la intemperie, zarandeados, llevados de un lado para otro sin casi darnos cuenta. Empujados por las rutinas, seducidos por las novedades, inquietos por las carencias… 

Hemos de tomar las riendas de nuestras vidas. Saber a dónde vamos. Saber qué queremos. Buscar con criterio, para poder reconocer en el camino aquello a lo que aspiramos. Por eso tenemos que pararnos a veces. Callar. Y, en esa soledad, descubrir un horizonte que nos ayude a vivir en plenitud.

¿Tienes espacios de silencio habitado en tu vida?

Solitario invencible 
Resbalando
como canasta de amarguras
con mucho silencio y mucha luz
Dormido de hielos.
Te vas y vuelves a ti mismo.
Te ríes de tu propio sueño
pero suspiras poemas temblorosos
y te convences de alguna esperanza.

La ausencia, el hambre de callar,
de no emitir más tantas hipótesis
de cerrar las heridas habladoras
te da un ansia especial
como de nieve y fuego.
Quieres volver los ojos a la vida, 
tragarte el universo entero.
Esos campos de estrellas
se te van de la mano después de la catástrofe
cuando el perfume de los claveles
gira en torno a su eje. 

Vicente Huidobro.





Cambios que el Papa representa
Jorge Costadoat, SJ. ( Chile )

El Papa Francisco es señal de grandes cambios. Algunos de estos, Francisco los ha comenzado, otros los desea, otros los deseamos nosotros. No sabemos si él también. Lo que nadie puede dudar es que el Papa agita las aguas adrede. Que los cambios que impulsa provoquen reacciones, no debiera extrañarnos. No son pequeños.

LOS CAMBIOS COMENZADOS
Francisco ha empezado cambios. El Papa pareciera querer dar un tranco adelante. La reforma de la Iglesia, según parece, le es aún más importante que la reforma de la Curia. Se dice que el cónclave de cardenales que lo eligió le pidió la reforma de esta. Todo indica que no imaginaron que comenzaría por lo más importante: procurar que la Iglesia vuelva al Evangelio.

“Una Iglesia pobre y para los pobres”
La frase “cuánto quisiera una Iglesia pobre y para los pobres” fue el pitazo inicial del partido que Francisco ha querido jugar. Mi opinión es que este constituye el motivo central de su pontificado. En la medida que Francisco ha querido gobernar la Iglesia con este motivo, ha debido enfrentar reacciones en contra de variada índole.

Francisco sorprendió a todos con sus primeros viajes fuera de Roma: Lampedusa, Albania… Fueron, sin duda, intencionales. A los latinoamericanos no nos sorprendió del todo que el Papa realizara estos gestos, pues son acordes de la “opción por los pobres” de la Iglesia de nuestro continente. El magisterio latinoamericano ha sido consistente en la proclamación de esta opción. Pero las palabras y gestos realizados por Francisco en esta línea han podido incomodar otros sectores de la Iglesia. En el mundo el neoliberalismo reina y la riqueza se acumula. La otra frase de Francisco: “esta economía mata”, ha podido servir para hacerse una idea clara de su manera de pensar. No todos los católicos están de acuerdo con él.

¿Qué hay en este giro hacia los pobres? Francisco ha re-puesto a la Iglesia en la vía del Evangelio. El primer papa latinoamericano, si algo tiene que aportar, es una compresión del Evangelio desde la periferia. Hace prácticamente 50 años la Iglesia latinoamericana, concretamente en Medellín (1968), se autocomprendió a sí misma como la Iglesia de un continente pobre y empobrecido. Hoy, con Francisco, la Iglesia de América Latina devuelve a Europa y comparte con el resto del mundo, el Evangelio que ella recibió de sus mayores.

Francisco pone a la Iglesia en camino a “las periferias existenciales”. A cada rato hace señales en la dirección de una opción por pobres y marginados. La otra expresión que dio vuelta al planeta fue: “quién soy yo para juzgar a un gay”. El puro uso de la palabra “gay” sonó a una aceptación de una realidad que la posición eclesiástica oficial no ha querido reconocer. El “no juzgarlos”, por otra parte, nos recordó al Jesús que pasó por Galilea escandalizando a los fariseos que se creían mejores y excluían a los demás.

En Amoris laetitia son muchas las indicaciones de lo mismo. No hay una familia ideal. Para Francisco, “hay un collage” de familias. El papa como papa tiene que tener una palabra de aliento para las familias y personas reales más que para las “ideales”. Estas, en realidad, no existen. Pero cuando la Iglesia juega en favor de esta hipótesis termina por excluir precisamente a aquellos que Jesús habría incluido e integrado. En Amoris laetitia hay un lugar para cada uno con su realidad familiar, con lo quedó de su familia, con su lucha por levantar un nuevo matrimonio y darle un hogar a niños regulares o irregulares.

Francisco ha hecho todo lo posible para que se dé la comunión a los divorciados vueltos a casar. ¿Quiénes no han querido? Figuras eclesiásticas y laicos muy parecidos a los fariseos que combatieron a Jesús. En contrario, merece un especial reconocimiento el coraje de los episcopados de Alemania y Malta que han explicado a sus fieles los alcances de la Exhortación apostólica.

Francisco ha puesto un grito en el cielo en favor de los migrantes. La Tierra es para todos. Nos recuerda la clave de bóveda de la enseñanza social de la Iglesia: el destino universal de los bienes. Un migrante es un ser humano al que se le niega un derecho fundamental. Se le niega y se le culpa de luchar por la vida propia y de sus hijos.

Este Papa, en fin, ha asumido el grito de los pobres y el grito de la Tierra, fenómenos dramáticos que tiene una sola causa: el capitalismo que se sirve de la tecno-ciencia. El planeta está al borde del abismo. La codicia y un sistema económico centrado en la búsqueda de la mayor ganancia posible, amenaza gravemente el futuro de la humanidad

Libertad de expresión
Otro cambio notable, pero talvez no suficientemente advertido y destacado, es la libertad para hablar y expresarse. Un Papa que habla en vez de leer, que da entrevistas, que a veces dice leseras como afirmar que la gente de Osorno “es tonta” porque rechaza al obispo que él mismo le ha impuesto, un Papa que, en suma, es capaz, por lo mismo, de decir “no soy infalible”, ha generado la posibilidad de que otros hagan lo mismo.

Hasta hace poco en la Iglesia la palabra estaba reservada para la autoridades y estas, las más, no hacían más que citar a los papas o salir del paso con respuestas alambicadas. Muchas veces hemos tenido la impresión de oír a obispos o sacerdotes que pareciera que, en realidad, no tienen nada que decir. Hemos vivido en silencio por muchos años. Miedo y silencio. Hemos tenido la impresión que nuestros propios obispos han vivido atemorizados y silenciados.

A decir verdad, esta situación persiste en buena medida. Es inevitable sospechar. ¿No será que las autoridades se están cuidando? Francisco es un hombre mayor… ¿Cuánto le queda? El efecto péndulo es conocido. Más en este caso. El próximo Papa probablemente será más comedido que este. Si un eclesiástico se entusiasma mucho con Francisco, puede quedar mal parado con el papa siguiente.

Pero también cabe la posibilidad de que se instale en la Iglesia la costumbre de hablar abiertamente y de discrepar. El mismo Sínodo, seguido con interés por la opinión pública, fue ocasión de ver a los prelados discutir abiertamente sobre temas hasta hace poco “intocables”. ¿Ha hecho mal esta apertura? Todo lo contrario. La libertad para hablar ha devuelto protagonismo a católicos ya cansados de no ser considerados en nada.

La Iglesia ingresa, con Francisco, al registro 2.0. Este no consiste en un progreso, sino en la posibilidad que ofrece el mundo digital de interactuar horizontalmente, de expresarse de igual a igual. En esta Iglesia ha de primar el diálogo y la argumentación. No la imposición de la verdad.

Si el Papa admite que puede equivocarse, este es un derecho de todo el Pueblo de Dios.

LOS CAMBIOS QUE ESPERO VER
No se puede decir que Francisco haya comenzado un cambio en cuanto a la participación de la mujer en la toma de decisiones y los cargos en la Iglesia.

Debe reconocérsele una mirada benévola, misericordiosa, con la mujer en Amoris laetitia. Las aperturas en la concepción de la sexualidad, el matrimonio y la familia, junto a la ya mencionada posibilidad de comulgar en misa para los divorciados vueltos a casar, deben imputarse como favorables a las mujeres católicas.

¿Cómo no será un enorme progreso haber entregado la decisión del control de natalidad a la conciencia de las parejas? Se dirá que esto atañe también a los esposos. No de igual manera. Tomar o no tomar la píldora ha sido un cuidado de la mujer. Ella ha sido quien ha debido cargar con un eventual embarazo y la angustia de dar a luz un niño no querido. Los hombres muchas veces se han desentendido de la paternidad responsable. Simplemente han descansado en que esta preocupación le corresponde a su pareja. La encíclica Humanae vitae (1968), por casi cincuenta años, ha sido un tormento moral para las mujeres. La pretensión de imponer su observancia sin contemplaciones ha significa una angustia moral y el motivo de la ida de la Iglesia de muchísimas mujeres.

Ahora último el Papa ha abierto un estudio sobre la posibilidad de ordenar diaconisas. Es otro paso, aunque tímido, en favor de la integración de la mujer. ¿Vendrá luego la posibilidad del sacerdocio femenino? Hoy es culturalmente impresentable su exclusión. La teología tiene dificultades para encontrar en la tradición de la Iglesia antecedentes significativos. Será necesario que la teología, y el magisterio que necesita fundamentar sus decisiones, se abran a considerar la autoridad que tiene oír hoy la voz de Dios en los signos de los tiempos.

Independientemente del sacerdocio femenino, se requiere que las mujeres sean admitidas por igual en los cargos de gobierno de la Iglesia. En este campo esperamos mucho de Francisco, aunque es improbable que tenga fuerzas para tanto.

Otro cambio importante, que esperamos se realice algún día, aunque estamos muy lejos de ello, es la constitución de una Iglesia policéntrica como la han pensado Rahner y Metz. Hoy la concentración del poder en Roma y la curia es impresionante. Las demás Iglesias tienen poquísima autonomía para desarrollarse. Aún conferencias como la latinoamericana son humilladas por Roma. Recuérdese aquí las intervenciones vaticanas en las dos últimas conferencias episcopales. En Santo Domingo la intervención de la curia fue grotesca. La conferencia estuvo a punto de fracasar. Luego en Aparecida una serie de textos aprobados por la asamblea volvieron del Vaticano gravemente cambiados. Estos son botones de muestra de una falta de respecto que no sería posible si el problema no fuera estructural.

Lo que está pendiente es el desarrollo de Iglesia regionales autónomas. Unidas unas a otras, sin duda, en virtud del obispo de Roma. Pero con la capacidad de abordar con creatividad las tareas de una evangelización que siempre debe ser inculturada. Los nuncios, en esto, no ayudan. Ellos, especialmente con los nombramientos de obispos afines, aseguran el predominio cultural del centro sobre las periferias.

Dudamos que este cambio sea posible con Francisco. Apenas podrá hacer algunos cambios en la Curia, plano en el que tiene mucho viento en contra. Solo podemos esperar que la libertad que el Papa está desencadenando en la Iglesia ayude a que las iglesias locales pierdan miedo y se atrevan a exigir mayor participación.

UN CAMBIO PROPUESTO
Francisco en Evangelii Gaudium promueve un “Iglesia en salida”. El diagnóstico callado es que la Iglesia está enferma de encierro, de volcarse sobre sí misma. Habría que agregar que la institución eclesiástica suele parapetarse contra un mundo que le parece equivocado y amenazante. En muchos aspectos esto es verdad, pero lo propio de la Iglesia no es defenderse, menos aún condenar al mundo sino colaborar con Cristo en su salvación.

Se trata de “salir”, de ir a los otros, de llegar todos. Es más, si se analizan bien los textos del documento, descubrimos que ir a los demás equivale a acogerlos con todas sus diferencias. Esta es la Iglesia católica. Es católica, es decir, universal: de ella nadie debiera ser excluido.

No podemos pasar por alto que una Iglesia “en salida”, tal como Francisco la quiere, es una Iglesia alegre. Fijémonos en los títulos de los tres documentos principales: Evangelii Gaudium, Laudato si, Amoris laetitia. Son títulos que evocan la alegría que predominó en la Iglesia de los orígenes. La Iglesia es alegre cuando se entrega por completo a anunciar que Jesucristo es una buena noticia. Ella sale contenta a anunciarlo, esta es su misión, aunque no sabe si este éxodo tendrá éxito o terminará en un fracaso. La Iglesia no debiera controlar resultados. Los frutos auténticos son obras del Espíritu.

Francisco entiende que la Iglesia es una realidad histórica cuyo éxito no se puede calcular ni controlar. Su actitud pastoral principal es la de acompañar al Pueblo de Dios, involucrándose con él, respetando el camino que las personas van haciendo. Los sacerdotes y otros guías han de ser cercanos y respetuosos de las decisiones que las personas toman. La Iglesia institucional ha de ayudar a discernir el llamado que el Señor hace a los católicos individual o colectivamente considerados. Al promover la actitud de discernimiento, el Papa da vuelta todo. La verdad fundamental no es la de la doctrina, sino la que las personas van descubriendo en sus vidas, no sin los demás, como una verdad personal y vivificadora. El cristianismo no consiste en ajustarse a una enseñanza sino en seguir a una persona, a Jesucristo, iluminados por su Espíritu.

UN CAMBIO DIFÍCIL DE ESPERAR
Confieso, por último, que tengo pocas esperanzas que Francisco cambie la concepción y el lugar del sacerdote en la Iglesia. Hoy predomina por doquier una versión eclesiástica de la Iglesia. Congar, años atrás, hablaba de “jerarcología”. Una Iglesia vertical como la que tenemos, en la cual el poder, además, se encuentra “sacralizado”, es culturalmente insostenible. Siempre habrá laicos sumisos a poderes sacros o deseosos de conseguir el favor de Dios por la vía de la magia. Pero en los sectores sanos del cristianismo un sacerdocio de seres revestidos de una divinidad que les exige evacuar su humanidad, no debiera tener autoridad alguna. El Papa ha sido dura con el clericalismo que se sirve de la separación de lo sagrado y lo profano para dominar a los fieles y, de paso, escalar posiciones. Dudo que Francisco, en esta materia, logre cambios importantes.

Jorge Costadoat, SJ. ( Chile )